“A cada uno su senda” por Manuel Gerardo Sánchez

“Trahit suaquemque voluptas. A cada uno su senda; y también su meta, su ambición si se quiere, su gusto más secreto y su más claro ideal”. Marguerite Yourcenar. Memorias...

“Trahit suaquemque voluptas. A cada uno su senda;

y también su meta, su ambición si se quiere, su gusto más secreto y su más claro ideal”.

Marguerite Yourcenar. Memorias de Adriano.

 

Los andenes del Metro de Caracas, a las cinco de la tarde, estaban en su apoteosis, o más bien, a punto del colapso, cuando se me ocurrió, por un desliz o despiste, internarme en las fauces del subterráneo. Repito: internarme, porque pasaron más de 45 minutos para poder coger un vagón que me condujera hasta mi destino. Para soportar, no obstante, el tormento —mientras una andana de improperios revoloteaba a mi alrededor; mientras los codazos y las coces me magullaban; mientras unos carteristas aprovechaban el tumulto para hacerse no solo de algún dinerillo, sino también para toquetear algunas nalgas turgentes y provocadoras— retomé la alucinación en la que ataba a mi amigo Juan David a un pilar y lo fustigaba por desobedecer mi norma que prohíbe manosearse la entrepierna en público. Es que desde que una chispa viva e incandescente inflamara no solo mi conciencia sino también —y lo que sin duda es más importante— mis ensoñaciones, me sumo en un mundo de ficción en el que reino. Me desdoblo y hago las veces de monarca absoluto, dictador omnímodo, sumo sacerdote y dios ubicuo y todopoderoso que, sin una pizca de conmiseración, controla, dictamina y ordena el porvenir de mis súbditos: seres subordinados e inferiores, como Juan David. En mi reino he desterrado la chapucería, la chabacanería y, por supuesto, el mal gusto. Cada vez que uno de mis vasallos resuelve infringir una de mis estrictas leyes —como por ejemplo: aquellas que proscriben el uso del color anaranjado en los atavíos, los zarpazos de uñas postizas o las mechas fucsia— pergeño los mil y un castigos que, luego de pesquisas y experticias, inflijo con mano dura. No hay criterio ni poder humano que impugne una de mis sentencias: mis fallos son inapelables.

Sí, soy, y lo digo sin miramientos, como el emperador Adriano, pero sin la Marguerite que eternice mi pasión y vida. Adriano y yo nos parecemos tanto más lo descubro. Él y yo gustamos de la belleza. La admiramos por encima de cualquier virtud, y la exaltamos. Adriano se sentía responsable de prodigarla en el mundo, en el vasto mundo que gobernaba. Y si, por el contrario, la fealdad se imponía, un intenso dolor lo atribulaba. El amante de Antínoo, allende su fuero interno, había dibujado ciudades espléndidas. Había edificado lujosos palacios. Regaba territorios con aguas que fecundaban los más fértiles valles, y los veía inagotables y prósperos. También había poblado villas con moradores saludables cuyos esbeltos y gráciles cuerpos abjuraban de la pobreza y de la servidumbre. Su desasimiento, asimismo, de la negligencia y la barbarie se asemeja al mío. Yo, engastado en mi tiempo histórico, claro está, sin las sandalias ni clámides, también alzo mis eras imaginarias. Construyo urbes ricamente iluminadas con las iridiscencias de las vallas comerciales. Asfalto calles con adoquines de plata y tiendo puentes de oro en los que desfilan hermosas sílfides embutidas en trapos Dior. En mis modernas Manaos se enraízan árboles de los que brotan jugosos frutos, y en cuyas copas se elevan el orden y el júbilo. Siembro jardines de azucenas, rosas y peonías, lo mismo que espurreo perfumes de violetas y nardos —que como carabelas al garete viajan en el aire.

Adriano, sin embargo, tenía el poder para cristalizar cada una de sus ambiciones, y yo, en cambio, solo cuento con la probidad de mi mente para recrearlas. Por eso me zambullo en los viscosos pero refrescantes caudales de mi imaginación. Ignoro el caos de afuera que me obnubila para entrar en otro que, por el contrario, me solaza… me salva. El propósito no es otro más que expulsar de mi mente lo que otros con imprudencia llaman falsamente realidad. Realidad que me lastima. Realidad en la que se despliegan las más abyectas situaciones: tufos de basura y carnes descompuestas que, en las calles de Bellas Artes lo mismo que en las de Altamira, pellizcan más de una nariz; buhoneros que a trompicones me empujan a sus sandungas de baratijas y regateos; mendigos en muletas que contraen mi marcha segura y pendenciera; multitudes que agrian mi entusiasmo y me arrastran a un centro de reclamos en el que denuncian al Estado por la violación de un derecho que no quiero gozar y mucho menos defender, entre otras. Ni hablar de la torva de gente que, mientras zumba y da vueltas y más vueltas en ese huracán que es la vida, voy descubriendo con perplejidad. Sus coletazos me sacuden y me lanzan, como una golondrina herida, a un mar de personas… personas que me conmueven o aborrezco, que he visto y que me empeño en olvidar, que claman atención y misericordia, personas que se toman la libertad de creerse cercanos a mí, cuando no me siento próximo a nadie. Sí, lo digo libre de gazmoñerías y sin el timorato recato de la tradición cristiana: yo no me siento próximo a nadie. En ese mar, adentro, naufragan mis sentimientos de bondad, y en tanto que corrientes me jalonan a profundidades impalpables, siento cómo un benévolo germen, mi germen, me contagia, me infecta y me hace prisionero. Acto seguido, me sumo en mis delirios o ensueños—la verdad sea dicha: cada vez más recurrentes—, e involucro a mis amigos “reales” y enemigos y vasallos. Entonces, los veo caer de hinojos ante mis pies, como lo hacían los ministros y seguidores de Adriano cada vez que arengaba en el senado. Muy especialmente a aquellos que se revuelcan en la miseria. Por nombrar alguno, mi compañero de infancia: Juan David.

