“Universos paralelos”, por David Roas

Where is my mind? The Pixies   Definitivamente, estoy perdido. Llevo una hora dando vueltas y más vueltas por las oscuras calles del barrio de Miraflores, pero mi hotel...

Where is my mind?
The Pixies

 

Definitivamente, estoy perdido. Llevo una hora dando vueltas y más vueltas por las oscuras calles del barrio de Miraflores, pero mi hotel no aparece. Y sé que está cerca.

Al salir de la discoteca Tequila he consultado mi mapa y, aunque las distancias en Lima engañan (todo en esta ciudad es demasiado grande), un rápido cálculo me ha hecho ver que en poco más de media hora podía llegar a la calle San Fernando, donde me espera mi hotelito, La Casa Azul. Esa zona del barrio es una cuadrícula en la que resulta sencillo orientarse. O al menos eso me había parecido recorriéndolo de día.
El trayecto, además, era muy fácil de seguir, y encima discourage en parte por avenidas y grandes calles: Marina, Pershing, Javier Prado Oeste; allí debía girar en el Paseo de la República y caminar en dirección hacia el mar, para después tomar Leónidas Avellano, seguir por Reducto y Vasco Núñez de Balboa, que se cruza con San Fernando.

Pero como soy un listillo, cuando he llegado al Paseo de la República he decidido atajar por calles pequeñas. Para ahorrar tiempo y energía. Sobre el mapa me ha parecido fácil: se trataba simplemente de seguir hacia el mar por calles paralelas a la Avenida Arequipa. He tomado Conquistadores, después Espinar, ahí he girado —estoy seguro— por Berlín, después Bolgnesi, para continuar —creo— por Trípoli y cruzar por la que debía ser la calle José Gálvez… En algún momento he pasado por Manco Cápac (cómo olvidar ese nombre). Y a partir de ahí he perdido el rumbo.

Al principio le he echado la culpa a la penumbra en que están sumergidas estas calles y a que muchas de ellas no tienen placas en las que se indique su nombre. Esta tiene que ser, además, la zona más tranquila del barrio de Miraflores. Y la más oscura: las farolas son escasas y poco potentes. El ayuntamiento debe estar ahorrando electricidad. O quizá todo es culpa de la excesiva profusión de vallas electrificadas que rodean muchas de las casas. Demasiado consumo. Nunca antes había visto tanta alambrada y tanto letrero amenazador: 10.000 voltios. PELIGRO. Alto voltaje. La mayoría de los portales y zaguanes están protegidos por rejas (algunos incluso vigilados por cámaras). Los pequeños jardines se atrincheran tras vallas de afilados barrotes. Tanta seguridad provoca una impresión inquietante, y, a la vez, extrañamente tranquilizadora.

Las rejas y las vallas electrificadas comenzaron a aparecer en los años más duros de las actividades de Sendero Luminoso. Y ahí se quedaron. Eso es lo que yo necesito ahora, un sendero luminoso, un camino de baldosas amarillas que me lleve hasta el hotel…

En todo el tiempo que llevo dando vueltas no me he cruzado con nadie a quien pedir ayuda. Aunque no me gusta preguntar (confío en los mapas y, sobre todo, en mi habilidad para leerlos), ahora estoy dispuesto a tragarme este orgullo imbécil y dejar que alguien me guíe. Estoy harto de vagar sin rumbo.

Al principio, cerca de la discoteca Tequila, todavía he visto circular algún coche. Incluso un par de humanos, abrazados y en silencio, ha caminado delante de mí durante tres o cuatro manzanas. Pero cuando he empezado a perderme por estas calles sombrías, ya no ha vuelto a pasar coche alguno. Ni un triste taxi. ¿Dónde están los miles que durante el día abarrotan las calles de Lima desafiando las leyes de la física? Ni siquiera me he topado con una combi a cuyo conductor suplicar que pare (o, al menos, preguntarle alguna indicación que me devuelva al camino correcto). Aunque esas destartaladas furgonetas atiborradas de gente me acojonan, ahora mismo no dudaría en subirme a una.

