“No hacerlo”, por Maria Alzira Brum

Verano. En el salón: la última fiesta, las visitas que se han ido y las que vendrán, los significados que guardan y aguardan los objetos, la ventana. Entre el...


Verano. En el salón: la última fiesta, las visitas que se han ido y las que vendrán, los significados que guardan y aguardan los objetos, la ventana. Entre el misterio y la banalidad de esta casa se escribiría mi novela.

 

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Una casa a la que solamente he visto en un sueño que se repite con variaciones. [El problema de la referencialidad]. En alguna variación del sueño, la mujer que se presenta como la dueña de la casa me habla de una pareja. [El problema de la memoria y su construcción]. Podría escribir sobre ellos. Empezaría por buscarlos en Facebook y Google, luego intentaría describir ficcionalmente sus vidas. Tal vez descubra que han muerto y esto sería el comienzo o el final de la escritura. [El problema de los caminos que se eligen y sus consecuencias.] Podría escribir sobre la dueña de la casa. [El problema de la interpretación que propone lo aparentemente obvio.] Podría elegir algún detalle o variación del sueño y desde ahí observar y tratar de describir la casa, sus habitantes y su entorno. [El problema del punto de vista.] Sin embargo debo habitar en un proyecto al que simultáneamente reconozco e ignoro, en una imagen que es asimismo, como ya lo dijo alguien, posibilidad. [El problema de mi novela.]

 

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Salgo a la calle y noto que mis zapatos están destrozados. Entro en la primera zapatería que encuentro y pido al empleado unos que sean cómodos. Me trae unos con tacos bajos, como de muñeca. Me quedan y de hecho son muy cómodos. Decido ir con ellos puestos y le pido que tire los viejos. Mientras pago, él comenta: “Los usan los que trabajan en el hospital cardiológico, justo allí en frente.” Al salir noto que los zapatos no son bonitos y que, además, no tienen nada que ver con mi ropa, que tampoco se ve bonita. A unas cuadras cruzo con una artista que va impecablemente vestida, como si ella y la ropa fueran parte de una misma obra. Me dirijo hacia ella y la saludo. Ella responde fríamente y me dice: “Por fin me reconoces”. Nos despedimos y cada cual va por su camino. Pienso que mi novela no tiene que ver con los zapatos ni con el arte o la belleza, ni tampoco con la artista, y sí con ciertos procedimientos destinados a los enfermos del corazón.

 

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Intuir la inutilidad de las explicaciones y que se trata de una cuestión de idioma, aunque de un idioma en formación, que habríamos de criar y reconocer juntos. O no. Igual deslizarse por la superficie del no. La superficie no es lo contrario de la profundidad, como la ignorancia no lo es del conocimiento. Diferencia, diferencias.

 

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La mujer con guantes negros de encaje que tiembla en la caja del supermercado al pagar por dos botellas de vino tipo Jerez. El hombre de la lavandería que comenta las noticias. El enano que a diario en la misma esquina trata de venderme un boleto de lotería. La chica semidesnuda en la portada de una revista que dice “ningún hombre me ve el alma”. La gente que llama buscando al licenciado. El licenciado que no vive aquí. La niña de al lado que llora para conseguir lo que quiere. Su mamá. La mía. Ninguno de ellos está en mi novela.

 

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Participé como jurado en un festival de música. Casi me eché por la ventana de un edificio. Me entrevistaron sobre distintos temas en programas de televisión. Hice política algunas veces y no hice nada muchas veces. Propuse teorías que luego las publicaron otros. Actué en obras de teatro y como extra en una película. Recorrí en autobús interminables carreteras. Sentí hambre. Viví en muchas casas en distintos continentes y en una isla. Participé de eventos académicos, literarios e inclasificables. Vendí flores y ropa, fui secretaria de unos arquitectos, di clases en universidades y en una escuela de niños. Me echaron de algunos empleos, aunque de casi todos me eché yo misma. Supongo haber entendido algo de lo que no puedo dar explicaciones. He vivido mucho tiempo en silencio y he oído a gente que se supone sabe mucho. Tomo sola el té, hablo con mendigos y me río de la falta de sentido. Yo, que no estoy en mi novela.

 

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El vestido tiene estampas que algún día estuvieron de moda. La anciana que lo lleva lo mandó a confeccionar a su gusto y medida. Por mucho tiempo guardó la prenda para una ocasión especial que nunca llegó. Esa tarde ya no hay espera. El vestido sale a lucirse. Efímeras la tarde y mi mirada que se desplaza hacia un texto. También para mí ha habido fiestas a las que no fui, vestidos que jamás usé, novelas que no se escribieron. Cuando ya no haya ilusiones, algo de esto saldrá a la calle. Efímeros los textos y la mirada del lector que se desplaza hacia la tarde.

