“Unas manos de líneas ligeramente distantes”, por Mauricio Orellana Suárez

Y esta es mi flor de loto, y yo era su sombra. Esta es mi flor de loto. Mi mundo no se acabará. HÉROES DEL SILENCIO   MI MADRE...

Y esta es mi flor de loto,
y yo era su sombra.
Esta es mi flor de loto.
Mi mundo no se acabará.

HÉROES DEL SILENCIO

 

MI MADRE ERA LA SOMBRA de una gran puerta alta, ladeada y cerrada a la cual iba yo agarrado de la mano. Caminar con ella era como llevar los umbrales de esa gran puerta a pasear por las aceras, y los pobres transeúntes tardaban más en ser engullidos por esta que en salir por ella disparados ante la indiferencia huracánica que los abatía con el silencio en movimiento de la altanería de sus ojos negros, su manera de no responder a los saludos en las calles como siempre me había enseñado a hacer desde cuando nos descubrimos. Y mejor se le apartaban a la gran sombra que me llevaba zurcida a su mano: pequeño enano en conmoción locomotriz. Humo debía dejar detrás de sí la ciclópea sombra de puerta ladeada que se aventuraba con su hijo absurdo por entre las melenas de los almendros orientales, que evidenciaban en la acera sus despojos, haciendo chaschás bajo sus pasos y chischís bajo los míos. Recuerdo que era una acera porosa, o quizás, más bien, erosionada, que servía de cama para las hojas de los almendros y de raíl para nuestra locomotora sin frenos ni chuchús.

Solo silencio, las pisadas, las hojas y un jadeo avasallante arrastrándome a su lado. Recuerdo que en el revoltijo de los traspiés de la velocidad yo me miraba de cuando en cuando la otra mano, la que flotaba libre como saliendo de la ventana del vagón a tomar aire y a buscar estrellas en el cielo, y me preguntaba qué tenía esa mano y sus raíles para hacer andar así a la gigantesca sombra de mi madre por aquellas aceras deformes y porosas. Así, tirón tras tirón, fui arrastrado por la ladeada sombra de una gran puerta locomotora que era mi madre hasta la clínica blanquísima ubicada en el propio epicentro del Centro Médico de la ciudad extraña. ¿Por qué no tomamos un taxi, un bus o lo que fuera? En vez de eso tuvimos que andar asustando gente catorce cuadras y media desde el diminuto hospedaje donde hacía un mes nos alojábamos abigarrados. Las conté. Y no es por nada pero las cuadras acá son más largas, era como si la sana nutrición de los andantes se metamorfoseara en los andenes, volviéndolos gigantes como la sombra de mi madre. Por fin, al ingresar a la blancura de la sala, la máquina se apagó, aunque sus jadeos continuaron por un rato, justo hasta antes de responder en inglés a la recepcionista que era tal y tal y que tenía cita con el cirujano plástico (como si no hubiésemos estado tres veces más ahí), me volvió a ver y me jaló de la mano como si le estuviera arrancando jícamas al útero del suelo para mostrarme a la señorita de la recepción. Este es mi hijo, soltó. La peroxidada recepcionista me volvió a ver y me hizo una mueca astringente como tres veces antes había hecho, lo cual no impidió que me volviera a sentir avergonzado como cada una de esas veces. ¡No era un niño, por Dios! ¡Tenía ya trece años y ocho meses eso que iba cosido a la ladeada sombra que era mi madre!

Nos sentamos un momento, y solo me sentí mejor cuando el joven enfermero salió de una de las salas y me saludó con esa su sutil sonrisa de astro rey muy lejano que tenía. La sonrisa que yo llamaba de Estrella de Barnard de la Constelación de Ofiuco, como había leído en Wikipedia hacía tres visitas a esa misma sala blanca: demasiado tenue para ser observada sin telescopio. Ese telescopio que yo tenía en mi personal observatorio peculiar, como un don de nacimiento. Buenas tardes, dijo en inglés la gran sombra ladeada de mi madre, esta vez desde su asiento. Por acá, por favor, dijo también en su escaso inglés el astro rey lejano vestido de blanco, y lo seguimos. Visto desde atrás era mejor aún el panorama, una estrella visual contoneándose apretado para mi deleite, redondas lunas podía parecer de atrás también, en la zona de los glúteos. Mi madre lanzó un suspiro de repudio que me hizo volverla a ver y percibir el fruncimiento desaprobatorio de sus labios pintados con un labial color carne que iba bien con nuestro pálido color de piel, pues lo acentuaba. Por un momento quise tenerlo puesto en los míos para que también el pálido y lejano astro rey de ojos rasgados los admirara. También suspiré, con muy otros pensamientos. Tomen asiento, por favor, tronó ronco mi valiente tentempié. Gracias, dije, también desde el terreno común de los idiomas en el que nos comunicábamos, sintiendo de inmediato la mirada amonestadora de mi madre sobre mí. Pero no me importó, porque también la mano tranquilizadora del enfermero se posó en mi hombro cuando al salir me dijo: Todo va a salir muy bien, no se preocupe. Entonces pude percibir, como con mi telescopio, su luz, con mi hombro la emisión lejana de tibieza que me había buscado hasta encontrarme.

