“Las reglas del juego”, por Sergio Arroyo

Las reglas del juego eran muy sencillas. Tenía que caminar a oscuras por mi habitación, desde la puerta de la entrada hasta la pared del fondo, sin tocar ningún...


Las reglas del juego eran muy sencillas. Tenía que caminar a oscuras por mi habitación, desde la puerta de la entrada hasta la pared del fondo, sin tocar ningún mueble, ni siquiera rozarlo. Todo lo tenía que hacer en la oscuridad más perfecta. En cuanto llegaba a mi meta en la pared, me detenía frente a ella y comenzaba mi ritual de todas las noches. Primero, me inclinaba hacia delante, hasta tocar la pared con la cabeza. Luego extendía las manos hacia los lados y me paraba de puntillas, tratando de hallar un punto de equilibrio entre la pared y mi cuerpo y, cuando me parecía que había dado con él, permanecía inmóvil durante unos instantes y dejaba de respirar.

Los pulmones me pedían aire inmediatamente, pero yo no dejaba entrar nada. Podía sentir el miedo, el corazón acelerado, pero después de unos instantes los latidos se volvían cada vez más lentos, hasta casi extinguirse. Me empezaba a escurrir saliva de la boca y las ganas de orinar se volvían irresistibles. Sentía frío y se me relajaban los miembros. Ya no podía mantenerme ni de puntillas ni de pie, y me desplomaba.

A veces, antes de desmayarme, me parecía ver el bulto de una mujer muy parecida a mí, pero algo mayor. Me hacía señas con las manos y me indicaba cosas con una expresión de angustia. Yo nunca le entendía.

Si cuando me despertaba todavía era de noche, me incorporaba para seguir jugando y probar suerte una vez más; si ya era de día, me escurría hasta la cama y me echaba las sábanas encima, una sobre otra. Aunque no podía dormir de día, tampoco sentía ningún deseo de levantarme ni de llevar a cabo mis obligaciones en la casa.

Tuvo que pasar mucho tiempo antes de que me atreviera a sacar el juego de mi habitación. En ella no había secretos para mí. Conocía perfectamente los defectos del piso, la altura de la lámpara, los bordes de la silla, el respaldar de la cama, y la distancia precisa que había entre cada mueble y las paredes. Allí me sentía tranquila; después de todo, era el lugar donde había pasado la mayor parte de mi vida. Cuando llevé el juego afuera, las reglas se modificaron por primera vez.

Muy pronto comenzaron los problemas. Una gran cantidad de posibilidades de error entró en juego: mesas, taburetes, el trastero, viejos adornos de cerámica y, sobre todo, sillas desacomodadas, pisos desnivelados, tiraderos que mi tío dejaba por todas partes y cajas de cartón llenas de biblias que él movía a su antojo. Es cierto que era nuestra casa de siempre, a la que estaba acostumbrada a fuerza de realizar las tareas domésticas desde que mamá murió, pero de noche la oscuridad la convertía en un lugar que no era tan familiar.

Jugué a lo largo y ancho de toda la casa. Comenzaba en la sala y pasaba por el comedor, por la cocina, también por mi habitación y terminaba en el cuarto de lavar la ropa. Me impuse la meta de completar el recorrido por la casa en los mismos términos con que lo hacía en mi cuarto, sin tocar las paredes ni los muebles, ni siquiera el marco de una puerta. Si cometía algún error, por más insignificante que fuera, debía volver al lugar de la sala que había elegido como punto de partida. Este conjunto de reglas, que bien visto era solo una regla, me hacía llevar todas las de perder y, efectivamente, nunca pude ganar el juego.

Con el paso de las noches, las reglas se complicaron para incluir un sistema de puntuaciones. Yo comenzaba el juego con cien puntos. Si rozaba una pared en la oscuridad, perdía tres puntos; si tocaba un mueble, dos; si un adorno, uno, y si contaba hasta cinco y el temor de golpear algo no me dejaba dar al menos un paso, perdía cinco puntos. Las nuevas reglas no me permitían las pausas ni los descansos —ni siquiera tras superar una habitación entera sin cometer equivocaciones—, pero me daban una pequeña esperanza: si terminaba el juego con más de noventa puntos, ganaba y podía realizar mi acto de equilibrio con la última pared.