 

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Una peluca que en una tienda de segunda adorna una cabeza sin ojos. Una idea brillante que ya la tuvo Sebald. Otra que ya la tuvo Markson. Y otra aún que ya la tuvo un poeta contemporáneo. Una mujer que saltó al vacío. Su único bien era una muñeca que una niña desechó. Alguna vez también tuvo un largo cabello que cortaron para hacer una peluca. Detalles, formas, vacíos.

 

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Dejo la llave abierta para lavar una prenda, luego me olvido y me pongo a leer un libro nuevo. Cuando me doy cuenta el piso se ha inundado. Corro a secarlo. Mientras lo hago me viene a la memoria un libro antiguo cuyo título es La ruta del desastre. La trama del libro nuevo se desarrolla en una playa. La del libro antiguo durante el hundimiento de un barco. La de mi novela luego de una inundación.

 

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Un libro medio releído, medio terminado. Esa enfermedad tan oscura. La fiesta de quince años de las gemelas donde había un agujero que daba al mismo infierno. Un evento literario que jamás termina. Un lugar donde se guardan objetos. Teorías sobre los objetos. Lo que se ve por esa ventana. Las noticias de hoy. Las razones ajenas. Cosas con las que se podría construir mi novela. Llaves y  claves.

 

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En una fiesta me preguntan qué escribo. Pienso decir “una lógica no clásica, heterodoxa, paraconsistente”. Sin embargo digo “sobre esa fiesta”. ¿Una novela? Sí, una novela; esa fiesta a la que no me han invitado.

 

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Soñar con una ballena a la que están a punto de matar. Luego tener insomnio y pasar la noche trabajando en un texto que es una referencia a Bartleby, personaje de H. Melville, que asimismo escribió Moby Dick. Recordar que el primer texto que Melville presentó como obra de ficción trataba del mar y, por su “naturaleza alegórica y enciclopédica”, no agradó ni a la crítica ni al público. Soñar con una ballena a la que están a punto de matar. Luego tener insomnio y pasar la noche trabajando en una novela que se desarrolla después de una inundación. Soñar con una ballena a la que están a punto de matar. Luego tener insomnio y pasar la noche tratando de escapar de la crítica, del público, de los lugares comunes, de las interpretaciones, de la literatura, de la novela, de una misma.

 

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Una mujer que padecía una oscura enfermedad. Las gemelas de la fiesta. Un mendigo que asustaba a los niños. Un hombre que un día salió desnudo a la calle. En una novela ajena: la mujer se murió; las gemelas se casaron y tuvieron hijos, se dedicaron al servicio público una, a una peluquería otra; al hombre que salió desnudo lo ingresaron en una institución psiquiátrica; el mendigo desapareció en la página 37. En mi novela: no pasa nada de esto. Mi novela: tan solo un deslizar.

 

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Deslizo una mano por su cabello simulando (la mano) arreglarlo, y me dice “siempre voy así”. Pienso “solo quiero acariciarte”. Sin embargo le respondo “lo sé”. No se trata de un saber específico sobre ese chico, su cabello revuelto o lo que dice. Se trata de saber callar la palabra delante del gesto. Se trata de un problema de lenguaje y asimismo de silencio y simulación.

 

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Uno de los miembros de la pareja ha pasado toda su vida huyendo. El otro, ocultándose. Nunca supieron de mí. Yo solo supe de ellos demasiado tarde. Si me conocieran, pienso, algo pasaría, quién sabe si una novela.

 

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La teoría de conjuntos estudia las propiedades de las colecciones abstractas de objetos consideradas como objetos en sí mismas. Los conjuntos y sus operaciones elementales son una herramienta para la formulación de cualquier teoría matemática. Asimismo pueden servir para formular una literatura. Sueños, recuerdos, cosas, probabilidades. Estos elementos podrían juntarse y combinarse de distintas maneras, formando un nuevo conjunto u objeto en sí mismo: mi novela. 

 

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Verano. En el baño: me peino y me miro desnuda en el espejo, olvidando los pelos que bajan por las cañerías. En el salón algo de lo que debería escribir escapa por la ventana.


Maria Alzira Brum (Brasil) es escritora y doctora en Comunicación y Semiótica por la Pontifícia Universidade Católica de São Paulo. Escribe ficción y ensayo tanto en portugués como en español. Es autora de las novelas La Orden Secreta de los Ornitorrincos (2009) y Novela souvenir (2009; 2010). Recientemente coeditó, junto a Nelson de Oliveira, la antología 90-00: cuentos brasileños contemporáneos. Actualmente radica en México.

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Crímenes narrativos

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