“Discurso de apertura”, por Eduardo Varas

Vaya noche, ¿no? Quiero empezar agradeciendo a las autoridades que hicieron posible que esta Feria del Libro, Internacional, estuviera en pie. Y que consideraran que yo, como escritor nacional,...

Vaya noche, ¿no? Quiero empezar agradeciendo a las autoridades que hicieron posible que esta Feria del Libro, Internacional, estuviera en pie. Y que consideraran que yo, como escritor nacional, debía ser la persona que inaugurara este espacio que, con suerte, podrá ser visto por los lectores del país como un ejercicio de resistencia. Voy a tratar de alejarme de los lugares comunes porque no quiero servir en un plato las municiones para los francotiradores. Ya basta de penes erectos como respuesta a todas las aspiraciones humanas. No hay niños en este salón, ¿no? Bueno, hablen sobre sexualidad con sus hijos y de las capacidades metafóricas del lenguaje del sexo, porque si seguimos por el camino de la corrección política solo nos va a quedar el vacío. El éxito de un discurso está en decir esas cosas que nadie se espera, en vencer lo obvio y necesario del momento. Hay algo de venganza en esto, desde luego. No estoy acá como vocero de nada, ni peor como ejecutor de algo superior, de algo que me trascienda. Estoy aquí para golpear con una botella de champagne el metal del buque y declararlo inaugurado, como Shirley Temple. Y no es un problema ser Shirley Temple. Esta acción accesoria se acompaña de algo que quizás no es tan claro en este momento: Hablé con mi hermana, mi cuñado y mis sobrinos y les pedí que no vinieran. Hace unos minutos los vi y los saludé y les volví a pedir con calma que se fueran, pero desde aquí los veo sentados, me ven y me saludan, todos en una escena hermosa de apoyo familiar. Bueno, quiero romperla y lo haré sin vergüenza. Hace unos minutos le pedí al ministro que llamara a gente de seguridad y que los escoltara hasta afuera de este salón y del recinto porque no quiero que estén aquí. No di razones y espero que ustedes puedan construir en su silencio cualquier excusa razonable para que un hermano amoroso y un tío desinteresado quieran hacer esto. Esa que ven con cara de triste y solitario final es mi hermana, los que van detrás de ella son su marido y sus hijos. Ya con ellos afuera puedo continuar. Y lo hago con preguntas, como por ejemplo, ¿qué hago acá, en un acto oficial de un régimen que me importa tanto como cualquier otro régimen nacional o internacional? No tengo una respuesta noble detrás de eso. Solo quería estar aquí y evidenciar que hoy están escuchándome porque hay otros mecanismos que pueden triunfar y casi siempre son nefastos. Por eso he decidido dividir este discurso en dos partes: en una primera hablaré sobre el sentido que hay detrás de una literatura nacional y en una segunda sobre qué hacer con eso. Voy por lo primero, porque es lo más sencillo. Si estamos aquí es porque refrendamos ese sistema de castas que en una feria se manifiesta abiertamente. Es más, puedo apostar todas nuestras vidas y asegurarles que la manera en que están dispuestos en sillas responde a favoritismos y a acuerdos estéticos de muy poca relevancia. Estas castas son públicas por las disputas que aparecen en revistas, en blogs, en entrevistas, en conversaciones, en universidades… en el espacio inútil que se les ocurra. Y hasta en correos electrónicos, que muchos se envían para crear una cofradía más grande y/o privada. Las castas no tienen utilidad en la literatura, especialmente en esta, que quiere existir a punta de actividades públicas de gran envergadura y con espacio en los diarios, en revistas, en blogs, en entrevistas… Por eso parto de esta anécdota que todos conocen, de mi pelea pública con Didier Velásquez, con quien hace seis años me reuní en un bar para discutir sobre algo que yo había publicado en una revista de afuera, cuyo nombre no interesa ahora, acerca de la invisibilidad de nuestra literatura. Artículo en el que dije cosas como: “Al ser un paréntesis en el devenir literario de la región, lo que tenemos es toda la posibilidad de ser lo que queramos, sin necesidad de alteraciones quirúrgicas, ni de manifestaciones políticas de moda”, por ejemplo. O en el que conté la historia del coronel Burbano y cómo su novela inédita sigue sin ser leída porque desapareció, solo ha aparecido en manos de pocas personas que han escrito sobre ella y listo. Hay mucho de eso en la literatura nacional. Dije