“El universo es un jardín a nuestro paso”, por José Óscar López

En cuanto nos miramos a los ojos de esa forma… especial, las velas se encendieron a nuestro alrededor. Pero también, al mismo tiempo, la luz se atenuó. Quiero decir:...

En cuanto nos miramos a los ojos de esa forma… especial, las velas se encendieron a nuestro alrededor. Pero también, al mismo tiempo, la luz se atenuó. Quiero decir: los focos generales se apagaron. Las paredes de la astronave se tornaron transparentes, dejándonos la sensación de que flotábamos en medio del espacio profundo, y un par de bandejas con nuestra cena encima se deslizaron por el aire y se acercaron.

Solía ocurrir que para los trayectos largos, incluidos los hipersaltos, se eligieran a compañeros altamente… ¿cómo era la palabra? Compatibles. De forma que, tras el formateado, que le comunicasen a uno que era el momento de dar un salto lo suficientemente largo, si bien implicaba esa inquietud que depara el misterio de estar encerrado tanto tiempo, también proporcionaba la ilusión de una nueva aventura sexual: el equilibrio que con ello se buscaba suponía todo incentivo necesario para que los pilotos no nos deprimiésemos demasiado.

Así que allí estábamos, yo y mi amada desconocida, escuchando —es un decir— aquella viejísima canción de los Rolling Stones, “A dos mil años luz lejos de casa”: son obviedades propias del selector musical de nuestro programa fecundador.

Nébula resplandecía de repente y se convirtió en nuestra luminaria principal de la velada, dado que los pequeños candelabros se extinguían. El astro llameaba en sus ojos, también mientras ella se giraba hacia mí persistía allí ese reflejo llameante.
—¿Me quieres?
—Sí, pero empieza a cansarme la manipulación emocional de la que somos objeto una y otra vez.
Ella golpeó la mesa con los puños. A nuestros platos, flotantes, les dio bastante igual.
—No sé —dijo entre dientes— qué necesidad había de emitir ese recordatorio de marco.

Las paredes de la esfera empezaron a opacarse. La luz del sol de enfrente fue atenuándose, siendo sustituida por la de los controles. Regresábamos a la rutina de nuestro viaje interestelar.
—¡No! Por favor… —rogué a la astronave. Me lancé hacia mi compañera, que asía su costilla de canguronejo por un extremo al tiempo que la mordía por el otro. La besé en la boca, mientras ella trataba de masticar su pedazo de carne como forma de compensar la rabia que le había provocado mi reflexión.
Innecesaria, innecesaria: ya lo sé.

Tragó y se apresuró a devolverme el beso. La luz de Nébula volvía, así como la oscuridad del espacio exterior horadada por las miríadas de estrellas de costumbre.
Luz, sombra, sombra, luz. Bueno, así todo el tiempo.
—Espera —dijo apartándose un instante, aunque las mismas manos que me retiraban del contacto con su cuerpo me asían el pecho con deseo impostergable—. Espera, sigamos… con el protocolo… amatorio.

Me senté y la mesa regresó, restituyendo el espacio que nos separaba. Así otra costilla y se la ofrecí a mi amada. Yo cogí una para mí, y la mordisqueé con hambre. Masticaba mientras la espiaba de reojo.

Ser consciente del proceso no me impedía amarla. Amarla, desearla. Mis sentimientos se veían afianzados —mis sentimientos, mi deseo— al saber que si ella sabía, si recordaba demasiado, yo podía perderla para siempre.
—No… tenemos prisa, queda viaje —dijo ella, y después añadió—. Aunque… estoy impaciente por que nos amemos.

Sí, tenía razón. En ese postergar nuestro contacto residía buena parte de la gracia del viaje. Ella mordió y masticó, yo seguí masticando a mi vez. Tragué y volví a masticar. Así un rato más, y trasegando el vino que circulaba entre nosotros dentro de su botella, y que llenaba por sí mismo nuestras copas flotantes. Cuando hubimos terminado, me levanté y me desnudé. Ella me imitó. Los platos y los vasos se largaron, seguidos por la mesa. Nos acercamos y nos abrazamos. La nave se acolchaba sin perder su transparencia. Nos tumbamos allí mismo y empezamos a rebotar contra las paredes curvas mientras ejercíamos los prolegómenos de nuestros movimientos amatorios, para después acometer los propios y pertinentes movimientos amatorios en sí.

Cuando terminamos, permanecimos abrazados y tumbados. La vaca azul hizo acto de aparición, en medio de la esfera. Noticias de la central. Nuestra respuesta anticipada: un largo muuuuuu mental.

El brillo de su textura holográfica nos confortó al envolvernos con su nube de endorfinas.
—¿Cómo va la noche, queridos amantes? —inquirió la vaca—. Esta noche romántica y feraz, tan larga como el viaje que les lleva a ustedes a fecundar los parajes más yermos de nuestro multiverso…

Sus palabras se mezclaban con las endorfinas, tanto las producidas por nosotros como las suyas, y nos hacían visualizar lo que nos expresaba. Debiera hablar solo por mí, pero tengan en cuenta que a través de mi boca habla aún el amor, comunión no por acostumbrada, menos milagrosa.

Pude vernos llegando a un roquedal y plantando en él, en su superficie, un enorme pene de conglomerado plástico.

