Memorias de María José Navia

¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara...


¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara en un hacedor de palabras y vividor de certámenes literarios? En este espacio son los propios autores quienes rememoran y nos cuentan acerca del momento en que la literatura irrumpió en sus vidas sin pedirles permiso.


La culpa de todo la tuvieron mis abuelos. Mi abuelo paterno y mi abuela materna. Mi abuelo  me regaló libros desde antes de que supiera leer. Él era mi héroe indiscutido cuando yo era niña y yo siempre lo veía con un libro, de preferencia bien gordo, bajo el brazo. Él era buzo, era una de sus múltiples ocupaciones; le tocó incluso sacar un tesoro del Dresden, un barco que se hundió cerca de Chile. De ahí también, supongo, que me regalara Sandokan, todos los libros de Julio Verne, que me dejaban medio mareada con su letra tan chiquitita. Hasta que un día, entre muchos libros de aventura que me trajo de regalo, venía Mujercitas, que visto en retrospectiva puede ser el cliché más grande de la vida, pero no me importa. Ahí había una heroína que no viajaba por el mundo ni andaba perdiéndose en submarinos o bajando a los fondos de la tierra, ahí la heroína quería ser escritora. Y eso era suficiente; era magnífico.

Mi abuela materna, algo más precavida que mi abuelo, y que hacía de voluntaria grabando libros para ciegos, se encargó de grabarme cuanto libro infantil se encontrara y así se podía verme, cuando pequeña, en todos los rincones de mi casa, “leyendo” (o lo que era leer para mí entonces): escuchando la voz de mi abuela en la radio y pasando las páginas cada vez que ella me lo indicaba.

Salgo leyendo en casi todas mis fotos de infancia: a los dos, tres, cuatro años.

Para mí los libros eran lo mejor del mundo. Era lo que me regalaban mis abuelos para los cumpleaños, Navidad, o ya de pura sorpresa. (Cada vez que veo esas campañas para incentivar la lectura pienso, que empiecen por los abuelos; esa tarea no es para las escuelas, ni los municipios, ni los padres). Aprendí a asociar los libros con la felicidad y todo lo que yo quería ser. Era el mejor juguete. De ahí también se deshilvanó el placer por la escritura. Si mi abuelo era feliz leyendo esos libracos, yo tenía que ser capaz de escribir uno para que él lo pudiera leer.

Me pasé toda la infancia escribiendo cuentos para mi abuelo, cuentos que escribía a mano e ilustraba yo misma y que le regalaba para su cumpleaños (el 5 de julio, un día antes del mío). Mi “best seller” se llamó “Las Aventuras de mi Tata Maravilloso” que estuvo enmarcado en la casa de mi abuelo hasta poco después de su muerte, en el año 2006. Ya en el colegio, cuando gané un par de concursos literarios, mi abuelo viajó de Viña a Santiago solo para felicitarme y darme de regalo una caja con dos lapiceros de lo más elegantes.

Escribir era juntar estrellitas. Escribir era hacer felices a quienes yo más quería y admiraba. Escribir era acercarme a quien yo quería ser.

Fui a talleres literarios, muchos. Entre ellos, desde luego, el más importante fue el de Carlos Franz (en la casa de José Donoso), en el que estuve dos años, a los quince y dieciséis. Fue una experiencia fundamental porque se trató de la primera vez que un grupo de extraños, mucho mayores que yo el que me seguía tenía doce años más leía mis cuentos. Y les gustaron. Fue un gran voto de confianza.

En la universidad también gané varios concursos, de cuentos de la Facultad de Letras, de cuentos de la universidad, de ensayo. Publiqué en antologías.

Publicar mi novela SANT en el año 2010 fue un salto en bungee que todavía no da el tirón para empezar a subir. Sigo cayendo… no en sentido de desgracia, sino en la adrenalina que me producen los comentarios de los lectores, las puertas que se me han abierto para participar en otros proyectos. Hoy estoy en una etapa de renegar un poco de SANT, probablemente porque mi corazón está enfocado a mil en mi nueva novela y el libro de cuentos y no admite competencias de fantasmas de navidades pasadas.

Pero los libros siguen siendo el mejor regalo, la alegría para levantar un día oscuro, el mejor premio. A pesar de llevar años estudiando literatura (en mi pregrado en la Universidad Católica de Chile, en mi maestría en NYU y ahora en el doctorado en Georgetown), los libros que leo compulsivamente, es mi gran superpoder, puedo leer dos novelas diarias, sin problemas no han perdido la chispa para mí. Analizarlos, escribir sobre ellos, incluso en el lenguaje más frío de la Academia, es un intento, casi infantil en su determinación, por querer prolongar el gozo, el placer, aunque sea un poco más, saborear los párrafos, maravillarse en las muchas metáforas y el uso del lenguaje.

Y lo bueno es que no se acaba: escribir es felicidad pura.


María José Navia (Chile, 1982) es autora de la novela SANT (2010) y del libro de cuentos en formato e-book Las Variaciones Dorothy (2013). Su trabajo ha aparecido en antologías como Lenguas (2005), Junta de vecinas (2011) .CL Fronteras de Chile (2012), entre otras. En 2011 su relato “Online” resultó ganador del Premio del Público del Concurso Cosecha Eñe (España) y en 2012  “#Mudanzas” fue uno de los 10 finalistas del Concurso de Cuentos Revista Paula (Chile). Actualmente finaliza un Doctorado en Literatura y Estudios Culturales en Georgetown University. Mantiene el blog de micro-reseñas “Ticket de cambio”. Twitter: @mjnavia

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