más y a Didier no le gustó lo que escribí. Y como ya es leyenda, Didier no soporta que las cosas se muevan por los caminos que él no considera óptimos y en esa reunión me lo hizo saber. Debo confesarles que quizás fui muy atrevido al hablar de esas fuerzas que obligaron al coronel Burbano a no publicar su novela, ya que para muchos “esas fuerzas” respondían al nombre de Didier Velásquez. Eso debió ser lo que le hizo perder los estribos, porque Didier repitió sus argumentos en contra de mi escrito en tres entrevistas y dos artículos que escribió para revistas, en las que incluso fue lo suficientemente noble para reproducir textualmente comentarios que había colocado en mi cuenta de Twitter, sacándolos de contexto. Pero es Didier y lo podía hacer. Bueno, muchos han hablado de eso durante estos años y yo también he jugado a responder esas disputas, porque también quise ser parte de ese entramado de castas, pero él abandonó el campo de los argumentos y solo se centró en definir quién tenía la razón. Lo cierto es que este sistema de logias ya no tiene mucho sentido porque no conduce a nada. Y quiero inaugurar esta feria señalando eso: estas grescas no se arreglan con las distancias, sino con los puntos en común que nos acercan, aunque sea en lo superficial, o para la foto. Por eso no tengo problema en anunciarles que  Didier Velásquez está aquí, lo pueden ver, si se levantan los de atrás, sentado en la segunda fila, en el medio. Didier, por favor, levántate para que te puedan ver. Sí, señoras y señores, él es Didier Velásquez, el escritor que representa aquello que no soy, con ese halo de ética rebosante, capaz de definir los caminos buenos y malos. No lo digo en mala onda y él lo sabe, lo hemos conversado. Sé que muchos de lo que están aquí han hablado hasta el cansancio de esto y detrás han concebido razones acerca de nuestra literatura. “Nuestra literatura”, abrir la boca y pronunciar cada sílaba como un yunque sobre los hombros. Por eso pedir disculpas no es nada del otro mundo, es simplemente el motor universal. Y bueno, debo decirles que entre Velázquez y yo las cosas han cambiado. Ya le he pedido disculpas por todo lo que dije en las entrevistas en las que no perdí la oportunidad de catalogarlo como la ballena blanca, Melville y el capitán Ahab en un solo paquete y con kilos de más. Bueno, los kilos siguen estando, ¿no? Sí, creo que esas cosas no le hacen bien a ninguna literatura nacional, porque son pesos muertos, y ya que Velázquez y sus acólitos se han encargado de definir mi obra como el resultado de la levedad, creo que es justo asumir que los pesos muertos no me interesan. Ítalo Calvino dijo que para que Perseo le cortara la cabeza a Medusa se valió de lo más leve que tenía a su alcance: las nubes y el viento. Yo siento que es un elogio que me digan escritor leve, que lo sigan diciendo en cada oportunidad. La levedad es una caricia para una literatura como la de este país, hecha de piedra, y que vuelve piedra todo lo que mira y todo lo que toca. Lo mismo han dicho los escasos lectores de la obra del coronel Burbano; obra que solo pasaría a la historia como dos fragmentos convertidos en cuentos, publicados en dos antologías. Creo que debimos pasar por la levedad de Burbano para sanearnos un poco, pero no se pudo, más que nada porque estos grupos no podían concebir a un milico que escribiera de manera tan lacónica y con tanto conocimiento de causa sobre la geopolítica del momento. Y con tanta gracia. Y me parece interesante decir todo esto en una inauguración. Es como ser un justiciero, el hombre araña de la literatura nacional. No pueden negar el carácter de espectáculo que hay aquí. Afuera de este salón hay gente que quiere entusiasmarse por leer algo que alguien escribió y creer que de esa forma va a tener sentido lo que piensa; aquí adentro estamos dándole un justo arranque a todo lo que puede estar pasando afuera, ese sentido metafísico. Sí, esa es la palabra que quería usar: “metafísico”. Tendrá sentido luego, créanme. Nuestra literatura se levanta sobre las ruinas de las líneas que no tuvieron fuerza para existir. Una literatura nacional es la certeza de esa ausencia. Como la del coronel. A veces pienso qué sería de nosotros si le hubiéramos dado la oportunidad de publicar su novela y de que él siguiera publicando. Y si estamos acá celebrando un acto inaugural es porque debemos entender que ese silencio entre nosotros es un hecho. En