“Serendipity”, por J.J. Junieles

El término anglosajón serendipity es un neologismo acuñado por Horace Walpole en 1754, a partir de un cuento persa del siglo XVIII llamado “Los tres príncipes de Serendip”, en...

El término anglosajón serendipity es un neologismo acuñado por Horace Walpole en 1754, a partir de un cuento persa del siglo XVIII llamado “Los tres príncipes de Serendip”, en el que los protagonistas, unos príncipes de la isla Serendip (que era el nombre árabe de la isla de Ceilán, la actual Sri Lanka), solucionaban sus problemas a través de increíbles casualidades.

Serendipity, esa palabra parece regir la vida de algunos seres, a quienes las puertas se les han abierto sin haberlas tocado. Hablo de lo fortuito, del accidental encuentro con lo maravilloso, que excede nuestro entendimiento. Esos hombres y mujeres que están allí, haciéndose un café, y de pronto les cae un rayo de gracia. Son ellos los primeros en dudar del resultado de lo que han creado; entre tanto, el resto de la humanidad sabe que han cambiado el curso de la historia.

Un pararrayos, eso es Homero Tafur Cetina. Ahora que sus novelas son objeto de análisis en incontables academias. Dicen los que saben, que es sofisticado, cáustico, que su narrativa es un taller de manufacturas narrativas del que surgen historias cuyo valor, efectivamente, no reside en su capacidad de asombrarnos por su verosimilitud, sino en su perversa habilidad para sembrar dudas sobre nuestro mundo, convertido en un acertijo con una desconcertante lógica interna.

Pocos testigos hay de la prehistoria de Tafur Cetina. Se habla de un joven huérfano de padre, que desde provincia llega a Bogotá, a vivir solo en un cuarto de pensión en el barrio La Candelaria, cerca de la Universidad Externado. Un eficiente empleado de farmacia detrás de un mostrador, que ocupa sus días en atender clientes, mientras lee libros gordos entre la llegada y salida de compradores. Breves conversaciones sobre gripe, artritis e incontinencia de fluidos. Instrucciones básicas después de consultar el manual.

Un día renuncia a su trabajo, con una vaga excusa, después de trabajar cuatro años en la droguería sin falta. Gracias a sus ahorros se encierra en la pensión a escribir un libro, a los tres meses lo manda a una editorial, con la suerte de que el lector del libro es Alicia Brailler, quien reconoce ese viento viejo que regresa cada tanto a mover el molino de la Historia, y edita Cuando el mono se bajó del árbol, primer eslabón de la cadena dorada, que lo ha llevado incluso a que Woody Allen diga que nada le gustaría más que filmar un guión de Tafur. Por su parte, Guillermo del Toro, el director mexicano de El laberinto del fauno, ha expresado su deseo de llevar al cine la biografía de Lovecraft, sólo si el guión lo escribe Tafur.

Su novela Cuando el mono se bajó del árbol consiste sencillamente en que un hombre escribe un libro, y en la medida que nombra las cosas en su libro, estas desaparecen a su alrededor. Hacia el final, horrorizado, no sabe cómo volverlas a su estado natural. Es el último habitante del planeta, ya no tiene nada que perder, entonces escribe con lágrimas su propio nombre, y, en un parpadeo, el hombre se encuentra de nuevo frente a una página en blanco.

Esa primera novela de Cetina en realidad no es una novela, sino un libro de cuentos, unidos por algunas señales; lo cual es mejor, pues siempre ha existido un sobrestimado respeto por la novela, ese género de páginas excesivas, que hace las veces de chicle para los ojos. Nunca ocurre eso con los cuentos, género que respeta el tiempo de quien lo lee, porque el tiempo es breve como el hombre que lo lee.

El libro de Tafur Cetina ha sido editado en numerosas lenguas, incontables reseñas se han escrito sobre sus enunciados, reseñas como esta. En pocos meses, las reflexiones y conjeturas que se hace el personaje sobre el mundo que poco a poco va desapareciendo se convirtieron en la filosofía de cabecera para muchas personas.

