“Mientras huya el cuerpo”, por Ricardo Sumalavia

Para escribir el cuento «Mientras huya el cuerpo» y saber si verdaderamente estaba redactando un cuento policial, me vi llevado a plantearme ciertas clasificaciones sobre la escritura y los...


Para escribir el cuento «Mientras huya el cuerpo» y saber si verdaderamente estaba redactando un cuento policial, me vi llevado a plantearme ciertas clasificaciones sobre la escritura y los tipos de escritores que yo creía, o sigo creyendo, existen. Las clasificaciones son arbitrarias e insuficientes, lo sabemos. Sin embargo, plantearlas nos ayuda circunstancialmente a enfrentar determinados fenómenos. En el caso de la escritura de ficción, me parece haber detectado cierto tipo de visiones y me gustaría proponer (proponerme, en verdad) una clasificación que toma como referencia algunos cuentos de Jorge Luis Borges.

En primer lugar, podríamos tener los escritores Aleph, los que asumen que su narrativa —que cada cuento, cada novela— en realidad está conectada con toda la tradición, todas la tradiciones; que sus historias hablan de todas las historias. «Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos», según propone el famoso cuento de Borges.

En segundo lugar tendríamos los escritores Emma Zunz, los que plantean sus ficciones como máscaras de otras historias, superficies de otra ficción mucho más compleja e inasible, en las que en verdad «…solo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios».

Luego estarían los escritores Pierre Menard, los que asumen que narran historias de siempre, casi palabra por palabra, pero que suponen nuevas lecturas, nuevas actualizaciones sujetas al tiempo y espacio del lector.

Y después están los otros, quizás los más, los que creen, o quieren o les conviene creer, que solo están narrando historias. 

Esta es una clasificación incompleta, pues la noción de lo completo también ameritaría otras clasificaciones.

***

Otro caso cercano que tuve en mente para la redacción del pasaje del crimen sucedió en París, en 1904. Una mujer salía del circo La Ménageriemondaine, en el cual trabajaba como domadora de leones desde no hacía mucho. Por aquellos días era conocida como La Tigresa o La Gran Mélie. En realidad, ella no era precisamente la domadora. Todo el trabajo lo hacía Pierre Giraud, como lo había hecho desde siempre, cuando era la estrella principal del circo. Ahora no. Ella debía seguir todas sus indicaciones hasta el final del acto, momento en el que él se retiraba discretamente para que solamente ella, colocada al centro de la arena, recibiera los aplausos. Al principio todo esto tenía sentido, pues el dueño afirmaba que de esta manera podía ganar unos buenos francos con la imagen que ella poseía en aquella época. Los francos, efectivamente, fue- ron ganados de acuerdo a lo previsto. Pero con el tiempo el público se fue olvidando de quién era ella antes, cuando la llamaban la Casque d’Or y sabían de esta mujer por los periódicos parisinos. Ahora únicamente veían a La Tigresa, a la que podía salir del circo después de sus casi desoladas funciones, sin que nadie la reconociera en la calle, salvo aquel muchacho que una noche la esperó para abalanzarse sobre ella y darle dos cuchilladas sucesivas, mientras le gritaba que su jefe ahora estaba vengado y luego echaba a correr hasta desaparecer en medio de calles umbrosas. Todo sucedió muy rápido. La mujer apenas tuvo tiempo de defenderse, lo cual hizo con mucha rudeza, recordando lo aprendido en sus primeros años en los que recorría las calles como prostituta y luego en medio de la vorágine de las batallas entre las bandas de los Popincourt y los Orteaux, cuando todos la reconocían como la rubia AmélieHélie, cuando la prensa y la sociedad francesa se ocupaban de ella. Sin embargo, esta vez no hubo crónicas policiales sobre lo sucedido aquella noche. Quizás una breve nota entre otras semejantes, que más adelante recogerían sus biógrafos.

Aquella noche ella sobrevivió a las cuchilladas, pero para el público francés estaba claro que AmélieHélie, o más exactamente Casque d’Or, había muerto.

