“Casa museo”, por Aldo Medinaceli

Llegamos cansados a Ámsterdam. El tren se detuvo sin ninguna explicación. Las casas parecían vacías. No pude ver la hora. Afuera estaban muchas bicicletas aparcadas. Sentía frío. Salimos sin...


Llegamos cansados a Ámsterdam. El tren se detuvo sin ninguna explicación. Las casas parecían vacías. No pude ver la hora. Afuera estaban muchas bicicletas aparcadas. Sentía frío. Salimos sin hablar a nadie. Dapperplein estaba a media hora caminando. Los ciclistas llevaban botellas de vino, ropa colorida. El sol se había ocultado. No tenía ganas de conversar. Nos esperaban hace una hora. Metí la mano en el abrigo y saqué el papel. Leí otra vez: Dapperplein número 14. Caminamos por la orilla de los canales, esquivando ciclistas ebrios y viendo zarpar embarcaciones. La luz era densa. Llegamos a una calle sin nombre.

No dijimos nada. Johana y yo estábamos perdidos en esa ciudad fría, libre, respirando el aire sin olor a gasolina, hasta que nos topamos de frente con el edificio, era una construcción de cuatro pisos, se oía hablar en varios idiomas adentro. En las puertas se extendían varios pares de zapatos. ¿Vivían allí seis, siete, nueve personas? Zapatos de niños, zapatos de adulto, zapatos de mujer.

Subimos al departamento, la puerta estaba abierta.

Llegaron los viajeros, dijo Jan.

Nos esperaba sentado. Oía ópera. Nos vio y extendió una mano. No sonreímos. El frío nos impedía hablar. Adentro el aire estaba caliente. Jan estaba con un amigo, reía todo el tiempo. Las tapas de discos sobre el piso me distraían. Jan esperaba que ella llegara sola, le avisamos poco antes. Había partituras dispersas sobre el suelo. No supimos entender la situación. Allí estábamos, personas de varios rincones del mundo. El silencio era incómodo. Jan dijo que su amigo hablaba muy bien el neerlandés.

Yo estaba cansado, me dolían las pantorrillas y se me revolvían las tripas. Bebimos mucho vino, cada uno intentó sacar a luz sus conocimientos sobre ópera. Johana no paraba de hablar, estaba nerviosa. Jan sacó varios cigarrillos, su amigo no paraba de reír.

¿Les agrada la ópera?, nos preguntó Jan.

Ninguno sabía demasiado. Jan era el especialista. Mencioné algo de ópera andina, Villalpando, la escala de cinco notas. Esperaron que desarrollara más. Bostecé. Johana dijo que los niños de Sudamérica no oían ópera. Jan soltó una carcajada. Vaciamos otra botella. Ella salió un momento, hablaron con Jan, él deseaba verla sola.

Habíamos viajado juntos porque yo estaba aburrido en Barcelona. Sólo hicimos el amor tres veces.

Jan regresó y me indicó dónde estaba el sofá, dónde podía dejar mis cosas. Su amigo se marchó y ella se quedó sentada a mi lado. ¿Iba en verdad a quedarse a dormir conmigo cuando se notaba la rabia de Jan, su desconsuelo?

Voy al baño, dije y me fui para dejarlos solos un rato.

Me lavé los dientes y me mojé la cara. Escuché el ruido que hacían las tuberías, observé los objetos. Tenía sueño, regresé tosiendo. Jan ya no estaba. Johana me abrazó, me señaló el sofá.

Te ves cansado, me dijo. Se acercó, me dio un beso. También la besé.

 

Al día siguiente despertamos con energía. Tenía ganas de caminar. Era fin de semana, en la ciudad había ferias de verduras y pescados. Algo rural, tranquilo, se movía en el aire, era como si todo ocurriera bajo el agua. Caminamos por dos horas, tal vez en círculos, sin dirección, respirando el aire frío. Johana tomaba fotografías, estaba feliz. No le había visto esa expresión desde que nos conocimos en el acuario. Fuimos por la orilla de los canales, sobre algunas casas flotantes, sintiendo el aire húmedo de invierno. Ella no paraba de hablar, me dijo que había conocido a Jan hace tres años en un viaje, que era músico y también crítico de ópera. Se habían enamorado, pero nada más, me dijo. Me sorprendía que me contara las cosas de ese modo. Habíamos cogido anoche y salimos varias veces en Barcelona. Allí me dijo que quería conocer el Mercado de las Flores, así decidimos el viaje.

Una anciana nos indicó por dónde debíamos ir. Seguimos caminando. Las personas sonreían. Creo que no le agradecimos a la anciana. Ámsterdam parecía un sitio tranquilo, era sábado.

¿No se molestó que llegaras conmigo?, le pregunté mientras caminábamos.

No te preocupes, me dijo. Jan es así. Tiene ilusiones y todo. Pero sabe que lo nuestro fue pasajero. Así son las cosas.

