“El gran enfrentamiento”, por Carlos Gámez Pérez

El señor Azul está en su edificio inteligente, mandado a construir por él mismo. Mira por la ventana cómo se ha transformado el planeta Planeta. La estrella blanca que...

El señor Azul está en su edificio inteligente, mandado a construir por él mismo. Mira por la ventana cómo se ha transformado el planeta Planeta. La estrella blanca que lo ilumina se alza en el horizonte azul. Al contraste de la luz que entra a través del cristal se observan las junturas que unen su mitad izquierda, artificial, metálica, a su humana mitad derecha. Es entonces, al contemplar el brillo de las válvulas que unen sus dos cuerpos, cuando lo dice.
—Es hora de recuperar lo que es mío.
Y se cubre parcialmente la parte artificial con su capa azul. A continuación sale por la puerta. Tiene su mente puesta en EL GRAN ENFRENTAMIENTO.

En otro sector de Planeta, no muy lejos de allí, una figura similar pero inversa cubre también su mitad artificial con su capa color Burdeos. Es el señor Rojo.

Por un instante, mientras se dirige hacia las puertas del ascensor inteligente, el señor Azul frena su determinación. ¿No sería mejor irse para siempre del planeta, olvidarlo y disfrutar de su inmensa fortuna en un paraje paradisíaco mientras sus hijos administran el dinero amasado durante ciclos? Pero la victoria sobre el señor Rojo que le embriagó hace tiempo lo hace de nuevo. Esa imagen lo traiciona. Si una vez fue el dueño de todo, ¿por qué conformarse con la mitad? Además, están sus hijos. Durante los ciclos en que el señor Rojo desapareció de escena, el señor Azul imaginó cómo repartiría todo el poder entre sus vástagos. Y eso que ahora sabe que en la comunicación con sus hijos puede mediar un abismo. Que ellos tienen ideas propias que a veces no coinciden con las del señor Azul. Pero siempre pensó que en esa partición su nombre se convertiría en algo legendario dentro de la historia de Planeta. Ese pensamiento inflama su ego. Se siente un superhéroe, y aprieta el botón del ascensor como ha llevado a cabo todas sus empresas hasta ahora. Con premura. Con ambición. Con el deseo de dominio dirigiendo sus acciones. Exactamente igual que en el pasado, cuando cuidaba del bienestar de todos sus habitantes. O eso cree el señor Azul.

Sin embargo, anda bastante desencaminado. Los aliados del señor Rojo también eran los habitantes de Planeta. Y también los pobres, no solo las familias acomodadas que residen en el sector que habita el señor Azul. Poco le importó hacerles la vida imposible. Apartarlos de su existencia cotidiana y hasta eliminarlos con sus poderes si le fue posible. Para él no eran exactamente habitantes de Planeta. Perdieron. No tenían ningún derecho a vivir. Mucho menos a exigir.

El señor Azul se encamina ya hacia la puerta del edificio inteligente. Un inmenso portal de doble vidrio que se abre tras detectar de forma automática su presencia. Pone un pie en el umbral, decidido. Entonces grita:
—¡Ah!
Y retrocede tras el disparo. Tiene que agacharse y cubrirse. Ha recibido el impacto de un rayo. Por suerte, ha hecho blanco en la parte izquierda de su cuerpo. La que es artificial. Su integridad física no está en peligro.
ZAM, ZAM, ZAM.
Tres rayos más explotan contra el marco de la puerta. El cristal adyacente se hace añicos.
Enseguida su gente se acerca a preguntar.
—¿Cómo se encuentra, jefe?
Van armados hasta los dientes. Y vestidos como militares sin serlo. Eso pone en fuga a sus dos agresores, que escapan calle abajo en un vehículo biplaza flotante.
—Estoy bien —dice el señor Azul.
Se reincorpora.
Sus agresores son algunos de los muchachos que se dejaron captar por el señor Rojo a su vuelta a Planeta. Podríamos considerarlos sus hijos adoptivos. Ahora no los puede controlar. Apenas tienen cabeza. El señor Azul se regocija por partida doble. Por la suerte que ha tenido durante el ataque; y por descubrir el abismo de incomprensión que también separa al señor Rojo de sus hijos, aunque estos sean adoptados.

