“Horror vacui”, por Paula Lapido

El principio es el punto. Es la gota de tinta negra que, aspirada desde su origen, se desliza a través del conducto hasta resbalar por el interior de la...

El principio es el punto.

Es la gota de tinta negra que, aspirada desde su origen, se desliza a través del conducto hasta resbalar por el interior de la aguja. Cada vez más rápido, cuanto más estrecho es el espacio en que se mueve. El principio es la aguja que se clava en la piel. La aguja que expulsa una sola gota de sangre y la reemplaza con una sola gota de tinta negra. La sangre se convierte en tinta y bajo la piel se dibuja un punto. El principio de todo.

El primer punto es la ceremonia de iniciación, el instante en el que se decide lo que habrá de ser. Una vez fijado, todo lo demás viene por sí solo: las líneas, la frontera entre el vacío y el contenido. La forma. El temblor de la mano, que duda si será tan precisa como debe serlo, si podrá convertir la sangre en tinta justo en el lugar apropiado, desaparece para dejar paso a la calma. Entonces sucede el instante más hermoso, aquel en el que Isaac sabe por fin que podrá hacer lo que se ha propuesto.

Todo esto era lo que pensaba ante la espalda morena y vacía del hombre tumbado en la camilla, frente a él. Una sombra de duda planeaba sobre su cabeza, pues el vacío aún no había dejado de estar vacío. Isaac dejó la aguja de tatuar a un lado para taparse la cara con las manos y dibujó mentalmente un pez de trescientas cuarenta y cinco escamas. Eso le hizo sentirse mejor. Se atrevió a abrir un ojo y a mirar entre los dedos el primer punto y el espacio de carne vacía que lo rodeaba. Una cicatriz irregular recorría el costado del hombre. Quizá se la había hecho cuando era niño, al caerse en una zanja o ya de adulto, en algún otro accidente. El hombre tendría un recuerdo preciso, casi fotográfico, de la sangre y el dolor. Isaac estaba seguro. Se llevó la mano a la cabeza y rozó con los dedos su propia cicatriz, una línea en forma de sierra que empezaba cerca de la sien derecha y ascendía en zigzag hasta la coronilla. Su escaso pelo la tapaba, pero él sabía que estaba allí. Siempre. Aunque, al contrario que el hombre tendido en la camilla, no pudiera recordar cómo se la había hecho. Ni eso, ni tantas otras cosas.

La cicatriz llenaba parte del espacio en la espalda del hombre y también varios lunares gruesos, protuberantes, con largos pelos negros. No todo estaba vacío. Isaac notaba la cara fría y las manos calientes. Estiró los dedos uno a uno antes de pulsar el botón de encendido. Después, para darse fuerzas, pintó otro pez de trescientas cuarenta y cinco escamas, dibujando en el aire con la aguja como si el vacío fuese una hoja de papel en blanco. Ahora ya estaba tranquilo, ahora ya podía empezar.

Echó una última mirada a la foto de la pin-up que el hombre había traído como modelo: una pelirroja desnuda de mirada lasciva y pechos exageradamente grandes. Un trabajo fácil, si no fuera porque la espalda del hombre era virgen. Isaac hizo uso de toda su fuerza de voluntad para calmar el temblor y desvió la mirada a los dibujos que cubrían las paredes y el techo del estudio. Trazó por tercera vez el pez en el aire mientras parpadeaba para ahuyentar las pequeñas motas oscuras que le pasaban ante los ojos por haber mirado demasiado rato al fluorescente. La última escama y el pez completo estaban allí, nadando en la luz blanca. Entonces buscó el punto exacto sobre la piel morena, el lugar bajo el que debía insertarse la primera gota. Era ese diminuto parche de piel, y no otro. Tomó aire profundamente y clavó la aguja.

El hombre apenas se dio por aludido cuando el motor empezó a ronronear y la tinta fue traspasándose del cartucho a la piel. Era un tipo grande, los pies le colgaban fuera de la camilla y los brazos, caídos a los lados, casi llegaban al suelo. Había entrado en el estudio agachando la cabeza para no darse con el dintel y le había tendido la foto de la pin-up con una mano callosa que habría podido rodearle el cuello sin dificultad. Olía a pescado rancio y a grasa de motor, incluso la piel de su espalda exudaba un sudor aceitoso. Los dedos de Isaac resbalaban mientras trazaba el contorno de la mujer con la aguja; se veía obligado a repasar la línea una y otra vez para que la piel dura como un cuero no rechazase la tinta negra. Sólo cuando hubo completado el contorno de la figura se permitió un momento de descanso. Apagó el motor para cambiar el cartucho y se inclinó hacia atrás en el taburete hasta apoyar la espalda en la pared. Cualquiera pensaría que ya no quedaban obreros sin tatuajes. O camioneros. O mozos de almacén.

