“Habana-Miami-Manhattan”, por Pedro Medina León

Yaneira espera el tren que la llevará a Manhattan. A las nueve se encontrará con Mr. Hinton, su VIP customer, como ella lo llama, en la estación Grand Central...

Yaneira espera el tren que la llevará a Manhattan. A las nueve se encontrará con Mr. Hinton, su VIP customer, como ella lo llama, en la estación Grand Central Terminal. Tiene a su lado un carry on en el que guarda un par de tacones rojos, una muda de ropa interior color violeta —la preferida de Mr. Hinton—, su lápiz de labios, esmalte de uñas, delineador de cejas, enjuage bucal, polvos para la cara, un New York Times y una foto, en sepia, de su papá, que la acompaña siempre.

Esa remota tarde en que recibió la foto, su tía Belinda le dijo que se fuera, que ya no podía seguir haciéndose cargo de ella, que ya estaba mujercita. Poco antes, en su pecho habían empezado a asomar dos bultitos como dos botones de rosa, y además, había despertado no pocas veces con manchas de sangre en la ropa interior y en las sábanas.

Las cosas estaban cada vez más insoportables con su tía Belinda. La vieja pasaba el tiempo encerrada en su cuarto con el pico de una botella de ron casero, que le compraba a uno de los vecinos de la cuadra, embutido en la boca. Cuando acababa la botella la reventaba contra el suelo, daba de alaridos, ¡ya te irás a trabajar a la calle, guajirita, ya te irás a trabajar a la calle!, que solo paraban con el vómito que le venía como una catarata. Yaneira escuchaba desde la sala, con los ojos en el doce pulgadas blanco y negro de centro de mesa, encendido en comiquitas rusas. Vieja loca, era mejor no hacerle caso.

Pero esa tarde, esa tarde remota en que Yaneira se fue, la tía Belinda salió del cuarto con la botella por la mitad y le dijo que se largara, que no podía más con ella. Yaneira ni volteó a mirarla, no le haría caso, como siempre. Y Belinda le puso en la puerta de la casa una bolsa con los dos trapos que tenía de muda de ropa y la foto.

Yaneira deambuló por las callecitas de su pueblo, San Nicolás de Bari. Todas las caras resultaban conocidas, se le acercaban, salúdame a Belinda, niña. Era mejor irse, no quería que al caer la tarde, cuando ya todos estuvieran reunidos en sus casas, tuvieran que verla por ahí, sola, en la placita o en algún parque.

Horas después, Yaneira estaba en el centro de La Habana, acostada con las piernas dobladas en una de las bancas del Paseo del Prado, bajo un cielo que dejaba asomar pocas estrellas, mirando la foto de su papá, con esos bigotitos que parecían dos pinceladas de café, vestido con su uniforme de enfermero. Esa foto se la habían tomado en uno de los agasajos de fin de año del policlínico Camilo Cienfuegos, brindando con los compañeros de la ronda nocturna. Su papá regresó ese día a la casa con tres cervezas Bucanero grandes y puso en la radio canciones de Nino Bravo. Tomó apenas una de las botellas y se quedó dormido. Yaneira apagó la música, le quitó los zapatos y lo acostó como pudo en el sillón. Esa había sido la única vez que había visto tomado a su papá.

No pasó mucho desde el día del agasajo en el policlínico cuando, aprovechando que no le tocaba turno, su papá le dijo para ir a pasear por La Habana. Mientras caminaban por el malecón, señalando hacia el mar, hacia el horizonte rojizo, él le dijo que se iría para allá. Allá está el futuro, mi niña, así dijo, y rozó con las yemas de los dedos la cara de Yaneira.

¿Y ella también iría? Sí, sí, mi niña, también vendrás, también vendrás. Lo hacía por ella, cada vez estaba más grande y en la isla no tendría ninguna oportunidad de salir adelante. Ya estaba casi todo listo, se iría con sus compadres Machito y Kimbombo. Hasta que él se organizara bien se quedaría bajo el cuidado de la tía Belinda, que la quería como a una hija. Eso sería solo un tiempo, poco, poquito. Rápido la llevaría para allá con él.

A los pocos días de la partida, sin embargo, llegó la noticia a La Habana de que en el estrecho de la Florida habían encontrado el cuerpo de su papá flotando, amoratado, los ojos abiertos y ciegos, la boca un agujero negro.

Así pasó el rato Yaneira, las horas, sin moverse de la banca en el Prado, sin soltar la foto, sin dejar de repasar esas imágenes con su papá en el malecón: «Sí, sí, mi niña, también vendrás, también vendrás». Al hacerse de día entró en fondas, en bodegas, preguntando si necesitaban algún ayudante.