Del procedimiento se enteró mi madre por alguna revista. Consistía en una operación sencilla con un bisturí láser sobre la palma de la mano, que terminaba de formar las líneas faltantes o escasas y que en teoría modificaba de esta forma favorable el destino del dueño de la palma, aunque esto, por supuesto, no lo garantizaba el cirujano. Era más bien una cuestión de fe. Fe en que, tal como estaban originalmente, las líneas no servían porque habían producido, en mi caso, un arbusto torcido que empezaba a proyectar cada vez más grande su mala sombra hacia el suelo, que ni siquiera la gran sombra de la gran puerta ladeada que era mi madre había podido enderezar a su gusto. Fe en que de esta forma obligaría a mi destino, y al suyo, a decantarse por donde debía y a no irse por los exóticos márgenes antojadizos de ramas contoneadas que había decidido empezar a seguir. Si no a palos, entonces a líneas. Si no a psicología y a religión, a mutilación de las líneas para enderezarme, para obligarme a caminar por la vida recto y sin ninguna señal visible de feliz contoneo que tantas miradas extrañas provocaba en la calle, y que era la causa principal de que La Gran Sombra a mi lado no respondiera a los saludos. Como los hombres. La vergüenza más grande fue escucharle decir en la primera cita y en su mal inglés al cirujano la razón del cambio de mis líneas. ¿Y tú te las quieres cambiar?, se las arregló en articular el oriental galeno. ¡Por supuesto! respondió mi madre a mi silencio. En la segunda cita dejamos las huellas de nuestras manos impresas en un papel, porque no se crea que mi madre iba a conformarse con hacer los cambios nada más en mi palma: esto ameritaba reforzarse y asegurarse, haciendo las alteraciones en la suya también, pues desde el día en que descubrió y fue sumando mis manías hasta recomponerlas en su mente y armar la conclusión, supo que mi padecimiento también la afectaría a ella por efecto lógico de rebote, sobre todo en lo social, y que por tanto mi destino modificaba el suyo tanto y suficientemente como para tomar medidas drásticas e inmediatas al respecto. En la tercera cita escogimos los patrones de entre los que el cirujano nos dio a escoger luego de evaluar las impresiones en papel y analizar las posibilidades. Ahora se trataba de la concluyente ejecución quirúrgica del plan.

No hubo mucho dolor por efectos de la anestesia local (aunque el olor a carne quemada se me impregnó tanto en la memoria que hasta esta fecha no puedo acudir a una parrillada sin que me provoque algo de náusea la fetidez que esta emana). Y el procedimiento que cambiaría contoneos, gustos y destino tardó menos de veinte minutos. Aun fue más rápida la operación en la palma de la mano de mi madre, quien luego, en la sala de espera y con su mano vendada igual que la mía, se mostraba dichosa y expectante. Comencé a sospechar que el gasto había sido innecesario cuando las manos fulgurantes de mi Estrella de Barnard me curaron con unos movimientos y caricias tan primorosas y parsimoniosas que me provocaron una erección, misma que a su vez provocó, al notarla, una sonriente luz lejana en sus labios. Debes querer mucho a tu mamá, me dijo, colocándome las vendas. Tus líneas se parecían a las mías. ¿Crees que funcione?, agregó. Al menos le dará tranquilidad, fue lo único que supe responderle. Espero que encuentres tú la tuya, me alcanzó a decir justo cuando mi madre salía de su operación.

Aún tuvimos que esperar un mes en esas condiciones, pues a pesar de lo caro que resultaba la estadía en ese país lejano, mi madre se negó rotundamente a regresar hasta cuando el cambio de destino se volviera, según ella, vigente con el ritual de quitarnos las vendas en la blanquísima clínica del cirujano. Las constantes visitas a la sala blanca para las curaciones, en donde siempre me sucedía una erección, me apaciguaron por completo.

Ahora que por fin hemos regresado a casa, la gran sombra ladeada de mi madre se ha vuelto un ser sociable que responde saludos otra vez, como era antes de mí y de nuestro descubrimiento; mientras tanto, yo pienso en mi Estrella de Barnard. No puedo evitarlo. Veo que su sonrisa me acompaña y siento que sus caricias recorren la palma de mi mano. Por lo demás, también presiento que en lugar de tener un nuevo destino, he quedado reducido a cero, a una página en blanco, a ningún lugar en el espacio, de momento. Y no puedo evitar sentir de vez en cuando como si alguien entrara en mí de pronto y se me sentara en el pecho, ¡pum! ¡Ya llegué! Y dejar lo que estoy haciendo y mirar a mi alrededor para verificar que no ha sido un temblor lo que está sucediendo afuera, y que yo confundo e interpreto como la presión de golpe de una puerta que se cierra dentro de mí tras las grandes espaldas de un hombre que se me impone a la fuerza aquí en el pecho, un hombre de glúteos de luna llena y ojos rasgados que usa de caricias mi nueva mano con su alterado tacto, como un raíl por donde transita sin rumbo anunciado un tren volador que se dirige, defectuoso o no, hacia una estación desconocida en la lejana Constelación de Ofiuco, en donde de seguro tiene destinado su hangar.

 

Del libro de cuentos La teta mala (Editorial Germinal, 2014)


Mauricio Orellana Suárez (El Salvador, 1965) obtuvo el Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo con la obra Heterocity (2011). Es autor de las novelas Las mareas (2013), La dama de los velos (2011), Ciudad de Alado (2010), Te recuerdo que moriremos algún día (2001) y del libro de relatos La teta mala (2014). Cuentos de su autoría han integrado las antologías Papayas Und Bananen Erotische und andere Erzählungen aus Zentralamerika (2002), Cicatrices. Un retrato del cuento centroamericano (2004) y Tiempo de narrar: cuentos centroamericanos (2007).

Foto: Moisés Sánchez

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Crímenes narrativos

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