“Epílogo”, por Jorge Enrique Lage

Del otro lado del parabrisas: suburbios arrasados y basureros industriales. Pongo algo de música para los últimos kilómetros: el hip-hop de Los Aldeanos. Carreteras sin asfaltar. Al rato me...


Del otro lado del parabrisas: suburbios arrasados y basureros industriales. Pongo algo de música para los últimos kilómetros: el hip-hop de Los Aldeanos. Carreteras sin asfaltar. Al rato me detengo. Aparco junto a una cerca rota. Chequeo por última vez el croquis que alguien me puso entre los mapas rotos del norte de Nueva Jersey. El punto marcado con una X.

Aquí es.

Por fuera parece una especie de almacén o taller pasado por las ametralladoras.

Miro alrededor antes de entrar. Unos árboles. Un depósito elevado. El horizonte gris. No se ve a nadie por ninguna parte.

Adentro, la luz que se filtra por los agujeros deja ver las capas de polvo y óxido. Hay cadenas y cables colgando del techo…

—Aquí atrás —dice la voz.

Está sentado sobre unos neumáticos. Tiene en la mano el croquis que yo traía en el bolsillo. Es fácil adivinar cómo lo obtuvo.

—Velazco —digo.

Él no se inmuta. Sabe que su identidad se filtró y ya está circulando. Enciende una fosforera y le prende fuego al papel.

—No sé quién es —dice.

Es mi turno para mencionar los contactos en Newark y Manhattan y para soltar, a manera de contraseña, una oscurísima referencia a El viaje, de Miguel Collazo (la versión comic book).

Velazco sonríe un poco, con desgana, y me invita a sentarme.

—No tienes idea de la clase de gente que intenta llegar a mí. Olvídate de los comemierdas de la CIA y el FBI. Un peruano de Palm Beach que dispara distintos tipos de rayos por los puños. Un salvadoreño de Austin que libera la energía contenida en la materia, haciendo que cualquier cosa explote como una bomba nuclear. Un chico indocumentado que viste un traje fosforescente con alas de mariposa y que nadie sabe qué poderes tiene. Tijuanodon, que es como un dinosaurio. Telephonika y Ww-Man (WonderwomanMan), de Virginia. Ah, y el Capitán Idaho… Quieren organizarse. Quieren incluirme en no sé cuál proyecto. Tiene que ver con salvar el mundo, claro, pero también con una revista académica llamada Hispanic Superhero Review. —Velazco enciende ahora un cigarro—. ¿Viniste preparado?

Sin más demora le engancho un micrófono, coloco la cámara y empiezo a grabar.

 

No está ciento por ciento seguro de cuál fue el origen, su origen, pero juraría que tuvo que ver con aquel accidente absurdo en la Unión Soviética.

Velazco se había graduado de una academia del Ministerio del Interior. Tenía preparación militar de élite. Un día le comunicaron, sin muchos detalles, que había sido seleccionado para un programa especial de entrenamiento en la URSS.

Lo trasladaron a un territorio desértico de Asia Central. Al principio pensó que iba a viajar al cosmos. De hecho, aquellas instalaciones brillantes y aisladas de toda civilización eran como solitarias naves espaciales. Pero el tiempo pasaba sin que el “programa especial” diera señales de concretarse. Nadie daba órdenes. O al menos, nada que sonara como una orden. A nadie parecía importarle que él no supiera una palabra de ruso. Sus compañeros, osos de la estepa menos perdidos que él, se comunicaban entre sí combinando dialectos bárbaros. A Velazco le dirigían gestos y sonrisas enormes. En esa atmósfera de general relajación las horas transcurrían entre juegos de cartas y botellas de vodka y arme y desarme de extraños equipamientos con los que había que tener mucho cuidado. Nadie parecía saber a ciencia cierta qué estaban haciendo allí.

Hasta que un día sucedió.

Él estaba echando una siesta en un área laberíntica situada varios pisos bajo tierra.