Así eran las cosas, pero para mí no era tan claro. Vimos aparecer el Mercado de las Flores y encontramos a todos los turistas juntos. Qué manera de sonreír. Fuimos hasta el final, regresamos, una y otra vez. Johana quería comprar semillas de begonias, preguntó si servían para el clima de Bogotá. Me perdí en un pasillo con flores muy altas, caminaba entre anémonas, azucenas, girasoles. Los colores eran brillantes. Veía pétalos enormes, docenas de flores desconocidas, caminaba viendo las formas de sus hojas. Las flores no tenían aroma o tal vez yo estaba demasiado distraído. La encontré recibiendo los billetes de cambio en uno de los puestos. Había comprado varias bolsas plásticas, transparentes, con semillas dentro.

Dónde andabas metido, me preguntó, luego nos alejamos. ¿Sabes? Creo que Jan quiere hacerse amigo tuyo, me dijo mientras se despedía de otro vendedor.

Las mujeres iban y venían comprando flores. Salimos hablando de Jan. ¿Mi amigo? Johana caminaba mirando las flechas que conducían a los museos. No podíamos ser amigos. Hubiera entendido que me quisiera fuera de su casa, pero no ser mi amigo.

Todavía quiere estar contigo, le dije mirando un puente que se levantaba.

Estás loco, Jan y yo somos como hermanos, dijo ella convencida. Lo que pasa es que nos tenemos un cariño especial.

Ahora caminábamos por un túnel. Salimos a un pequeño puerto. En una calle preguntamos dónde estaba Dapperplein. Otra vez marcábamos círculos. Nos dijeron que debíamos salir de aquella ruta y emprender hacia el sur. Los museos estaban llenos, las filas eran largas. Vi algunos letreros que decían Museum of Torture. Johana me preguntó si quería conocer algún sitio en particular. Las calles están bien, pensé. Los museos son todos iguales, no se puede hablar allí. Le dije que prefería alejarme del centro de la ciudad.

No puede ser que no te guste la pintura, me dijo sorprendida, ¿Rembrandt? ¿Vermeer? ¿Van Gogh?

Me gustaría ir a su casa, dije.

¿A la casa de quién?

A la casa de Jan, respondí. Quiero conversar con él. Luego, a la tarde, le dije, vamos a algún sitio.

Parecía desilusionada. Regresamos en silencio. El aire era helado, a momentos caían gotas. El cielo se iba oscureciendo, era de día, igual el cielo se apagaba. Los rostros de las personas se llenaban de sombras. Quería quedarme viendo esos ojos, los movimientos. Sólo quedarse mirando, pensé. Ella guardó su cámara de fotos, luego se agarró de mi brazo. La luz estaba muy diferente, opaca. Todas las fotos saldrán oscuras, me dije. Llegamos a la casa, encontramos la puerta abierta. Jan había salido.

A veces extraño a mi familia, me dijo Johana.

 

Nos habíamos conocido hace algunas semanas en un acuario en Madrid; ella estudiaba periodismo allí hace cuatro años. La vi y conversamos. En ese tiempo yo trabajaba cambiando el agua de los peces, limpiando el lugar, cuidando las fuentes de vidrio. Johana compró varios peces de colores. Vio que yo sostenía un libro, y por la noche fuimos a un club, bebimos, no hablamos demasiado.

No sé por qué haces esto, me dijo mientras esperábamos a Jan. Venir hasta acá conmigo y después ponerte así sólo porque estás celoso.

Los celos no se me habían pasado por la cabeza. No entiende que me incomoda tener que molestar a Jan en su casa, pensé.

Tal vez sea mejor buscar un hotel, le dije.

Extraño a mis padres y las discotecas de mi país, me dijo. Sólo quiero que disfrutemos esto, terminó soltando algo como una lágrima.

Agarré uno de los discos de Jan, lo puse en el aparato, adelanté las pistas. Johana estaba llorando. También lloró la primera noche que pasamos juntos. No me acerqué ni le pregunté nada. Ella miraba las cosas regadas por el suelo, se obligaba a convertir todas las situaciones en un drama. Saqué algunos libros de los estantes, hojeé sus páginas. Luego la sentí abrazándome por la espalda.

Lo siento, me dijo. Creo que tengo la presión baja. ¿Tú no extrañas algo de tu país? No sé…, me preguntó. Debe haber algo allí que nadie más tenga…

Me quedé pensando.

Bolivia es muchas cosas al mismo tiempo, quise decirle, pero Johana ya se había ido a lavar las manos.

 

Tenía sed. No quería abrir el refrigerador de Jan. Busqué agua sobre los muebles. Johana abrió una cerveza. No discutimos, al menos no con palabras. Hablamos del viaje de regreso, teníamos boletos para el día siguiente, a Madrid primero, luego a Barcelona.