Un crítico de Magazine Littéraire ha dicho: “Este autor tiene la maestría casi ofensiva del estilo, y el irónico centelleo de una cultura refinada y exquisita. Este es el libro que hubiera querido leer Nietzsche, el que lo hubiera salvado de la locura. El personaje-escritor de este libro no es más que Dios, quien ha urdido esta pesadilla para olvidar su propia naturaleza”.

Años después, Tafur Cetina sorprendió con un libro que excedió las expectativas: Prefiero mis balas a tus oraciones, una obra que pretende integrar, armónicamente, todas las situaciones dramáticas presentes en las obras de Shakespeare. La trama invoca todas las pasiones del hombre, sus preguntas y jadeos mientras se arrastra por el planeta. La trama que enmarca este ejercicio es la de una serie de muertes inexplicables, donde las víctimas no responden a un patrón común. Al final sabremos que el asesino mataba a todas las personas que leyeran un libro, y como era empleado de la biblioteca pública tenía acceso al listado de lectores. Es la única obra de Cetina con final abierto (al final, no se sabe cuál es el libro ni el asunto de que trata), pero es ese silencio el que termina sosteniendo todo el edificio.

Libro extraño, híbrido, inclasificable es Una caña de pescar en el desierto. Una noche, cinco amigos celebran su salida del bachillerato en un bar, y discuten sobre la existencia de Dios (casi veinte páginas de argumentación, que resumen la historia de la filosofía y se desmontan todos los paradigmas) y pagan la última ronda de whisky con billetes en los que anotan sus nombres, con el pacto de que si alguno de esos billetes regresa algún día a sus manos significa que Dios existe. Veinte años después, uno de ellos aparece muerto en una habitación, mientras su mano empuña el billete marcado con su nombre. Los otros cuatro se enteran por los periódicos de la muerte y del detalle del billete. Hablan entre sí, deciden reunirse a discutir el extraño suceso en la casa de uno de ellos, cerca de un faro frente al mar de Maine. Nunca más se tendrá noticias de los cuatro, la policía hallará la casa del faro vacía, y en el piso los billetes marcados con sus nombres.

Ha sido notable la influencia ejercida en escritores y personajes públicos de nuestro tiempo, incluso en filósofos como Alexandra Matteri, de Italia, quien aboga por la llamada Entrocracia, que no es más que una aplicación práctica de lo expuesto en un largo ensayo de Tafur llamado “Apostillas a ‘Eureka’ de Edgar Allan Poe”. La Entrocracia de Matteri (léase ley de entropía como fin del Estado, más que forma de gobierno) está respaldada por un postulado de filosofía política sencillo, la elaboración de un plan desde el Estado por precipitar procesos de cambio histórico a través de creación de crisis económicas dirigidas al caos, de tal forma que se acelere la llegada de esa edad dorada que nace de todo oscurantismo: Edad Media = Renacimiento. Filosofía que muerde su cola, por supuesto, porque el Estado sería el primero en colapsar. Sin embargo, llegan noticias de un partido político de extrema derecha que ha adoptado esos postulados.

Hace poco llamó la atención el registro, sin antecedentes, que hicieron los diarios sobre la llamada personal que hizo Tafur desde Harvard a la librería Árbol de Tinta, de Bogotá, solicitando una copia del libro de cuentos La travesía del vidente, del escritor Mario Mendoza, el autor de Satanás. Bastó para que el libro de marras fuera pirateado y ahora se encuentre en esas bibliotecas ambulantes en que se han convertido las aceras y semáforos de Bogotá, México, Buenos Aires y Lima.

Más allá de los centenares de tesis sobre temas inconcebibles, Tafur ha sido celebrado de muchas formas, como la del joven poeta Virgilio López Arce, quien le rindió homenaje en un poema de su más reciente libro, Luna tan cerca, corazón remoto. Un poema que le haría más justicia a Cetina si hubiera atendido a la tradición de métrica versificada y no en ese verso libre que ha dado madera para tanto aserrín.

