“Orejas de liebre”, por Fabiola Morales

Le recito la siguiente frase a Daniel y luego, sin poder evitarlo, me río… Gabriel García Márquez es otro caso curioso de hipocondría. Todos los años, al llegar la...


Le recito la siguiente frase a Daniel y luego, sin poder evitarlo, me río… Gabriel García Márquez es otro caso curioso de hipocondría. Todos los años, al llegar la primavera, se llenaba de golondrinos. En Cien años de soledad, se los atribuyó a uno de sus personajes, Aureliano Buendía, y a él no volvieron a salirle.

Estoy tratando de quitarle importancia al hecho de que le hayan diagnosticado hipocondría. Pero a él parece que hoy nada le hace gracia. No estás solo, continúo, García Márquez, Molière, Darwin, Pío Baroja, Jacinto Verdaguer y José Donoso te acompañan, quizá tú también tendrías que convertirte en escritor.

Estamos en su habitación, hace algunas semanas que no sale de estas cuatro paredes, y el tema empieza a ser preocupante. Le sugiero que abramos las ventanas; el aire, no hace falta decirlo, está más que enrarecido. Se niega. Tiene miedo, miedo a virus imaginarios, posibles bacterias, cepas de hongos que podrían estar suspendidas en el ambiente exterior, provenientes del jardín o, lo que es aún peor, de la calle. Me cuenta que ayer por la noche vio un reportaje sobre un virus estival de propagación acelerada, ahora está seguro de que no tardará en contagiarse si no toma las medidas pertinentes. Prevenir, es su palabra favorita. Me siento al borde de su cama y él hace que me levante en el acto. El sillón, dice, es más cómodo. Sé que en el fondo teme que vaya a contaminarlo. Bueno, digo, y me siento en el sofá que está frente a su cama. Miro su mesita de noche; tiene apilados, simétricamente a la derecha, los libros que le presté la semana pasada, la lámpara en el centro y a la izquierda un vaso con agua que no se ha bebido aún, sobre el platito de las medicinas, una única pastilla. El ansiolítico.

Ya te la puedes tomar, me dice mientras me alcanza el platito, creo que la necesitas más que yo. Lo miro, sabe cuánto me gustan, calibro si es una broma de las suyas. Vamos, rápido, cógela, me apura, mi madre vendrá en cinco minutos. ¿Cómo lo sabes? Me trago la pastilla y esta apenas roza mi garganta. Hasta el fondo. No soy el único maníaco de esta casa, dice, hay cosas que se heredan. Tú deberías saberlo mejor que nadie, señorita orejas de liebre. Instintivamente me llevo las manos a la cabeza, me toco el pelo atemorizada con la idea de que todo este tiempo haya estado viéndolas y riéndose interiormente de mis grandes y puntiagudas orejas. Me levanto y corro al baño que tiene adosado a su habitación, sé que es el único lugar donde hay un espejo. Cuidado, no vayas a tropezarte con ellas, dice en voz alta desde sus sábanas. Idiota, le contesto, mientras cojo el cepillo y vuelvo a peinarme la melena de tal forma que cubra mis orejas, enteramente mis orejas, totalmente mis orejas.

Sergei Pankejeff, escucho que pronuncia como desgañitándose. No grites. Regreso. Qué le pasa a Sergei Pankejeff. También él era como tú. Yo no sueño con lobos y nunca he visitado a Freud. No seas tonta, digo que él también estaba obsesionado, obsesionado con su nariz.

Conozco a Daniel desde que éramos niños, desde cuando no éramos lo que somos hoy. Yo no tomaba ansiolíticos y él no se creía irremediablemente enfermo.

Hace algunos años mi madre dijo, en medio de una conversación insulsa, que le gustaba imaginar que fuimos niños normales. Me mordí la lengua para no contestarle que hasta su bonita afirmación yo sí que había pensado, firmemente pensado, que fuimos niños normales. La conversación siguió y yo, antes de llevarle la contraria, la dejé seguir hablando, hablando, hablando, hasta que poco a poco sus palabras fueron cayendo en lo profundo de un saco sin fondo. La edad del pavo, concluyó al final de media hora de perorata en la que no obtuvo ni una sola respuesta de mi boca, y yo, tratando de aparentar cierta sobriedad, me aclaré la garganta con un intencional e histriónico carraspeo y luego pregunté, ¿y bueno, qué tenemos para cenar?

Creo que recuerdo de mi niñez más o menos las mismas cosas que cualquier otro adulto de mi edad. Tengo una casa con un jardín y un vecinito paliducho y flaco a quien todo mundo llama Danielito y tiene más o menos mi misma edad. Jugamos a construir castillos de arena, y en la estación de lluvias saltamos sobre los charcos de barro y agua que dejan los coches en las calles de tierra apisonada que envuelven nuestro barrio. No nos dura mucho el juego, porque los ochenta son ingratos y el asfalto cubre todas nuestras expectativas. En menos de lo que canta un gallo estamos sentados frente a la tele mirando Power Rangers, He-Man, El Auto Fantástico y no sé cuántas otras cosas más. Bendita televisión a colores, de trece canales y sin control remoto. Una porquería.

