“Aguas y cúpulas”, por José Pérez Reyes

Roma tuvo su Nerón que dejó arder la ciudad. Asunción tuvo su peón que, cansado de verse inundado de reclamos de toda la ciudad, bajó la palanca para soltar...

Roma tuvo su Nerón que dejó arder la ciudad. Asunción tuvo su peón que, cansado de verse inundado de reclamos de toda la ciudad, bajó la palanca para soltar la totalidad de las aguas contenidas en los reservorios subterráneos. Un peón que no quemó nada sino que liberó todos los tanques de depósito del servicio de provisión de aguas tratadas; y la liberación no vino para apagar llamas sino para ahogar todos los reclamos, literalmente.

Esa tarde, Asunción dejó de estar a orillas del río y se convirtió en parte del río Paraguay; al anegar sus casas y sus calles, se formó una bahía tan amplia como incluyente. Ya nadie más vendría a golpear las ventanillas de quejas ni las mesas de asistencia en la oficina pública del servicio de provisión de aguas tratadas, nadie más pondría al rojo vivo los teléfonos que sonaban sin parar en la oficina de reclamos; no más buzones repletos por la falta de servicio ni sitio oficial colapsado en Internet.

Era inédita la escala de la arremetida masiva de usuarios, quienes impulsados por las altas temperaturas y los bajos rencores por tantos días sin agua llegaron al extremo de agredir al funcionariado. Las rejas de uno de los locales de distribución de aguas tratadas fueron derribadas por una turba cuyo hedor era comparable solamente a su furia en ese atardecer de intenso verano.

Agua gratis y en abundancia para todos era un logro que ninguno de los diversos movimientos sociales había alcanzado. Agua gratis para todos. Esa es la clave en un país de tanto calor y con gente acalorada. Es lo que había pensado el peón. Su cerebro seguramente estaba bajo los efectos del agotamiento debido a la ola de rabiosos reclamos y, al mismo tiempo, sugestionado por un tinte populista.

En medio de esa tormenta cerebral, con su terrible puja interna, el peón se decidió a bajar la palanca de palancas, la que todo lo libera. Su gesto trajo la libertad total de todos los depósitos y reservorios; entonces la corriente de agua transformó los pintorescos barrios en un inmenso lago multicolor que creció rápidamente y en cuestión de minutos; se hermanó con la bahía, en una complicidad que parecía vengar tantos años de maltrato y abandono por parte de la ciudad.

El líquido vital recorrió las casas y las calles, abrazó a la capital con su gesto. Los principales reservorios de agua estaban en la zona de Chaco’í, en tanques subterráneos ocultos, cerca de la ciudad, pero bien lejos de la curiosidad de los ciudadanos, que siempre pedían más y dirigían sus ataques hacia la vieja planta ubicada en Viñas Cué, porque ahí era donde tradicionalmente se hacía el tratamiento de agua potable.

Ahora nunca faltará agua. Ya no más críticas como las que decían que el suministro de agua llegaba a cuentagotas. La ciudad parecía flotar, pocos techos asomaban sobre las aguas ya en calma a mitad de la tarde. El único edificio que sobresalía por entero, desde su base misma, era la iglesia de La Encarnación, construida en una de las legendarias siete colinas de la ciudad.

Además de la altura de la loma Volocué sobre la cual se asentaba la iglesia, sus muros de enormes ladrillos la elevaban aún más del trazado de las calles céntricas. Quedó como una especie de anaranjado recinto amurallado, rodeado de la agigantada bahía, como si hubiera sido un templo emergente de entre las aguas. No se podía conjeturar si esto había sido tratado en un atisbo premonitorio o era parte de una misteriosa visión, más lejana aún de alguna sibila, vestal o pitonisa de las otras siete colinas.

El caso es que Asunción ya estaba inundada y solamente La Encarnación se salvaba del acoso de las aguas. En el techo de la nave principal del antiguo templo, un padre y su hijo, que casualmente estaban en ese momento curioseando en las alturas, vieron lo ocurrido sin poder creer; a pesar de estar en las alturas de una iglesia, no bastaba ver para creer. Era algo imposible, irreal. Observaron mudos la ciudad inundada.

Ante lo indescriptible, miraban el horizonte. A lo lejos, más allá de la bahía ahora notablemente expandida, venía una especie de nube negra que era tan larga que no podía ser confundida con las siluetas de helicópteros de alguna flota de rescate. Lo que asomaba era una nube de mosquitos. La oscura horda, que parecía haberse liberado de viejos rincones, iniciaba su ataque como una plaga
a la anegada zona.

De la manera más abnegada, el padre alzó upa al hijo y le indicó que para estar más seguros tenían que subir rápido a la cúpula. Habían pasado muchas cosas allá abajo y, durante ese trayecto hacia la cumbre, todo iba cambiando vertiginosamente entre ellos y las alturas, una serie de ideas subyacentes parecía inundar también sus pensamientos.

No hubo cámaras para registrar ese momento, no quedó una postal del padre subiendo con su hijo las riesgosas escalerillas de hierro en el exterior de la cúpula de La Encarnación, que con su elegante arquitectura hacía frente a las aguas y a las nubes de ese crepúsculo en la capital.

Innumerables cosas habrán visto las alturas de este templo, pero tales situaciones no podían haber sido concebidas ni por el más delirante trepador de su oscura cúpula, como tampoco podía ser imaginada la escena con que el padre y el hijo se encontraron al llegar a la parte superior de la cúpula, sobre la linterna, exactamente en el medio del círculo: una mujer subida sobre un hombre en íntima armonía y húmeda desnudez, desafiando las inclemencias con la más carnal de las actitudes, allí en lo más terrenal de las alturas.

 

Del libro de cuentos Asuncenarios (Editorial Arandurã, 2012)


José Pérez Reyes (Paraguay, 1972) nació en Asunción, es escritor y abogado. Autor de los libros Ladrillos del tiempo (2002), Ese laberinto llamado ciudad (2003), Clonsonante (2007) y Asuncenarios (2012). En 2007 fue elegido como uno de los escritores jóvenes más destacados de América Latina en el evento Bogotá 39. Ha participado en compilaciones como Antología de cuento latinoamericano (2007), De lengua me como un cuento (2009) y El libro del voyeur (2010). Parte de su obra ha sido traducida al inglés y publicada en Words Without Borders (2011). En 2014 la editorial inglesa Ragpicker Press incluyó uno de sus cuentos en The Football Crónicas.

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