Memorias de Natalia Mardero

¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara...


¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara en un hacedor de palabras y vividor de certámenes literarios? En este espacio son los propios autores quienes rememoran y nos cuentan acerca del momento en que la literatura irrumpió en sus vidas sin pedirles permiso.


Los veranos en Montevideo suelen ser calurosos, más si se crece en un barrio lejos de la playa. En la vieja casa del Prado teníamos buenos paliativos: bajar las persianas después de almorzar; esperar el grito del heladero que pasaba por la cuadra para pedirle un sándwich triple; ir al kiosco a canjear revistas de Isidoro Cañones, Archie y La pequeña Lulú; revolver las viejas Billiken de mi padre que estaban amontonadas en el sótano. Cuando el sol estaba bien arriba el silencio en la calle era sepulcral, sólo se escuchaban las chicharras y esa era la señal para tirarse en la cama con la pila de revistas. Mi hermano y yo teníamos prohibido levantarnos o hacer ruido hasta pasada la hora de la siesta. Así que teníamos por delante un buen rato para leer e intercambiar los comics. Pero no todo era historietas. Los libros en casa eran, afortunadamente, una presencia natural. Primero los libros para niños ilustrados, como Yo soy yo de Mira Lobe, y luego cosas más cargadas de texto, como Corazón de Edmundo de Amicis, el primer libro que me hizo llorar. Tampoco faltaba la serie de Los cinco de Enyd Blyton, y por supuesto Mujercitas, que supe devorar al menos una vez al año. Había algo tan placentero en eso de meterse en los libros, tan normal y cotidiano, que no demoré en hacer mis propias pruebas. Mi madre guarda papeles con poemas que le dediqué al otoño y a esos temas escolares que parecían ideales para el juego literario. De hecho en la escuela comprendí lo estimulante que puede ser ver el efecto de lo escrito en los demás. Recuerdo a la maestra de sexto año leyendo mis redacciones en su escritorio, sonriendo en determinados pasajes, y esa sonrisa me llenaba de autocomplacencia, quería reproducirla cuantas veces fuera posible con todo lo que escribiera.

Ya en la pubertad entendí que podía crear el libro que me hubiese gustado leer. Tomé la máquina de escribir y me despaché con una novelita (que aún conservo) sobre un grupo de amigas que tiene una banda de rock. Les pasa de todo en el proceso de intentar hacer un show para recaudar dinero para un amigo en apuros. La protagonista se llama Mary Bray, y la historia se desarrolla en un lugar que nunca visité y es improbable que lo haga: Lansing, Michigan.

A los trece o catorce años comencé a interesarme por los libros de mis padres. No era una adolescente muy sociable, más bien callada y observadora, así que encerrarme en mi cuarto a leer en compañía de Madonna y Duran Duran era todo lo que realmente necesitaba. Había una colección de clásicos que me atrapó especialmente; así supe de Flaubert, Poe, Balzac, Mauspassant, Mansfield, Borges, Cortázar, Onetti. Me gustaba meterme en las historias de los personajes de antes, reservados, perturbados, elucubradores. Las palabras se entrelazaban para crear complicadas sinfonías que no siempre entendía del todo, pero que igual me envolvían y me asombraban.

A los veinte fui coherente con la edad y busqué autores oscuros, atrevidos, irreverentes. Fue el momento de idealizar a Easton Ellis, Burroughs, Capote, Salinger. Comencé a escribir para calmar los demonios propios de la juventud, con Nirvana sonando en el reproductor de cds esbocé mis primeros textos “serios”, que poco después fueron a parar a mi primer libro de cuentos: Posmonauta. Lo bueno de esas historias tan personales es que nunca pensé que fueran a ser publicadas. Tienen, creo, la autenticidad de lo privado, la transparencia de un diario íntimo. Ojalá siempre escribiera con esa motivación tan simple; escribir para mí, por mí, aunque el destino sea solamente un cajón.


Natalia Mardero (Uruguay, 1975) es escritora, periodista y redactora creativa. Ha publicado los libros Posmonauta (2001 y 2010; Premio Municipal de Narrativa 1998 y Premio Revelación Feria del Libro de Montevideo 2001), la novela corta Guía para un Universo (2004) y Gato en el ropero y otros haikus (2012). Desde 2007 presenta el espectáculo de música y literatura Señuelos, con Mariana Vázquez. Junto al ilustrador Federico Murro ha creado la tira Adelina & Manuscrito. También ha coordinado el monólogo Miss Uruguay y participado en antologías como El descontento y la promesa, Esto no es una antología y 22 Mujeres. Escribe habitualmente en el blog Madonna es mi madrina.

Foto: Agustín Fernández

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