“Historia de amor”, por Raquel Castro

 1 Quince días a dieta de whiskas pueden enloquecer a cualquiera. Más si a eso se agrega que por la mirilla de la puerta puedo ver a mi novio,...

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Quince días a dieta de whiskas pueden enloquecer a cualquiera. Más si a eso se agrega que por la mirilla de la puerta puedo ver a mi novio, con media cara arrancada a mordiscos, sin un brazo y con la ropa llena de sangre seca. Y peor si añadimos el pequeño detalle de que, pese a que más de una de esas heridas es mortal, él está caminando desde mi reja hasta la puerta de entrada al edificio y de regreso, como si hiciera una guardia.

Pero no he enloquecido, no todavía. De hecho, he tenido tiempo para meditar sobre el destino, mi destino: ¿Por qué guardé tres enormes costales de whiskas durante un año después de la trágica muerte de Pepto, mi gato? Después de que se aventó del balcón (¿suicidio?, ¿conspiración de las palomas vecinas?, ¿pura estupidez?), varias veces prometí que regalaría esos costales a alguna asociación protectora de animales, pero nunca lo hice. Otra: ¿por qué dejé que Federico, mi novio, se quedara afuera en lo que yo terminaba de arreglarme? No era la primera vez que me salía con ese chantajito: “te espero en el pasillo”, decía, y se iba, dando un portazo, para que me apurara. Si le hubiera hecho caso, si hubiera salido de inmediato, ahora estaría igual que él.

Así que por algo me salvé. Por algo me he comido todo lo humano que había en casa (es decir, toda la comida para humano; imaginarme comiendo algo humano no es gracioso dada la situación) y tuve que llegar al extremo de comer whiskas.

Pero si no averiguo pronto qué me depara el destino, ahora sí voy a enloquecer.

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Salir es imposible: vivo en el departamento más alejado de la puerta que da al patio. Como es planta baja, mi puerta está reforzada por una rejita que ha resultado mi salvación: dos o tres días después del inicio de todo, vi cómo los infectados tumbaron la puerta de mi vecina de junto. La carnicería fue espantosa, pero el morbo me llevó a verla con toda la puerta abierta, feliz de tener mi reja. Sentí una alegría malsana al pensar que nunca más tendría que soportar reguetón a todo volumen a las dos de la mañana, que era la tortura favorita de mi pobre vecina, que en paz descanse.

No, en paz no: una media hora después del ataque, la vecina, que había quedado muerta en el pasillo, comenzó a parpadear. Luego se convulsionó y, de no haber sido porque le arrancaron las dos piernas, se habría levantado.

Ahora sé con exactitud qué le pasó a mi novio… y al 70% de la población de esta ciudad, si hacemos caso a la última transmisión de TV que pude sintonizar hace semana y media. Aunque ahora, seguramente, es más alto el número total de —¿me atreveré a usar la palabra?— zombis.

Según ese último programa, no se sabe cómo empezó la cosa. Lo único que está más o menos claro es que apareció al mismo tiempo en todo el mundo: un momento todo estaba en orden y al siguiente el caos: no hubo tiempo de tomar medidas, de buscar armas, de acumular alimentos.

El fenómeno empezó un jueves a las 7:23 am, tiempo de México, y esa misma tarde mi pasillo estaba lleno de vecinos zombificados, con exnovio incluido. Y digo exnovio no por insensible: simplemente, supongo que todo esto es motivo suficiente para considerar que nuestra relación ha terminado.

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Las whiskas se van a terminar. No hoy, ni mañana, pero ya quedan menos. Y el agua de la llave ahora sale turbia: supongo que se está acabando en la cisterna. Así que tengo que hacer algo, y pronto. Sin embargo, sigo con la certeza de que salir es imposible: hace unos cuatro o cinco días, el yupi del cuarto piso bajó las escaleras vestido como GI-Joe. Me dio tanto gusto verlo que le perdoné de inmediato que su poodle se cagara tantas veces enfrente de mi reja. Traía una pistola y le disparó a cuatro o cinco zombis. Llegó hasta la puerta. Incluso la abrió. Entonces entraron siete u ocho infectados más y adiós yupi. Eso sí, desde entonces, cada día los infectados entran y salen a su gusto: a veces hay un par, pero casi siempre son más de veinte. Y yo no tengo pistola.