Resulta extraño no escuchar el fragor de la ciudad. El constante runrún del delirante tráfico limeño ha desaparecido y sobre esta zona de Miraflores se extiende un silencio pesado. Veo luz en muy pocas ventanas. Gente de orden.

Consulto de nuevo el mapa y descubro lo cerca que he pasado de la calle San Fernando, pero algo he debido hacer mal, porque después de dar vueltas y regresar varias veces sobre mis pasos, he acabado alejándome de allí.

Si al menos diera con la Avenida La Paz, que aparece grande y acogedora en mi mapa, estoy seguro de que podría encontrar rápidamente La Casa Azul. Allí voy cada mañana en busca de taxi para desplazarme hacia el centro de la ciudad. Pero las calles que salen a mi paso ya no las encuentro en el mapa: serán demasiado pequeñas o poco importantes, callejones para los que no hay espacio en el plano…

Quizá, ahora se me ocurre, todo sea culpa del mapa. Quizá han dibujado mal esta zona del barrio y han confundido el trazado de las calles. O, simplemente, han trastocado los nombres de alguna de ellas, cambiándolos por otros que no deberían estar ahí. Por eso la incongruencia con la realidad… Claro que hasta hoy el mapa no me había fallado. Excusas baratas para disimular mi torpeza.

De la paciencia al cabreo va solo media hora de atravesar calles iguales. Acabo de comprobarlo. Al principio me lo he tomado con deportividad. Es normal que me pierda: no conozco la ciudad, las calles de esta parte del barrio son casi idénticas con sus casitas unifamiliares, hay poca luz, escasean los letreros donde se indica el nombre de las calles… Pero ahora empiezo a estar cansado. Y muy enfadado (conmigo mismo). Tenía que haber cogido un taxi.

Después de un día muy intenso, en el que no he tenido ni un minuto libre, dejarme arrastrar hasta la discoteca Tequila no ha sido la mejor decisión. Pero no me podía negar. Hubiera sido un maleducado. Un par de copas, me he dicho, y me largo.

La música hortera y la mala cerveza han acelerado mi partida. Y también el local: no soy un mojigato, pero tanta chica sola, todo sonrisas y cortísimas minifaldas, me ha incomodado. La verdad es que tenía que haberme olido algo cuando nos han cacheado antes de entrar (bajo un inesperado cartel: Por el bien de todos, deje sus armas en el auto) y, sobre todo, cuando nos han pedido que si llevábamos cámaras de fotos o de vídeo las entregáramos en guardarropía. Pero como mis compañeros se lo han tomado con toda naturalidad, yo, para no ser menos, he fingido que aquello era normal. Ciudad extraña, normas desconocidas.

Tras dejar pasar un tiempo prudencialmente educado, me he despedido de los colegas: Hoy estoy derrotado, pero mañana os prometo que estaré a la altura… Cuando Ricardo se ha ofrecido a llevarme, le he dicho que no hacía falta, que tomaría un taxi. Pero no lo he hecho. Y todo por culpa de Ampuero. Y por mi obsesiva responsabilidad.

Antes de salir de Barcelona había comprado varios libros de autores peruanos actuales para ponerme al día. El único que me quedaba por leer, maldita casualidad, era Hasta que me orinen los perros, de Fernando Ampuero. En el avión lo pasé muy bien con esa delirante novela negra sobre taxistas limeños que sacan una pasta extra robando a los pasajeros borrachos que se les duermen en el coche (a veces con la ayuda de una buena dosis de cloroformo). Una historia que se vuelve inquietante cuando algunos de esos taxistas llevan a los pobres trompas hasta huecos (escondites) donde los venden a criminales de verdad, quienes terminarán de desvalijarlos exprimiendo sus tarjetas de crédito.

