“Austin, Texas 1979”, por Francisco Ángeles

Y entonces decido que a partir de ese momento iba a quedarme definitivamente callado. Es cierto que no me había interesado simular que iba por la vida de buen...


Y entonces decido que a partir de ese momento iba a quedarme definitivamente callado. Es cierto que no me había interesado simular que iba por la vida de buen ánimo, y que tampoco había puesto demasiado empeño en despertar simpatía en la gente que se cruzaba en mi camino. Así los veía: como gente que se cruzaba en mi camino. Prefería andar todo el tiempo solo, y sentía la presencia de los otros como una invasión, y buen tiempo había pasado desde que renuncié a la absurda formalidad de resultar agradable. Y entonces prefería la oscuridad nocturna y su posibilidad de manifestar abiertamente los instintos. Me gustaba, en esos casos, cruzarme yo en el camino de otros, interceptarlos cuando estaban con la guardia baja. Aprovechaba la oscuridad nocturna, sacaba ventaja de que la gente andaba fuera de sí, tan estimulada como vulnerable por sustancias que circulaban anónimas, de mano en mano, en los troncos de los árboles, en los baños de los bares, en sillones confortables de casas con música encendida. La gente perdida, aturdida, encerrada en su alegría artificial, y entonces aparecía yo, ahora sí sonriente, ahora sí de buen ánimo, aparentemente tranquilo, aparentemente inofensivo, para caerles de improviso y descolocar un poco sus fantasías. Y entonces las noches terminaban mal, siempre terminaban mal para ellos, sus secretos revelados a sí mismos, desplomada la precariedad de sus sueños, la infelicidad y los temores convertidos de pronto en un enemigo al que ya podían seguir dándole la espalda.

Así había andado por un tiempo, como mencioné al iniciar este relato, desde que me separé de quien ahora es mi ex mujer. Pero después de unos meses de cortas y sucesivas relaciones, de varios meses de relaciones dañinas, raras, violentas, relaciones que exprimían mi propia cuota de irracionalidad, pero sobre todo la de ellas, la de las mujeres que se cruzaban en mi camino, después de unos meses, decía, sentí que me había quedado vacío. Desgarrado por dentro, sin nada más que ofrecer. De pronto era como si algún límite en mi interior hubiera sido  rebasado, un núcleo mínimo de estabilidad necesario para sobrevivir se hubiese desplomado, y desde entonces me costaba ejecutar incluso los movimientos más ínfimos y necesarios para sobrevivir.

Había conseguido un trabajo por Internet, una revista de libros que se hacía en Nueva York, en una oficina de Park Avenue que nunca llegué a conocer. Revisaba artículos aburridos a los que tenía que afinarle el estilo, y eso me permitía ejecutar lo que me daba cuenta se estaba convirtiendo en mi única necesidad real: pasarme la vida encerrado en casa. No ver a nadie, no hablar con nadie. Desaparecer completamente, sin más rastro que los emails que en Park Avenue recibían de mí, con los artículos mejorados, como si los recibieran de una máquina programada para cumplir diariamente con el objetivo que la justifica, una máquina a la que hay que depositarle una cantidad ínfima al mes para que siga funcionando, y no de un ser humano encerrado entre las paredes sucias de su habitación, sin más ánimo que el necesario para seguir respirando. Trabajaba en los artículos por las noches, muy tarde, a partir de las once o doce, y tres o cuatro o cinco horas después abría mi email, cargaba los archivos del día, apretaba el botón de enviar y me iba a dormir, sin satisfacción, sin orgullo. A veces pensaba que podía morirme ahí en mi cama, y que podría pasar mucho tiempo antes de que alguien llegara a enterarse. La certeza me estremecía con una mezcla de miedo y soberbia. Me quedaba largo rato pensando en esa posibilidad, en mi muerte solitaria, inadvertida acaso por varias semanas incluso por mis familiares más cercanos, y me quedaba dormido en posición fetal, abrazado a mi propio cuerpo, como si aún me quedara un vestigio de cariño no por mí mismo, que finalmente era ente desconocido, identidad esquiva, construcción artificial, sino por la menos cuestionable materialidad de mi cuerpo enflaquecido. Y al despertarme podían ser las once de la mañana o las tres de la tarde. A veces, como por reacción natural, como un animal revoloteando los rincones, espiaba el refrigerador buscando alimentos. Pero no encontraba nada, nunca encontraba nada, y entonces, sin ganas de salir a almorzar, sin ganas de sentarme en una mesa pública como si alimentarse fuera un espectáculo, iba al supermercado y sacaba un paquete de galletas, una barra de chocolate, una botella de jugo de naranja. Comencé a bajar de peso. Cinco kilos menos, diez kilos menos. No me sentía mal, quiero decir que no sentía que andaba realmente deprimido. Pero sabía que, visto desde afuera, visto con algo de lo que se suele llamar objetividad, algo debía andar mal con mi forma de vida. Y fue entonces que me puse a buscar un psiquiatra. Y entonces lo encontré, y empezamos a reunirnos, y en eso estuvimos durante dos o tres meses, dos veces por semana, martes y jueves, unas veinte sesiones, mil seiscientos dólares en total, sin resultados aparentes además de cierta tranquilidad, cierta satisfacción por ir a verlo, como si no se tratara ya de una curación sino más bien de algo semejante a la visita a un prostíbulo: un placer temporal que se paga con gusto, un acto momentáneo que se disfruta, pero que no se espera que rinda frutos más adelante. Hablaba y hablaba, y escuchaba sus apuntes inteligentes, y después como siempre volvía a mi rutina, y así hasta la mañana en que la hija apareció.