Aquí una pieza del libro:

 

El viejo poeta
Para H. Tafur Cetina

El bibliotecario camina y tose entre los
armarios. A veces su mano roza el lomo
de mi libro. Sólo el polvo se demora en las páginas.

Mis palabras buscaron imitar a Dios en su misterio,
amasé acertijos insondables: no son mías las líneas de
mis manos, fui como el amanuense de un ciego que
hablaba dormido.

Mis palabras que quisieron ser como el hacha
cayendo sobre el tronco,
con ellas busqué atraer las estrellas,
separar las aguas, detener las nubes.
Mis pobres palabras, que ya olvidaron el calor
de la página abierta (de un suspiro).

En una línea hablo de un sonámbulo que
camina sobre un río, de un pescador que cierra los
ojos y el mar desaparece; en otra, un pájaro arma
su nido en el viento,
y una flecha sueña con un arquero ciego.
¿También hay un caballo pastando en alguna parte?
(ya no lo recuerdo).

Empiezo a ver el olvido como un amigo de
siempre, y a desear que llegue la noche más larga.
Pronto seré un fantasma.

 

Como suele ocurrir con las celebridades, Tafur también tiene sus detractores. Algunos polemizan controvirtiendo el pretendido carácter innovador de su obra, afirmando que es una obra sobrevalorada. En otro voltaje, el grupo de jóvenes de la revista Duro de Roer, de la ciudad de Cartagena, alguna vez publicó un artículo sobre la obra de Tafur, donde prevalecía el afán protagónico de los redactores. Un texto poblado de infamias que merece el olvido. Tal vez Tafur nunca se enteró de esta nota, pero algunos devotos hicieron sus descargos: “ladran, Sancho, señal de que cabalgamos”; con las piedras que le tiran, él construye su morada.

El director de cine colombiano J. J. Junieles se ha servido impunemente del cuento “Un reloj sin manecillas para el relojero ciego”, del libro de cuentos El idioma de los Ángeles, de Tafur, para hacer una película que sólo resulta interesante por los nudos y contingencias dramáticas presentes en el texto, cuyo efecto disminuye y se empobrece en manos de este director, que tituló el filme como Nacidos para soñar, obviedad carente de toda sugerencia. La película parece en realidad una fotonovela, contada a base de fotografías móviles. Cada director es como un caballo que quiere llevar el carro en su dirección, pero este no parece ir a ningún lado. Desde ese punto muerto a intentar balbucear en el idioma de Bergman hay galaxias de por medio.

El cuento de Tafur da cuenta de un personaje, Sergio Basán, quien lee en un diario la columna de una periodista, Ángela Cortez, donde ella cuenta un sueño que él también ha tenido la noche anterior. Es sólo una coincidencia, se dice Basán, y continúa su vida. Días más tarde, en un programa radial la periodista hace una fugaz alusión a otro sueño, que él también ha tenido, esta vez más detallado.

Basán está intranquilo, no puede borrar de su cabeza la realidad de los hechos. No sabe por qué, ni con qué propósito, pero va a las oficinas del diario a buscar a Ángela. Ambos se ven por una puerta entreabierta; visiblemente perturbada, ella cierra la puerta. Manda decir que se excusa, que está ocupada. Las llamadas telefónicas tampoco son atendidas; sin embargo, Basán deja su dirección. Esa noche, mientras él sueña, se le ocurre escribir una nota y dejarla en el sueño: “Yo estuve aquí, contigo, compartiendo este sueño. Créeme. Sergio Basán”.

Esa misma noche, en ese mosaico de imágenes de que están hechos los sueños, Ángela lee la nota, y ahora es ella quien lo llama para encontrarse y hablar del tema. Después de hurgar juntos en el pasado, buscando algo tangible que explique todo, descubren que ambos son adoptados, y que ambos conservan una misma foto que les dieron en el orfanato donde su madre murió después de dar a luz. Son hermanos. Detrás de su madre hay una casa.