***

Una vez expulsado de la Policía, unos compañeros de su promoción, de los pocos que sobrevivieron a la razzia post-Fujimori, le consiguieron un empleo provisional mientras encontraba algo mejor. Fue de esta manera que llegó a la funeraria de la Policía Nacional. La habían construido no hacía mucho entre las avenidas Brasil y Pershing, no muy lejos de mi casa. Su labor era montar guardia ante los féretros de los sin parientes ni amigos. Se trataba de una versión silenciosa de las conocidas lloronas, mujeres que, sabemos, por unas cuantas monedas son capaces de derramar inagotables lágrimas por desconocidos que acaban de fallecer. Y fue con Apolinario que descubrí que existían este tipo de vigilias para muertos desafortunados. No es que yo intente hacerles creer que existe algún muerto afortunado. Pretendo decir que los que tenían a Apolinario como compañía, y a otros tres más, cuidando las esquinas de sus féretros, simplemente carecían de familiares cercanos. Por lo general, los velados eran ancianos que habían pasado su vida en los despachos administrativos de las dependencias policiales y que habían cometido el error de no morir antes que el resto de sus parientes y amigos. Lo que consideramos fortuna en ellos es que apareciera algún sobrino nieto, o de una línea de parentesco semejante, que les ofreciera la única delicadeza familiar, nunca de muy buena gana, de cubrir los gastos del sepelio. Esto no se lo debían al muerto, sino a la memoria de sus propios padres, que seguramente algunos recuerdos habrían compartido con el sujeto que ahora tocaba velar. Era un gesto mínimo. Mayor emoción le hubieran puesto al enterrar un sombrero bombín o un par de zapatos de sus padres. Sin embargo estaba la alternativa, dentro del paquete funerario, de contar con los servicios de los veladores como Apolinario. Este contrato no le exigía llorar por ninguno. Algo difícil, ya que eso de llorar no iba con él. Y no por los rasgos de un hombre duro, reacio al sufrimiento; nada de eso. Sino porque la muerte, la ausencia que esta representaba, lo descubriría yo más tarde, era algo que jamás terminó por asimilar completamente.

A pesar de todo, él se consentía, como cualquier otro pariente que vela al muerto más querido, participar de las bromas usuales en estos casos. Reía mucho. La pasaba realmente bien y, además, le permitía no quedarse dormido.

Era lo único que evitaba en toda la noche: quedarse dormido cerca de un muerto. No porque estuviera prohibido. De hecho sus demás compañeros, agotados de tanto reír, terminaban por dormirse sentados en sus incómodas sillas o apoyados, incluso, en el inamovible féretro.

Cuando llegaba este momento de silencio, Apolinario se sentaba en un silla y recordaba todos los chistes contados durante esa noche. Se los repetía una y otra vez. Y reía solo. Luego se los explicaba a sí mismo, a sus compañeros dormidos. Lo hacía porque estaba convencido de que dormirse junto a un muerto era también una manera de morir.

—La única diferencia es la posición de los cuerpos —decía Apolinario, la cual parecía ser su mayor reflexión sobre la muerte.

 

Fragmentos de la novela Mientras huya el cuerpo (Estruendomudo, 2012)


Ricardo Sumalavia (Perú, 1968) ha publicado los libros de cuentos Habitaciones (1993), Retratos familiares (2001),  Enciclopedia mínima (2004) y la antología personal Última visita (2013). También es autor de las celebradas novelas Que la tierra te sea leve (2008) y Mientras huya el cuerpo (2012). Su trabajo de ficción ha gozado de acogida tanto en el Perú como en el extranjero e integra antologías como Selección peruana, Pequeñas resistencias 3, Tinta y pólvora, Nosotras, vosotras y ellas, entre otras compilaciones. Actualmente reside en Burdeos, Francia, donde se dedica a la docencia universitaria y a la enseñanza de escritura creativa.

CATEGORÍAS
Crímenes narrativos

TAL VEZ TE INTERESE