Cada noche aprendía a reconocer mejor la casa y cometer menos errores. Esto me llenaba de entusiasmo porque me hacía creer que alguna noche podría alcanzar los noventa puntos o, ¿por qué no?, una puntuación perfecta. Sin embargo, las reglas del juego no dejaban de complicarse.

Si antes de ir a dormir, mi tío dejaba la puerta de su habitación abierta, el juego podía extenderse hasta ella, que hasta entonces era la única sección de la casa que se mantenía por fuera del juego. Una vez allí, me dejaba guiar por el sonido de su respiración. Naturalmente, no siempre dormía en la misma postura ni en la misma orientación. A veces dormía bocabajo, lo que no me dejaba más remedio que retirarme del cuarto, pero la mayor parte del tiempo dormía de lado o con la bocaza apuntando hacia el techo. En estos casos, al dar con su cara, me detenía a su lado y me inclinaba sobre él, como si le fuera a dar un abrazo, pero jamás lo llegaba a tocar. Me le acercaba a la boca manteniendo el equilibrio, como bien sabía hacerlo, y entonces aspiraba profundamente, hasta que percibía su olor interno, un soplo húmedo con gusto a entrañas que emanaba de su estómago y cuyo olor siempre me había causado admiración y asco.

La novedad de entrar en la habitación de mi tío y jugar a acercármele sin tocarlo no duró mucho tiempo. Aunque la culpa no fue de él, sino de un nuevo problema al que en un principio no di ninguna importancia, pero que no tardó en convertirse en lo único en lo que podía pensar.

Pese a que no notaba ninguna diferencia en la oscuridad si iba con los ojos abiertos o cerrados, cuando me los tapaba con las manos algo sucedía en mis adentros porque me volvía torpe y me desorientaba con mucha facilidad. No sabía por qué, pero sentía que en cualquier momento rozaría un mueble, me tropezaría con algo que me haría terminar en el piso. Por algún motivo que me llenaba de impotencia y rabia, mi cuerpo no respondía con la misma soltura que al caminar descubierta.

Y nada de aquello pasaba desapercibido para las reglas. Por unos días me pregunté si cambiarían otra vez para reflejar los nuevos descubrimientos y dificultar mis pequeños triunfos. Y cambiaron. Empecé a efectuar el recorrido unos días con los ojos vendados con una prenda de mi tío, y otros días simplemente con los ojos cubiertos con las manos.

Todas mis dudas se resolvieron una noche, al disponerme a comenzar. En medio del silencio de siempre, una gota de lluvia azotó el techo de hojalata, tres más lo hicieron luego de la primera y luego cientos de ellas. El escándalo invencible de la lluvia, tan habitual y familiar, me hizo reír, como si se tratara de una maravilla nunca antes vista. Caminé por la casa pateando el aire y agitando los puños, importándome ya muy poco si golpeaba una pared o si movía un mueble.

(Claro que me importaba. Me importaba tanto como siempre. Si no tenía a nadie a quién contarle de mis juegos, ¿a quién sino a mí misma podía tratar de engañar?)

Gracias a la lluvia, mi tío no se despertaba en toda la noche. El ruido del aguacero envolvía mis propios ruidos al recorrer la casa. Ya no me molestaba en tomar precauciones para no hacer ruido al caminar. Sin embargo, tenía que apresurarme. Estimaba que en unos nueve meses debería completar mi meta. Al cabo de ese tiempo, la estación lluviosa terminaría y yo volvería al desconcierto de siempre, nuevas reglas y cambios innumerables…

Empecé a concluir el recorrido muchas veces cada noche. Ya no me demoraba más de unos minutos en completarlo. Al llegar al último lugar de la casa, que era una esquina del cuarto de lavar la ropa, repetía el viejo ritual de dejar de respirar.

Para empezar, colocaba mis pies uno al lado del otro con el fin de afirmarme en el piso. Cuando me sentía segura, me inclinaba hacia delante y buscaba la pared con la cabeza, tratando de mantener el equilibrio en todo momento. Ya en esta posición, empezaba a sentir que había perdido mi peso natural y que podría volverme más ligera si imitaba a un pájaro o a un insecto. Con esto en mente, extendía los brazos a lo largo de mis costados y me paraba de puntillas. Debía ser muy cuidadosa porque no podía darme el lujo de caerme. Si me caía, tenía que regresar a la sala y empezar todo de nuevo.

