“Las tortas de la señora Griselda”, por María Fernanda Ampuero

La señora Griselda hacía unas tortas fantásticas. Tenía unas carpetas con fotos de las tortas más preciosas del universo. Ese y no el vestido nuevo. Ese y no los...


La señora Griselda hacía unas tortas fantásticas.

Tenía unas carpetas con fotos de las tortas más preciosas del universo. Ese y no el vestido nuevo. Ese y no los regalos envueltos en colores. Ese y no la comida favorita era el momento feliz del cumpleaños: elegirla y pensar en la cara que pondrían los picados de los compañeros al ver lo internacionalmente bacán que era nuestra torta.

Es que las tortas de la señora Griselda no eran redondas como las de todo el mundo. Tenían formas. De Mickey Mouse, de casa de muñecas, de carro de bomberos, de Winnie the Pooh, de Las Tortugas Ninja…

Las tortas de la señora Griselda tampoco eran blancas con chicles de colores como las que hacía mi mami o de caramelo o de chocolate como las que se ven en todo cumpleaños. No. Si era un taxi, la torta era amarillo taxi; si era una patrulla de policía, tenía hasta las lucecitas rojas de la sirena; si era una pelota de fútbol, blanca con negro, y si era la Cenicienta, de todos los colores de la Cenicienta incluido el pelo rubio, los zapatitos mágicos y los ratoncitos cafés.

La señora Griselda hacía unas tortas inolvidables. A mi ñaño le hizo la de la Primera Comunión en forma de Biblia abierta y en las páginas de azúcar escribió con letritas doradas: “nada más perfecto que el Amor, el Amor lo perdona todo, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta”. La gente no paraba de preguntarle a mi mami de dónde había sacado esa torta tan espectacular y le tomaba fotos en lugar de a mi ñaño. O sea, a mi ñaño sí, pero con la torta. Mi mami se lo contó a la señora Griselda. Ella se puso roja, parecía feliz.  

Cuando se acercaba la fecha, los cumpleañeros del barrio, con una emoción gigantesca en el estómago, íbamos a donde la señora Griselda después de haber presionado a nuestras madres todos los días. Por fin llegaba el momento en el que nos daba los álbumes y muy ceremoniosamente nos decía: “elige la que quieras. Tómate tu tiempo”. Le brillaban los ojos mientras esperaba que señaláramos con el dedo: “Esta”.

Empezábamos a pasar las páginas. La elección, ese momento terrible. Y los hermanos siempre metiéndose, interrumpiendo: “mami, yo quiero esta para mi próximo cumpleaños”, “mami, que me haga una torta a mí también”. Había debates. Un año, como no nos pusimos de acuerdo, hubo una de R2D2 y otra de la Strawberry en mi fiesta.

Mi mami, mientras decidíamos, le preguntaba a la señora Griselda por su salud, por Griseldita, por las plantas. Pero por el marido no. El marido, decían, se había ido con otra señora. O que un día se fue a trabajar y nunca volvió. O que estaba preso. O que le pegaba unas palizas que la dejaban en cama durante días y que ella lo amenazó con la policía. O que la había botado a ella y a su hija de la casa y que habían tenido que venirse a esta. Esa casa yo la conocía muy bien porque ahí vivía Wendy Martillo hasta que se fue porque los papás se iban a divorciar.

Aunque era la misma, qué distinta se veía la casa de la señora Griselda de la de Wendy Martillo. A lo mejor eran los muebles muy grandes y muy oscuros para una sala tan pequeñita, a lo mejor esas cortinotas que siempre estaban cerradas. La casa de la señora Griselda olía a guardado, a viejo, a polvo. Pero nada de eso importaba porque era cuestión de abrir la carpeta y todo se llenaba de colores, de personajes de Disney, de canchas de fútbol con césped de azúcar verde, arcos de caramelo y jugadores de galleta; de cofres del tesoro rellenos de monedas de chocolate; de corazones, de osos, de botitas de bebé, de Barbies, del Hombre Araña y de todo cuanto pudiéramos soñar ver en una torta.

La señora Griselda no vivía de eso, en realidad cobraba poco porque en el barrio todo el mundo estaba mal de plata. La hija, Griseldita, era la que las mantenía. Parece que tenía con qué. Había cambiado de carro dos veces y siempre estrenaba ropa nueva. A la señora Martha, la de enfrente, que traía mercadería de Panamá, le compraba maletas enteras y fue esa misma señora la que corrió el rumor de que Griseldita andaba en malos pasos. Así decía “malos pasos”. Griseldita era rubia, muy blanca y andaba siempre con unos tacos que la hacían ver altísima. Muchas veces llegaba haciendo un escándalo de frenos, llaves y taconeos a las cuatro de la madrugada. Lo que no hacía ninguna mujer del barrio lo hacía Griseldita.

