“Veinte pedazos de cabeza”, por Maurice Echeverría

Para mi suegro: que según me cuentan, no fallaba. El hombre limpia el arma con un cierto sentido de inmortalidad. Su paciencia es infinita. Lo que más disfruta, mientras...


Para mi suegro:

que según me cuentan, no fallaba.


El hombre limpia el arma con un cierto sentido de inmortalidad. Su paciencia es infinita.

Lo que más disfruta, mientras realiza esta tarea, es el silencio.

Es exactamente como si el silencio se desprendiera de la tarea de limpiar el rifle.

Y se posesionara de toda la habitación.

En la habitación hay una cama, y nada más.

Sobre la cama, las partes del rifle, ahora desarmado. Una a una, el hombre las toma, las pule, las abrillanta, las lustra, les da mantenimiento, las calibra, se asegura de que funcionan.

Luego, vuelve a ensamblar el rifle, que ahora es un rifle seguro, un amigo.

Y vuelve a desarmarlo.

 

El hombre camina en la calle. Camina con seguridad y una presteza suficientes que sin embargo no llaman la atención.

Está pendiente de todo. Del taxi quieto en la esquina; de la señora hablando por teléfono; del mendigo adosado al muro.

Nadie sospecha: el hombre es un asesino a sueldo.

Cruza la calle, entra al edificio, toma el ascensor.

Sale del ascensor, prefiere, por seguridad, subir a pie los tres pisos restantes que lo separan de la terraza, y cuya puerta está cerrada. No hay problema: tiene la llave (no le costó ningún trabajo conseguirla) y en un segundo está afuera, bajo el sol vaporoso de la mañana. ¿Cuántos soles han arrojado su éxtasis sobre esta terraza?

El hombre se coloca de inmediato en su puesto. Arma con celeridad y precisión el rifle, lo emplaza sobre el bípode. El rifle de poderoso alcance no tiembla, no susurra, no respira.

La mira telescópica le muestra con cuidado la ventana.

Fielmente, todas las mañanas, a la misma hora, la víctima inicia una sesión de entrenamiento: corre en una banda eléctrica.

El hombre, el asesino a sueldo, espera.

La distancia es una quimera para él, cuyo trabajo es matar la distancia.

De ahora en adelante, lo llamaremos el francotirador.

 

Es infalible: el francotirador. Desde chico quiso serlo. De hecho, mató a su primera víctima a los nueve: una niña. La mató con una piedra. Arrojó la piedra, que fue a dar justo en su frente blanca. Estaban en un bosque. Regresó a su casa con una sensación extravagante –pero absolutamente controlada– de poder.

 

Si hay un blanco, entonces la vida tiene sentido.

 

En lugar de la víctima aparece un niño.

Está mirando por la ventana.

Mira hacia abajo, mira hacia arriba, mira a un lado, y después, es curioso, mira el punto cabal en donde se encuentra el francotirador.

Una sensación desagradable baja por la columna vertebral de este. Por supuesto, el francotirador sabe que únicamente se trata de una ilusión: de hecho, es algo que ya le ha sucedido antes.

Parece como si el niño lo observara.

Como si estuviera enterado de su presencia.

Como si lo hubiese reconocido.

Como si lo espiara de vuelta.

Pero es sólo una coincidencia.

 

El francotirador procura no pensar en el niño, y entonces recuerda al gordo, al que liquidó la semana pasada: el marido infiel.

Fue contratado para liquidar a un marido infiel. La señora, muy tranquila, dijo que le pagaría cualquier cosa. El francotirador dio su precio. La señora firmó el cheque. “¿Está segura?”, preguntó el francotirador. “Estoy segura”, dijo ella. “¿Está segura?”, volvió a preguntar el francotirador. “Estoy segura”, repitió ella.

 

Lo vigiló durante una semana, al gordo. La misma rutina, día tras día. Luego del trabajo, el gordo se dirigía siempre a la casa de la amante, y la amante lo recibía voluptuosamente. Estaban juntos una hora. Luego el gordo volvía a su hogar: abrazaba a sus hijos, como si nada.

Los vio fornicar. Ambos se desnudaban, descuartizándose, mordiéndose con prisa, hachazos, garras.

Lo mejor era matarlo mientras hacían el amor. Ningún morbo, no: era más práctico, en realidad, más fácil, por el ángulo. Justo cuando ella soltó un gemido puro y entregado, el francotirador contuvo la respiración. El gordo se desplomó sobre ella, casi ahogándola, y ella entró de inmediato en una crisis histérica, cubierta de su sangre: la sangre aromática, olorosa del gordo.

 

La semana antepasada, un político. El contratante: un diputado del partido de oposición. El francotirador nunca juzgaba las motivaciones de sus clientes, no reconocía bien o mal en la voluntad de estos: tenían el dinero, y eso bastaba.

Lo asesinó cuando estaba en la playa, con su familia. Por la noche.  La brisa salada empujaba unas suaves correntadas alrededor del inmutable rostro del francotirador. Estaba sereno. ¿Cuántas veces había sentido ese mismo efecto de calma, como si mil libros sabios se hubiesen transmutado en venas, músculos, nervios?

Los hijos del político eran pequeños; conjugaban vitalidad y torpeza. La brisa entreabierta empañó el espejo del mar. La esposa del político miraba con beatitud y cansancio a sus críos. El político sostuvo su vaso con ron y hielo y cola. Y de pronto, el viento tenue quedó suspenso y estático en el mismo aire. El perro del político levantó la cabeza. El francotirador manufacturó un orgasmo: un acto demiúrgico: apretó el gatillo. Le hizo saltar los sesos al político. Y todavía mató al perro, un detalle.

