“Olvido”, por Fernanda Trías

“Ese cabrón”, decía Marita cuando hablaba de su ex marido. “Prefiero morirme de cáncer antes que perdonarlo”. Yo me burlaba de sus exageraciones y hasta una vez le contesté...

“Ese cabrón”, decía Marita cuando hablaba de su ex marido. “Prefiero morirme de cáncer antes que perdonarlo”. Yo me burlaba de sus exageraciones y hasta una vez le contesté con esa frase de Perón: “Al amigo todo. Al enemigo, ni justicia”. Pero entonces recordé el plebiscito del ochenta y nueve, cuando Uruguay votó para revocar la ley que indultaba los crímenes militares de la dictadura. En mi imaginario de doce años, el voto de los colores se reducía a un jingle pegadizo en la televisión y a la idea difusa de que los verdes eran los buenos y los amarillos los malos. Los de verde bailaban y tocaban la trompeta en la tele; cantaban “yo votaré por la verdad, por la verdad” y del cielo caían serpentinas. Recordé aquella noche de mis doce años en que abrí la puerta del dormitorio y encontré a mi padre sentado a los pies de la cama, la cabeza sostenida como un fruto enorme y maduro entre las manos, llorando frente al televisor que acababa de anunciar el triunfo del voto amarillo. Veinte años después se juntaron las firmas para intentarlo de nuevo y fui yo la que lloré, frente a la pantalla de la computadora y en otro continente, la derrota del segundo plebiscito.

En Argentina, Néstor Kirchner había hecho bajar el cuadro de Videla. Yo todavía alquilaba el cuarto en Paternal cuando me enteré de la muerte de Kirchner. La dueña de casa, la misma que no quería a su madre, lloró a moco tendido frente al televisor, con el perro-lobo como un felpudo blanco a sus pies. Estuvimos horas sentadas en la sala, viendo la procesión en Plaza de Mayo, mirando los documentales que repasaban la vida del ex Presidente y que, una y otra vez, mostraban la famosa imagen del retrato de Videla. “No se puede vivir así”, dijo mi padre, cuando la mayoría de los uruguayos, por comodidad, por miedo o simple cobardía, prefirió seguir sentándose en los mismos ómnibus y comiendo en los mismos restaurantes que asesinos y torturadores. “No se puede vivir en un país así”, dijo Marita otra tarde, hablando de Puerto Rico.

“¿Y acá sí se puede?”, le pregunté con sorna. Ella se encogió de hombros y soltó un ruido por la nariz, una especie de ronquido. Nos quedamos calladas; ya empezaba a oscurecer y la proximidad de la noche se anunciaba con sus estrellas tempranas, la luna ansiosa y pálida entre dos edificios. Marita miraba a lo lejos, como si quisiera abarcar toda la ciudad, mucho más allá de los límites del ojo humano. Era eso: una mirada sobrecogedora, una ambición desmedida. Con hambre, me acuerdo que pensé, la misma con que quería la libertad de su isla y la misma con que odiaba al cabrón de su ex marido. Buenos Aires era un monstruo recién atrapado que se retorcía bajo nuestros ojos. Pero el monstruo no se dejaba disecar; se transformaba una y otra vez, con cada bramido, con cada intento por librarse de unas manos exasperadamente suaves. ¿Y qué era para este monstruo un día, un año, siquiera una década? “En esa plaza”, dijo Marita, señalando en dirección de la iglesia, “vi a un hombre canjear servicios de plomería por un táper con alfajores de maicena”.

Nos habíamos quedado casi a oscuras; las luces hacían brillar las ventanas de los edificios y permitían ver las siluetas negras que pasaban de una habitación a otra. “Te apuesto que el de enfrente ahora prende la tele”, dije, pero Marita no me escuchó, seguía con aquella ferocidad en los ojos, hurgando en la noche recién nacida.

 

Fragmento de La ciudad invencible (Demipage, 2014), originalmente editada en 2013 por Brutas Editoras dentro del volumen DesAires.


Fernanda Trías (Uruguay, 1976) publicó Cuaderno para un solo ojo, La azotea, Bienes muebles y la plaquette de relatos El regreso. Ha integrado antologías de nueva narrativa en Alemania, Estados Unidos, Inglaterra, Perú y Uruguay, entre ellas 20/40: Veinte autores latinoamericanos radicados en Estados Unidos menores de cuarenta años. Recibió el Premio de la Fundación BankBoston a la Cultura Nacional (2006). Fue amiga y discípula del escritor Mario Levrero y colaboró con él en la creación de De los flexes terpines, colección de narrativa uruguaya. En 2004 obtuvo la beca Unesco-Aschberg y viajó a Francia, donde finalmente vivió cinco años. Es traductora de inglés y cursó el Máster en Escritura Creativa de New York University, gracias a una beca de esa institución. Su novela La ciudad invencible, publicada en 2013 por Brutas Editoras como Bienes muebles, saldrá este año por Editorial Demipage. Actualmente vive en Nueva York.

Foto: Fernanda Montoro

CATEGORÍAS
Crímenes narrativos

TAL VEZ TE INTERESE