Es cierto que a veces, sin querer, me toco las orejas. Bueno, en realidad me las doblo, pero lo hago solo porque creo que eso hará que dejen de crecer, y también es cierto que de tanto  doblármelas hay ocasiones en las que me hago heridas o pequeñas úlceras, o moretones; y bueno, es cierto también que Danielito el vecinito flacucho empieza a leer por su cuenta libros, digamos, no aptos para su edad. Manual de infectología. (Kumate GJ:. Ediciones Médicas del Hospital Infantil.11a. Edición. México 1985). Bacteriología Clínica (Struthers, J.K.; Westran, R.P, edición 1983), Diagnóstico y Tratamiento de enfermedades infecciosas (Wilson, Walter, R, edición1980)… la lista sigue, digo, podría seguir, pero voy aparar. Es que Danielito es superdotado, al menos eso dice su papá, que es el médico de la familia, y quién sabe mejor esas cosas que un médico. Así que Danielito, usando su mente privilegiada, lee y memoriza; y hace también que, en su entusiasmo, yo copie los títulos de cada uno de los mamotretos que él se repasa y los guarde pulcramente registrados en mi pequeño y rosado diario de Barbie Malibu.

Pasan los años, el diario deja de ser de Barbie, y luego deja también de ser rosado. Danielito me fuerza a llamarlo Daniel (por entonces tenemos doce años, tampoco era para tanto, pero yo había dejado irremediablemente atrás a Barbie y a los ositos cariñositos, así que no podía culparlo por no dejarme usar diminutivos en su presencia) y a que siga escribiendo su lista infinita de libros médicos. Comienzan a existir tardes en las que tengo ganas de mandar a la mierda nuestra amistad. Pero, por supuesto, no lo hago.

Un día Daniel se siente enfermo y no va al colegio; al regresar a casa descubro que está en cama, con algo que él llama fiebre intestinal pero que nadie más sabe definir. Le pregunto qué dice su padre al respecto y me cuenta que hace tres días que se fue de casa, y luego añade en tono confesional: con otra mujer. Yo le paso los deberes de la escuela y, como quien no quiere la cosa, le dejo caer que hoy me han llamado orejas de conejo. Se levanta un poco, apoyándose en el codo, y me pregunta qué planeo hacer. Me encojo de hombros. Todavía no lo sé. Quizá nunca lo sabré.

Poco después la madre de Daniel empaca sus cosas y ambos se trasladan a casa de unos primos en un pueblo vecino. Yo miro, curiosa, desde la verja de mi propia casa, el trajín de objetos, muebles y demás enseres que van de su casa al furgón de la mudanza.

A mediodía, cuando todo está empacado, mi amigo es el primero en subir al coche y lo hace con aire de fastidio. Así tan pronto como entra en el Mazda rojo de su madre, sube los vidrios y se encierra a cal y canto de manera que no puedo darle ni siquiera un abrazo.

Su madre se ha quedado atrás, entretenida cerrando las puertas y revisando los mínimos detalles antes de dar el último portazo y alejarse, tal vez para siempre, de esa casa que solo le ha traído males, o eso es lo que mi madre afirma cada vez que se encuentra con alguna vecina. Pasan dos o tres minutos y compruebo que la mujer no viene, cruzo mi portal y me dedico entonces a hacerle muecas a Daniel desde la calle, pegando mi cara y las palmas de mis manos a las ventanillas del coche. Él, a su vez, pretende hacer como que no me ve, o no me conoce, y se queda mirando fijamente el horizonte, creo que ni siquiera pestañea. Yo sigo con mis muecas durante un lapso de tiempo indeterminado hasta que, no sé por qué idea tonta, abro la boca y le doy un gran lametazo al vidrio. Un lametazo lento y húmedo, que recorre toda la extensión de lo que yo imagino o supongo que es la cara de mi amigo. Y entonces él, sin todavía devolverme la mirada, comienza a reírse, a reírse y a llorar al mismo tiempo.

