“La Chambre Bleue”, por Raquel Jimeno Revilla

Motor y goma de neumático aplastando la gravilla. Ya estaban allí aparcados el resto de coches. Cerró de un golpe seco, pero no se oyeron los pasos de nadie...

Motor y goma de neumático aplastando la gravilla. Ya estaban allí aparcados el resto de coches. Cerró de un golpe seco, pero no se oyeron los pasos de nadie saliendo a recibirla, solo un silencio que hacía cantar a los pájaros como si tuvieran miedo. Subió las escaleras, cada una de una altura, sin tropezar en ningún peldaño; los recordaba uno por uno. La puerta estaba abierta y se oían risas al otro lado del pasillo. Al menos, un poco de frescor entre la oscuridad embaldosada.

Allí estaban todos. La sonrisa se les congeló en las caras, pero consiguieron mantenerla heroicamente. La madre se acercó a ella con sus andares nerviosos, de ratoncillo enjaulado.
—Ay, por fin llegas, hija. ¿Has cogido mucho atasco a la salida?
—Un poco.
Se quedaron todos en silencio. Sus hermanas y cuñados la miraban. De nuevo fue la madre la que habló. Intentó estirar más la sonrisa.
—Bueno, ¿qué te parece? La casa ha quedado bonita, ¿no?
Observó los parterres de flores plácidamente dispuestos sobre el césped que se veía desde la ventana.
—Sí, bastante bonita.
—Tus dos hermanas han hecho un gran trabajo, es cierto. Pero será posible -reparó de repente— esta cabeza mía me empieza ya a fallar. Todos aquí hablando de lo bien que ha quedado la casa y tú ni siquiera la has visto. Camille, o Virginie, ¿podéis acompañarla para enseñarle la obra de fuera mientras nosotros ordenamos un poco esto con la notaria?

Se vio arrastrada de nuevo al exterior por las dos mellizas que, obedientes, recorrieron con ella cada palmo de los viejos muros explicándole con todo lujo de detalles cómo habían consolidado y restaurado las paredes, reparado los tejados, renovado las vigas, reestructurado los diques de contención del viejo molino y aprovechado esa agua para crear un jardín lleno de tumbonas y matas de hortensia. No le quedaba otro remedio que asentir sin parar. Aunque no acababa de enterarse, parecía una buena planificación. Cuando volvieron a entrar en la casa, todo el mundo se había acomodado, con sus correspondientes tazas de té, en una pequeña sala transformada en estudio. Podía sentirse la tensión antes de que ella atravesase el cristal esmerilado de la puerta, y se hizo casi insoportable cuando rechazó la taza de té que le ofrecían. La notaria debía haber sido puesta al corriente de la situación.
—Pues ya ves qué buena solución para todo esto —la madre apoyó una mano en cada uno de los hombros de las artífices de la idea—. Será tremendamente sencillo y todos los demás están de acuerdo. Tus hermanas se encargarán de todo y tú solo tienes que firmar la cesión de los derechos de tu parte para cobrarla. Total, para que no nos diera ningún beneficio como antes…
A una señal suya la notaria, exquisitamente inexpresiva, le tendió un fajo de papeles, indicándole el cuadrito vacío abajo a la derecha. Cogió el boli que también le tendía con gesto mecánico, pero se detuvo a mitad. Todos contuvieron la respiración; siempre había disfrutado con ello.
—Está bien, pero antes me gustaría dar una vuelta por la casa. Hace años que no la piso.
La madre pestañeó unos segundos.
—Claro, cariño, es normal. Son tantos recuerdos… ¡Virg…
—Sola.
—Mmmm… está bien, de acuerdo, nosotros te esperaremos en el jardín –el conato de caricia no logró ocultar la rigidez de la mano.
Pronto se oyeron desde abajo las risas y el tintineo de los hielos contra el cristal de los vasos. El sol apretaba con fuerza, pero no conseguía atravesar el grosor de las paredes. Giró sobre los talones hacia la entrada, que en realidad ejercía como tal desde hacía muy poco tiempo. Cuando vivían los abuelos, se entraba allí por un lateral, y había que pasar por la cocina. Ahora, tras la puerta se extendían los dominios del pasillo, que se perdía en la penumbra de la falta de ventanas. Seguramente se habrían encargado de que no faltase luz eléctrica, aquella que brillaba por su ausencia cuando la encontraron agazapada en un rincón la primera vez que había tratado de buscar su habitación, y su madre le había echado una severa reprimenda sobre los lloriqueos a su edad. Había que ser firme con ella y no dejarse llevar por la compasión; eso les había dicho el médico: mucha paciencia y tranquilidad, sobre todo mucha tranquilidad. Nada que perturbarse su pequeña y agitada mente, y todo se arreglaría. El viejo molino de agua, la casona familiar… no podían encontrar otro lugar mejor.