El hombre agitó la cabeza, pero su denso pelo negro, algo grasiento y muy rizado, apenas se movió. Estaba dormido. No todos conseguían dormir mientras les clavaba la aguja en la piel. Tal vez estaba demasiado borracho, aunque cuando había entrado en el estudio le había parecido sobrio y con las ideas claras. La pin-up tenía el aspecto de un recorte que hubiera llevado en el bolsillo durante mucho tiempo. Las esquinas estaban desgastadas, como si hasta aquella misma noche no se hubiera atrevido a hacerse el tatuaje. Isaac no se preguntaba qué le habría impulsado a decidirse por fin. Le bastaba con hacer su trabajo y cobrar a cambio.

La pin-up tendría los ojos azules, aunque en la foto no se distinguía el color. En el ojo izquierdo habría ochenta y siete pestañas y, en el derecho, noventa y dos. Isaac puso un nuevo cartucho de tinta en la aguja. El fluorescente, la única luz del estudio, chisporroteó como si fuera a apagarse, pero continuó encendido. Isaac se inclinó sobre el rostro todavía vacío de la mujer. Una única gota sería bastante para la pupila. Hundió la aguja en la carne, pero lo que escuchó no fue el zumbido del motor, sino el timbre.

Observó alternativamente el contorno de la figura y la puerta de cristal esmerilado que daba a la calle. La luz de las farolas del exterior era apantallada por una forma de contornos difusos. El timbre sonaba cada tres segundos con una vibración metálica de campana. No era momento de interrupciones. La gota de tinta todavía seguía en la aguja, pero bastaba con apretar el botón de encendido para que, traspasada a la piel, ocupase el lugar de la siguiente gota de sangre. Perdería la concentración si se levantaba a abrir la puerta. Olvidaría que tenía que pintar ochenta y siete pestañas en aquel ojo y cualquier otra cifra que se le ocurriese no sería el número exacto que debía ser. Así que no pensaba moverse. Volvió a inclinarse sobre el tatuaje y encendió el motor.

El timbre sonó cinco o seis veces, a intervalos cada vez más rápidos. Isaac dibujó el punto negro de la pupila valiéndose de uno de los lunares y siguió con el iris y el párpado superior. El hombre sobre la camilla agitaba una mano como si quisiera ahuyentar el ruido, pero no llegó a despertarse. Isaac cambió la aguja por otra más fina y empezó a contar las pestañas a medida que las dibujaba. El timbre seguía sonando, pero él no esperaba a nadie. Nadie más había requerido sus servicios aquella noche.

El timbre calló justo cuando el fluorescente del techo se apagaba con un chasquido metálico. Isaac se detuvo antes de pintar la trigésimo octava pestaña. Empezó a contar hacia atrás desde diecisiete hasta cero. La forma al otro lado de la puerta parecía ahora más grande. Golpeó el cristal, que vibró como si fuera a romperse. Isaac contaba: quince, catorce. Tendía a correr, pero no por contar más rápido iba a conseguir que el tiempo pasara más deprisa. La medida exacta eran diecisiete segundos y medio: ése era el tiempo que la luz permanecería ausente del estudio. Sólo después de diecisiete segundos y medio el fluorescente volvería a encenderse. En la oscuridad no podía ver el tatuaje y, si no fuera porque sabía exactamente cuánto tenía que esperar, las manos habrían empezado a temblarle. Doce, once. La forma al otro lado de la puerta tiraba de ella como si quisiera abrirla, pero estaba cerrada con llave porque a Isaac no le gustaba que nadie le molestase mientras hacía su trabajo. Siguió contando: nueve, ocho. La espera se le estaba haciendo tan larga como recorrer uno de los interminables pasillos del metro que de pronto hubieran pintado por completo de blanco. Los dedos le hormigueaban y el tacto de la aguja se volvía áspero, pero Isaac la asió con más fuerza y siguió contando. Cinco, cuatro. Golpeaban la puerta, el timbre, el cristal. Tres. Sacudían el picaporte. Dos. Se inclinaban hacia el interior, tal vez con las manos formando una visera para anular la claridad de las farolas. Uno. El hombre sobre la camilla movió la cabeza. Cero. El tubo fluorescente emitió un chasquido metálico y, al cabo de medio segundo más, se encendió. En el contraste de la luz blanca del techo, el cristal esmerilado de la puerta parecía de pronto todavía más sucio que antes. El reflejo de la farola se avistaba un poco más lejos, porque ya no había nadie al otro lado de la puerta. Quienquiera que hubiese estado llamando se había marchado.

 

Fragmento de la novela Horror vacui (Salto de Página, 2014)


Paula Lapido (España, 1975) nació en Madrid y es licenciada en Ciencias Físicas. Fue finalista del VII Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en 2010 con el libro Teoría de todo, y también del Premio Caja España 2008. Sus relatos han sido recogidos en antologías como Mi madre es un pez (2011), Náufragos en San Borondón (2012), No entren al 1408 (2013) o Madrid, Nebraska (2014), entre otras. Horror vacui es su primera novela.

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