Y por eso ahora estoy de pie frente a ella, en la sala de su departamento, confundido por su relato. Pero al mismo tiempo siento que lo necesito, siento que me resulta indispensable oírla para entender qué me ha llevado a esta situación. Pero sus palabras parecen oídas bajo el agua, distorsionadas, difíciles de captar, como si el sentido fuera una característica física, medible, más allá de mi alcance. La escucho, entonces, atento y confundido por igual, sin reaccionar exteriormente a su relato. No tengo ganas de decir nada, me siento demasiado cansado, solo quiero irme a dormir. Y así se lo digo. Le digo que quiero tomar una siesta, y entonces ella, como si esa extraña petición también estuviera prevista, como si supiera de antemano que su padre me había recetado unas pastillas y que esas pastillas han borrado mi apetito sexual, que lo han desterrado a tal punto que puedo estar en el departamento de una desconocida, una desconocida que en otras circunstancias resultaría incluso apetecible, y solo tengo ganas de dormir, y entonces ella, decía, me dijo que no había problema y de inmediato, como bien entrenada para atender mi solicitud, me lleva a una habitación, no la suya, sino otra, más pequeña, que tiene un televisor, una cama bien arreglada, unos cuantos libros en la mesa de noche. La chica trae, no sé de dónde, una camiseta blanca, sin estampado, y un pantalón azul de algodón, y me dice que me cambie, que con esa ropa voy a estar más cómodo para dormir. Procedo tal como me indica, y después me tiendo en la cama, estiro las frazadas y me cubro el cuerpo hasta el cuello para protegerme de un frío que solo ahora empieza a incomodarme. Y mientras tanto veo a la chica que, con movimientos de enfermera, con esa mezcla de confianza y distancia que solo las enfermeras pueden tener con la intimidad de otra persona, con esa gélida dedicación, cierra las cortinas, deja el cuarto en una penumbra razonable para dormir, y sin decir una palabra más cierra la puerta tras de sí y desaparece. De inmediato siento una quieta alegría, una alegría más corporal que emotiva, una especie de distensión general en los músculos del cuerpo. Cierro entonces los ojos, y me concentro en la plácida sensación de estar en una cama desconocida pero acogedora, amplia, tibia, un buen lugar para pasar el tiempo, un buen lugar para concentrarse en las vibraciones placenteras del cuerpo distendido y olvidarse de todo lo demás. Y así anduve dormitando un buen rato, la mente puesta a volar, sin ataduras, y así hasta que más tarde, una hora o más, mientras flotaba en ese estado indefinible entre sueño y vigilia, siento claramente que la chica abre la puerta de la habitación, y se acerca, sigilosa, al borde la cama. En silencio, con cautela, menos por temor a ser descubierta que por la certeza de que debe actuar sin prisa, sin violencia, sin excesivos arrebatos, retira muy despacio las frazadas con que me cubro el cuerpo. Las desliza suavemente hacia abajo, y después, ayudada por mi propio alzar de caderas, movimiento que realizo tranquilo, como quien obedece una orden, hace lo mismo con el pantalón de dormir que un rato antes me ha colocado. Con los ojos cerrados, dejándome hacer, siento que mi pene se introduce suavemente en la boca de la chica. Lo mete despacio, los labios húmedos abiertos para dejarlo pasar, un movimiento suave y placentero que me arranca un involuntario ruido de satisfacción del pecho. Adormecido, como en un sueño, estremecido por el suave contacto, sin ser plenamente consciente de lo que está sucediendo, poco después empiezo a escuchar mi propia voz, mi propia voz que a gritos anuncia una reacción del cuerpo a algo extremadamente satisfactorio a lo que está siendo sometido.

 

Fragmento de la novela Austin, Texas 1979 (Animal de Invierno, 2014)


 

Francisco Ángeles pasó por la carrera de Economía en la Universidad del Pacífico y por Letras en la Universidad Católica de Lima antes de estudiar Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Es autor de las novelas La línea en medio del cielo (2008) y Austin, Texas 1979 (2014). Actualmente cursa un doctorado en la Universidad de Pennsylvania y es codirector de la revista de literatura El Hablador.

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Crímenes narrativos

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