En esa otra parte del planeta Planeta que no está muy lejos de allí, el señor Rojo restaña una herida que recientemente le propinaron los esbirros del señor Azul. Cree que alguno de los hijos de Azul estaba entre sus atacantes. Suerte que el rayo impactó en la parte derecha de su cuerpo. Resigue la grieta de la herida con los dedos de su mano izquierda. Nota una leve punzada pese a que esa parte del cuerpo es indolora tras la operación.

Gracias a su conocimiento de la teleportación cuántica y sus posibilidades de teletransportación, el señor Azul llega en décimas de segundo al sector de Planeta por el que siempre suele pasear el señor Rojo. Conoce bien sus hábitos. Se ha despedido antes de su hijo pequeño, un muchacho soñador que suele tener la mente en otra parte. Y se ha colocado bien la capa y el uniforme azul. Quiere que todo el mundo recuerde su imagen en EL GRAN ENFRENTAMIENTO.

La zona que habita el señor Rojo es austera. Un territorio agreste de tierra, polvo y granjas humildes. El señor Rojo pretende un contacto diario con la gente sencilla que habita los alrededores que el señor Azul sabe irreal. Los muchos ciclos pasados fuera de Planeta tras el terrible experimento que supuso la victoria del señor Azul son irremplazables. Eso le afirma en su afán de reconquista.

Sin embargo, nada más pisar el sector unos muchachos jóvenes lo abuchean. No entienden que esto fue suyo. Que le pertenecía todo el planeta. Que hacía y deshacía a su antojo. Aún debe vivir por aquí alguno de los esbirros que utilizaba para mantener el orden.
Uno de los muchachos dice:
—No sé qué se te ha perdido por aquí.
Y lo amenaza con una piedra que lleva en la mano. Se trata del novio de la hija del señor Rojo. Aquel con quien enseguida se encariñó tras su regreso. En él piensa el señor Rojo desde el porche de la sencilla granja de la que está a punto de salir a dar su paseo habitual, no sin antes ajustarse la capa y despedirse de su hija, que lo mira compasiva aunque cada día le entiende menos.

Mientras pasea, el señor Rojo piensa en las gentes que habitan su nuevo entorno. Les tiene aprecio. Cómo le hubiera gustado compartir su existencia con ellas. Pero él ha tenido una vida tan distinta. En eso piensa cuando se acerca a la plaza.

Antes de llegar se cruza con uno de los antiguos esbirros del señor Azul. Es viejo como él. Le dice:
—No sé qué se te ha perdido por aquí.
Lo ignora y se apremia a llegar. Cuando alcanza el espacio habitual de sus paseos, descubre una imagen que esta vez no puede ignorar. Se trata del señor Azul, su antagonista. Se encuentra junto a la linde del terreno donde los animales suelen abrevar. Con su presencia pretende dominar el centro de ese espacio. Eso es algo que no puede permitir. Y se dirige con decisión al encuentro con el señor Azul.
—Ha pasado mucho tiempo —dice el señor Rojo.
—Demasiado poco. No deberías haber vuelto —contesta el señor Azul.
No sabe que el señor Rojo se mantuvo en contacto con algunos de sus colaboradores tras su huida a otro planeta del mismo sistema estelar. Que muchos vivían en este sector. Que el dominio del señor Azul nunca fue absoluto. Que en el fondo ambas partes se interconectaban aunque fuera de forma enfermiza. Que en realidad todo está conectado.