¿Sucedió qué? Tal vez una explosión, o un escape de algo; alguien haló una palanca indebida o pulsó el botón equivocado. Velazco nunca lo supo. Solo escuchó un zumbido potente y luego las voces alarmadas de la horda esteparia rodando de un lado a otro, y luego nada más. Perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí, estaba en una avioneta rumbo a Moscú. El piloto, un kazajo impenetrable, se sabía una frase en español: Yo-no-com-pren-do. Velazco tampoco. Se fue como había llegado: sin enterarse de nada.

De regreso a Cuba, sus superiores no sabían qué hacer con él. Tras unas largas vacaciones, fue asignado a Seguridad Personal. Velazco no tardó en destacarse. Poco tiempo después, tras ser ascendido a Capitán, lo destinaron a la escolta de Fidel Castro.

Para entonces ya había descubierto su poder.

 

—¿Sientes algo? —le pregunto—. Cuando lo haces… ¿cómo es?

—Normal —dice Velazco—. ¿Cómo se mueve un pie, o una mano? Lo mueves y ya. Es tu voluntad.

—Pero la primera vez que lo hiciste…

—No tiene importancia —Velazco pestañea, pensativo—. Lo que sí recuerdo perfectamente es la primera vez que toqué a Fidel. Ahí sí. Fue como perder la virginidad.

 

Descubrió que podía detener el tiempo. El tiempo era como una prolongación de él, algo que formaba parte de la actividad de su organismo.

Al principio detenía el tiempo sin darse cuenta. Poco a poco aprendió a controlarlo. Como se aprende a controlar un músculo, la respiración…

Detener el tiempo era hacer que todo, absolutamente todo se detuviera: los relojes, las personas, el movimiento en la calle, una hoja volando en el aire. Excepto él. El tiempo seguía corriendo solo para él. Velazco respiraba sin problemas en esa atmósfera congelada, y era capaz de moverse con total libertad a través de ella. La realidad se convertía en un fotograma, una instantánea en la que Velazco quedaba al margen. Podía agarrar objetos, entrar y salir de lugares, registrar a las personas, en fin, lo que quisiera. Un intervalo de inmunidad, de impunidad. Nadie se daba cuenta de nada al reiniciarse la marcha del tiempo, cuando Velazco pulsaba el play.

Por supuesto, mantuvo su poder en secreto.

Hasta un día.

Año 90 ó 91. Empezaba la última devastadora década del siglo XX cubano. Velazco hacía su trabajo. Se encontraba a pocos metros de Fidel, que estaba dando un discurso. El discurso terminó, Fidel se alejó de los micrófonos y dio unos pasos. Velazco se situó de inmediato en el flanco correspondiente. De pronto percibió en la multitud uno de esos movimientos no tan inusuales pero que siempre disparan el reflejo, el instinto profesional. Sin pensarlo llevó su mano al brazo de Fidel. Lo sostuvo un instante. Y de pronto cesaron los aplausos. Las bocas que coreaban consignas en la multitud se congelaron en muecas abiertas…

Con la tensión, Velazco había detenido el tiempo sin darse cuenta. Rápidamente lo echó a andar de nuevo. Entonces, en medio del restablecido bullicio, escuchó que le decían en voz baja:

—¿Tú hiciste eso?

Velazco tragó saliva.

—¿Qué cosa, Comandante?

—Parar el tiempo.

—Yo… este…

Se acercaron unos ministros y Velazco se apartó.

¿Cómo pudo haberlo notado? ¿Algún tipo de percepción sobrenatural?

El contacto, pensó amargado Velazco. Se me paró sin querer el tiempo cuando tenía al Jefe agarrado por el brazo. Puñetera casualidad…

Horas más tarde, Fidel lo mandó a llamar a su despacho.

—Va a tener que explicarme el truquito ese, Capitán.

Como no había mucho que explicar, Velazco lo que hizo fue insistir en que nunca había usado el poder con malos propósitos. Últimamente solo detenía el tiempo cuando estaba muy cansado y necesitaba una pausa para dormir un par de horas y así poder hacer mejor su trabajo. Y sobre todo, nunca antes había… sacado del tiempo a otra persona. El Comandante era el único, nadie más sabía de esto. De hecho, ni él mismo sabía que tocando a alguien…

—Hagámoslo otra vez —lo interrumpió Fidel.

Velazco le puso con mucha suavidad la mano en el hombro.