Su abuela fue el único ser consciente de lo que se aburría ahí adentro. Le aburría salir al jardín, le aburría contar las briznas de hierba y los tréboles de cuatro hojas, le aburría buscar renacuajos en las orillas de las charcas, le aburría coger flores para los jarrones de casa, le aburría jugar al escondite con los micos de sus hermanos, le aburría husmear en la biblioteca y en el álbum de fotos familiares, le aburrían los arrebatos de su madre llenándole de besos y achuchones, agradeciendo a Dios que lo peor hubiera pasado y asegurándole que todo saldría bien. Solo su tocadiscos con los Rolling a toda pastilla y las notitas de algunos chicos pasadas furtivamente en clase conseguían que su mente dejase de gritar, hasta que su madre le obligaba a salir fuera para que sus pulmones disfrutaran de los beneficios del aire del campo. Uno de aquellos días en los que se encontraba sentada en la hierba, los ojos cerrados con fuerza y pensando cómo podría trasladar hasta allí el tocadiscos, se acercó su abuela con un pequeño paquete de papel marrón que le entregó en silencio. Dentro había un diábolo y una peonza.
—Verás cómo te diviertes con ellos y ya no te hará falta entrar dentro.
No pudo evitar enternecerse y darle un abrazo. En aquel momento le importó bien poco que aquellos juguetes hubieran perdido su capacidad de amenizar la infancia de sus poseedores decenios atrás, o que pudiera afirmarse objetivamente que ella había dejado sus años infantiles a bastante distancia ya. Jamás dejó que sus hermanos jugasen con ellos, los guardó junto a sus discos y sus revistas. Ahí estaban ahora, expuestos sobre una mesita junto a innumerables tarritos de porcelana, como un objeto decorativo más.

Casi por casualidad llegó a la que había sido su habitación. Chambre rose, ponía ahora en un coqueto cartelito sobre la puerta. La llave estaba puesta. El pestillo cedía con facilidad, eso no había cambiado. Lo rosa de la chambre consistía en unos visillos con encaje y las flores del papel de la pared. El baño, que ocupaba ahora buena parte de la superficie original, seguía el mismo esquema, forrado además de una mullida moqueta, también rosa. No pudo hacer otra cosa que reírse. Finalmente, las flores rosas habían derrotado a sus posters de John Lennon y de Janis Joplin, que tanto horrorizaban a su madre por hippies… no dejaba de resultar curioso. Se tumbó en una de las camas. Resultaban cómodas. No quedaba tan distante aquel día de mayo, ni aquel chico de cuyo nombre ni siquiera se acordaba… la única imagen que había permanecido en su cabeza era una mano demasiado grande unida a un brazo demasiado flaco, suspendida a una altura para la que tenía que flexionar ligeramente el codo si quería cogerla. Aquella mano unida a la suya subiendo las escaleras y el sonido de las hojas del sauce justo antes de que amaneciera era todo lo que quedaba, lo demás había sido pasto de los grititos escandalizados de su madre y de las flores rosas.

Desde allí ya sabía moverse, y sus pies buscaron solos el camino que llevaba de su habitación al otro cuarto, aquel que casi siempre permanecía con la llave echada. Leyó el cartelito que recibía ahora a la entrada: Chambre bleue. También estaba abierto.