Me aburro mucho, y a veces hasta me pongo a hablarle a Federico, que ha de seguir, pese a lo zombi, apegado a mí: rara vez se aleja más de cuatro o cinco pasos de mi reja. Tan sólo ayer me caché pidiéndole perdón por haber terminado la relación justo ahora que él tiene tantos problemas. De inmediato me arrepentí y hasta me enojé: ¿qué problema puede tener un zombi? Caray, hasta muerto sigue siendo un manipulador chantajista y egocéntrico. Le grité de cosas, pero ni se inmutó. En cambio, se acercaron dos o tres zombis curiosos, así que me callé. Golpearon un rato la reja, pero luego se fueron a curiosear por otro lado. Y todo el tiempo yo los estuve viendo con la puerta abierta: ya no uso la mirilla.

El caso es que no tengo mucho que hacer y he aprovechado el ocio para estudiar a los exhumanos que me rodean. Me he dado cuenta de que hay unos como Fede, que pareciera que se apegan a un lugar o a una persona. Aquí hay varios de esos. Por ejemplo, me da ternurita el cuarentón del segundo piso, que seguía viviendo con su mamá hasta el día que se la comió. Y que todavía ahora lleva a todos lados lo que queda de la señora: un brazo medio podrido, medio seco. ¡Mi vido!, pienso. ¡Sigue de la mano de su mami!

Hay otros que tienen una especie de déficit de atención: nada les interesa tanto como para quedarse en un solo sitio. Ni siquiera son capaces de terminar una carnicería. Dos de esos participaron en el yupicidio: luego de un par de mordidas, se fueron a perseguir a una mariposa, aunque su víctima aún gritaba y se retorcía.

Y luego hay otros, los autistas. Se quedan en un solo lugar, con la mirada perdida, como poetas románticos. Hay uno que seguido se queda frente a mi reja; le puse Bobby, porque me recuerda a Robert Smith, pero en guapo. Le ayuda mucho su look darketo: la sangre no se nota en su ropa negra, y su aspecto pálido y ojeroso queda muy bien con su peinado a la… bueno, a la Robert Smith. Es bien chistoso porque, si uno no se fija, pareciera que no le pasó nada, y como realmente está muy galán, hasta puedo fantasear un poquito con que coqueteamos. Pero cuando se llega a mover se nota la mordidota de su pierna, hasta se ve el hueso entre la tela desgarrada del pantalón de pana. Se me hace que fue uno de los que tienen TDA, porque es la única herida que tiene. Supongo que por eso está como triste: ni siquiera se lo comieron bien, fue un capricho en la vida zombi de alguien más.

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Soñé que Fede y Bobby se peleaban por mí. Y que yo, toda magnánima, salía de mi reja y dejaba que entre los dos me comieran, uno el brazo, el otro la pierna. Fue un sueño muy raro porque sentía claramente el dolor de las mordidas, pero no lloraba, ni me espantaba, ni nada. Desperté con la pierna y el brazo derechos hormigueando por la falta de circulación. Pero no pude resistir la tentación y abrí la puerta. Los dos estaban ahí. Me sentí muy sola y me puse a llorar.

Dejé de hacerlo porque escuché voces. Venían de arriba, creo que del tercer piso. Pregunté quién anda ahí y me respondieron: una familia completa sigue ahí, en su departamento, comiendo la dotación de productos Gerber que se ganaron en un programa de tele poco antes de que todo esto pasara. Los envidié mientras me comía un plato de whiskas y no sé si me cayeron bien o mal cuando uno de ellos me dijo que si un día puedo subir me convidarán purecito de manzana y jugo de pera. Me sonó a que se estaban burlando de mí: obviamente, no hay forma de que suba. Malditos egoístas.

Llevo varias horas pensando cómo puedo hacer para subir al tercer piso sin acabar como el 70% de la población de esta ciudad (supongo que ahora debe ser más alto el porcentaje, creo que ya lo dije, pero en todo caso no tiene sentido entrar en detalles. Ni en la estadística, claro).

