“Graneros soleados – Tráiler”, por Osdany Morales

El hombre tiene la nostalgia de una medida perdida. José Lezama Lima Los cadáveres pesan más que los corazones destrozados. Raymond Chandler   UN HOMBRE SOLO EN UNA CIUDAD...

El hombre tiene la nostalgia de una medida perdida.

José Lezama Lima

Los cadáveres pesan más que los corazones destrozados.
Raymond Chandler

 

UN HOMBRE SOLO
EN UNA CIUDAD PERDIDA

—Hemos coincidido en una ciudad en la que cada necesidad existe y tiene nombre; y no sólo su nombre sino un objeto; y no sólo un objeto sino unas reglas para usarlo y según las cumplas o no, puedes esgrimir tu necesidad como un gentilhombre o como un luchador.
—¿Esto es La Habana, Sam?
(Pudiera ser, Monique. Medio siglo atrás, pudiera ser.)
—Claro que no, mi amor. Estoy seguro.
Entonces nos cerrábamos la portañuela y volvíamos, imperturbables, al cigarro o la vidriera donde la vista se perdía contemplando vajillas bucólicas, portarretratos con fotos de graneros soleados, relojes baratos.

 

UN SUPERHÉROE
ACAPARA
LAS NOTICIAS

Seis robos de bancos, cincuenta y tres asesinatos de mujeres y hombres, siempre solos, en los barrios menos concurridos y por motivos inconciliables, treinta y dos asaltos a museos en los que desaparecieron obras dispares, lo mismo muestras del Renacimiento que hijas del más encantador hallazgo conceptual, ciento veinte robos de autos y ochenta y siete violaciones de domicilios, en las cuales unas veces atracaron una caja fuerte y otras simplemente se sirvieron un martini y se tiraron a ver la televisión. Todos los casos, según los exámenes de ADN, revelaron un mismo autor. Una mujer, para ser más precisos. ¿Quién era esta diosa insaciable e inverosímil?
—Sam, ¿tienes algo ya en tus manos?
—Un vaso de yogurt.
—Quiero que para mañana ese yogurt sea una noticia sobre nuestro asunto.
—¿Cuál asunto?
—El del sujeto que anda midiendo a los hombres.
—¿Midiendo qué…?
Se rumoreaba que al producirse el encuentro no alcanzabas a ver mucho más que el sombrero de fieltro, la cinta métrica y la gabardina. Algunos privilegiados aseguraban haber distinguido el cuaderno.
La habitación de treinta años atrás, y en ella un niño en pijama que levanta el auricular: ¿Hola? Un hombre con el torso descubierto y una botella de cerveza en la mano se recuesta al marco de la puerta y le grita al niño: ¿Es tu madre, no? ¡Es esa puta! El niño sujeta al auricular con las dos manos y no responde nada.
Un carro silba su largo frenazo en medio de la calle y me delata. Casi descubro la cinta recogiéndose mientras él abandona al hombre medido y echa a correr bajo el diluvio. Es difícil seguirlo apartando la gente y sus paraguas, los periódicos que centrifuga el viento, los carros, los lumínicos y su capa de superantihéroe flotando a unos centímetros de mi mano extendida. Cruzo la valla que salta, pateo los contenedores de basura que me interpone, entro al callejón donde logra desaparecer.
En la prensa una nota microscópica de sensible obituario a una tal Rita Moore. Pobre chica. La escribe quien fuera por unos meses su profesora universitaria. Dice lo mismo de siempre, que era un candil al viento, que era feroz, que era tremendamente inteligente, que quien quiera que la mató es un perfecto hijo de puta; esto último lo dice entrelíneas. El resto del periódico habla sobre el estado del tiempo, los chimpancés, las flores marchitas.
—¿Saben por qué ese chico fue capaz de cargarse la ciudad entera él solo? No había nadie cerca en ese momento para decirle que era imposible hacerlo.

