“Los Centeno”, por Pablo Natale

Hete aquí una reunión de Adictos Anónimos al Afecto. Tiene lugar en una casita pegada a la iglesia en un barrio de Villa Carlos Paz. Para llegar se debe...


Hete aquí una reunión de Adictos Anónimos al Afecto.

Tiene lugar en una casita pegada a la iglesia en un barrio de Villa Carlos Paz. Para llegar se debe atravesar una calle ancha recién pavimentada, rodeada de baldíos y casas en construcción. Hay dos árboles en la entrada de la casita y una moto estacionada.

Durante la primera reunión, la coordinadora del grupo se muestra amable pero comedida. Les pregunta a los asistentes por qué vinieron y uno responde que porque le dio curiosidad el aviso y sentía que podía estar dirigido a él. El resto del grupo asiente, sumándose a la opinión del primero.

“Parece que son todos primos hermanos acá”, dice sarcásticamente la coordinadora. “Es lo que le pasa a todos con la publicidad”, dice. “Piensan que habla de ustedes y van hacia ella”.

Una señora que lleva ruleros cruza las piernas y respira hondo. Se lleva la mano a la boca, tapándose parte de la cara. Parece que está pensando en irse. Si los demás tuvieran ruleros quizás también estarían pensando en irse. En fin, que el resto de la reunión cada uno se presenta y habla de sus relaciones. Todos dicen tener problemas y creen tener problemas y todos se comportan como si fuesen problemas relativamente graves. Se sorprenden con las dificultades de los demás. Lo grande se hace minúsculo y viceversa. Hay una secretaria que dice que no puede parar de llamar a sus ex parejas para llevárselas a la cama, hay un ama de casa que dice que es adicta a sus hijos y sus hijos a ella, hay un hombre mayor que dice que sólo necesita hablar y luego se queda callado. Hay una alemana robusta. Hay dos mujeres canosas tomadas de la mano. Tampoco dicen palabra el resto de la reunión. Hay un niño que luego dice que no es un niño. Insiste en que tiene diecinueve años. Confiesa que está deprimido porque necesita afecto y no lo tiene y porque no sabe qué quiere ser y es un mundo difícil y salvaje y no hay trabajo. “Lo único que tengo son mis animales”, dice el chico.

“Un hámster, una tortuga, cinco pájaros, tres gatos y dos perros”, dice. Da los nombres de cada uno, sonriendo al recordarlos.

“Todas tus mascotas tienen nombres de seres humanos”, comenta la secretaria al pasar. Una opinión alarmante. El niño se estremece.

Durante los últimos minutos de la reunión, la coordinadora dice que como grupo necesitan un nombre. Dice que no pueden llamarse “Adictos Anónimos al Afecto” o “AAA”. Sería desastroso. Así que propone un juego. Cada uno va a pensar en lo que siente y en el objetivo que tienen (ser menos dependientes afectivamente) y, para la próxima reunión, traerá una lista de nombres para el grupo.

La reunión finaliza y cada cual se va para su lado.

Las dos mujeres canosas caminan tomadas del brazo.

El niño se sienta en la vereda. Saca un cigarrillo y se pone a fumar como un niño, soltando el humo apenas lo aspira.

La secretaria se queda parada a su lado, mirando el cielo, las manos en los bolsillos.

El hombre mayor se toma la mandíbula y fuma. Camina muy despacio, parece pensativo.

La alemana se ata los cordones. Se toma una enormidad de tiempo en atarse los cordones.

Del otro lado de la calle, los perros se corren unos a otros en el baldío.

Al lado, en el marco de la ventana de la casa en construcción, un albañil fuma, mirando hacia los dependientes afectivos en movimiento.

La coordinadora sale con una mochila en la espalda. Saluda displicentemente al resto. Enciende la moto y se va.

 

Fragmento de Los Centeno (Editorial Nudista, 2013)


Pablo Natale (Argentina, 1980) es autor del libro de cuentos Un oso polar (2008), del poemario Vida en común (2011) y de la novela Los Centeno (2013); ha participado en antologías como Es lo que hay (2009), Hablar de mí. Nueva narrativa argentina (2009), Córdoba cuenta. Antología de literatura para niños (2012) y Los supremos. Superhéroes y cómics en el relato hispánico contemporáneo (2013). También ha publicado los libros infantiles Cuatro cosmocuentos (2012) y Berenice y las ocho historias del pálido fantasma (2012).

Foto: Julieta Cementerio

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