Salieron al patio de la casa. Fidel miraba a todas partes, asombrado como un niño.

—Y ahora, ¿lo echas a andar cuando tú quieras?

—Sí… No… Cuando usted me diga, Comandante.

Fidel se quedó mirando fijamente el agua paralizada de la piscina.

—Esto es como un paréntesis temporal —reflexionó—. Un tiempo extra.

 

Velazco habla con lentitud, con cansancio, con un dejo de tristeza, y cada tanto hace una larga pausa y me sugiere que deje de grabar nuestra conversación.

—Debes saber que hay cosas que no te voy a contar.

Yo le digo que ahora es el momento, que esta es la oportunidad de decirlo todo…

Él mueve la cabeza, convencido. Hay una dureza en su rostro que lo hace parecer más viejo de lo que realmente es.

—Piense en el futuro —insisto—. Piense en la historia. Piense en los jóvenes cubanos.

—No. Algunas cosas se van conmigo. Hay cosas que un hombre tiene que callar para siempre. Yo asumo todas mis culpas, pero también mi responsabilidad. Tal vez los jóvenes de ahora no entiendan eso. Problema de ellos. No me importa.

 

Un día Fidel comentó que, en su opinión, ese joven tan capaz cuyo nombre no recordaba, se merecía un ascenso.

Lo ascendieron inmediatamente.

El Mayor Velazco se hizo todavía más próximo a Fidel. Tenía una misión secreta: detener el tiempo para el Comandante cada vez que él lo solicitara haciéndole una señal.

No recuerda cuántas veces lo hizo.

En muchos otros actos oficiales, en mitad de otros muchos discursos. Fidel se tomaba un respiro para pensar o buscar un dato o simplemente para contemplar, sin tener que decir una palabra, la multitud de estatuas aglomeradas frente a él.

En su vida privada. Para dormir fuera del tiempo y así no tener que desperdiciar horas valiosas que podía dedicarle a la lectura. Para atrapar alguna presa a punto de escabullirse en una jornada de pesca submarina. Para infinidad de travesuras y caprichos que Velazco fue aprendiendo poco a poco a anticipar.

Otro día Fidel le entregó un paquete. Velazco desenvolvió una tela brillante.

—Tu nuevo uniforme. Póntelo ahora mismo. Si quieres me viro de espaldas.

—No hace falta, Comandante…

Se desvistió en el acto y se puso un traje azul de una sola pieza, con cinturón rojo y unas botas blancas, y una especie de casco que le ocultaba los ojos y la nariz. Todo muy ajustado. La tela era de lycra y resaltaba sus músculos. Se sintió ridículo.

Por el visor del casco veía a Fidel examinándolo de arriba abajo con aire satisfecho.

—Yo mismo lo mandé a hacer. Con los colores de la bandera. Debes sentirte orgulloso, Mayor.

Siguió una ceremonia íntima, de solo dos personas, en la que Fidel le colocó la medalla (diseñada especialmente para él) de Superhéroe de La República de Cuba.

—Extraman… el Hombre Extratiempo. Y el hombre de mi escolta que desempeña una función extra… Sí, Extraman. Así te vas a llamar cuando uses el traje. Y vas a usarlo todo el tiempo que estés de servicio.

—Entonces me van a ver siempre vestido así —advirtió Extraman.

—No te preocupes por eso —le dijo Fidel—. Te queda muy bien.

—Usted disculpe, pero es que va a ser tan raro… Cuando la gente me vea… ¿Qué va a pensar el pueblo, Comandante?

—El pueblo no va a pensar nada, no te van a prestar atención. Tú siempre vas a estar cerca de mí. Te van a ver, pero no te van a ver. —Fidel se frotó las manos, sonriendo—. Créeme, yo también tengo superpoderes.

Tenía razón. Siempre tenía razón. A partir de ese momento, Fidel le extendió una especie de manto de invisibilidad. Con su uniforme de superhéroe, de incógnito, Velazco/Extraman lo acompañaba a todas partes.

Iban en el Mercedes. Fidel le hacía la señal convenida, y él lo tomaba del brazo y paraba el tiempo, y Fidel se bajaba del Mercedes y se iba a caminar por La Habana Detenida mientras él lo seguía a una distancia prudencial, dándole espacio.

