Memorias de Denise Phé-Funchal

¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara...

¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara en un hacedor de palabras y vividor de certámenes literarios? En este espacio son los propios autores quienes rememoran y nos cuentan acerca del momento en que la literatura irrumpió en sus vidas sin pedirles permiso.


Pensar en esa primera vez me lleva inmediatamente al apartamento de infancia y a la época del cole. A diferencia de muchos de mis compañeros que durante las vacaciones salían de viaje y se iban a algún lugar dentro del país o —los más afortunados— a Disney o a Cancún, mi hermano Marcelo y yo nos quedábamos esas semanas en casa, en el apartamento de tercer piso del centro de la ciudad que ya, en la década de 1980, comenzaba a perder el lustre. También, a diferencia de los otros chicos, nosotros teníamos solamente mamá. No había padre que ayudara con los gastos. Las vacaciones en hotel con piscina, con fotos en monumentos eran algo simplemente inalcanzable.

Al período de vacas seguía la composición sobre “lo que hice en las vacaciones”. Así se tratara de las de Semana Santa, las de fin de ciclo, las de medio ciclo, uno ya sabía que sería una de las primeras tareas. Año con año.

Quizá fue en el 83 o en el 84 cuando comenzó la práctica de contar las vacaciones; ya para 1986 este ejercicio me había valido regaños por ponerle poco empeño a la redacción y hasta sesiones con la psicóloga del cole que quería indagar qué tan solos y qué tan encerrados estábamos durante esas semanas. También alguna profesora había convocado a mi mamá para intentar convencerla de llevarnos de vacaciones al menos una vez al año.

Lo que los profesores no sabían era que el apartamento era todo lo que uno podía desear. Tenía un pequeño patio interno con arriates en los que sembrábamos monedas y donde también teníamos un pequeño cementerio de peces y muñecos muertos. Había una habitación con libreros llenos de juguetes y un balcón que daba a la calle. Además, las vacaciones eran la gloria por el simple hecho de no ir al cole.

En 1987 tuve una de esas profesoras de película de miedo, grande como ella sola, con verrugas en algunos puntos de la cara, lentes gruesos, dos vestidos únicamente —un azul y un café— y una hedentina que la anunciaba a 5 metros de distancia. Además tenía una voz gruesa que parecía hacer temblar las paredes cada vez que gritaba. Para ella, más que para los profes anteriores, mi primera composición sobre las vacaciones había sido una prueba irrefutable de que yo no quería trabajar en su curso y eso significó que me persiguiera desde el inicio del año.

Las primeras vacaciones cortas pasaron y aunque las semanas anteriores de clases me habían hecho casi inmune a los gritos de la profa —y me habían enseñado a contener la respiración cuando me hablaba—, la composición sobre lo que había hecho esos días se volvió parte de aquello que hace que uno deteste volver a clases. Inevitablemente, el tiempo avanzó y llegó el lunes.

Normalmente, mis pequeños textos sobre los días de ocio estaban llenos de la cotidianidad que se puede tener en la infancia: levantarse, desayunar, cocinar con la abuela, mirar desde el balcón, jugar con el perro, jugar con mi hermano, esperar a que mamá llegara, que llegara la tía Angustias, leer, dormir; si hablaba del sábado, estaba la ida al súper; del domingo, las clases de natación, la pizza de almuerzo y la larga siesta que seguía. Contar eso —lo de lunes a viernes, en la composición de las vacaciones, y lo de sábado y domingo, en los eventuales textos sobre el fin de semana— me había valido ya algunos gritos y anotaciones en rojo en las que se me acusaba de no esforzarme.

Durante las vacaciones, Marcelo y yo habíamos instalado en el patio dos mesitas de café, una sobre otra, representando la estructura de un hotel; en el centro del lobby, un pisapapeles de mamá era la mayor atracción del lugar: un enorme diamante. Los muñecos Fisher Price y los Playmobil se registraban en la recepción y algunos de ellos planeaban robar el diamante. Un grupo de juguetes cometió el crimen y Jeremías, el héroe del cuarto de juguetes —un muñeco tipo Cabbage Patch— resolvió el misterio de la desaparición del diamante del Hotel Lux luego de casi haber muerto en las fauces de Gertrudis —una perra gigante y aliada de los ladrones— y de haber sobrevivido una caída de más de diez metros desde la terraza del edificio.

Escribí tres páginas contando el robo y cómo habíamos resuelto el crimen, pero a diferencia de los juegos, en mi versión Marcelo y yo éramos los investigadores y el hotel, en lugar de estar ubicado en el patio, estaba en medio de la selva. Creí que eso me valdría un 10, por lo menos un 7, un 6.5 si tomábamos en cuenta que mi ortografía sufría algunos resbalones. Lo que me gané fue una larga nota en el cuaderno —escrita en rojo con trazo fuerte y lleno de enojo—, una muy mala calificación y un regaño público por mentir sobre las vacaciones. Un regaño que tocaba recibir a pocos centímetros de la hedentina de la profa, un regaño que implicaba dominar el arte de respirar por la boca y mantener las fosas nasales cerradas a puro control muscular.

Jamás encontré la fórmula para que la profa dejara de gritarme. Esa y otras veces —contara la verdad que a ella le parecía aburrida o la mezclara con la ficción de los juegos— gané el terrible olor de su boca y más de alguna gotita de saliva sobre mi cara, pero al revisar mis viejos cuadernos que aún descansan en una caja en la casa de la familia, veo mis primeros cuentos, con esa caligrafía —oh dios mío—, esa caligrafía que no ha cambiado mucho. Al año siguiente, cuando me tocó repetir el curso, volví a probar la fórmula pero por suerte tenía una profa con mejor humor —y mejor aliento— a quien le gustaban mis historias.

De esos cuadernos del 87 y de los años siguientes, mi mamá transcribiría algunos cuentos para enviarlos a concursos infantiles que a veces ganaba y a veces no.

 


Denise Phé-Funchal (Guatemala, 1977) es escritora y socióloga. Actualmente se desempaña como catedrática en la Universidad del Valle de Guatemala, en donde imparte cursos de redacción y literatura europea. Ha publicado la novela Las flores (2007), el poemario Manual del Mundo Paraíso (2010) y el libro de cuentos Buenas costumbres (2011). Algunos de sus cuentos y poemas han integrado selecciones como Sin casaca (2008), Región (2011), Poesía para todos (2011), Ni hermosa ni maldita (2012) y El futuro empezó ayer (2012). En 2009 participó como guionista en el proyecto Reinas de la Noche (Vizconde Producciones), y en 2010 en la adaptación cinematográfica de uno de sus cuentos, “Chapstick”, obra que fue seleccionada en el Short Film Corner del Festival de Cannes. Su más reciente novela, Ana sonríe, será publicada este año por F&G Editores.

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