En la puerta del Tequila había varios taxis aparcados. Los conductores fumaban y charlaban animadamente apoyados en el morro de sus coches. Mi primera intención ha sido, como es natural, pedirle a cualquiera de ellos que me llevase al hotel. Pero, mientras me acercaba, he cambiado de opinión. Porque en ese instante todos han dejado de hablar y se han quedado observándome en silencio. Sé que es mi imaginación la que habla, pero me he visto a través de los ojos escrutadores de los taxistas: un tipo que sale de un bar de putas pasadas las dos de la mañana, con cara de cansancio (estado fácilmente confundible con el de un buen colocón) y con evidente pinta de extranjero. El candidato perfecto para ser paseado, cloroformeado, desvalijado y vendido… En todas sus caras he visto aparecer una sonrisa maliciosa, como si estuvieran calculando lo que iban sacar de este pobre pardillo.

Todo por culpa de Ampuero. Y de mi imaginación siempre desbocada. Porque en los siete días que llevo en Lima no he tenido ningún problema con los taxistas, salvo pagar en varias ocasiones dos o tres soles más de los que en verdad cuesta el trayecto.

Mientras camino por este laberinto de calles iguales, viene a mi memoria un recuerdo muy lejano: los minutos —a mí me parecieron horas— que pasé perdido en la playa de Arenys de Mar. Tópico, pero muy real. Y muy acojonante. El recuerdo trae consigo la angustiosa sensación de aquel miedo infantil. Pero esta vez no voy a llorar ni a llamar a gritos a mi mamá (eso espero).

Miedo. Una cantidad justa de miedo siempre es útil. Protege. Pero lo que en verdad me inquieta no es que pueda ocurrirme algo malo (Miraflores se ve demasiado tranquilo y seguro), sino la posibilidad de pasarme horas vagando hasta dar con el hotel o con algún simpático lugareño que me oriente.

¿Qué es el miedo? El miedo es que llamen a la puerta de tu casa a las 4 de la mañana, abras y te encuentres con un tipo vestido de payaso. Eso sí que da escalofríos.

Ahora me doy cuenta de que me muevo por un decorado perfecto para un relato de terror: calles vacías sumergidas en la penumbra, árboles silenciosos, sombras inmóviles, un silencio reptante solo roto por el eco de mis pisadas. Si ahora pasara por aquí la combi fantasmal, no me sorprendería. Mi amigo Pierre me contó ayer esa disparatada historia en la que, tras un tremendo choque entre dos combis (algo muy habitual en Lima) en el que murieron tres personas y uno de los conductores, el vehículo se aparece cada noche en el mismo lugar y a la misma hora en que ocurrió el accidente. Dicen, quienes la han visto, que sus espectrales ocupantes miran desde sus asientos con caras muy tristes…

Si ahora apareciera por aquí y supiera que su trayecto pasa cerca de mi hotel, me subiría sin dudarlo. A la mierda el miedo. Estoy harto de andar. Quiero llegar a La Casa Azul. Quiero dormir.

Compruebo la hora en el móvil. Las 4 menos cuarto. Tengo la sensación de que ha pasado mucho más tiempo. Se me ocurre que podría telefonear a alguno de los colegas limeños en busca de ayuda, pero desecho inmediatamente la idea por ridícula. No quiero que piensen que soy un llorón histérico. O peor, que me tomen por un turista pardillo, como los que cada día encuentro incomprensiblemente perdidos en los andenes del Metro de Barcelona, donde su cara de pasmo es el reclamo perfecto para los carteristas. Aunque a diferencia de esos idiotas, yo sí estoy perdido de verdad en este laberinto de calles iguales. O quizá yo también soy idiota.

Trato de examinar con serenidad lo que ocurre. Hallar una explicación razonada más allá de los inevitables desvaríos fantásticos que cruzan mi mente sin parar. La mayoría parecen escritos por Rod Serling.