 

MUJERES QUE SABEN
MÁS DE LO QUE HAN APRENDIDO
TODAS TRAS UN CUADERNO AMARILLO

—¿No te parece mentira?
—Todo es mentira, Monique la Femme.
Se guarda el revólver y al acercarse a la chica recoge del suelo la agenda manchada de sangre y el bolígrafo.
—Eso no quiere decir que no vaya a morir por saber demasiado.
—Eso espero.
No hay en los catálogos de la sensibilidad humana experiencia más hermosa que la de no ser correspondido. Todo es autobiográfico.
La sacudida del ascensor nos acerca.
—Quiero saber del Medidor.
—Yo también quisiera, hijo, porque, la verdad, con esa pregunta no puedo atrapar mucho. Dame tu mano izquierda.
Anna Praga va a leerme el futuro. Nada será triste.
—Usted puede saber del futuro, pero yo vengo a buscar en el pasado.
—Para eso tienes que ver a otra. Las que venimos de Europa del Este sólo sabemos del futuro.
Me vuelvo hacia ella. Le subo el pelo tras la curva de la orejas. Es una buena chica Monique la Femme, boquita de mala actriz que deja caer su sábana nupcial. La beso. Podría tener dos años y no saber contar.
—Y tú, ¿cuánto mides?
Pink es una mujer que parece una fotografía firmada por ella misma. Los secretos que se guarda no están en la foto. Todo lo que muestra es todo lo que quiere ser.
He soñado que estábamos en la función de Rita. Tú me apurabas: Vamos que no conseguiremos sitio, y yo me resistía a entrar. Luego tú eras Mónica y me decías: Si no entramos ahora no alcanzaremos las balas. Y luego yo era el actor que hacía fuego sobre el auditorio, y también estaba sentado en primera fila entre tú y Mónica, y me disparaba a mí mismo pero no salía la bala. Apretaba el gatillo una y otra vez en vano. Mónica y tú ya estaban muertas, y todo el auditorio estaba muerto; y yo también estaba muerto, pero no lo sabía.
—Una mujer vanguardista con la medida de un hombre no es una mujer, es un terrorista. Pobre chica. Lo que quiero decirte es que poco importa si existe o no el superhéroe. Lo que los tiene vueltos locos es este cuaderno.
—¿Si le disparas a un ángel en la frente es posible matarlo?
Depende, Monique, todo depende del ángel. El francotirador tiene muy poco que hacer en ese caso.

 

DEL AUTOR DE
MINUCIOSAS PUERTAS ESTRECHAS
Y
PAPYRUS

¿Y quién no ha estado un poco detrás de ese volante con el pie derecho demorando la pisada del freno o con el dedo índice detrás del disparador que acortó su medida en la insinuación de la bala o procurando la cuerda al reloj que señaló la hora exacta que estremeció los cimientos desperdigó los muros pulverizó las puertas estrechas y dejó todo hecho una nube sucia dejando caer otra vez la llovizna donde un segundo atrás había un edificio restaurado con una habitación vacía donde esperaba otra mujer acariciando el recuerdo de la medida de un hombre?
—Había sido mi maestro por una semana en un taller ocasional sobre relatos policiales. Éramos doce estudiantes. No creo que él llegara a recordarme, aunque hubiésemos discutido airadamente una vez sobre el crimen perfecto.
Este miembro es el autor de toda la historia de la humanidad, cariño. Y ahora lo tienes frente a ti, increpándote, desposeído como el sensei de las Mutantes Adolescentes Tortugas Ninjas.
—¿Qué hacías en su apartamento?

 

PRÓXIMAMENTE

Inspecciono mi máquina de escribir y transcribo la peligrosidad de sus teclas. Allí dentro está lo que busco, pero ignoro la combinación como si me enfrentara a una caja fuerte:

Q  W  E  R  T  Y  U  I  O  P
A  S  D  F  G  H  J  K  L  Ñ
Z  X  C  V  B  N  M  ,  .

El crimen perfecto es semejante al vuelo de un acróbata que desaparece en el aire y cuando vuelves el rostro a la izquierda está sentado a tu lado.
—Bienvenido.

 

GRANEROS
SOLEADOS

—No recuerdo cuándo fue la última vez que miré al retrovisor y no estaba allí ese carro rojo.


Osdany Morales (Cuba, 1981) es autor de los libros Minuciosas puertas estrechas (2007), Papyrus (2012) y Antes de los aviones (2013). Ha obtenido el Premio Internacional de Cuento Casa de Teatro 2008 y el Premio Alejo Carpentier 2012. Textos de su autoría han aparecido en revistas  como El Cuentero (Cuba), El perro (México) y Quimera (España), así como en diversas antologías. Actualmente vive en la ciudad de Nueva York.

Foto: Fer Figheras

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Crímenes narrativos

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