Se detuvo nada más pasar la puerta con un pequeño escalofrío de angustia. Habían tapiado la chimenea. Poco le importaban los cubrevisillos azul cielo, las colchas de las camas nuevas, también azul pastel, la moqueta del baño del mismo color, la exhaustiva redada de objetos viejos y recuerdos familiares por toda la casa para darle un aire distinguido y con encanto. Habían tapiado su chimenea, seguro que por una buena serie de motivos prácticos irreprochables. Se agachó junto al ladrillo enyesado y se quedó allí encogida, como cada noche tantas noches… la verdad es que solo dormía en su habitación cuando su madre se quedaba vigilando al otro lado del pasillo. Si no, se colaba en aquel cuarto inmenso y por algún motivo inutilizado, cuyo pestillo había aprendido a abrir sin llave. Avanzaba entre la oscuridad hasta el hueco de la chimenea y allí se quedaba, hecha un ovillo, muerta de miedo pero tranquila. Le recordaba a la sala de aislamiento del hospital y el amparo que le ofrecían sus paredes acolchadas. Cuántas veces había simulado ataques y brotes violentos para que la dejaran allí tranquila, cuantas más horas mejor… poco le importaba no poder moverse. Allí se sentía a salvo.

Solo había vuelto a encontrar esa sensación en aquel hueco y, ahora que las pastillas no abotargaban su mente, se pasaba las horas muertas probando los efectos de luz de las pequeñas y vetustas lamparillas sembradas por todo el cuarto. Se ocultaba con ellas entre los visillos transparentes y no sabía si la risita nerviosa de la que era presa se debía al placer o al intento por ahuyentar el torbellino de sonidos y presencias que sentía girar a su alrededor. La costumbre de esconderse allí cada vez que la molestaban demasiado se extendió a las noches, conforme su habitación le iba pareciendo más y más hostil, sobre todo desde que aquel chico se fue y no volvió más. Se llevaba allí los trastos extraños que encontraba por todos los rincones de la casa y los juguetes que ya no querían sus hermanas. Un día sorprendió a una de ellas en el jardín, martirizando con sus amigos a un pequeño murciélago. No le fue difícil espantarlos y hacerse con el pobre animal, por el que no pudo hacer mucho más que darle un poco de calor en su último aliento. Pensó que debería enterrarlo, pero se le ocurrió algo mejor. Lo llevó a su habitación y, tomando prestado el costurero de su madre y unas cuantas toallas del baño, lo vació por dentro y lo dejó secando varios días, escondido en la despensa. Desde entonces no se separó de él ninguna de sus noches en aquel cuarto, ahora pomposamente bautizado como Chambre bleue.

Podría decirse que fue casi completamente feliz hasta que su madre la descubrió una de aquellas noches a la luz de una vela, con un visillo por encima de la cabeza y una pipa rota del abuelo en la boca. Con un suspiro muy largo, la mujer decidió que era hora de que volviera al colegio. La verdad es que de esa etapa tampoco recordaba demasiado. Únicamente que su felicidad se completó al quedarse sola con los abuelos, y que el colegio tampoco le supuso demasiados problemas. Cada vez que uno de sus compañeros le decía estás loca en tono desafiante, se limitaba a asentir con la cabeza en silencio, y eso bastaba.

En realidad, tampoco habían sido tantos años los que había pasado en aquella casa. En seguida, sin darse cuenta, pasó el margen de lo que su madre llamaba con una sonrisa orgullosa “mujercita”, y llegó el bac y la carrera, y llegó París y la liberación definitiva. Es cierto que no empleó el dinero en el estudio propiamente dicho, pero también es cierto que en seguida había conseguido un trabajo que le permitió no depender de nadie. Lo único que quería era que la dejaran en paz. Y, al parecer, eso iba a resultar bastante sencillo.