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Creo que ahora sí ya valí. Se acabaron las whiskas, no se me ha ocurrido un modo de subir al tercer piso y acabo de descubrir que Federico me engaña con otra. De acuerdo, no me engaña, porque yo lo corté y porque es un zombi. Pero hoy lo vi muy pegadito a la reguetonera (se mueve apoyándose en las manos: yo siempre supe que era una arrastrada), compartiendo una rata que pescaron a saber dónde. Para qué lo niego, sentí feo, sobre todo porque Bobby no está por ningún lado. Y me siento tonta hablando sola.

Bobby entró como dos o tres horas después, arrastrando los pies, muy despacio, como sin prisa. Se paró frente a mi reja y gruñó un poquito. Yo lo interpreté como “hola, perdón por llegar tarde”. Le gruñí de vuelta porque soy muy correcta, y entonces clarito vi que le brillaban los ojos un momento. Luego volvieron a quedar opacos.

Y yo me muero de hambre.

Tengo una idea desesperada. Creo que ya sé cómo hacer para ir al tercer piso. Puede parecer estúpido, pero voy a atraer la atención de Bobby, gruñendo. Y cuando se acerque…

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Lo hice y estoy sorprendida. Maravillada. Exultante. Y muy hambrienta. Atraje a Bobby con mis gruñidos y, cuando se acercó, saqué la mano por la reja. Como esperaba, Bobby me mordió. Lo empujé con fuerza, con lo que conseguí una fea desgarradura, pero que se tapa fácilmente con la manga (me puse mi playera de manga larga favorita, negra, me queda muy bien) y me senté a esperar. Primero hubo dolor. Mucho. Más del que me esperaba. Era como si me metieran vidrio molido por la herida y la sangre lo empujara por todas las venas y arterias. Luego me dio fiebre y empecé a sudar. Entonces perdí el control sobre mi cuerpo, y comencé a tener espasmos. Entonces me morí.

Cuando desperté, tuve miedo de estar vuelta una tarada como el 70% de la población de esta ciudad (ya sé, ya sé, de seguro ya es mayor el porcentaje) y se me hizo nudo el estómago sólo de imaginar que no fuera capaz de abrir la reja. Para mi sorpresa, y pese a la rigidez de mis músculos, no fue tan difícil. Abrí, salí y me senté junto a Bobby. Los demás zombis ni siquiera voltearon a verme, pero él me sonrió.
—Yo puedo hablar—logré decir, muy despacio, muy torpe, luego de gruñir lastimosamente un par de veces—. ¿Y tú?
Se me quedó viendo. Pensé que no me había entendido, pero al poco rato su cara dibujó algo parecido a la sorpresa.
—Caray… sí, yo también. No se me había ocurrido.
—Claro, como todos gruñen, uno se imagina que es lo único que puede hacer, ¿no?— quise ser comprensiva.
Él sonrió.
Me acordé, poco a poco, de la siguiente parte de mi plan. Se lo conté a Bobby y le pareció muy buena idea. Entramos a mi casa por un pantalón limpio (había sido, por supuesto, de Fede; pero eso había ocurrido una vida antes, o eso me parecía) y mientras él se lo ponía yo me di un peinazo y me bajé bien la manga de la playera.

Subimos sin problema al tercer piso. Sin problema convencimos a los vecinos de que habíamos logrado escapar de milagro. Sin problema saciamos el hambre con carne fresca. Tenía un ligero saborcillo a Gerber de manzana, muy gourmet.
—Me llamo Roberto —me dijo Bobby.
Me quedé callada, tantito porque pienso más despacio y tantito porque supe que su nombre era una señal: al fin había encontrado la respuesta del destino.
Nos tomamos de la mano y salimos a buscar más sobrevivientes. No cabe duda: este es el inicio de una hermosa historia de amor.

 


Raquel Castro (México, 1976) nació en Ciudad de México. Es escritora, guionista, profesora y promotora cultural. En 2012 obtuvo el Premio de Literatura Juvenil Gran Angular y, dentro del equipo del programa Diálogos en confianza de OnceTV, ganó en dos ocasiones el Premio Nacional de Periodismo. Es autora de las novelas Ojos llenos de sombra (2012) y Lejos de casa (2013). Tiene una columna semanal sobre literatura infantil y juvenil en La Jornada Aguascalientes y su propia bitácora en www.raxxie.com.

Foto: Fabien Castro

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Crímenes narrativos

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