cada viaje que hago me preguntan sobre qué escritores del país recomendaría y qué está pasando aquí a nivel literario. La verdad es que no sé, ni me importa. Ni siquiera sé qué pasa en el condominio en el que vivo. Ni siquiera sé qué pasa en mi departamento cuando estoy ahí dentro. No entiendo esa necesidad de convertirnos en embajadores de algo que no tiene mucha forma. Miento, lo hago por una especie de tributo al silencio impuesto al coronel Burbano, como lo anticipó en su novela: “Más que quedarse callado, lo que incomoda es la vida ordinaria”. Si estamos aquí es porque celebramos algo que ya está muerto y esa idea me gusta porque es leve. Porque todo aquello que escribimos es lo que pierde efecto, aunque no lo sepamos. El lenguaje escrito fue la manera de contener todo lo vil que puede ser la expresión. Porque hablar es lo más humano y poderoso que nos queda. Escribir no tiene mucho sentido, amigos. Eso lo entendió el coronel Burbano y eso lo aprendí de unos monjes que conocí hace cuatro años, y de ellos ya les hablaré en la segunda parte de este discurso. El tema es que por más que yo intentara explicarle eso a Didier, no sirvió de nada. Obtuve lo único que me podía resultar de una experiencia como esa: el silencio. Didier me pidió que no publicara más hasta que recapacitara, que le hacía daño a la literatura nacional, que debía caminar por otros sitios. Le hice caso. Y para vencer el silencio debieron pasar un par de años. Por eso quiero pasar al segundo punto de mi intervención, y empezaré a hablar de qué es lo que se debe hacer con el silencio, algo de lo que nadie está dispuesto a entender como un camino para la palabra. Entonces llego a los monjes; bueno, no eran monjes, eran más bien seres con una religiosidad en particular y a quienes encontré en el lugar menos pensado. Y en poco tiempo, con ellos, entendí que la esfera literaria es la menos glamorosa de todas: leer libros es un acto de crueldad, en el fondo. Quien lee se siente por encima del que no lee. No me pidan que les explique más sobre esto, todavía vivo la eterna contradicción de quien se dice escritor y sabe que la palabra escrita es un altar de algo que ya no existe porque se ha escrito. Entonces si escribí que no había nada en este país y hablé del coronel Burbano como esa víctima y evidencia de este vacío, estaba dejando sin validez el trabajo de Didier. Yo cumplí mi rol, Didier el suyo. En su novela sin publicar, el coronel Burbano escribió: “No hay drama en ese abandono, pequeño Misha. El drama es no dejar abandonarte”. Y entonces lo entendí y me dejé caer. Entendí que el silencio es lo que mejor le hace a una literatura nacional, porque de esa manera, cuando no hay nada que interrumpa su desarrollo, desaparece lo evidente y algo más interesante surge. Eso aprendí con esos monjes, esos seres religiosos dedicados a la búsqueda de algo que le dé forma a esa masa entre manos. Desaparecí por unos años y ese debería ser el destino de toda literatura nacional: desaparecer. No se supo de mí por varios meses hasta que volví con una novela y al año siguiente con otra. Desaparecí porque debía entender que no hay posibilidad de renovación, porque los viejos deben comerse a los jóvenes o moldearlos para que ellos terminen llevando sus maletas en aeropuertos. Yo a duras penas puedo cargar mi equipaje. Bueno, yo era parte, soy, de una literatura nacional que intenté construir con una primera novela que no tenía mucho valor y a la que muchos regresan porque dicen que hay algo muy claro sobre lo que estaba por venir. Y eso que llegó a mi vida es la revelación pura: caminé y caminé por diferentes calles de tantos países, cemento, polvo, lodo, asfalto, piedra. Y llegué donde ellos. Llegué sin buscarlos y me convertí en un miembro más de su comunidad. Sé que me he saltado la manera en que los encontré o cómo supe de ellos, lo he hecho con conocimiento de causa. Digamos que ellos me encontraron, así pasa siempre. Pero la verdad es que no tiene mucho sentido hablar de quiénes son ellos y de cómo llegar a sus territorios porque de eso no se trata este discurso, sino de lo que me pasó ahí y que es la verdad oculta que estoy tratando de revelar como un acto de justicia. El arranque de una Feria del Libro debe ser uno de los momentos con más energía en la vida de la gente que dice amar los libros y por eso tengo la necesidad de revelarles las cosas que entendí en ese sitio y que me permitieron