Paso algunas semanas sin saber de ellos. Me aburro soberanamente y en la escuela no cesan de llamarme orejas de conejo. Me escondo. En algún momento trato de cortármelas con una enorme tijera, pero a la hora de la verdad no tengo suficiente valor y termino por hacerme solo unos rasguños. Un domingo, cuando ya he perdido toda esperanza de volver a ver a mi antiguo vecino, el Mazda rojo regresa, y junto a él, el carro con todos los muebles que antes habitaban la casa. Salgo corriendo, pero mi amigo no está por ningún lado. Doy vueltas alrededor del jardín, hasta que alguien me explica que a Daniel lo traerán después. Parece ser que sufre una alergia, y le están haciendo pruebas en el hospital de la zona. Me regreso a casa y el resto del día me lo paso pegada a la ventana tratando de atisbar qué es lo que sucede ahí al lado. Al anochecer llega una ambulancia y de ella baja mi amigo. Corro al balcón y desde allí le grito algo, él alza la vista y me hace señas de que no puede hablar, luego entra en su casa y ya no sé más.

Milagrosamente, la supuesta alergia desaparece en cuanto Daniel pisa su habitación. Volvemos a ir juntos al colegio, aunque él asiste cada vez menos a clases; comienza a crecer y se queja de dolor de huesos y debilidad generalizada. Piensa que puede ser la polio. Le salen granitos en la cara y él lo achaca a una posible varicela. Otro día se levanta con una punzada en el costado izquierdo y arma una pataleta en la creencia de que es su apéndice que está a punto de explotar. Más tarde me muestra una roncha que le ha salido en el brazo, cree que puede ser la picadura de una araña y nos pasamos la tarde revolviendo su habitación, revisando minuciosamente cada recoveco, pero al final no encontramos nada. A ratos dice marearse y tener palpitaciones. Su madre lo lleva al doctor, a todo tipo de doctores. Menos a su padre, que probablemente es al único médico que Daniel quiere ver.

Pasan los años; yo me dejo crecer el cabello tan largo como me es posible, ahora lo llevo invariablemente suelto con una raya que lo divide en dos, de manera que me cubra las orejas. Da igual que hagamos educación física o nos bañemos en la piscina, mi pelo va suelto, bordeándome el rostro, como un marco, como un casco, como las largas ramas de una enredadera que sirven de protección y ocultan los grandes y elevados muros de las mansiones. Sigo planeando un día cortarme definitivamente las orejas. Soluciones radicales a situaciones dramáticas. Una tarde mantengo la conversación insulsa con mi madre y ella menciona que nunca fuimos niños normales. Me duele y no estoy segura de si un día voy a superarlo, pero el tiempo sigue corriendo.

Me gradúo una noche de otoño y por fin dejo el colegio. Daniel recibe el diploma en su casa, de la que no sale hace meses. Como mucho camina hasta el jardín y luego regresa espantado, horrorizado con las cosas que su propia mente inventa.

Ni tan solo me planteo ir a la universidad, el conjunto de notas que tengo no me lo permite. Además están mis problemas de comunicación, en todos estos años no he hecho más amigos que el vecino. Y éste comienza a estar, en palabras de mi madre, francamente chiflado. Mis padres temen que un medio más agresivo (ir a la universidad significaría cambiarme de ciudad y vivir sola) intensifique mis problemas. Hace ya años que en la clínica donde tengo el seguro, me recetan ansiolíticos para prevenir que me haga más cortes en las orejas. El problema está en que cada vez los necesito más. Mi madre lleva meses tratando de convencer a mi padre de pagar a un cirujano plástico que arregle los problemas que los psiquiatras no pueden resolver. Un domingo tras una cena bañada en lágrimas y recriminaciones, pues estoy segura de que he heredado las orejas de su familia, mi padre accede. Dos sábados más tarde entro en el quirófano y salgo con un par de orejas nuevas. Tardo algunas semanas en descubrir mi nuevo aspecto. Seis mil dólares al tacho de la basura, mis orejas son ahora más feas si cabe.

Meses después, una amiga de mi madre me consigue un empleo nocturno en una cafetería, se supone que debo atender el mostrador pero me pongo tan nerviosa cada vez que entra un cliente que el dueño termina relegándome a la cocina. Llevo un delantal negro que me queda enorme y me paso las horas friendo hamburguesas y preparando ensaladas. A veces pienso qué habría sido de mí de no ser por mis enormes y feas orejas. Entonces lloro.

Hay noches en que mis antiguos compañeros de escuela vienen a tomarse un helado. Aparecen en los coches que les han regalado sus padres, cargando sus libros de universidad. Ellos no me ven y de alguna manera agradezco que no sepan dónde he acabado, yo los miro de reojo entre hamburguesa y hamburguesa, que paso por el hueco de la ventana que da al bar. Luego me quedo el resto de la noche un tanto pensativa, sé que en el fondo les doy más importancia de la que les debería dar.