Al Comandante le gustaban esos paseos. Caminaba entre las personas convertidas en estatuas; las observaba de cerca. Se sentaba en cualquier esquina y lo miraba todo con profundo interés, con infinita calma, como si se tratara de un museo. Incluso entraba y salía de las casas, las tiendas, los locales vacíos o llenos de gente. Descansaba un poco, meditaba, y luego seguía caminando y curioseando hasta perderse. Velazco lo ayudaba a regresar al Mercedes. Una vez allí, el tiempo y el Mercedes continuaban su curso. Llegaban al Consejo de Estado. A lo largo de la jornada, Fidel podía requerirlo varias veces más. Velazco montaba guardia con solo una puerta de por medio. Más temprano o más tarde esa puerta se abría y el tiempo volvía a detenerse y Fidel se iba, entonces, a la Plaza de la Revolución.

Cuántas madrugadas lo vio Extraman allí, enormemente solo, en la Plaza desierta, contemplando estrellas que no parpadeaban, satélites interrumpidos en sus trayectorias, agitando los brazos sin ningún propósito, como si todavía no terminara de creérselo.

 

—Entonces, ¿cuándo te quitabas el traje de superhéroe?

—Antes de irme a mi casa, en los días libres. Tenía poquísimos días libres, como te podrás imaginar. Casi siempre estaba disfrazado de Extraman.

Velazco hace silencio, y agrega:

—Terminé acostumbrándome. Uno se acostumbra a todo.

—¿Y nunca le enseñaste el traje a nadie?

—Mira, yo me había separado de mi mujer. Vivía solo. No hablaba con los vecinos. No tenía amigos fuera de la escolta, y allí, ninguno de mis compañeros parecía darse cuenta de que me habían cambiado el uniforme. ¿A quién se lo iba a enseñar, si estaba a la vista de todos?

Y yo pienso, no puedo dejar de pensar, en cuántas cosas tuvimos a la vista pero nunca vimos realmente. Porque no sabíamos en qué dirección y ángulo mirar. Porque nunca miramos dentro de ciertas sombras.

Y sin embargo, poco a poco, todo se va iluminando. Las historias dejan un rastro, terminan abriéndose paso. El misterioso personaje (su silueta, el colorido y extravagante atuendo) imprimió una imagen subliminal en alguna que otra retina perturbada. Se propagó un rumor freak. Alguien dio un paso más allá: se lo creyó. Y convenció a otros. Y de pronto ya había surgido una especie de secta fanática cuyos integrantes se hacían preguntas, ampliaban fotos y ataban cabos. El asunto fue creciendo en secreto a medida que se conectaban personas. Si el primer objetivo fue conocer la verdad, el segundo debía ser encontrarla y grabarla.

Velazco dice:

—Me da pena con ustedes, pero no hay mucho más que contar.

 

Y lo que parecía imposible, sucedió. Fidel Castro enfermó de gravedad y le cedió el Gobierno a su hermano. La escolta fue reubicada.

Unas semanas después, a él lo citaban para una entrevista.

—Siéntese, Mayor Velazco. ¿O debería decir… Extraman?

Raúl Castro le comunicó que, a partir de ese momento, quedaba licenciado del Ministerio del Interior. Se le daba de baja.

—No entiendo, General.

—Tómelo como una jubilación anticipada. Pero sin derecho a cobrar.

—¿En qué voy a trabajar entonces?

—Eso es cosa suya. Debió pensarlo mejor antes de estar usando superpoderes por ahí. Con el tiempo no se juega, Velazco.

—…

—Sí, Fidel me transmitió sus sospechas. Me dijo que usted podría estar manipulando el tiempo, quién sabe con qué fines. Me habló del peligro que usted representaba. Y en mi experiencia, él nunca se equivoca.

—…

—¿No tiene nada que decir? Bien, puede retirarse. Ah, y no se olvide de entregarme su medalla y su traje de superhéroe. Ya no le pertenecen.

Velazco caminó hasta la puerta. Se volvió.

