Memorias de Miriam Mabel Martínez

¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara...

¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara en un hacedor de palabras y vividor de certámenes literarios? En este espacio son los propios autores quienes rememoran y nos cuentan acerca del momento en que la literatura irrumpió en sus vidas sin pedirles permiso.


Quizá fue más dolorosa de lo que recuerdo. O tal vez menos atrevida de lo que me hubiera gustado. Por fortuna, la memoria es un ejercicio de creatividad, el cual uno edita y corrige con el paso del tiempo, a veces apoyado por la nostalgia, otro empujado por la tristeza o por la alegría. Ignoro ya si lo que contaré es cierto o no. No hay testigos, y si acaso los hubiera está el careo: quién podría negar lo que aquí se cuente. Sólo yo en el futuro, cuando la melancolía por la niñez y la primera juventud me presione de tal manera que deba exagerar –aún más– uno que otro dato para los fines que más le convengan al mensaje.

Recuerdo la primera vez que leí de corrido. Tenía cinco años y una colección de cuentos infantiles ilustrados con portadas duras y con una imagen cursi tornasolada. Las hojas interiores, hoy lo sé, eran couché brilloso. Ahí las letras parecían patinar, como imaginaba lo hacía la princesa del cuento que leía. No recuerdo el título y poco importa, lo que aún añoro es la satisfacción, la alegría avasallante de tener la conciencia de hacer algo que apenas unos minutos antes no podía hacer. ¿Qué pasa en el cerebro? ¿Cómo es que de repente las letras se tejen una a otra o danzan rítmicamente para significar palabras, frases, párrafos, ideas, historias…? Esta intriga me ha perseguido toda mi vida, y quizá es la razón por la que escribo y también tejo.

Ahora mismo, mientras escribo, siento ese calorcito excitante interior que me produjo mi primera lectura y que se repitió un par de años después, mientras transcribía a mano la entrevista que le había hecho a mi maestra para el periódico escolar. ¿Cómo se me habían ocurrido las preguntas? ¿Qué sucedería cuando alguien más la leyera? ¿Cómo era posible que yo estuviera del otro lado del papel, creando? Una parte de mí, ahora también lo sé, comprendió su destino, pero ese, como el de los oráculos, permaneció dormido hasta que hubo llegado su momento.

Pasé la niñez escribiendo un diario como cualquier niño, nunca fue un acto consciente de escritura, era más bien la aventura infantil. En esa época también aprendí a tejer y se repitió la incógnita: ¿cómo es que mis manos pueden crear una prenda? ¿Qué pasa en el cerebro? Escribir era como tejer. Eso lo sé ahora. En aquellos años lo que más me intrigaba eran los personajes detrás de la ropa tejida y de los libros que leía. ¿Cómo se le había ocurrido a Luisa M. Alcott Mujercitas? ¿De dónde había salido “El pozo y el péndulo” de Edgar Allan Poe?

Solamente lo comprendí hasta que en mi primer año de Periodismo, a los dieciocho años, tuve que hacer una tarea para la clase “Métodos y técnicas de investigación de campo del reportero”. Mi trabajo era acerca de la vida de la tercera edad en un barrio específico de la Ciudad de México, y salí a la calle a entrevistar a quien pudiera.

Esa noche, sentada frente a la máquina, me dispuse a “transcribir”: “¿Cree usted en Dios? Me preguntó aquel hombre ante mi mirada atónita, ¿qué no era yo la que debía preguntar? ¿Dios? Observé sus ademanes…”, y la narración se alejó del hecho en sí y empecé sin querer a escribir una historia basada en la realidad, pero no tanto. Un texto de no-ficción “ficcionado”. Pero eso tampoco lo entendí, hasta que en la clase el profesor Tenorio pronunció mi nombre y comenzó a leer mi trabajo. Leyó el primer párrafo y dijo: “Esto ya no es periodismo”. Me sentí humillada. “Quiere ser literatura”.

Al escucharlo supe lo que tenía que hacer.

 


Miriam Mabel Martínez (México, 1971) es autora del libro de crónicas Cómo destruir Nueva York, publicado por la Dirección de Publicaciones de CONACULTA, del libro de cuentos Crónicas miopes de la Ciudad de México y de las novelas Apuntes para enfrentar el destino y Los que viajan solos. Ha participado en residencias artísticas en los Estados Unidos y Dinamarca y también ha obtenido becas del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y del Centro Mexicano de Escritores. Desde 2009 es coordinadora editorial de las revistas NatGeo Traveler en español y CasaViva para México y Latinoamérica.

Foto: Ana Hop

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