Tras atravesar metros y metros de pasillo sorteando alfombras, estufas, chaises longues, mesitas, estatuas, vitrinas y aparadores, se dio cuenta de que había vuelta a su punto de partida. A través de la ventana se veía a todos abajo en el jardín, charlando despreocupadamente en sus tumbonas. Solo una tensión interna mantenía a su madre con la espalda muy derecha sobre los cojines. En ese momento tuvo uno de esos extraños fogonazos en los que uno se ve desde fuera, como si fuera otra persona. Y se vio terriblemente vieja, llevando a cuestas un montón de años que no habían pedido permiso para quedarse. Pero, sobre todo, le angustió verse igual que su madre. Cuando era joven se había jurado que su vida sería diametralmente opuesta a la de ella y, después de todos aquellos años, ¿qué era lo que realmente había conseguido? Rebuscó en el bolso con ansiedad, pero no le quedaba nada. El pastillero estaba vacío, ni siquiera un miserable cigarro. Tendría que pedírselo a alguien… de todas formas era buena idea bajar. No podía quedarse allí por más tiempo.
Todos la miraron al acercarse, como era lógico. Intentaban sonreír.
—¿Y bien? —preguntó la madre—. ¿Qué has decidido, cariño?
La verdad es que no era una elección demasiado complicada. Había que reconocer que sus hermanas lo habían hecho bien, y que dedicar todas aquellas estancias inútiles y olvidadas al placer sencillo y efímero de unas vacaciones, en las que todo vuelve a verse con una ingenuidad primigenia y redentora, era una buena idea. Sí, esa era la verdad. Los papeles estaban ahí delante, un sencillo garabato y ya estaba. Casi pudo oír cómo las manos de angustia dejaban de oprimir los respectivos corazones de todos y se volatilizaban en el aire. Su madre se acercó y la abrazó emocionada.
—Muy bien, cielo. Has hecho lo mejor.
Sus hermanas también le sonrieron sinceramente por primera vez. En el fondo se lo merecían; estaban dispuestas a trabajar duro, el negocio les saldría bien y sus retoños podrían crecer sanos y felices en medio del campo. Su madre no le soltó el brazo en todo el tiempo que se prolongó la conversación, alegre y superficial, hasta que empezaron a caer las primeras sombras, cuando todo el mundo empezó a pensar en la vuelta. Su madre la condujo algo aparte mientras los demás recogían las cosas entre risas y comentarios.
—He estado meditando, cariño, y creo que tal vez sería buena idea… en fin, yo ya empiezo a tener una edad, y tú estás… bueno… tú estás tan sola… creo que podríamos estar bien las dos en una residencia. He estado mirando algunos folletos que pedí, y la verdad es que hay algunas preciosas. No sé, podríamos estar tan bien…
Tardó unos momentos en reparar en que se había quedado mirándola, con una ilusión sincera resplandeciendo en todo su ajado semblante.
—Eh… sí, lo pensaré, mamá.
La madre la apretó contra sí con sus bracitos de ave desplumada y la llenó de besos, como cuando era una cría.
—Te quiero, tesoro.
Los cuñados se la llevaron casi al borde de las lágrimas. Ella se resignó al ceremonial de despedida y esperó a que no quedase sobre la arena del aparcamiento ningún otro coche salvo el suyo. Los faros disparaban haces de gravilla, piedra y césped allí donde apuntaban. Necesitaba algo, cualquier cosa, aunque fuera un cigarro —lo único que había conseguido. Casi se lo fumó entero de una calada. Por suerte, la salida a la carretera general estaba bastante tranquila. A pesar de la distancia cada vez más grande, seguía viéndose la silueta de la casa, entre el perfil de los árboles y los cercados donde los caballos ya se habían recogido. Aquella casa en la penumbra, aquella exótica chambre bleue, siempre sin luces en sus ventanas. El único resplandor provenía de sus faros, que iban trazando rectas sobre la terra incognita que se extendía ante ella. Así debía ser —pensó—. Una noche eterna, una carretera eterna, y los pensamientos en penumbra y en línea recta. Así debía ser y, como no podía ser de ninguna otra manera, decidió cerrar los ojos y no abrirlos nunca más.

 


Raquel Jimeno Revilla (España, 1985) estudió Filología Hispánica e Historia del Arte, doctorado en mercado editorial y libro ilustrado. Es autora del guion del cómic Orloj, obra realizada en colaboración con el dibujante Francisco Tapias (2009). Ha recibido el Primer premio de relato corto en el XXXIII Certamen Literario María Agustina y la Mención honorífica en el II Certamen Literario Vallecas Cuenta. También ha organizado diversos seminarios sobre historia de la edición en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid y ha sido comisaria, junto con la poeta y editora Ana Gorría, de la exposición Gesto sin fin (Museo de América de Madrid, 2013).

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Crímenes narrativos

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