“El hambre del hombre”, por Carlos Wynter

Es necesario aclarar, antes de siquiera dar inicio a esta historia, que nuestro protagonista, Elden Medio, nunca ha pasado hambre. No hambre de verdad, quiero decir; no la que...

Es necesario aclarar, antes de siquiera dar inicio a esta historia, que nuestro protagonista, Elden Medio, nunca ha pasado hambre.

No hambre de verdad, quiero decir; no la que te hace sentir que eres todo un estómago arrugado y herido. No la que tienen los niños pobres que estorban en los semáforos. No la de mujeres que piden monedas con la mano extendida y ante las que Elden duda si dar o no dar. No la que han sentido las familias de barrios malos, terribles.

Tiene una oscura consciencia, eso sí, de lo que es el hambre, de que existe un espectro esquinado y por eso omnipresente, necio ese espectro, que puede metérsele bajo la piel.

Y siente miedo, absoluto miedo, de que el fantasma del hambre se le aparezca un día.

Pero ahí está su puesto de analista en una empresa trasnacional, su casa, sus pertenencias. Y ahí están los tentáculos de amigos, parientes, políticos; todos muy bien relacionados con las altas esferas del poder.

Elden Medio siente hoy hambre, pero un hambre inocua, un fantasmita apenas, juguetón el niño.

Está entonces en la oficina, frente a Karla Deseo, la linda compañera que siempre le ha resultado hechizante. Elmo, quien por ocho horas al día barre, escucha y no habla, les ronda sin levantar los ojos. Es una jornada normal.

Pero misteriosamente, las mejillas de Karla Deseo le gustan a Elden hoy por otra causa. Le recuerdan pechugas de pavo al horno.

Esto no es raro si miramos sus recuerdos.

Hace muchos años su abuela pasó a mejor vida. Ella cocinaba el mejor pavo al horno que Elden recuerda, un pavo al horno que ahora, justamente ahora, no es solo alimento sino nostalgia, calor y olor de abuela, deseo de permanencia y seguridad, y miedo al futuro, miedo a que el futuro sea distinto al pasado, queremos decir, y al presente, por supuesto, todo ello pintado en las mejillas deliciosas de Karla Deseo.

Están a solo un minuto de las doce, cuando Elden la invita a comer – ¿ella será su almuerzo? De hecho, lo que le dice distraído es:
–Te quiero almorzar.
Pero lo que ella escucha, y gracias a eso Elden evita mayúscula vergüenza, es: ¿Quieres almorzar?

Un anuncio gigantesco, la imagen de un corte T-bone, les salta a los ojos. Despierta en ellos apetito por T.G.I. Fridays.

Llegan al lugar, cruzan la puerta. Se sientan uno frente al otro, y Elden vuelve a mirar las mejillas de Karla. Un mesero aparece con un sombrero de bufón a tres colores, tocado que distrae a Elden por un segundo de la obsesión por su amiga. Casi sin darse cuenta, pide lo mismo que ella: el corte T-bone que vieron en el anuncio.

Mientras Karla mastica su primer bocado, él observa sus cachetes sin pestañear. El platillo de Elden permanece completo, el corte de res pareciera al final no gustarle. Solo mira el perfil, de ave para él, de Karla.

Ella no repara en el extraño comportamiento de su amigo. Habla entre mordida y mordida de los sofocos que provoca el jefe, hombre cruel y déspota que a nadie en la oficina gusta.

Despacio, muy despacio, Elden va abriendo sus fauces. Se empina por sobre la mesa. Ella no se da cuenta del peligro. Él se aproxima.

Ya el aliento de Elden calienta su piel. La saliva comienza a inundar la boca. Se apartan los labios y los dientes se adelantan. Los caninos se preparan para darse un clavado en el cuello.

Pero el contacto, en el último instante, se hace beso tibio. Después de todo, es nuevo en esto de comerse a los compañeros de trabajo y no se hace bien a la idea.

Ella sonríe, sorprendida, y de inmediato sonrojada. Traga el bocado que tiene en la boca y sin comprender que ha sido el miedo lo que gobierna tales impulsos, miedo al fantasma del hambre, levanta los labios como si fueran bíceps de un atleta presumido, y encara a Elden.

Él vuelve a adelantar los incisivos, dispuesto a morderla, sin piedad esta vez, sin tregua, pero ella no se percata y él se compadece y acaba el hombre con su hambre de otro modo, hundiendo la lengua en la boqueante Karla, como un clavadista acapulqueño cae en un acantilado.

Luego van a una casa de citas llamada Corazones Dulces. Alquilan habitación por una hora. Ahí Elden está a punto de comérsela varias veces, pero al final solo hacen el amor.