Pero ya se ha iniciado la lucha. No hay tiempo para ese tipo de pensamientos. La imagen que recuerda de nuevo a aquellos dos tipos embarrados hasta la cintura peleando con sus dos garrotes vuelve a planear por las cabezas de los habitantes de Planeta, esta vez en versión para superhéroes. El señor Rojo le ha propinado un puñetazo al señor Azul que ha hecho que se tambalee. Este se revuelve y le da un cabezazo en todo el pecho que envía al suelo al señor Rojo. Luego forcejean. Lo hacen con torpeza. En algún momento de la lucha, las partes humanas del señor Rojo y el señor Azul parecen complementarse para formar un solo individuo. Sin embargo, es una ilusión del observador.

Nadie sabe en qué instante aparecen las armas. Lo cierto es que en un momento determinado de la pelea cada uno empuña una pistola láser. El señor Rojo con su mano izquierda, el señor Azul con su mano derecha. Tampoco nadie puede explicar de dónde sale el niño. Pero lo cierto es que pasa con su balancín flotante por en medio de los dos combatientes, justo en el momento en que se escucha el rugir de las armas.
ZAM, ZAM, ZAM.
No se puede decir con certeza cuál de las dos pistolas ha partido el rayo. Si este ha sido azul o rojo. Lo que sí es evidente es que el niño yace muerto con una sonrisa inocente en la boca. El balancín a su lado en el árido suelo. El señor Rojo y el señor Azul se acercan hasta la víctima. Ahí mueren las ambiciones de ambos. Tal vez por eso son capaces de dirigirse la palabra otra vez.
—No fui yo quien provocó el experimento que nos separó en dos, cuando éramos uno —dice Rojo. Y recuerda los extraños antecedentes que rodearon el acontecimiento.
—Un experimento que se realizó después en otros planetas —dice Azul.
—Con resultados muy distintos, por cierto —responde Rojo envalentonado.
—El caso es que en Planeta sucedió lo que sucedió. Yo, la parte derecha del individuo que llevó a cabo el experimento, me erigí en el dueño de todo.
—Eres injusto. Resultó muy difícil para mí, la parte izquierda, rehacer mi vida lejos de los míos. No sabes cuántas operaciones ni cuántos implantes artificiales he necesitado para seguir con vida —dice Rojo.
—No menos de los que he necesitado yo. ¿O es que crees que a mí me ha sido fácil?
—Pero tú te quedaste con todo. Y te vengaste de los que pensaban como yo.
—Me corroían los deseos de revancha. Pero luego descubrí que los necesitaba, a los que pensaban como tú me refiero. Sin ellos éramos demasiado pocos.

En ese instante se acercan el joven que ha increpado a Azul y el viejo que ha hecho lo mismo con Rojo. El niño es familia de ambos. Primo del primero. Nieto del segundo. Vivía en una granja cercana.

Los dos bandos se culpan de la muerte. Pero sus líderes, Rojo y Azul, acaban de darse cuenta de algo. Era una estupidez ansiar el control completo del planeta. En un momento de lucidez, los dos comprenden que su afán de dominio les impedirá conquistar lo más preciado: la inocencia de ese niño que yace muerto. Lo único que les permitiría poseer Planeta con el alma tranquila. Sin vigilancia. Sin necesidad de introducir infiltrados en el bando del contrario.

Además, hoy no sería posible un enfrentamiento como el que siguió al experimento sin un baño de sangre aún mayor que aquella vez. Y eso la Confederación Interplanetaria no lo permitiría en estos momentos. Esa posibilidad les asusta. Entonces Rojo se obnubila. Toma la palabra. Piensa que es la víctima capaz de hablar tras su muerte. Se olvida a su vez de las víctimas que él también provocó tras el experimento. Pero asume que Azul no está tan dolido por esa muerte como él. Para Azul el niño no es más que una cifra. Un daño colateral. Un crío despistado que no debió cruzar ese sector de Planeta en el momento más delicado.

