Memorias de Tatiana Goransky

¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara...


¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara en un hacedor de palabras y vividor de certámenes literarios? En este espacio son los propios autores quienes rememoran y nos cuentan acerca del momento en que la literatura irrumpió en sus vidas sin pedirles permiso.


Escribir no fue mi primera elección. Mucho antes de que sucediera la escritura quería ser la actriz más joven en ganar un premio Oscar. Pero, pasada la edad de 10 años (momento en el cual Tatum O’Neal había recibido su galardón a la mejor actriz de reparto), me quedé sin ambición. Desde el día posterior a mi décimo aniversario ya no sabía qué responder a la tediosa pregunta de “¿qué querés ser cuando seas grande?”. A salvarme vino mi abuelo paterno, Saúl Goransky.

Mi abuelo no sólo contaba los cuentos más atrapantes, salidos de su imaginación sanjuanina rusa, sino que me enviaba a Buenos Aires enormes encomiendas con las que ensayábamos profesiones posibles. Así, un día aparecía un piano vertical, traído por un camión desde no sé dónde para que lo utilizara sólo su pequeña concertista. Meses después, un atuendo completo de jocketa con fusta y todo (una pena que el caballo estuviera radicado en San Juan). Medio año más tarde una enorme caja de acrílicos y telas para su pintora. Con el tiempo seguían escuchándose timbrazos en los momentos más inesperados, con sorpresas que me dejaban atónita por su magnificencia, pero sobre todo por su heterogeneidad.

Sin embargo, en medio de todo esto, me veo obligada a revelar que tenía, como debe tener toda niña de diez años, un plan B: desde los cinco estudiaba, tres veces por semana, danza clásica. Y no sólo para enriquecer mis habilidades como futura actriz… sino porque me encantaba. El ritual de la tarde de vestirse de rosa y negro, de armar ese rodete perfecto con redecilla, de elongar en un silencio casi trascendental, de pasarse horas en la barra del estudio de mi profesora Polly, y después mil horas más en la barra y espejo de mi propio cuarto. El baile también era un mundo posible. Cada ballet era la narración de un cuento lleno de personajes, en el cual a veces era protagonista, y otras tantas tan sólo me quedaba en el fondo, prestando atención a la estructura general de la historia.

Entonces, gracias a mi abuelo, al ballet y a una constante lectura desde chica (toda futura actriz se ve enriquecida por los cuentos de noche leídos por su padre o por la lectura compulsiva de volúmenes de aventura, romance, y “gente grande”) llegó mi debut como escritora: tomar las canciones que escuchaba en la radio y cambiarles la letra.

Sí, primero fui una falsa letrista. Después una semi poeta, con un abultado cuaderno que fue robado en una plaza mientras besaba distraída a un chico al que hoy ya no recuerdo. Y al final me senté a escribir mi primera novela. Para ella utilicé máquina de escribir y papel de un negocio de ropa infantil, Hendy. La historia arrancaba en Suiza y retrataba la vida de una pareja gay. Todavía hoy me apena no haber terminado ese extrañísimo relato lleno de enredos y escenarios exóticos. Seguramente hoy sería un buen exponente de un culebrón europeo. Para ese entonces, ya tenía doce años. 

Un año después leí Más que humano, de Theodore Sturgeon, seguido de cerca por El manantial, de Ayn Rand. A partir de ahí pude entender cómo de bailar el Cascanueces o Coppelia, ver los sábados por la tarde las películas de Fred Astaire y Ginger Rogers, recibir los paquetes de mi abuelo, escuchar Alicia en el País de las Maravillas narrada por mi padre y leer compulsivamente, a veces, un libro por día, podía llegar a aparecer una ¿escritora? Ese mismo año dejé la danza. Seamos realistas, mi cuerpo no había nacido para ser el de una bailarina clásica. Además, ese nivel de disciplina ya empezaba a pelearse con la rebelde adolescente que al parecer fui. (Aunque no sé si estoy de acuerdo del todo con las fuentes).

Sin embargo, fue recién en el secundario, obligada a escribir una “Composición acerca de x” (produje un texto sobre la desolación de Bryan Harold May ante la muerte de su compañero Freddie Mercury) que al fin pude disfrutar del acto completo de la narración. ¿Será que llorando en papel por el cantante de Queen quedaron sentadas las bases de mi escritura?

Releo este texto y sonrío. Nunca fui de esas personas que desean hacer sólo una cosa por el resto de su vida. De hecho, muchas veces fui prevenida con el famoso dicho: “el que mucho abarca, poco aprieta”. Ahora, que de forma desigual, aunque no por eso menos placentera, sigo escribiendo, bailando y hasta canto, me pregunto cómo se sentirá el que “poco abarca y mucho aprieta”….y no lo envidio para nada… no me gustaría asfixiar a nadie.


Tatiana Goransky (Argentina, 1977) es escritora y cantante de jazz. Durante los últimos años ha escrito la columna Séxodo, que se difunde en varios medios de Internet y gráficos, y colaborado con diversas revistas. Es también autora de las novelas Lulúpe María T (2005), ¿Quién mató a la Cantante de Jazz? (2008; reeditada en 2013 por Sub Urbano Ediciones) y Don del agua (2010). Junto a Salvador Luis colaboró en la antología de cuentos pornotemáticos La condición pornográfica (2011). Trabaja además como ghost writer, redactando biografías de figuras públicas y privadas (www.losbiografos.com), y canta junto a sus dos bandas de jazz: Kingteto y Del Sur Quinteto. Su más reciente novela: Ball Boy, tragedia en polvo de ladrillo será editada en septiembre de este año por El Octavo Loco y Milena Caserola Ediciones, dentro del marco de La Exposición de la Actual Narrativa Rioplatense.

Foto: Alejandro Kaminetzky

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