“Historia de libros”, por Pablo Bromo

Inicio del cuento. Dos libros se conocen en la calle, se presentan el uno al otro, se leen los índices, los subtítulos, los renglones. Se atraen inmediatamente y, sin...

Inicio del cuento.

Dos libros se conocen en la calle, se presentan el uno al otro, se leen los índices, los subtítulos, los renglones. Se atraen inmediatamente y, sin tanto trámite, caminan a párrafo abierto rumbo a un bar, donde piden varias rondas de tequila y conversan largo y tendido sobre Pedagogía, Naturalismo alemán y Cambios climáticos. Irremediablemente, entre sendas verborreas etílicas, terminan desparramados en un motel horas después de conocerse. Ahí se meten mano, se palpan los lomos, se sudan la tinta y todo lo demás; eso que no está escrito en el prólogo es solo un punto y aparte que todo lo nombra y descifra.

Empiezan a salir frecuentemente y suele vérseles en ferias internacionales y en presentaciones junto a otros libros, menos conocidos, vistiendo sus mejores solapas de portada y encuadernados con hilo recubierto en plata, tipo caballete. Para amortiguar el terror de la “página en blanco” deciden planear un final feliz y, después de algunos meses, terminan por mudarse juntos, a doble espacio, a la pequeña biblioteca del más joven, donde la pasan leyéndose y releyéndose por horas hasta que el amanecer les devuelve el fulgor de sus páginas. Ya en su nueva morada cuelgan cuadros de autores famosos, compran lámparas de lectura, y uno de los dos, el más vendido, engancha una librera más grande en un condominio exclusivo con el pago de la séptima edición de la editorial que lo publica.

Así se la pasan felices entre pláticas de Antropología comparada, Historia china, Arqueología Sumeria, Pedagogía canadiense y Literatura policial latinoamericana. No está de más decir que siempre hay buena plática en la nueva librera, y cuando hay algún motivo para una fogosa discusión o un conflicto bibliográfico, alguno de los dos siempre encuentra el epígrafe perfecto, o el anexo preciso, que los devuelve al pie de página de los comienzos.

Regularmente los viernes, después de las mesas de lectura y los talleres literarios, invitan a varios amigos a la casa, y el grupo, siempre variado y ameno (Poesía joven, Sexología, Novela erótica, Ilustrados para colorear, Plaquettes contemporáneos, uno que otro Cartonero, nuevos Bestsellers) es bien recibido con fiestas memorables que son atendidas por libros de Enología, Gastronomía francesa y Fusión molecular mexicana. En sí, a los dos libros les va muy bien. Los fines de semana, por ejemplo, miran películas adaptadas de algún libro ruso del siglo diecinueve, y es grato verlos cocinar largas historias en la churrasquera del jardín, mientras se cuentan finales de otros libros y se recitan uno a uno los sinónimos de la palabra «chancleta», «felpudo» o «cachondeo».

Están tan felices que hasta decidieron adoptar una mascota, de nombre Funes, en honor a Jorge Luis Borges: un tierno separador Texcote 12 con mirada full color de apenas dos semanas de impreso y recubrimiento UV mate. Todo lo que una pareja de libros, jóvenes y exitosos, podría querer.

Así pasan los años y después de un tiempo llega la tragedia, el horror, el suspenso.

Terminan por conocerse los finales, y cada rincón oscuro de sus premeditados personajes les parece la peor broma repetida hasta el cansancio. Ahondar en sus diferencias es ahora lo que más les duele. El que uno de los dos lleve puestos Bond Beige 90 gramos es suficiente para que el que viste Bond Blanco 80 se sienta inútil, vacío, opaco. No está de más hablar de los tamaños, las tintas, el grosor, el tiraje. Cualquier cosa es motivo para que empiece el largo retorno a la soledad solapada de desdicha, y el silencio, ese vertiginoso enemigo, termine por humedecerles el poco calor que los habita.

Poco a poco, dejan de leerse a entrelíneas y hasta sus diagramaciones les parecen hostiles, incómodas y extenuantes. Terminan por perder a Funes en una feria municipal, y una mañana, de junio o julio, bajo un torrencial aguacero, lo encuentran arrugadito en la esquina de una librera de dos amigos, todo moribundo, desteñido y mojado. Este es el inicio de una serie de dramas griegos que empiezan a apolillar la relación hasta una muerte irreductible.

Así comienzan las infidelidades mutuas con libros mucho más jóvenes y más atractivos: Poesía erótica tailandesa, Haikús pop neoyorkinos, Novela policial argentina, Nuevos debates sobre Deleuze, Derrida y Guattari. Incluso revistas de arte, moda y cultura. También folletos de mercadeo, encuadernados de pasta suave y hasta agendas de las que regalan las aseguradoras. En fin, una lista interminable de encuentros casuales y otros más prolongados que hacen de la relación un infierno dantesco. Al punto que no se pueden ni encontrar en la cocina, porque eso provoca discusiones que van desde el evangelismo neopresbiteriano y la literatura light hasta las notas editoriales de periodiquillos de centros comerciales. Se lanzan prejuicios, odios, intolerancias. Lo que fue una librera rodeada de las mejores tintas, es ahora un cementerio de páginas gastadas y tristemente tenebrosas.

Con el tiempo, hacen una tregua y deciden inyectarse un poco de tolerancia con frasecitas de superación, al mismo tiempo que asisten a sesiones de poesía erótica, lecturas de manuales postraumáticos, terapias con papel y talleres de encuadernado artesanal rústico. Nada. Ya todo está dicho, hecho y viceversa. No hay nada que los salve del terror de la convivencia, forzosamente diaria. La librera es solo polvo, maldito polvo que todo lo cubre y deteriora.

Por eso no sorprende que, al cabo de algunos años, terminen desolados en la esquina de alguna librera, abiertos y vulnerables, mirando el horizonte de las páginas del pasado y queriendo encontrar algún poema de Sabines, Neruda o Juarroz que los salve del extenuante maremoto de la distancia y el olvido.

Lo que da pena es dejarlos ahí, tirados, y verlos llorar tipografías hasta que se les acaben las páginas y el papel se vuelva un aullido, y todo lo que fue un cuento de hadas termine por convertirse en un manual de recursos humanos, un diccionario de abreviaturas o un folleto de efemérides de hace tan solo cinco años.

Fin del cuento.

 

Del libro de relatos Stereo Offset (Editorial X, 2014)


Pablo Bromo (Guatemala, 1980) es escritor, editor y promotor cultural. Ha publicado los poemarios Cometas breves (1997), Diafragma numérico (1999) y Arbitraria muchedumbre (2009), entre otros. También es autor de los libros de relatos y género disperso Spam (2013) y Stereo Offset (2014). Ha participado en diversos festivales de poesía y publicado en revistas y periódicos nacionales e internacionales. Textos de su autoría aparecen en las antologías Automicidio semántico (1998), Voces de posguerra (2001), Versolaris (2006) y Sin casaca (2008). Actualmente es director de Vueltegato Editores. Mantiene el blog bicicleta.

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Crímenes narrativos

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