Por muy enorme que sea, Lima ocupa un espacio finito. Y si no estoy equivocado (aunque ya no sé si fiarme de mí mismo), aún no he sobrepasado los límites del barrio de Miraflores. Simplemente, debo haber andado en círculos sin darme cuenta. Como dijo Einstein, el espacio es relativo. Y si es de noche y uno anda cansado y perdido por una ciudad desconocida, todavía más.

Caminar por fuera de todas esas verjas resulta extraño. Hay tantas que empiezo a tener la sensación de que el encerrado soy yo y no los que habitan tras ellas. Un pobre bicho que vaga perdido por un zoo inmenso.

A lo lejos se oye una sirena. Y luego otra más. Le contesta un bocinazo. Un perro ladra. Hay vida más allá de estas calles en penumbra. ¿Pero hacia dónde?

De pronto, un atisbo incontrolable de esperanza. Esta calle me resulta familiar. Sí, ahora lo recuerdo: si giro a la izquierda encontraré la gasolinera (el grifo, como aquí le llaman) donde hace tres noches compré unas cervezas y un bocadillo. Después no tengo más que seguir hacia la Avenida La Paz y enseguida me toparé con la calle San Fernando. Acelero el paso, feliz.

Me equivocaba. No hay ningún grifo. La esquina se abre a otra calle tan vacía y en penumbra como las que ya he recorrido.

Se me ocurre que podría volver sobre mis pasos. Rebobinar hasta el momento en que he girado por la calle equivocada. O incluso volver a la casilla de salida y allí empezar de nuevo y tomar el camino correcto. Pero cómo hacerlo si no sé (exactamente) dónde estoy.

En uno de esos jardines atrincherados tras una verja electrificada un movimiento atrae mi atención. La penumbra no me permite verlo bien, pero parece tratarse de un perro. Un ser vivo, por fin. Al notar mi presencia, se incorpora y me doy cuenta de mi error. No es un perro, sino una llama. O quizá sea una alpaca, nunca he sabido distinguir a estos animales. Creo que la llama es más alta.

¿Qué coño hace un animal como ese en el jardincito de una casa particular de Lima? ¿Orgullo patrio peruano? He visto varios jardines adornados con mástiles en los que ondea la bandera del país. Quizá los dueños de esta casa son habitantes de la sierra que se han traído un trocito (animado) de su mundo para apaciguar la nostalgia. Por lo que sé, las llamas son bichos irascibles (y bastante estúpidos), lo que quizá los convierta en estupendos vigilantes nocturnos. Aunque no creo que escupir abundantes chorros de saliva sea un arma muy efectiva para impedir que roben a sus dueños.

El bicho parece triste. No debe ser muy divertido estar ahí encerrado, en lugar de corretear por el altiplano. Me mira y lanza un berrido brutal (quizá esa sea su principal arma de vigilancia). Bruaaaaaaaaaaaaaa. Menudos pulmones. Doy un respingo. ¿La habré provocado yo? Mejor me largo. Solo falta que ahora me tomen por un ladrón. Claro que eso me permitiría explicarle a la policía lo que me ocurre y podrían llevarme hasta mi añorada Casa Azul. Pero mi imaginación vuelve a hacer de las suyas y convierte a los agentes limeños en violentos y corruptos polis mexicanos. Mejor no tentar a la suerte.

Vago como un fantasma por estas calles oscuras. Quizá es que lo soy y, obsesionado por encontrar mi hotel, todavía no me he dado cuenta de mi nueva (y definitiva) encarnación ectoplásmica. Otra leyenda urbana limeña: El Turista Fantasma de Miraflores. Un tipo que murió aplastado por una destartalada combi y cuyo espíritu tristón vaga por las calles del barrio a la espera de que alguien le ayude a encontrar el camino hacia su hotel.

Desandar el camino sería una buena idea si supiera dónde estoy, si supiera qué calles he recorrido para llegar hasta aquí.