volver a escribir algo, bajo otras categorías que son menos importantes que las que se pueden sostener en un sitio como este. Por eso releo y releo la propuesta de Calvino sobre la levedad. Por eso estoy acá como el fanático religioso que los quiere convencer de algo en lo que cree con fe poderosa. Lo hago. Esos monjes son convincentes y han trabajado con las palabras durante años, miles, para descubrir muchos de sus secretos. Sí, las palabras tienen secretos, dentro de su arbitrariedad tienen secretos y no es que se los vaya a revelar aquí y ahora, pero sí quiero decirles tres de las cosas que aprendí con ellos. ¿Cuánto estuve en su ciudad sagrada? Mmm, quizás fue un año. ¿Año y medio? No lo recuerdo, eso no me interesa mucho. Y sí, cuando uno dice ciudad sagrada, el ejercicio mental en los oyentes es exactamente el que te imaginas: un sitio con cúpulas, torres, plazas, cuartos pequeños y esteras en lugar de camas. El poder de la ausencia de la descripción. Creo que les acabo de contar uno de los secretos con eso del poder de la ausencia de la descripción. La palabra entona ciertos estados mentales, los contiene y genera un intercambio de mensajes que van más allá de lo emitido. Y nuevamente una erección. Tampoco es para tanto, ¿no? Lo es. Porque estuve ahí, en silencio la mayor parte del día, pensando en aquello que había perdido hasta sentir que ya no tenía nada más que perder y cuando eso pasó es que recién pude sentarme a escribir una línea y así nació la segunda novela y algo de la tercera, que luego terminaría. Y en ese estado, en ese sitio místico en el que iba de un punto a otro de una gran plaza, descalzo, mirando el piso, contando las pequeñas piedras que se me incrustaban en la planta del pie, me di cuenta de que el tipo de plan que busca construirte algo, darte un nombre, definirte como un ser único, es un ejercicio poco rentable. Sí, usar la palabra rentable tiene mucho sentido, se los juro. Por la tarde escribía una página de la novela, solo una, y por la noche iba a las lecturas del sabio supremo, un tipo de casi 80 años que nos hablaba en un tono de eterna relajación y nos decía todas esas cosas que necesitábamos escuchar. Porque éramos los desesperados del lenguaje, los que ya no sabíamos qué hacer con todo eso que estábamos sintiendo. Por eso es que ahora puedo renegar de la escritura y seguir practicándola con la levedad suficiente. Porque ya no se trata de ir en sintonía con las cosas que suceden a tu alrededor o tener la obligación moral de exponer ante todos las ideas o soluciones para los males contemporáneos de las sociedades que cada vez leen menos. Lo hacemos porque hemos perdido el interés en el lenguaje. Actos como estos son evidencias de aquello. No queremos el misticismo del pasado, queremos el modelo de negocio. Y si con la segunda novela pude ganar ese premio que me hizo viajar por muchos sitios y me hizo conocer a mucha gente y me hizo tener sexo con todo quien aceptara mis insinuaciones fue porque entendí que nada de eso valía y debía probar mi punto. Nada de esto vale. Luego de ese año y medio de lejanía, de falta de contacto, de sentirme absolutamente ajeno ante todo aquello que yo quería considerar mío, pude establecer las diferencias y proteger aquello privado y único del mismo defecto de la escritura: la muerte de su fuerza. Escribir es el ritual de la despedida, amigos. Leer es el acto que refrenda esa muerte y en algún punto eso dejará de tener sentido. Como no tiene sentido estar aquí y hablarles de estas cosas. Pero les juro que cuando algo no tiene sentido, hay algo más que sí lo tiene. Y esto lo tiene. Con la segunda y la tercera novelas dije todo lo que podía decir para sacarme de encima el peso del fin del deseo y si recapitulamos un poco, luego de una discusión perdí todo deseo. Ya no tengo nada más que decir con lo que escribo y ahora que lo digo supongo que lo mismo debió sentir el coronel Burbano. Cuando pierdes el deseo es que tienes la necesidad de encontrar algo que suplante lo que falta, lo que ya no está, lo que se ha esfumado. Esta comunidad de monjes obsesionados con la palabra, el lenguaje y sus relaciones con el exterior es lo que yo necesité para entender que el mundo puede y debe chocar en mí, para que de ese golpe aparezca algo más que definiera lo que es vivir, o morir, o sentir, o amar, u odiar, o esperar, o repetir, o pensar, o planear, o matar. Entonces me despertaba, daba vueltas