Psicoanalizando a Arnoldo Gálvez Suárez

El presente es un breve test psicoanalítico-literario elaborado por reconocidos especialistas en el arte de la inquisición. Con este examen buscamos introducirnos en los confines más apartados de la...


El presente es un breve test psicoanalítico-literario elaborado por reconocidos especialistas en el arte de la inquisición. Con este examen buscamos introducirnos en los confines más apartados de la mente de Arnoldo Gálvez Suárez y revelarle que no se encuentra solo, que todo lo que ha hecho hasta el día de hoy tiene una justificación inconsciente que tarde o temprano lo llevará a la inmortalidad enciclopédica o a una celda en un centro de reposo.


C2013 tapa galvez suarezaminas por una arboleda cuando de pronto ves un libro que publicaste recientemente. ¿Cómo se llama el libro y quién lo editó?

 Se llama La palabra cementerio, lo editó Punto de Lectura. El título me hace sospechar que estoy en un panteón de personajes ilustres, y que el libro quizá funciona como una suerte de guía turística para no perderse en medio del laberinto de lápidas.

 ¿Hace cuánto que ese libro y tú se conocen?

 Desde hace mucho, quizá desde siempre, a veces pienso que él me vio nacer y no al revés, como uno supondría. Y lo pienso porque se me queda viendo con sus ojitos acuosos y es como si quisiera darme un consejo. 

 ¿Qué tipo de relación tienes con él después de haberlo escrito? ¿Cómo crees que se llevarán dentro de tres semanas?

 Tenemos la misma relación que ciertos señores guardan con sus médicos de cabecera, sus contadores y sus abogados. En tres semanas no sé, espero que la misma que ahora. Es decir, él custodia con celo mis secretos y yo le devuelvo el favor dando a conocer sus virtudes en eventos editoriales, en entrevistas o en conversaciones casuales con conocidos que me encuentro en la calle. 

Sigues caminando y te adentras más en la arboleda. De pronto ves un claro. Ante tus ojos aparece el personaje más fascinante de tu libro. Descríbelo.

 No sé su nombre. Lo apodan El Profesor o El Tícher y es un hampón ilustrado, un profeta del crimen, un visionario. Es una lástima que, en el cuento, sus interlocutores sean una pandilla de adolescentes miedosos que no se enteran de nada y lo dejan hablando solo.

Continúas caminando y escuchas que alguien te lanza una advertencia. Detrás de ti aparece Franco Nero acompañado de un caballo. Dice algo sobre tu escritura y sobre tu nuevo libro. ¿Qué te dice?

 Muy serio y con una voz vacilante y quejumbrosa, me dice: “en una línea del libro aparecía mi nombre, pero justo antes de entregarlo a imprenta, lo borraste. ¿Por qué? ¿Por qué?”, insiste entre sollozos y cubriéndose la cara con las manos. “Tranquilo, Franco”, le digo, “no es para que te pongas así”. Después de prolongados segundos, Franco Nero interrumpe los gimoteos, recupera su acostumbrada compostura y me dice: “tú no nos entiendes a nosotros, a los tipos rudos”. “Pero Franco”, le respondo, “tú no eres ningún tipo rudo, tú tan solo has interpretado tipos rudos con una cámara delante y en medio de polvaredas de utilería”. Advierto entonces que le sobreviene otra vez un ataque de pucheros, pero no me retracto, le doy una última estocada: “tú eres un impostor, Franco”. “Y tú también”, me responde. Luego pone cara de western y me pregunta: “¿por qué  te empeñas tanto en ensamblar esas complejas arquitecturas en tus cuentos si al final el resultado es siempre ambiguo, lleno de puntos ciegos e irresueltos?” No le respondo porque, de repente, distinguimos en la lejanía una silueta que va poco a poco acercándose a nosotros. “¿Ese que viene ahí no es Gato Barbieri?”, pregunto. Pero Franco Nero se pone otra vez a llorar y su caballo relincha aburrido, con desgano.         

Después de hablar contigo, Franco Nero se da media vuelta y se transforma en una novela, es la novela de tus sueños. ¿De qué trata esa novela?