En realidad es de nuevo el poder lo que los atrae a ambos. Y de una forma inconsciente hace que Rojo diga:
—Debemos pactar.
Azul asiente con la cabeza. Responde:
—De acuerdo. Pero será en mi territorio.
Y ambos, que en cierta forma son el mismo, se dirigen al sector de Planeta en donde vive Azul.

Al llegar, un joven, hijo de sus vecinos, habitante de uno de los grandes ranchos de este sector, se cruza con Azul y Rojo por la calle. Mira con odio a Azul y dice:
—No sé qué se te ha perdido aquí.
Este lo ignora y sigue su camino. Solo piensa que el pacto ayudará a los habitantes de esta zona: los ricos. Azul los ama. Ha disfrutado todos estos ciclos envejeciendo a su lado, contemplando junto a ellos los atardeceres de la estrella blanca. Lo que ignora es que los vástagos de sus vecinos pueblan ahora las filas de los aliados de Rojo, como el muchacho que le ha increpado. Eso es algo que se le ha escapado de las manos.

Cuando llegan al sector donde reside Azul, un grupo de rancheros abuchea a Rojo mientras este se coloca bien la capa. Pretende buena imagen para un momento que considera histórico. Uno de esos vecinos incluso lo amenaza con su pistola láser. Le dice:
—No sé qué se te ha perdido aquí.
Lo que tampoco sabe ese hombre es que Rojo vivía en este sector en su juventud. Que era un vecino más cuando ellos eran jóvenes. Que él también era hijo de rancheros ricos, como los hijos de los vecinos de Azul que ahora militan en el bando de Rojo. A fin de cuentas, él solo es la mitad escindida de Azul.

Ese espacio en donde vive Azul es un territorio pretencioso. Todos esos grandes ranchos pretenden competir en extensión y riqueza. No es de extrañar que aquí haya encontrado Azul un refugio. Para él esta zona se ha convertido en una torre de cristal. La calma y el bienestar de sus habitantes han apantallado el sufrimiento del resto y las tensiones que lentamente han ido creciendo hasta hoy. Un cambio que los hijos de sus vecinos sí fueron capaces de ver.

Azul invita a Rojo a entrar en su casa. Tienen tiempo de sobras para discutir los detalles del pacto. La veloz teleportación cuántica desde la plaza donde ha fallecido el niño les ha permitido llegar a su destino con suficiente tiempo por delante. Azul saluda a su hijo pequeño antes de entrar en el despacho donde, tanto él como Rojo acordarán las condiciones del reparto.

Sin embargo, lo que debería ser una reunión efectiva se convierte de nuevo en una tempestad. Arropado por el sentimiento de seguridad que percibe en esta zona del planeta, Azul recupera el afán por poseerlo todo con el que se inició EL GRAN ENFRENTAMIENTO.
—No sé por qué debo compartir lo que es mío contigo —dice.
Rojo no está mejor. La discusión que se ha iniciado, unida a las sensaciones que ha tenido al compartir la tragedia del niño con la gente, le reafirman en la idea de que él es el único que comprende al pueblo. Por eso contesta:
—No se trata de compartir. La soberanía es del pueblo. Y pienso que yo soy quien mejor lo representa de los dos.
Esa frase encrespa los odios de las partes que se escindieron tras el experimento.
—Acabemos con esto —dice Azul.
Y pulsa un botón sobre la mesa de su despacho. Al instante entran dos esbirros de Azul. Visten atuendo paramilitar. Van armados hasta los dientes.
—Ah —grita rojo mientras repele al primero de los disparos con la mitad artificial de su cuerpo. Su parte derecha.