Una vez que lograba mantener un equilibrio estable, lo primero era retraer la lengua, de forma que la raíz se me abultara contra el paladar y la garganta. Esto no era nada fácil de lograr porque tenía que contraerla con todas mis fuerzas para que se mantuviera en su lugar. Era la única forma de que la nariz se bloqueara. A partir de este momento ya no podía respirar verdaderamente, pero eso no era suficiente para mí. El siguiente paso era apretar los labios y taponarme la nariz y la boca con las manos.

A mitad del juego, el cuerpo parecía obligarme a respirar. Todo mi torso presionaba con furia hacia arriba, para exigirme abrir la boca. Muchas veces me derrotó, pero muchas otras mi empeño pudo más. Escupía, abriendo la boca apenas lo justo para librarme de los últimos restos de aire que permanecían dentro. Antes de darme cuenta, ya me escurría la saliva por las manos y la barbilla. Se trataba siempre de una saliva helada o que se volvía helada al contacto con la piel, lo mismo que los orines que me abandonaban y llegaban hasta el suelo.

Poco a poco me iba desvaneciendo. Me aturdía como una niña que se intentara levantar tras una golpiza. Pero, a diferencia de ella, yo no deseaba levantarme, más bien quería hundirme más en la noche fría del aguacero. Cuando empezaba el hormigueo, estaba cerca del final. La sensación primero se apoderaba del cuello y luego de los pechos y los brazos.

La última señal era que los oídos me zumbaban, como a punto de estallarme, y eso solo podía significar una cosa. La mujer que lucía como yo se me aparecía en los momentos menos oportunos. Conversaba conmigo sobre asuntos que no parecían tener ninguna relación unos con otros. O más bien, yo era la que conversaba. Ella sobre todo me oía y cuando deseaba comunicarse conmigo, lo hacía por medio de sus señas de siempre. Llevaba puestas unas prendas de vestir muy parecidas a las mías, pero más viejas. Tenía el cabello largo y enredado, y una mirada que dejaba ver una tristeza profunda. A veces bajaba la cabeza como pidiendo perdón y yo trataba de consolarla, pero ella no aceptaba que la consolara y mucho menos que la quisiera tocar. Antes del fin, se marchaba de la habitación y volvía unos momentos después, esta vez cargando en brazos un bebé cubierto de sangre y arrastrando el largo ombligo que se extendía por el suelo hasta perderse en la habitación de mi tío. Me lo ofrecía con desesperación (a mí, cuya mayor preocupación era morir) y no me quedaba más remedio que aceptarlo.

A veces soñaba que un día entre muchos me armaba de valor para acabar con mi tío. Echaba mano de las estrategias más peregrinas, la emprendía contra él de sorpresa y lo decapitaba o le mutilaba el sexo y se lo empotraba en la boca. Eran imágenes siniestras, pero tan vívidas que a veces me costaba diferenciarlas de la realidad. Luego pensaba mejor y me daba cuenta de que si no tenía siquiera el valor de acabar conmigo misma, sin echar mano de aquellos juegos que estaba destinada para siempre a perder, cómo podría siquiera intentar la menor cosa contra mi tío. Así me daba cuenta de que nada era real y me dejaba perder en las sombras.

Las primeras luces del día me encontraban siempre en el suelo, apretados los dientes hasta rechinar y las uñas plantadas en la cabeza. Lo insultaba todo, hasta que se me acababan las malas palabras. Al levantarme, resignada a llevar a cabo las obligaciones de la casa un día más, me consolaba con que cada día que me volvía a despertar aumentaban las posibilidades de que el día siguiente fuera el bueno.


Sergio Arroyo (Costa Rica, 1976) nació en la ciudad de San José, es filólogo y editor. Sus cuentos han sido publicados en revistas como Pórtico 21 y Káñina y en las antologías El fin del mundo. Relatos apocalípticos (2012) y Antología de microrrelatos (2012) del Premio Joven Creación. Radica en México, donde actualmente prepara su primer volumen de relatos. Gestiona los blogs literarios “Cenizas de Ornitorrinco” y “Literatura oriental”.

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Crímenes narrativos

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