 

Hace un mes, le tocó hacer un trabajo más complicado: un carro en movimiento. Pero al francotirador siempre le ha gustado hacer este tipo de trabajos, más complejos.

No usó el bípode, sino su propia mano como apoyo, esta vez. Así lo quiso.

Era sólo cuestión de esperar a que el gran vehículo gris circulara por la calle –oscurecida por el verano brillante– y luego calcular y no fallar, nunca fallar.

Y sin embargo falló. Pero luego aconteció un milagro: el milagro de los francotiradores. El primer tiro pasó muy cerca de la oreja del blanco, quien giró bruscamente su automóvil, y en todo ese movimiento errático, se ubicó una vez más –el azar es grandioso– en la mira del francotirador, quién volvió a disparar, y esta vez la bala, riendo a carcajadas, le traspasó el pecho blanco.

El carro delegó su cuerpo al caos. Las llantas esgrimieron su chirrido como el eco de una virgen desolada. El vidrio se transformó en el acto en un rompecabezas minucioso. El francotirador no pudo conservar su habitual sangre fría: esta vez, lo inundó una emoción intensa: estaba conmovido. “¡Le di, le di!”, se decía a sí mismo, sin poder creérselo.

 

Y ahora está sobre la terraza de otro edificio, esperando a su nueva víctima. Pero no es la víctima quien se ha asomado a la ventana, sino un niño (¿hijo, acaso?, ¿sobrino, tal vez?), y el francotirador ha sentido de nuevo la desagradable sensación de que el niño lo está viendo y está enterado de su presencia, y tal desagradable sensación le desordena la respiración, lo hace sudar. No le gusta para nada esto.

Pasan las horas, y la víctima nunca se presenta: el niño continúa al lado de la ventana.

El francotirador decide partir, volver al día siguiente.

Por la noche, limpia una vez más el arma, con cierto fastidio esta vez, delegando a sus gestos un frenesí, una violencia.

Después, duerme.

Una pesadilla lo sobrecoge: en harapos, camina en la calle, todos ríen, lo señalan, cae, alguien lo recoge: el niño.

Al despertar, la mano le tiembla un poco.

Regresa a la terraza: la calle, el edificio, el ascensor… ¿Cuántos soles han arrojado su éxtasis sobre esta terraza?

Nadie. No hay nadie en la ventana.

El francotirador retira el ojo de la mira un segundo, para acomodarse el rifle, y cuando vuelve a poner el ojo en la mira, allí está –el niño.

¿Qué es esto?

Otra vez las horas, y el niño continúa allí.

El sol entero enfoca todo su calor en la boina del francotirador, cuya cabeza está caliente, caliente. Gotas enternecidas de sudor le bajan por el rostro.

 

Al día siguiente, lo mismo. El niño en la ventana, pero además, como si nada, está saludando con la mano. El francotirador es absorbido por un terror casi sobrenatural, como si mil serpientes estuviesen bailando de pronto en el interior de su cuerpo, intercaladas, un conglomerado de escalofríos bajo el sol chirriante.

Es cuando el francotirador, ya desquiciado, decide olvidarse de la víctima y matar directamente al niño, que lo está volviendo loco. Aunque no se nota por las gafas, en la mirada del francotirador hay un conato de desesperación. La mira apunta directo al cuerpo del niño. El niño cae. El francotirador celebra, exclama nerviosamente. Desarma el rifle; ya ni siquiera le interesa cumplir con el trabajo original, matar a la víctima. Le explicará al contratante que las cosas no han salido bien. O matará al contratante. Qué importa. 

Lo cómico del caso es que, al día siguiente, nada aparece en los periódicos. Ni en la televisión. Ni en la radio. En ningún lado.

El francotirador vuelve a la terraza, consternado, contra todas sus habituales precauciones. Quiere saber qué ha pasado. La duda lo está comiendo por dentro. 

Extrae los binoculares, y con estos observa la ventana. ¡El niño! ¡Allí! ¡Otra vez! ¡Junto a la ventana! ¡Saludando! 

¡Esta vez no fallará! El francotirador coloca el visor de punto rojo en el rifle, y el punto rojo sobre la frente del niño. El niño sonríe. El niño sigue sonriendo. La cabeza del niño explota: veinte pedazos de cabeza.

El francotirador no está satisfecho. No está tranquilo. Loco, baja por el ascensor, cruza la calle, ingresa al otro edificio, se precipita hacia el ascensor, corre al departamento, abre la puerta de una patada, revisa uno a uno todos los cuartos. Llega, por fin, al cuarto de la ventana.

En efecto: el cuerpo del niño no está. ¡Qué situación más absurda! El francotirador se acerca a la ventana, mecánicamente. Mira lo que hay del otro lado. Uno, dos, cinco minutos guarda silencio. Hasta que adivina. Como hipnotizado, levanta la mano, saluda. Es cuando un punto rojo se dibuja en su frente. El francotirador sabe, acepta lo que está sucediendo. Cae derribado por el impacto cabal, justo, estricto, metódico, puntual, del proyectil.


Maurice Echeverría (Guatemala, 1976) ha publicado los libros de cuentos Sala de espera (2001) y Por lo menos (2013), así como los poemarios Encierro y divagación en tres espacios y un anexo (2001) y Los falsos millonarios (2010). Es también autor de la nouvelle Labios (2003) y la novela Diccionario Esotérico (2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Desde el 2002 mantiene la columna “Buscando a Syd”, en el diario El Periódico.

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Crímenes narrativos

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