Juan David nunca se preocupó por cuidar su cuerpo, y más triste aún su espíritu. Para él, los libros, por poner un ejemplo, eran unos corotos voluminosos que ocupaban espacio. Estorbos que debíanse quemar. Una vez, en la época que más dominaba su vida —yo era para Juan el Júpiter a venerar— me invitó a almorzar a su casa porque su padre asaba una parrilla en el jardín. No podía hincarle el diente a un trozo de punta trasera sin mi compañía o consentimiento. Me sentía dignificado. Pero esa tarde descubrí su miseria. Desde mi empíreo, mientras los carbones se calcinaban, yo leía Salambó. Cuando su padre, un viejo canoso y de bigotes gruesos y cenicientos, de pecho velludo e inflado por las 300 flexiones diarias que ensayaba, llamó a la mesa, dejé, por descuido, mi ejemplar muy cerca de las brasas. Una ráfaga de viento sopló sacudiendo los manteles y la parrillera. Unas ascuas brincaron para apoderarse de mis páginas. Nadie se fijó, tampoco yo, hasta que una humareda turbia, que no olía a grasa ni a madera, se cernió, como una nube cargada a punto de estallar, sobre nosotros. Juan David, al ver que el fuego consumía las románticas letras, tuvo el tupé de proferir:
—¡Ay, deja la mariquera! No vale la pena que llores por ese libro. Te compras otro.
De pronto, pasó lo indecible. Un rayo reventó en la Tierra y de un solo impacto fulminó a su padre —el émulo y figurín de los dibujos de Tom de Finlandia. Yo, resarcido, me levanté de mi silla y abandoné, con pasos livianos, la escena redentora.

Desde ese día, Juan David no perdona mi frialdad, o más bien, mi implacable sentido de justicia. Sin embargo, no ha podido levantarse en mi contra y menos aún romper sus grilletes. Que bien merecidos los tiene por ese rostro minado de espinillas que parecen volcanes a punto de hacer erupción; por esos dientes filosos, como cuchillos, que no han podido enderezarse a pesar de los frenos que alambran su sonrisa; por esos ojos caídos de paloma que se desorbitan por películas de nerds y por comida chatarra y por esas manos largas y huesudas que se ulceran de tanto estimularse frente a una foto de algún dios Príapo moderno, verbigracia: el actor porno Antonio Biaggi. Juan David siempre será mi esclavo, y yo el lacedemonio que lo priva hasta de sus ocultos anhelos de rebelión. Por eso, y más, lo introduzco en mis fantasías para sortear los embates del tiempo de afuera. Muño su voluntad. Él es mi juguete. Mi más grande distracción.

En el subterráneo, luego de que la muchedumbre se precipitara frenéticamente sobre el tren que en ese momento arribaba a la estación, una voz que salía de unas indivisibles cornetas me desprendió de mis pensamientos y ensueños. El ronquido hizo un llamado a la calma y a la paciencia, so pretexto de que alguien podía resultar herido. Al abrir las puertas, la imagen de un averno prendido en llamas me encandiló. Un espeso vaho que olía a curry, sudor, perfume barato, lápiz, coliflor y paño húmedo zigzagueaba en ese aire contaminado e impregnaba todo el lugar, como si un dragón expeliera su aliento luego de devorar veinte zamuros muertos. El tren era un Auschwitz en rieles, pero al que, paradójicamente y sin reticencias, la muchedumbre quería entrar.
—Quienes pasen que jamás salgan— mascullé con asco.
Unos segundos antes de que las puertas se volvieran a cerrar, empujaba con fuerza Juan David, mi monigote. Entró. Se alejaba dando golpes a las ventanas —sabía que ese sería el último día de mi reinado. Al momento que observaba cómo el tren, con la pesada carga en sus largos intestinos, se difuminaba en la oquedad del túnel, una muchacha que tapaba sus ojos con unos lentes rojos se me acercó.
—¿Hace buen tiempo hoy?— preguntó.

No le contesté, pero sonreí con indulgencia. Bajé la mirada para detallar el brillo de mis zapatos recién pulidos, y supe que era hora de subir y caminar.

 

Del libro de cuentos El último día de mi reinado (Sudaquia, 2014)


Manuel Gerardo Sánchez (Venezuela, 1982) nació en Caracas. Estudió Historia en la Universidad Central de Venezuela, donde se graduó con honores de Magna Cum Laude. Su tesis de grado, Evas de delantal y perifollo, obtuvo mención honorífica y publicación. En los últimos ocho años se ha dedicado a labor periodística. Ha publicado crónicas, reportajes y entrevistas en Exceso, Cocina y vino y Complot, entre otros medios. Actualmente, es editor de la revista Clímax. El último día de mi reinado es su primer libro de cuentos.

CATEGORÍAS
Crímenes narrativos

TAL VEZ TE INTERESE