“Apicultura”, por Tamara Romero

Eliana Ralea celebraba su sesenta cumpleaños en su casa de campo, donde vivía en una calma relativa con su madre y la madre de su madre. Abuela, cuando ella...


Eliana Ralea celebraba su sesenta cumpleaños en su casa de campo, donde vivía en una calma relativa con su madre y la madre de su madre. Abuela, cuando ella misma ya había llegado a la vejez, era una palabra que había perdido casi todo su sentido.

En aquella mañana de aniversario Eliana se vistió con su uniforme militar, como en todas las mañanas de sus últimos veinte cumpleaños. Su marido, muerto exactamente el día en que ella cumplió cuarenta, había alcanzado un alto rango en el mando militar. El comandante solía pasar largas temporadas fuera de casa hasta su retirada, pero nunca dejó de llevar su uniforme.

Marcos Ralea nunca podría haber imaginado, tras haber sobrevivido a dieciséis conflictos bélicos, que las abejas que había criado y protegido de toda inclemencia se rebelarían un buen día y se cebarían con su rostro y sus manos. Probablemente agonizó durante más de media hora hasta que Eliana, quien se encontraba preparando su propia tarta de cumpleaños, lo encontró muerto. Desde entonces, Eliana había honrado su memoria vistiendo uniforme militar todo lo a menudo que podía y aprendiendo a cuidar de las abejas del difunto. Había sido incapaz de deshacerse de ellas.

Aquel día en que, como decíamos, Eliana cumplía sesenta años, se había levantado y había recogido su pelo cano en un adusto moño sobre el que ajustó con horquillas una boina militar de color violeta. Perfiló sus labios con carmín dorado y se reunió en el salón con Eleonora, su madre, quien desde hacía un tiempo había decidido no hablar si podía evitarlo. Eliana entendió que su madre prefería comunicarse con silencios y no le había dado más importancia. Había sido ella quien, después de la muerte de Marcos y al instalarse en casa de Eliana para que esta sobrellevara mejor la viudedad, le había enseñado todo lo referente a la apicultura, afición que había compartido con su yerno. Eleonora a su vez trajo a su madre, Elisa, en una cochambrosa silla de ruedas. La instaló en el ático de la casa y las tres mujeres vivieron felices, rodeadas de nada.

—¿Madre? —preguntó a modo de saludo. Acto seguido se cuadró y le dedicó un breve y rígido gesto militar. Eleonora, como todos los días, lo ignoró. Tenía un libro en su regazo, pero apartó la vista de la lectura para dedicarle una intensa mirada a su hija.

—Hoy es un gran día para capturar un nuevo enjambre —le dijo Eliana. Se frotó las manos.

Eliana había observado cómo un enjambre de abejas había anidado en la madera de una de las vallas que rodeaba su finca. Capturarlo era relativamente sencillo. Con poco más que un golpe seco trasvasaría los insectos de la madera a uno de sus paneles de cría.

La casa donde vivían las tres mujeres era grande y destartalada y estaba rodeada de campos dorados donde la vegetación crecía asalvajada. En el enorme salón, además del sillón de terciopelo granate donde la vieja Eleonora se sentaba a leer novelas de misterio, había un toro mecánico que ocupaba casi toda la estancia e impedía la presencia de otros muebles.

El toro mecánico había sido el principal medio de subsistencia de la familia desde hacía dos generaciones. El marido de Eleonora (padre de Eliana) se había ganado la vida en las ferias de la comarca con su toro mecánico durante décadas. Tras su muerte, Eleonora lo había conservado y había conseguido que su hija lo aceptara también en su casa. Cada tarde, Eliana, en ocasiones vestida de militar, subía a lomos del toro e intentaba batir su récord de permanencia, anclando sus huesudas rodillas a los costados del animal hasta que las embestidas del mecanismo la lanzaban sobre la colchoneta.

La hija de Eliana, Elena, era una artista conceptual que se dedicaba al arte grandilocuente (land art, en realidad, pero así era como ella lo llamaba). Algunas veces las visitaba en la casa de campo, pero en los últimos años había empezado a gozar de cierto éxito y a tener a cargo a un buen número de personas, así que sus visitas eran cada vez más espaciadas. Eliana se ponía nerviosa cuando escuchaba a su hija en una de sus fugaces visitas decir que tendría que empezar a pensar algo artístico que hacer con ese toro mecánico o con todos esos panales de abejas.

—Son las abejas de tu padre —decía Eliana.