Cada primer jueves de mes visito la consulta del psiquiatra de la seguridad social, llevo años visitándolo. Su nombre es James y suele hacer bromas sobre la afición de sus padres por el cine de Hollywood. Agradece que no hayan terminado por ponerle Bond. Es todavía joven pero hace mucho que se está quedando calvo. Hubo un tiempo en el que nos llevábamos muy bien; yo entraba en su consulta y él me daba una libreta con colores y la charla de hora y media discurría al paso de mis dibujos. Una tarde me pidió que probásemos con algo nuevo, habló de la relajación mental y el poder de nuestros pensamientos, dijo que yo me estaba haciendo grande y que deberíamos dejar atrás ciertos métodos. A continuación, hizo que me quitara los zapatos, me recostara en una camilla y cerrara los ojos. Luego puso música, algo parecido al sonido de unas olas rompiendo contra la arena y me pidió que imaginara un lugar apacible, una playa desierta y soleada. Nunca sabré realmente qué fue lo que pasó. Yo sé que él dijo que me haría un masaje en las piernas y los brazos para que estos quedaran totalmente distendidos y en efecto así fue, pero hubo un gesto, un instante preciso al final de aquellos masajes en el que él tomó la punta de los dedos de mi pie y se los acercó a la cara, o tal vez solo fui yo la que imaginó que se los acercaba a la cara. Lo que realmente recuerdo es haber sentido su aliento caliente meterse entre mis dedos y luego el tacto de lo que yo juraría fueron sus labios. Recuerdo también que me levanté en el acto y me bajé de la camilla de un salto. James parecía no entender lo que pasaba y cuando le dije que había sentido algo en el pie, dijo que probablemente me había quedado dormida en el proceso. Que aquello era un hecho usual, que no había por qué ponerse nerviosos. También añadió algo sobre la pubertad y las hormonas, dijo hay ciertos instintos en tu cuerpo que comienzan a despertar, no hay por qué avergonzarse. No contesté nada, me quedé callada, le pedí permiso para ponerme los zapatos y luego salí de allí. El mes siguiente, entré en la  consulta y le hice prometer que nunca más hablaríamos de nada que tuviera que ver con la relajación.

Hace poco pasó algo en lo que nunca antes había (objetivamente) pensado, aun cuando se trataba de una situación que tarde o temprano e inevitablemente se va a dar. La muerte de mis padres. Quizá porque pensé que primero les tocaría envejecer, y luego envejecería yo también. Cumplirían ochenta o noventa años, les daría Alzheimer o un paro al corazón. Una noche se irían a la cama, encogidos y arrugados por los años, y luego, a la mañana siguiente, uno de ellos no despertaría. Imaginé que este era el tipo de cosas que nos pasarían, quiero decir que nos terminarían por pasar. Y sin embargo estuvo a punto de no suceder nada de eso.

Pasó una noche de viernes en la que salieron a pasear. Yo estaba doblando turno en la cafetería, así que no los había visto desde la mañana. A eso de las once de la noche, Renato, el dueño de la cafetería, entró en la cocina seguido de un policía; ambos traían cara de circunstancias y Renato dijo que escuchara con atención todo lo que el oficial me iba a decir y que luego lo acompañara. El hombre habló de un accidente cerca de casa, un conductor ebrio que circulaba en sentido contrario. No recuerdo el nombre de las calles en las que dijo que se había producido el choque, y ahora ya no tiene importancia. Solo recuerdo haber salido de la cocina aún con el delantal puesto y no haber reparado en él hasta seis o siete horas después.

Nunca me había hecho realmente responsable de nada. Descubrí en el peor de los momentos que en cuestión de temas prácticos era una nulidad absoluta. Cómo se  contactaba con el seguro o en qué cajón guardaban mis padres los números de las cuentas de banco eran insondables misterios .Cuando Daniel se enteró del accidente me envió una nota disculpándose por no venir a verme. La hoja estaba llena de esas frases complicadas que él usa como excusa pormenorizada para no dejar su habitación. Unas semanas después del accidente, mientras salía rumbo al hospital, pude ver su figura recostada en la ventana, las palmas de sus huesudas manos contra el vidrio. Nos imaginé a ambos, quince años atrás. Inmóviles. Él sentado en el asiento delantero de un Mazda rojo, yo fuera, en la calle, haciéndole adiós. Comprendí que era su manera de decirme que estaba conmigo y que no se le podía pedir más.

Un día hace ya tiempo, le pregunté cuántos años quería vivir; y él contestó, sin titubear, con toda la seguridad del mundo y una ilusión sincera en los ojos: cien.

 

De La región prohibida (Nuevo Milenio, 2012)


Fabiola Morales (Bolivia, 1978) nació en la ciudad de Cochabamba. Realizó el Máster de Creación Literaria en la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona). Ha publicado  relatos en revistas como Otro Cielo, Suelta y Ecdótica; crónicas de su autoría han sido publicadas en los diarios El Deber y La Prensa de Bolivia y en las revistas Literofilia  y El Desacuerdo. La región prohibida (2012) es su primer libro de cuentos.

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