Con gran premura para su edad, Rojo accede al balcón adyacente al despacho de Azul. En el segundo piso del edificio. Tres rayos más, disparados por los esbirros de Azul, explotan contra el marco de la puerta del balcón.
ZAM, ZAM, ZAM.
Ahí fuera, Rojo hace un gesto con la mano para que sus muchachos se personen veloces y hagan frente a los paramilitares. Es su única esperanza de sobrevivir en la ratonera donde se ha metido él mismo. Está atrapado. Sus posibilidades son mínimas. Un odio cortante se apodera de todo su ser. Piensa en los habitantes del barrio de Azul. Los eliminaría a todos. No se para a pensar en los muchachos más jóvenes del lugar. Esos que apoyan sus iniciativas. Esos que han tenido una infancia como la suya. Sí piensa en cambio en los chavales que le siguen. Sus nuevos vecinos, los granjeros pobres. Aquellos a los que acaba de hacer el gesto para que le ayuden. Será con ellos con quien se repartirá el poder si sale de esta. En ese reparto, su nombre se convertirá en algo legendario dentro de la historia de Planeta. Y una sensación de que de nuevo es el líder que la gente necesita lo invade. Esa idea inflama su egocentrismo. Es el mismo que le dominó en su primer enfrentamiento con Azul, tantos ciclos atrás. De nuevo cree ser el representante de todos sin serlo. Se siente un superhéroe, y trata de incorporarse para ver si ya han llegado refuerzos. Actúa como lo ha hecho siempre hasta ahora. Con arrogancia. Con la sensación de ser el elegido, el salvador del pueblo.

Pero cuando mira hacia abajo para asegurarse de que han entendido bien sus órdenes, la imagen lo sorprende por completo. Es entonces cuando desearía no haber vuelto a Planeta. Haberse quedado en su exilio dorado en otro astro del sistema estelar. Rodeado de seres que admiraban su valentía en el pasado. En ese instante Azul accede a la terraza para tratar de reproducir de nuevo la imagen de aquellos dos tipos embarrados hasta la cintura peleando con sendos garrotes. Queda mudo por la impresión.

Una muchedumbre procedente de todos los lugares del planeta se ha agolpado frente a la casa de Azul. No han necesitado de la teleportación cuántica para llegar. Llevan el cadáver del niño muerto a hombros. También cargan pancartas. Piden pan. Piden respeto. Piden paz. Están hartos de imágenes goyescas planeando sobre sus cabezas.

La escena aterroriza a Azul, que teme perder el timón que ha llevado tantos ciclos. También asusta a Rojo, que percibe que no es el líder del pueblo que creía ser.

Es así, a regañadientes pero empujados por la aglomeración de personas, cómo acceden a prescindir de sus partes artificiales para dejarse fusionar de nuevo en un solo individuo. Lo hacen en público. Desde el balcón de la casa de Azul, con la ayuda de los mejores cirujanos de Planeta. Pero mientras cicatrizan las hendiduras de la unión entre ambos, se observa que la repulsión de las partes va a hacer difícil que los cortes en esa unión no se gangrenen. La gente lo sabe. No obstante, prefiere eso al sufrimiento del pasado.

Desde el despacho de su edificio inteligente, el señor Azul-Rojo contempla, ya sin capa, el atardecer en Planeta. En cierta forma, ha recuperado lo que es suyo. Pero la gangrena crece poco a poco entre las junturas de sus mitades izquierda y derecha.


Carlos Gámez Pérez (España, 1969) nació en Barcelona, es escritor y profesor. Ha publicado en revistas como SalonKritik y La bolsa de pipas. Es autor de un diario sobre sus vivencias en las cárceles de Nicaragua titulado Managua seis (IEM, 2002), de pronta reedición. Ganó el IX Premio Cafè Món con la novela Artefactos (Sloper, 2012) e integra las antologías Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos (Candaya, 2013), Viaje One Way: Antología de narradores de Miami (Suburbano, 2014) y el número 1 de la revista Presencia Humana (2013), dedicado a la nueva narrativa extraña española. En la actualidad trabaja en la Universidad de Miami, donde prepara un doctorado sobre las relaciones entre ciencia y literatura, tema que también toca en su bitácora personal, El blog de Carlos Gámez.

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