¿Por qué no pudo devorar a Karla Deseo? La respuesta, después de una sesuda reflexión, aparece diáfana en su mente. Hay un vínculo personal que le impide atacarla. Por Dios, la ve a diario, conversa con ella en las mañanas y en las tardes, ¿cómo iba a hacerla su merienda? Su primera víctima, debía ser alguien más o menos desconocido.

Por eso, antes de llegar a casa, visita a su vecino más cercano. Inocente, el tipo sale al umbral y dice:
–Hola, vecino, ¿cómo está? Qué gusto me da verlo. ¿A qué debo la visita?
Y Elden se da cuenta de que el vecino no ha despertado como él, de que para el vecino la cordialidad aún es una regla inquebrantable y que sería incapaz, segurito, de comerse a sus prójimos. No ha tomado consciencia de cómo aplacar el hambre realmente.
–Sí, vecino, ¿en qué le puedo servir?
–¿Me regalaría un poco de aceite? –improvisa Elden.
–Claro. No hay problema.
Y Elden lo ve perderse dentro de la casa, escucha los ruidos que hace en la cocina, oye sus pasos que regresan. Elden se esconde tras la puerta entornada.
–¿Vecino? –pregunta el vecino, y Elden se le va encima con los dientes por delante, confiado en lo que ocurrirá: el tipo engrandecerá los ojos y él se clavará en el ángulo de su cuello. Esta vez, no habrá fallas.
Pero en el último momento le parece ingenua la mirada de su víctima. Es un hombre como él y nada más. Elden se arrepiente,
–Muchas gracias –le dice y toma el envase colmado de aceite para cocinar.

Elden entonces tiene otra epifanía. Debe comerse a alguien que no le despierte estimación. Eso es. Alguien cuya muerte signifique, incluso, un beneficio para la humanidad.

Su jefe. Tiene que comerse a su jefe. Y para coronar su razonamiento, planea con detalle cómo se lo desayunará de madrugada.

Muy temprano, Elden se mete en las oficinas donde labora. Son las 6:30 antes meridiano. Él sabe que a esa hora su jefe está solo, respondiendo una larga fila de correos en la computadora. Se acerca de puntillas, se asoma por la puerta a medio abrir del despacho principal, ve al ejecutivo sentado, de espaldas, tecleando en su máquina portátil. La boca comienza a aguársele.

Empuja silenciosamente la puerta. Sigue caminando con sigilo. Se acerca al hombro de su jefe. No le parece imprescindible enfrentarlo; mejor aprovechar el factor sorpresa. Morderá rabiosamente su cuello y no lo soltará hasta que sus sacudidas cesen. Seguramente sabrá a lomo de res, el mismo que su santa madre hacía.

Pero no ha ni bien preparado los colmillos, cuando el ejecutivo se voltea y mira directo a sus ojos. Esos ojos, como los suyos, centellean.

El jefe es más rápido a la hora de morder.

Unos minutos más tarde, Elden está en el suelo, agonizando entre estertores. El jefe está hincado junto a él con la boca manchada de sangre. Levanta la mirada hacia el cielo raso, suspira y cierra los ojos.
–Filete de la mejor calidad, 1982, estoy en un restaurante con mi madre, mi padre, mi hermana Chuyita –dice con un murmullo muy quedo.
Se pone de pie, se acerca a su sillón giratorio, se sienta. Piensa en las muchas maneras en que se comerá, uno a uno, a sus subordinados.
Llama a Elmo para que se deshaga de los restos. Elmo, al otro lado de la línea, lamenta el fracaso de Elden, quien le parecía una persona más cordial.
–Inexpertos –murmura el jefe. Y sigue escribiendo un mensaje en su computadora.

 

De la antología Cuentos del hambre (Alfaguara, 2012)


Carlos Wynter (Panamá, 1971) ha publicado, entre otros libros, El escapista (1999), Desnudo (2001),  Invisible (2003), Cuentos son salsa (2008), Mis mensajes en botellas electrónicas (2011) la novela Nostalgia de escuchar tu risa loca (2012) y la antología personal La libreta de Ariadna (2014). Es el fundador de Fuga Editorial y presidente de la Fundación para la Gestión del Arte. Sus obras han sido traducidas al inglés, alemán, portugués y húngaro. En 2007 fue elegido como parte del grupo Bogotá 39 y en 2011 participó en la Feria del Libro de Guadalajara como uno de los “25 secretos mejor guardados de América Latina”.

Foto: Jorge Gallardo

CATEGORÍAS
Crímenes narrativos

TAL VEZ TE INTERESE