—¿Me hace un favor, General? ¿Podría darle un mensaje de mi parte al Comandante?

Raúl lo estudió unos segundos mientras daba unos golpecitos en la mesa con la punta de los dedos. Asintió.

—Dígale que espero que se recupere pronto. Dígale que el superhéroe es él.

Y Velazco se fue a su casa, a llevar una vida normal en la medida de lo posible.

Muy pronto se dio cuenta de la vigilancia montada sobre él. Vigilaban su casa, vigilaban todos sus movimientos. Iban vestidos de civil. No se ocultaban. Solo al detener el tiempo podía Velazco escapar de esa vigilancia constante, y sentir que era él quien vigilaba a los vigilantes. Una ilusión. No podía refugiarse toda la vida dentro de una gigantesca postal de la realidad: el precio era la asfixia, la más absoluta soledad, algo parecido a ser el único sobreviviente del fin del mundo. Así que soportó la vigilancia juzgándola un trámite necesario, esperando que algún día disminuyera y finalmente cesara. Pero en lugar de eso, se volvió más provocativa. Lo llamaban por teléfono (él no hablaba con nadie para no ser escuchado) y se disculpaban por haber equivocado el número. Desconocidos en la calle le hacían comentarios que contenían amenazas veladas. Velazco empezó a temer. No sabía en qué iba a parar aquello.

Un día detuvo el tiempo en su casa y se fue, tranquilamente, al aeropuerto. Allí ubicó el vuelo inmediato a Estados Unidos. Volvió a detener el tiempo justo antes de que cerraran la puerta del avión. Entró y se escondió y echó a andar el brevísimo tiempo de vuelo sobre el Estrecho de la Florida. Después de aterrizar, invirtió la operación para salir del avión.

Estaba en Miami.

Apareció, simplemente.

Nadie lo vio irse y nadie lo vio llegar.

No se quedó allí, por supuesto. Sabía de sobra que la ciudad estaba infestada de agentes de ambas orillas, agentes dobles y triples. Todo el sur de La Florida era lo mismo. Los agentes asomaban la cabeza hasta en los pantanos.

Abandonó el estado. Zigzagueó por las grandes llanuras. Paraba el tiempo, aparecía y desaparecía. Usó nombres y recuerdos falsos. Nunca dejó de moverse. Siempre estuvo al tanto de los que iban tras él. Tenía todo el tiempo del mundo para eso.

Si lo encontramos, fue porque él se dejó encontrar.

 

Velazco calla. Apaga en el suelo el último cigarro.

—Se acabó —dice poniéndose de pie—. Ya pueden dejarme en paz. No quiero saber más de esto, ¿okey?

—Ese era el acuerdo… Le estamos muy agradecidos.

Recojo la cámara, nervioso. Guardo todas las cosas. Cuando levanto la vista, no encuentro a nadie frente a mí. Estoy solo. Velazco ha desaparecido.

La pregunta no tiene sentido, pero me pregunto cuánto tiempo estuve paralizado en el tiempo, como una estatua, mientras él se marchaba quién sabe adónde.

Salgo al atardecer de Nueva Jersey y voy rápido hacia el carro.

Hago una llamada. Me esperan en un motel del condado vecino. Introduzco la llave en el encendedor y por un instante pienso: ¿Explotará? ¿Volaré por los aires en una nube de fuego y polvo y archivos quemados?

Giro la llave. No pasa nada.

Piso el acelerador hasta el fondo.

Ahora lo importante es conservar el video.

 

De la antología de cuentos Los supremos (Editorial El Cuervo, 2013)


Jorge Enrique Lage (Cuba, 1979) ha publicado los libros Yo fui un adolescente ladrón de tumbas (2004), Fragmentos encontrados en La Rampa (2004), Los ojos de fuego verde (2005), El color de la sangre diluida (2007) y Carbono 14: Una novela de culto (2010). Cuentos de su autoría han aparecido en antologías como Los que cuentan (2007), Asamblea portátil. Muestrario de narradores iberoamericanos (2009), Región. Antología de cuento político latinoamericano (2011) y Los supremos. Superhéroes y cómics en el relato hispánico contemporáneo (2013).

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Crímenes narrativos

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