Esa noche, sentada sobre una caja, en un rincón de un bar de La Habana Vieja, calmando la sed con sorbos de cerveza tibia, esperó a que se retiraran todos los clientes para voltear las sillas sobre las mesas, barrer las colillas de cigarro y limpiar los vómitos de los baños.

Cuando ya tenían algo de confianza, el dueño del bar le dijo que algunos clientes querían conocerla más. Unos señores muy generosos que siempre la veían sentadita en un rincón. Querían ayudarla, darle una platica extra o algo de ropa. Tan solo debía acompañarlos un ratico. ¿Señores generosos?, pensó Yaneira, y dejó escapar una sonrisa.

Recuerda bien al primer hombre que acompañó en el bar. Tenía la cara redonda como una pelota, las manos callosas, uñas mordisqueadas y sucias, y al alzar el vaso lleno de cerveza le temblaba el brazo. Yaneira miraba el humo del cigarrillo que se consumía en el borde del cenicero cuando sintió la mano áspera frotando sus piernas. Son ya diez años desde esa tarde remota, piensa Yaneira, poco más de nueve que llegó a Miami en una balsa, como hubiera querido llegar su papá, sobreviviendo a los tiburones, al hambre, a la sed. Seis o siete meses que dejó Miami, que decidió largarse también de esa ciudad.

Un reloj gigante cuelga de una de las paredes blancas maquilladas de hollín. Faltan doce minutos para las ocho. Yaneira toma su carry on y se pierde en el hormiguero de viajantes que arrastran sus maletas en dirección al andén.

Cuando el tren se aleja, ve por la ventanilla a un viejo hombre uniformado que barre los restos dejados por los viajantes. Entonces abre su New York Times. No puede llegar a su encuentro con Mr. Hinton sin estar al tanto de las noticias. Ya sabe cómo es Mr. Hinton: a la hora de la cena habla y habla, no le gusta que lo interrumpan. Habla de cuando fue combatiente en Vietnam, jefe de la brigada Estrella 24, y que casi pierde la vida en una emboscada del ejército en la que bombardearon el campo y murió casi la mitad de la brigada. Cuando no está nostálgico, habla de política, de los senadores, de los republicanos y de los demócratas, y es ahí cuando a veces hace preguntas. Qué piensa de esto o lo otro Yaneira, que si está de acuerdo con los republicanos o con los demócratas en lo de la guerra de Irak.

Dónde la llevará Mr. Hinton esta noche a cenar, piensa Yainera mientras hojea el diario: quizás al bistró de la 44 Street, o quizás al sitio ese del hotel tan elegante si es que está antojado de carne. Y después, después por cuál avenida caminarán hacia el departamento de Mr. Hinton: por la Madison, por la Park o por la Quinta, y entonces pasarán por esa tienda en la que Mr. Hinton le dijo que eligiera una de las maletas de la vidriera, que no quería que siguiese arrastrando esa vejez de maletín. Así eran los gringos, brutos para hablar, pensó Yaneira, mientras contemplaba las vidrieras iluminadas por chorros de luz y dispuestas de maletas, bolsos y zapatos. Y al llegar al edificio, en el ascensor, ¿Mr. Hinton la atrapará por la cintura y le besará la boca, el cuello, la espalda, o acaso le quitará la ropa interior y sus dedos se perderán entre sus piernas?

En el departamento deberá acostarse boca abajo sobre la cama, en ropa interior, la de color violeta, mientras él se sirve un Jack Daniel’s con un cubo de hielo, se quita la ropa lentamente y la va doblando y acomodando en su armario. Luego él se sentará delante del piano marrón frente a su cama y tocará piezas que a ella le parecen lindas, unas de un tal chaicosqui o un nombre parecido que ella nunca pronuncia bien. Y se quedará echada el resto de la noche, boca abajo, porque así le gusta a Mr. Hinton, porque siente como si estuviera tocando el piano frente a un altar de carne.

A las nueve, el tren se detiene en la estación Grand Central Terminal. Yaneira guarda el periódico en el carry on y abandona su asiento.

 

Del libro de cuentos Mañana no te veré en Miami (Ediciones Oblicuas, 2013)


Pedro Medina León (Perú, 1977) es autor de los libros Streets de Miami y Mañana no te veré en Miami; ha formado parte de diversas antologías y sus textos han sido publicados en medios de prensa como El Nuevo Herald, entre otros. En el año 2009 fundó la revista cultural Sub-Urbano (Miami). Desde 2013 dirige el sello editorial Suburbano Ediciones y es profesor de escritura creativa en el Koubek Center del Miami-Dade College.

Foto: Elizabeth Osorno

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