Después de algunos días investigando, hallan un pueblo con la arquitectura de la casa, viajan hasta allá y la encuentran. Cuando llegan, la puerta está abierta e ingresan; se parece mucho al escenario de sus sueños. Llegan entonces hasta una habitación, donde hallan dormido a un hombre que despierta y se asusta al verlos. Son las figuras que lo persiguen en las pesadillas de los últimos días, se siente todavía en un sueño, abre el cajón de una mesa, saca un arma y les dispara.

Las figuras gritan y caen. Pero el sueño continúa. Entonces el hombre entra en pánico, los registra y encuentra la foto de su madre. No necesita que nadie se lo diga, infiere que son sus hermanos. Alguna vez sus padres, antes de morir, habían hablado sobre ellos.

Sólo existe una posibilidad para descubrir la verdad de todo. El hombre toma el arma y, sin pensarlo, se dispara. El cuento termina allí, también la película, la pantalla se convierte en una gran ventana oscura que mira hacia ninguna parte.

La última noticia que se tiene de Homero Tafur Cetina es que se fue a vivir a un pueblo de Nuevo México que conoció por accidente en uno de sus últimos viajes. Él no es como esos escritores que van por ahí, como los santos, mostrando sus llagas para que las laman los perros. No hay fotos en las solapas de sus libros, sigue sin saberse mucho de su biografía, y no da entrevistas, como si quisiera parecerse a lo que nosotros creemos que es él. Nadie ha cantado como él la soledad del hombre bajo el vacío trémulo de las estrellas. Sus lectores saben que no se ha ido del todo, en realidad Tafur Cettina nos ha dicho adiós porque quiere regresar a donde nunca ha estado.

FIN

El periodista Homero Tafur Cetina imprimió la hoja, la leyó, se rió de sus propias ocurrencias y se complació con algunos pasajes de aquellos papeles producto de su ocio. Recordó con nostalgia a ese muchacho que también fue él, que en el bachillerato y la universidad había devorado incontables libros, y veía películas hasta la madrugada. ¿Sobrevivía algo de eso en el editor de noticias políticas en que se había convertido?, se preguntó. Tampoco podía quejarse, era un empleo seguro, no era el mejor salario, pero sí muy superior al de los redactores, además de los beneficios ocasionales: boletas para espectáculos, almuerzos y souvenirs.

Probó su puntería: lanzó la bola de papeles que le habían servido para matar el tiempo, mientras llegaba la hora de salida del diario. Viernes en la noche, alquilará películas para el fin de semana, dos de terror para él, una de un gracioso monstruo verde para su hija, y alguna comedia para su esposa.

Seis meses después, de regreso a casa por la avenida, sintió que desaparecía el piso bajo sus pies y se le hacía un nudo en el estómago cuando leyó el título del libro en la vitrina de una librería: Cuando el mono se bajó del árbol, y debajo, alguien cuyo nombre no era el suyo.

 


J. J. Junieles (Colombia, 1970) ha publicado los libros de cuentos Todos los locos hablan solos (2011), El amor también es una ciencia (2009), Con la luz que me queda basta (2007) y los poemarios Papeles para iniciar el fuego (1993), Temeré por mí al final de estas líneas (1996), Canciones de un barrio en la frontera (2002), Pasaje a tierra extraña (2006) y Metafísica de los patios (2008). En 2002 recibió el Premio Nacional de Literatura Ciudad de Bogotá y en 2007 el Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén. Ha obtenido la Beca de Residencia Artística Banff Centre for the Arts de Canadá y fue escogido por el Hay Festival de Literatura y la UNESCO para el proyecto Bogotá 39: 39 escritores latinoamericanos menores de 39 años. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, sueco, portugués y alemán.

Foto: Tony Arévalo

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Crímenes narrativos

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