sin zapatos, me quedaba callado,  creía que todo tenía sentido, almorzaba, escribía, destruía la página y volvía a escribir, cenaba y escuchábamos al sabio, dormía y esto se repetía a diario y todo valía la pena. En esas circunstancias es que sabes cómo las palabras tienen una carga personal, un sentido escondido que cada uno va gestando como una especie de respuesta a lo que quiere hacerles a los demás. Hablamos no para comunicarnos; hablamos porque nos queremos hacer daño y así entiendes que escribir es un acto de controlar esas sensaciones naturales que debemos controlar y si aprendemos a manejar el idioma y todas sus normas es porque debemos aplacar a las bestias que nos dominan. Esto que estamos haciendo aquí es un acto de crueldad, señores. Leer es entender lo cruel que somos capaces de ser cuando alguien más lo escribe. Escribir es solo soportar con menos valentía el daño que queremos hacer. Y entonces, si estamos aquí es para honrar un acto humano y doloroso, como es el deseo de dañar a otros. Confieso que pese a que existe esa necesidad de pedir disculpas porque uno se siente culpable de lo que escribe, gana siempre eso que no está bien. ¿Les dije que no le guardaba rencor a Didier Velázquez? No, no lo dije. Dije algo que muchos pudieron tomar como eso, pero no es así.  La verdad es que hay cierto orgullo en estar aquí porque le puedo escupir en la cara a Didier Velázquez todo esto que pensé durante el año y medio que estuve ahí y decirle que el día que quiso aleccionarme nació algo más que encontró su camino cuando descubrí a mis hermanos, tan dispuestos a morir por la palabra que lograron contener el lenguaje en el silencio, en la escritura, y darle forma. Y lo habían hecho por muchos años, tantos que sabían cómo hacer daño con las palabras precisas. En mi penúltima noche en la ciudad sagrada, el sabio me pidió que lo acompañara a una caminata después de su charla. No me llamó por mi nombre, pero me habló con cierta ternura: “Hace unos años tuvimos a alguien más de tu país acá. Tenía mucha ira, mucho dolor. Le dijimos qué hacer con eso, pero no nos hizo caso”. Y me pasó un manuscrito de la novela del coronel Raúl Burbano, quien de los talleres de Didier salió con ese libro, que el mismo Didier calificó de malo y se permitió dificultarle la publicación en las editoriales que él conocía, que eran todas las de entonces. No te molestes en responderme desde tu puesto, Didier. No es necesario. Luego le pregunté qué era lo que debía hacer y no hizo ese otro escritor de mi país. El sabio me miró y me dijo esto: “El alfabeto existe por una sola razón: no importa el idioma, solo destruir las líneas que lo forman”. Y luego me dio un papel que se supone tenía cinco palabras, las cuales, pronunciadas con cierta distancia, una de la otra, pueden provocar la muerte de quienes las escuchan. Y lo que he hecho esta noche es sacar a mi hermana, cuñado y sobrinos de este salón y pronunciar, hasta este momento, cuatro de las cinco palabras que nos van a ocasionar la muerte una vez que diga la quinta. Sí, sé que es ridículo todo esto que les digo, pero hay un sentido de justicia en todo esto, porque una vez que todos sintamos que nuestros intestinos escapan por nuestra piel, esta literatura nacional que tanto he visto con ojos cerrados, tendrá sentido o valdrá la pena. Eso que nunca existió se unirá con lo que existió. Los libros de Didier tendrán el mismo valor que el manuscrito apagado del coronel Burbano. Didier, míralo con calma, todo esto es por ti, una obra mayor y poderosa. Lo hermoso de una Feria del Libro es cuando se convierte en la última y nos cae a todos, los herederos del dolor de Kafka, ese rayo fulminante de un dios terrible que no quiere saber nada más de nosotros.

¡Buenas noches!


Eduardo Varas (Ecuador, 1979) nació en la ciudad de Guayaquil. Es escritor, músico, guionista y periodista. Ha colaborado con diversos medios como los diarios El Universo, El Expreso y El Telégrafo, y en las revistas SoHo, Mundo Diners, 60 Watts y Ecuador Infinito. Es autor del libro de cuentos Conjeturas para una tarde (2007) y de la novela Los descosidos (2010). Junto a Marcela Ribadeneira dirige la agencia de contenidos y proyectos editoriales La Línea Negra. En el año 2011 fue seleccionado como uno de los “25 secretos mejor guardados de América Latina”, según la Feria Internacional de Libro de Guadalajara.

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