Pero pronto me hastían estas visiones del más barato simbolismo. Pienso a menudo: no lo necesito.
Me basto yo, junto a mi compañera.
Yo simplemente, por decirlo así, era la polla.
Nos quedamos dormidos muy pronto, en brazos del otro cada uno, y en los de nuestra recién conquistada, quiero decir reconquistada, y satisfecha, satisfecha e irremediable individualidad.

Desde las escotillas, vimos aquel planeta diminuto cubierto por arena. Reí borracho de fecundidad, es decir que ya fuera de mí —por fin, fuera de mí—, mientras la nave descendía a un punto perdido de aquella nada para llevar la buena.

Lo cierto era que aquel paisaje consistía en un espectáculo terriblemente desolado. Y verlo era saber que toda incertidumbre no evitaría que todo aquello fuera a suceder.

Bajamos por una rampa de aire, seguidos por el ronroneo de la matriz portátil de la nave. En cuanto esta tocó tierra, detrás de nosotros, sentimos cómo todo se movía bajo nuestros pies: la gran raíz mecánica se había incrustado en el planeta. Ahora era cuestión de horas. Mientras seguíamos mirando aquel paisaje, la nave, a nuestras espaldas, iba transformándose en una unidad fecundadora planetaria. Pequeñas vainas que una vez se hincaban en la tierra crecían a lo largo, acompañando a la raíz principal, hasta llegar al corazón de ese planeta. Raíz que sostenía para la superficie una pequeña torre fálica, como un antiguo dolmen, trayendo radiaciones desde el cielo, de la estrella. La estrella, que a lo largo de milenios había denegado para aquel lugar cualquier forma de vida exuberante, era forzada ahora a bombear su energía fecundadora tanto en la atmósfera como debajo de nuestros pies.
Ella me cogió de la mano y la apretó fuerte.
—No tenía —dijo— esta sensación desde que salimos de los jardines dorados de Marte de Ganímedes.
Yo no recordaba haber estado en el planeta Marte de Ganímedes.
—¿Qué sensación?
—Que el universo es un jardín a nuestro paso.

Notamos cómo el paisaje en derredor se teñía de una suerte de claridad, incierta todavía. Como si la tierra yerma, en su inesperado protocolo de vida, abriera sus poros y generara claridad para espiar en sí misma el misterio de cómo nace, de pronto, y se multiplica toda vida.

Después de que hiciéramos el amor, una vez más, podríamos salir de nuestra burbuja de campaña sin las escafandras: podríamos respirar el nuevo aire del planeta.

Apenas dimos un corto paseo cuando llegaron hasta nosotros unos seres saltando: eran como conejos diminutos, quizás canguros del tamaño de gatitos recién nacidos. Gatitos saltarines.
Extraordinariamente saltarines.
Y se arremolinaban a nuestros pies.
Mordisqueaban nuestros tobillos.

Nos hacían cosquillas, al principio. Veíamos que el resto de animálculos que no nos mordisqueaban no lo hacían porque se hallaban demasiado ocupados copulando de una forma frenética. La vieja y única forma de vida de este gran erial acusaba su primera primavera.
De hecho, a la vez que copulaban —quiero decir en ese mismo instante, delante de nuestros ojos—, se reproducían.
Iban multiplicándose.
Sobre las florecillas nuevas, miles, millones de animálculos iban extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, bajo ese aire antes gris, oscuro y pétreo que ahora era azul, azul muy claro y casi transparente.

Tan absorto estaba en la visión de esta nueva naturaleza desatada, y en cómo los viejos indígenas del planeta se adaptaban tan maravillosamente a las nuevas circunstancias —como antes se decía, exacta y propiamente: “de mil amores”—, que no me apercibí de algo en lo que mi compañera sí reparó.
Tal y como ella dijo:
—Creo que los indígenas, cariño, nos devoran.

Era verdad. Nuestros pies sintéticos ya habían sido digeridos por la ingente naturaleza reforzada de nuestros anfitriones. Quienes, una vez abierta la cobertura de los trajes —por así decirlo, la lata que nos contenía— ya podían mordisquear el resto de nuestros cuerpos, al ir desplomándose sobre la hierba y todas esas flores.

El formateo y el reinicio quedaban cerca, una vez más, para nosotros.
Otra oportunidad de amar, para nosotros. Y de seguir llevando este jardín más lejos, cada vez.
—Te quiero —dije, y ella respondió:
—Sí, yo también te quiero.
Y ella cerró los ojos.
Yo la imité, pero solo después de mirar hacia arriba, unos instantes.
Al cielo del que habíamos venido. Y hacia el que volveríamos.

 

Del libro de cuentos Los monos insomnes (Chiado Editorial, 2013)


José Óscar López (España, 1973) nació en Murcia. Es licenciado en filología hispánica con estudios de posgrado en escritura para cine y televisión y en literatura comparada europea. Ha publicado los poemarios Los nuevos dioses (2001), Agujeros (2002) y Vigilia del asesino (2014), así como los libros de cuentos Nosotros, los telépatas (2013) y Los monos insomnes (2013). Colabora como crítico y ensayista en revistas como El coloquio de los perros y Deriva. También ha participado en la antología Los supremos. Superhéroes y cómics en el relato hispánico contemporáneo (2013).

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Crímenes narrativos

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