Mientras camino, mientras doy otro paso hacia no sé dónde, trato de encontrarle un sentido positivo a esta experiencia: de aquí podría salir algún cuento. Un relato épico sobre un Viajero atrapado en un inmenso laberinto poblado por terribles monstruos con los que deberá combatir: piratas (taxistas), seductoras sirenas (putas), animales diabólicos (con forma de llama o alpaca), amenazadores mastodontes de acero (combis)… Y junto a ellos un monstruo todavía peor al que también deberá vencer: el miedo. Tras superar todas esas pruebas llegará la apoteosis del Héroe y éste alcanzará la iluminación, el conocimiento necesario para escapar del laberinto y regresar sano y salvo a su castillo (La Casa Azul). Pero él ya no será el mismo que fue…

Desvariar no me ayuda en nada. Mejor seguir caminando y buscar el camino perdido.

Llega hasta mí el penetrante olor del mar. Eso significa que debo estar en las calles de Miraflores que orillan el enorme acantilado que se asoma sobre el Pacífico inmenso y oscuro. Compruebo en el mapa el nombre de la calle, pero éste no aparece. Al menos donde creo que ésta debería encontrarse, si el mar está tan cerca como supongo.

El miedo se ha desactivado por el cansancio y las ganas de llegar a mi cama. Ojalá pasara alguien. Incluso un payaso, ya me da igual. Le enseñaría el mapa y le pediría que me orientase. Eso sí, evitando mirar su ominosa nariz roja… Sigo desvariando.

El reloj del móvil me dice que son las 4 y 12, pero estoy seguro de que no es así. Si cada vez es más evidente que, perdido en Miraflores, el espacio es una magnitud relativa, el tiempo debe serlo también. No pueden haber pasado tan solo doce miserables minutos desde la última vez que lo miré. Debe retrasar (¿les ocurre eso a los móviles?).

De nuevo, la inevitable sensación de haber pasado por aquí. Aunque puedo equivocarme, después de tantas vueltas, tantas calles iguales, tantas casas unifamiliares, tantas verjas electrificadas…

Bruaaaaaaaaaaaa.

Ahora estoy seguro. Vuelvo a estar frente al jardincito donde dormitaba la llama (o la alpaca) y he vuelto a molestarla. Aunque no la veo. Debe estar escondida en alguna de las zonas más oscuras del jardín. No sé por qué pero me gustaría ver otra vez a ese pobre animal. Continúo mi camino sin rumbo.

Empiezo a sentirme como si hubiera cruzado a otra dimensión paralela, donde la noche es eterna y la ciudad siempre está deshabitada. Tengo ganas de tocar el timbre de alguna puerta y ver qué pasa. Ver quién (o qué) la abre.

La paranoia aumenta. Siento que las casas vigilan mis pasos y se ríen en silencio. ¿La ciudad se confabula contra mí?

He dado tantas vueltas que en algún momento voy a acabar cruzándome conmigo mismo.

Cae una lluvia fina, brumosa. Garúa. Me da igual. Sigo andando. Empiezo a temer que nunca encontraré el hotel. Un pensamiento absurdo, pues no tengo más que esperar a que salga el sol, aguardar a que la ciudad se anime de nuevo. Entonces podré preguntar a alguien, parar un taxi… Lima es enorme, pero no infinita.

Eso espero, me digo, y continúo caminando.

 

Del libro de cuentos Bienvenidos a Incaland (Páginas de Espuma, 2014)


David Roas (España, 1965) nació en Barcelona. Es profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona y autor del libro de microrrelatos Los dichos de un necio (1996), la novela negra Celuloide sangriento (1996), los volúmenes de cuentos Horrores cotidianos (2007) y Distorsiones (2010) y el libro de crónicas humorísticas Meditaciones de un arponero (2008). Su obra ha sido incluida en diversas antologías de narrativa breve española. Recientemente publicó la novela La estrategia del koala, a través de Editorial Candaya.

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Crímenes narrativos

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