Memorias de Giovanna Rivero

¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara...

¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara en un hacedor de palabras y vividor de certámenes literarios? En este espacio son los propios autores quienes rememoran y nos cuentan acerca del momento en que la literatura irrumpió en sus vidas sin pedirles permiso.


Una mañana de 1982 me desperté hinchada como un globo aerostático. Frente al espejo, la versión hiperbólica de mis rasgos infantiles me produjo el primer golpe de extrañeza con respecto a mí misma, una sensación o un sentimiento que habría de repetirse años después, en la adultez, en muy distintas circunstancias.

Pero esta primera vez, la de la extraña deforme que me miraba desde el espejo, me tenía cautiva entre la fascinación y el pánico. Mis ojos brillaban agazapados bajo el edema terrible de los párpados. ¿Y si nunca volvía a mi estado original? ¿Y si, a diferencia de El Increíble Hulk, me quedaba para siempre a vivir dentro de ese cuerpo inflamado? Yo no era una princesa disfrazada de rana, de eso estaba segura, pues la conciencia prehistórica de mi antiprincesismo me ha acompañado molecularmente desde siempre. De modo que sí, cabía muy bien la posibilidad de que nadie pudiera rescatarme con un beso o un conjuro de ese nuevo y abyecto organismo en el que latía mi alma atribulada de diez años.

Mi kafkiana transformación tenía el nombre de “nefritis”. Era algo grave y requería quietud total.

Las dos sentencias de aquel diagnóstico resultaron perfectas para mí, que hasta ese momento me había visto obligada a leer a escondidas todo aquello que se me atravesara: los westerns de mi abuelo, las novelas de Corín Tellado de mi madre, las revistas esotéricas de mi abuela, el volumen de Termodinámica II de mi padre, el manual del curso a distancia para ser detective de mi tío favorito, el almanaque Bristol de la niñera. Y es que mi padre creía, no sé bajo cuáles axiomas, que yo no era normal (¡y ahora mi cuerpo lo confirmaba!). Mi desmesurada necesidad de leer, el hambre casi vergonzosa al llegar de visita a una casa y olfatear como un perro el lugar donde debían esconder la ansiada textura porosa de las letras seguramente expresaban un aspecto compulsivo y enfermizo de mi personalidad en formación, una incapacidad social, un complejo ancestral que yo debía superar. Mi madre tenía que encontrarle una solución a ese vicio. Muchas veces los escuché pelear por esta causa.

De manera que aquella imprevista cercanía de la muerte y la orden médica de quedarme quieta en la cama o el sofá para que mis riñones no estallaran fueron mi salvación. Ese fue el mejor año de mi vida. Pude leer cuanto quise, pedir libros, exigir enciclopedias de biografías que intuía obscenas, como la del monje Rasputín, del que mi abuela siempre hablaba en un susurro. Lógicamente, también fantaseaba con mi propia ausencia, con la culpa inconsolable que mi padre sufriría por las injusticias cometidas, por su incomprensión ante ese deseo que era un monstruo, algo desgarradoramente más grande que yo, y que era, sin duda, lo que había tenido que abrirse paso a través de mis células, expandiendo los tejidos hasta casi romperme la piel.

También fue durante ese año que comencé a escribir. Escribí cartas de despedida dirigidas a mis dos mejores amigas. Escribí, creo, un testamento breve en el que le heredaba a mi hermanita menor mi ropa, mi muñeca “Mãezinha” y mi preciosa caja de colores ¡de treinta y seis tonos! que mi tío me había traído de Argentina. Eran textos de un sentimentalismo descarnado que me hacían llorar. De ese mismo modo quería que ellas lloraran por mí cuando yo no estuviera sobre la faz de la Tierra. Entonces releía mis cartas y trataba de no ser yo, de leer desde un lugar que no fuera mi mente o mi corazón para comprobar si alcanzaba aquel efecto emocional. Era casi imposible. Supe, de un modo instintivo, que ese “casi” era un desafío, un tramo que yo sería capaz de recorrer si seguía escribiendo.

Y fue eso quizás lo que me ayudó a sanar. El deseo, ahora menos enemigo y más cómplice, de crear otros mundos, realidades en que yo estuviera y no estuviera, muertes, resurrecciones, desenlaces distintos para los mismos conflictos.

Hace unos años encontré una de esas cartas. Me conmovió mi letra. No era una letra redonda, como se espera de la caligrafía escolar a esa edad, sino más bien angulosa, gruesa, desigual. Había escrito algo supremamente cursi y sin embargo verdadero, que intentaré recordar ahora con fidelidad: “Le tengo tanta lástima a la pobrecita de Heidi porque ella, igualito a mí, tiene que esconder los panecillos blancos para enviárselos a los Alpes a su abuelito. Lo mismo he tenido que hacer con los libros, esconderlos bajo mi colchón como si fuesen panecillos robados”.

 


Giovanna Rivero (Bolivia 1972) ha publicado los libros de relatos Contraluna (2005), Sangre dulce (2006), el libro de cuentos para niños La dueña de nuestros sueños (2002) y Niñas y detectives (Bartleby 2009), así como las novelas Las camaleonas (2001), Tukzon, historias colaterales (2008), Helena 2022: La vera crónica de un naufragio en el tiempo (2012) y 98 segundos sin sombra (2014). En el año 2011 fue incluida entre “Los 25 secretos literarios mejor guardados de América Latina” en la FIL de Guadalajara. Actualmente vive en Gainesville, Florida.

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