—Es el toro de tu abuelo —decía Eleonora, de nuevo haciendo una concesión y  rompiendo su perpetuo silencio.

Eliana sabía que en algún momento, cuando el mundo ya no le perteneciera, su hija volvería y se quedaría a vivir con ellas. Allí seguirían siendo casi inmortales, porque el tiempo en la casa se había detenido.

 

*

 

Eliana podía ver el nuevo enjambre, a lo lejos, desde la ventana de la cocina, donde esperaba que se precipitara la erupción de café que necesitaba para activarse. Se había acercado la tarde anterior a la valla y había observado con atención a los insectos. No había conseguido localizar a la abeja reina. Por la noche se lo dijo a Eleonora.

Contra pronóstico, Eleonorá decidió hablar.

—Eso no es posible —dijo su madre—. Un enjambre no puede escindirse de otro sin llevarse a una reina vieja. De todas formas, si quieres capturarlo, deberías hacerlo cuanto antes. Si no será demasiado tarde. Cuando lo tengas echaré un vistazo y te señalaré a la reina.

Eliana asintió por inercia cortés pero sabía perfectamente localizar a la abeja reina en un enjambre. Y allí no había ni rastro de ella.

Tomó el café, se puso los guantes, las botas y la red protectora y salió al exterior. Buscó una nueva cámara de cría en el cobertizo y se acercó a la cerca donde se habían posado las abejas. Las observó con cautela y trató de localizar el ejemplar más grande y lustroso pero, simplemente, no estaba allí. No había posibilidad de duda. En aquel enjambre no había ninguna reina. Tampoco había ningún conato de celda real en la valla. Las abejas no habían empezado a criar a la nueva reina. Eran huérfanas.

Eliana dio dos fuertes golpes a la madera detrás del enjambre y las abejas empezaron a caer en su cámara de cría. Algunas revolotearon a su alrededor como si fueran el aura de un santo.

—Ya os tengo, queridas —les dijo—. Yo cuidaré de vosotras y os buscaré una nueva reina.

Fue algo progresivo pero voraz.

En los tres días posteriores, Eliana vomitó todo lo que ingería. Primero fue el café de la mañana. No le dio demasiada importancia. Sentía una sed que el agua no calmaba. Siguió trabajando en la adecuación de la nueva colmena, ya sin protección. Sabía que aquellas abejas nunca la atacarían.

Prontó encontró, por casualidad, la manera de calmar su sed. La tercera mañana después de la captura Eliana lamió la jalea real que se desprendía de la colmena y chorreaba por sus brazos. Sintió algo parecido al éxtasis. Desde ese momento aquel sería su alimento y las abejas no se separarían de ella. La acompañaban dentro de la casa, cuando se sentaba en el sillón junto a su madre. Cuando salía despedida por las embestidas del toro mecánico. Cuando dormía y formaban una nube que aspiraba sus pesadillas.

El resto de colmenas de la finca quedó vacío. Los insectos enjambraron de nuevo y se marcharon, debido a que no aceptaban los cuidados —y casi ni la presencia— de Eliana. Ella sabía que debería proporcionar a su nueva colmena la reina que seguía sin engendrar, pero cada vez iba acostumbrándose a la compañía de los insectos y al delicioso elixir dorado que se desprendía de las cavidades. Trasladó la cámara de cría a su dormitorio.

Pasaron tres años. Un suave y tupido vello dorado recubría toda la piel de Eliana. Estaba exhausta. Su madre seguía leyendo novelas de misterio en su sillón. Su abuela dormía plácidamente en el piso de arriba, aún sin morir. Aquella mañana en que Eliana cumplía sesenta y tres años y vestía el uniforme militar de su marido, escuchó el motor de una furgoneta apagándose en su propiedad. Salió al porche de su casa, envuelta en insectos.

Era Elena, que había regresado para unírseles. Traía algunos muebles. Se instalaría definitivamente en la casa familiar. Abandonaba el arte. Cuidaría de las abejas. La nueva reina por fin había llegado.


Tamara Romero (España, 1982) es una escritora y editora nacida en Barcelona. Ha publicado en inglés la novela Her Fingers (Eraserhead Press, 2012) y también ha trabajado en producción de deportes para televisión, como responsable de prensa en una editorial, periodista de viajes y editora freelance. Sus relatos han aparecido en obras colectivas como Presencia humana y Visiones 2012. Actualmente trabaja en una antología de relatos y ultima dos novelas en castellano.

 

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