La novela de mis sueños es un licuado negro que incluye los ingredientes que siguen:

a. El ceño de Scorsese  y sus pobladísimas cejas.

b. Un honrado fiscal, al mismo tiempo duro y melancólico, que camina por la orilla de un puente mientras piensa en lanzarse de cabeza hacia el fondo del barranco, abrazado a las pruebas que incriminan a la mujer que ama.

c. La viuda de un presidente asesinado que se descubre de pronto teniendo fantasías lúbricas con la hija de su cocinera, una nínfula nabokoviana.

d. La siniestra sonrisa de Polanski apareciendo en el cielo como el Gato de Cheshire.

e. Una conversación con Ray Bradbury.

f. Un campamento, a mediados del siglo XIX, de colonos ingleses aficionados al teatro que, cuando no están intentando domesticar la selva guatemalteca, ensayan Macbeth bajo un enjambre de mosquitos.

g. Una conversación con Juan Rulfo.

h. Eric Burdon cantando The House of the Rising Sun en una lancha tambaleante que va de Panajachel a San Pedro La Laguna, en el lago de Atitlán.

i. Y un niño de doce años que, en 1995, delante de la pantalla de su ordenador, se pregunta qué ha sido de la tierra mientras él combatía el mal. 

¿La novela de tus sueños fue escrita por ti?

Fui su mecanógrafo. Me la dictó al oído el fantasma de quien en vida fuera el padre de las hijas adoptivas de Anita Pallenberg (que no es Keith Richards, sino un señor de solemne gabardina negra, bastón con cabeza de serpiente y ojos encendidos). 

Después de escucharte atentamente, la novela de tus sueños se convierte en una cueva. Entras en ella y caminas sigilosamente hacia una luz. Describe lo que ves cuando llegas al final del túnel.

Alrededor de un quinqué, los personajes de La palabra cementerio juegan un juego de cartas que me enseñó mi madre, se llama “el 7 que se va”. Allí están un triste profesor de secundaria, una niña tz’utujil acusada de haber asesinado a su madre, un triángulo amoroso formado por sobrevivientes de la contrainsurgencia guatemalteca, unos adolescentes vírgenes desesperados por dejar de serlo, un hombre de negocios convertido en asesino, una hermosísima mujer enamorada de su hermano. El único personaje que no participa es una señora a la que le fueron arrancados todos los dedos de ambas manos. De modo que acepta con resignación su incapacidad para sostener las cartas del naipe y decide observar al resto desde un rincón de la cueva.  

En la cueva también hay un troll bastante viejo. ¿Qué opinas de su aseo personal? ¿Y por qué te preocupas de su aseo personal cuando podrías estar escribiendo el libro de tus sueños?

Me preocupo porque, para poder escribir la novela de mis sueños, necesito dinero y tiempo libre. He pensado entonces en conseguir ambas cosas mediante la venta de jabones por catálogo. Y este troll sería un formidable cliente. 

Sales de la cueva por una escalera subterránea que el troll te señala. En la superficie, te das cuenta de que han pasado doscientos años y que la arboleda es ahora una fábrica. ¿Qué fabrican en ese lugar?

Concentrado para engordar pollos. Lo sé por el olor que sale de sus chimeneas.

¿Crees que el troll o sus descendientes sean dueños de esa fábrica?

Lo fueron, pero acabaron vendiéndosela a una transnacional dedicada al engorde de toda clase de animales terrestres y extraterrestres que, a su vez, es proveedora de otra transnacional dedicada a destazar y procesar a los animales para su posterior distribución en los CEPESH (Centros Para El Engorde De Seres Humanos)… y así sucesivamente. Información que nos permite constatar cuán poco han cambiado las cosas en 200 años: las mujeres bellas siguen enamorándose de los canallas y los niños sin aptitudes para el deporte siguen siendo víctimas de la crueldad burlona de sus compañeritos de escuela. 

Teniendo en cuenta que doscientos años es mucho tiempo y que tus mejores amigos probablemente estén sepultados, ¿te correspondería escribir una versión exagerada y súper heroica de tus memorias?

Sí, y utilizaría la misma estructura de la Biblia, del Génesis al Apocalipsis, aunque este último segmento intentaría que me saliera un poco menos truculento, no sé bien cómo, tal vez poniéndole un arcoíris por acá, un carrusel por allá, una glorieta, una heladería, unos niños sonrientes para quienes el Armagedón no signifique nada.

¿Cómo titularías ese libro?

“Apaga ya esa luz, Gea, no me dejas dormir”.

 


Arnoldo Gálvez Suárez (Guatemala, 1982) es escritor y periodista. Licenciado en Comunicación por la Universidad Rafael Landívar. Ha publicado los libros de relatos El tercer perfil (2005), La palabra cementerio (2013) y la novela Los jueces (2009), ganadora del XI Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo. Su obra ha sido recompilada en antologías como Nuevas Rutas: Jóvenes escritores latinoamericanos (2010) y Ni hermosa ni maldita: literatura guatemalteca actual (2012). 

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