Un día fuimos a elegir la torta para mi cumpleaños número 11 y nada más entrar, mi mami, que iba delante, me mandó de regreso a la casa. Pude ver algo. La señora Griselda estaba tirada en el suelo, la bata levantada, se le veía el calzón y parecía muerta. Yo grité. Mi mami me mandó furiosa a la casa y después de un ratito vi cruzar la calle corriendo a la señora Martha, a la señora Diana y a la señora Alicita. Después ya salió toda la manzana a la vereda. A gritos llamaban a don Baque, el guardián, para que viniera a ayudar. Nosotros empezamos a asomarnos a pesar de los gritos de nuestras madres.

Parece que alguien llamó a Griseldita porque apareció al rato más brava que asustada a espantar a las señoras que rodeaban a su mamá. Daba alaridos de loca. Que se largaran viejas metiches, que no pasaba nada viejas de mierda, que métanse en su vida viejas putas, que acaso no tienen casa viejas cotorras. La señora Martha se quedó en la vereda  murmurando: “buena está la pendejada, ella decirnos putas a nosotras. Encima que le ayudamos a la madre…”.

Mi mami fue la primera en venirse a la casa porque no le gustaba el bochinche. Decía “a mí el bochinche no me gusta”. Tenía sangre en las manos y nosotros nos asustamos y empezamos a llorar. “La señora Griselda se cayó, no pasa nada, está bien, se resbaló nomás porque estaba recién trapeado”. Después la oí hablando con las otras. La señora Griselda olía a alcohol, contaba mi mami, se había caído y se había roto la frente. Que estaba vomitada, susurraba mi mami, y sucia. Las otras contestaban que lo del golpe podía haber sido la hija, que le daba el vivo palo. Decían “vivo palo”. Mi mami no creía. Que no. Las otras que sí, que sí. Y que las dos le daban a la botella duro y feo. Decían “le dan a la botella duro y feo”. Que si venía borracha le pegaba. Que si la encontraba borracha le pegaba. Que si estaba sobria le pegaba. Y que eso todos los días.

Ese año de mis 11 no tuve la torta. Mi mami no quiso encargársela a la señora Griselda después de eso, así que comimos un triste bizcocho cubierto con merengue blanco, chicles Agogó y el número 11 de vela. Mi mami me prometió que al año siguiente iba a tener la torta más espectacular del mundo y yo empecé a imaginarme una Barbie altísima y rubiesísima con corona y un vestido de princesa rosado con filos plateados todo hecho con capas de torta y manjar en medio. La señora Griselda me prepararía la Barbie-torta más preciosa del mundo. Ya me la imaginaba, tan perfecta, en el centro de la mesa. Mis compañeras se iban a morir. Plaf, plaf, plaf. Una tras otra como cucarachas con baigón.

Esa Navidad hacía un calor brutal y medio barrio estaba en la vereda cuando sonó el disparo. Bum. Como un trueno. Volaron los murciélagos con su chillido espantoso. Los perros empezaron a ladrar. Todo el mundo se instaló alrededor de la casa de la señora Griselda, pero nadie se atrevió a acercarse.

Unos policías la sacaron envuelta en una sábana blanca que se iba empapando de sangre más y más, como si la mancha creciera.

“¿Qué hizo doña Griseldita?”, lloraba mi mami. “¿Qué locura hizo doña Griseldita?”, lloraba la señora Martha. Y nos tapaban los ojos y nos mandaban para la casa, pero ninguno obedecía. Las luces del carro de policía daban vueltas y vueltas. Todo era rojo. A lo lejos alguien reventaba camaretas. La mancha creciendo, creciendo, creciendo y una mano escapando de la sábana. Nada más una mano, como diciendo chao, ahí se quedan.      

A los pocos días la hija se fue del barrio. No la volvimos a ver.

Mis siguientes cumpleaños tuvieron una torta de mierda, pero a mí ya eso no me importaba nada.

 

De la antología de cuentos Todos los juguetes (Dinediciones, 2011)


María Fernanda Ampuero (Ecuador, 1976) forma parte de la nueva generación de escritores de no ficción latinoamericanos y ha sido traducida al italiano, inglés y portugués. Colabora con Internazionale (Italia), Samuel (Brasil), Quimera (España), Gatopardo (México), SoHo (Colombia/Ecuador) y Mundo Diners (Ecuador). Ha publicado los libros Lo que aprendí en la peluquería (2011) y Permiso de residencia (2013). Integra las antologías de cuento Ómnibus (Madrid, 2013) Todos los juguetes (Quito, 2011), Historias de hospital (Córdoba, 2011) y Dios mío (Madrid, 2011). En 2012 fue seleccionada como uno de los 100 latinos más influyentes de España, país en el que vive desde el año 2005. 

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Crímenes narrativos

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