No son celos, le dije, y de inmediato me di cuenta de que sí eran celos.

Jan te caerá bien, dijo Johana más calmada. ¿Sabes? Yo creo que ustedes dos se parecen.

¿Ah sí, en qué?, quise decir, pero encontré una botella con agua mineral. Bebí. Nos recostamos sobre el sofá. Me habló de sus padres, de la violencia, del chauvinismo. Fumamos un cigarro. Yo me quedé oyendo el ruido de los motores afuera de la ventana. La vida parecía simple a su lado.

Me gusta Van Gogh, le dije cuando vimos aparecer a Jan por la puerta.

 

Por la noche fuimos al distrito de las luces rojas, los tres. Las mujeres bailaban atrás de los vidrios. Ninguna estaba desnuda, había una que sostenía un látigo, nos llamó la atención, otras estaban cubiertas de cuero. El sitio era parte del recorrido de los turistas. Caminamos durante varias cuadras conversando, viendo a las mujeres sentadas, algunas cruzaban la pierna, reían mostrando las nalgas, se acariciaban. Yo veía las luces de colores que se reflejaban en el canal. Un grupo de hombres conversaba con una mujer, le hacía bromas. Arriba observé una mujer muy blanca junto a otra muy negra en una de las vitrinas. Jan estaba de mejor humor, o eso noté, ya no parecía molestarle, o quizás lastimarle, que Johana no hubiera venido solamente por él.

Fuimos a buscar un lugar agradable, sin música estridente. Entramos a un coffeeshop con un letrero pequeño, luminoso, verde agua, que estaba en el subsuelo de un club que anunciaba un espectáculo de sexo sadomasoquista. Bajamos las escaleras, allí no pedían identificaciones. Jan dijo que conocía esos lugares. Me pareció que la música le disgustaba, pero no el ambiente.

¿Regresaron en el tren?, nos preguntó. El tren les deja cerca de casa.

No sabíamos, respondió Johana, luego se rió y empezó a contar nuestros extravíos.

Tal vez lo que le molestaba a Jan era yo y no la música estridente, tal vez no le agradaba la idea de compartir a Johana. Pedimos jugos de frutas. El olor a marihuana era muy fuerte. Jan nos explicó que el hecho de que la droga fuera legal causaba más de un inconveniente, dijo así, la droga.

Eso tiene que terminarse, dijo. Luego nos quedamos en silencio.

En la mesa me di un beso con Johana. A Jan pareció no molestarle demasiado. La situación se hizo más llevadera. Encendí un cigarrillo, no se podía fumar y beber al mismo tiempo, así que nos movimos para buscar otro sitio donde tomar una cerveza. Johana parecía divertirse mucho, reía sin motivo, nos tomaba a ambos de las manos y se ponía en medio. Recorrimos todo el distrito de las luces rojas, nos quedamos mirando a una asiática y a una pelirroja besándose detrás de un vidrio. El frío ya no era tan intenso y Jan y Johana se abrazaban de rato en rato. Nos alejamos de esa parte de la ciudad. Era de madrugada, el alcohol nos había hecho efecto.

Jan quiso enseñarnos la casa en la que había vivido Rembrandt. Johana se entusiasmó, caminamos viendo la luz flotando sobre los canales.

Ahora es una casa museo, dijo cuando la vimos aparecer sobre la calle.

Me llamó la atención la puerta, era verde, de una antigüedad difícil de descifrar, tenía muchas manchas grises. La casa se parecía mucho al resto, de unos tres o cuatro pisos, con rejas encima de las ventanas. Me quedé mirando los marcos de la puerta, las hendiduras sobre la madera agrietada. La sombra hacía que las paredes oscurecieran su color. Johana sacó la cámara de fotos e hizo un gesto como de pedir permiso. Jan comenzó a hablar de la vida de Rembrandt, de su enfermedad, de la soledad.

Tenemos que venir los tres mañana, de día y con mejor luz, dijo ella mirándome con reproche por lo de la tarde.

Imposible, dijo Jan, la casa está cerrada por restauración desde hace un tiempo. Pero hay otros lugares, dijo al ver su desilusión.

El pórtico era de piedra, tenía ondulaciones por la humedad. Me pregunté por qué las otras casas no podrían ser también museos. Imaginé una ciudad en la que todo fuera restaurado, sagrado, donde cada casa tuviera una historia escrita a la entrada. Las cosas desaparecen con facilidad, pensé, todo se desvanece, todo termina. Nadie se entera de los pequeños acontecimientos que trastornan a los habitantes de las ciudades, me dije. Johana se repuso de no poder conocer el lugar más que por fuera y nos pidió que le tomásemos una fotografía sentada bajo el umbral; la luz era escasa, después se arrepintió, dijo que mejor de pie. Sonrió y sacamos la foto, nos fuimos caminando hasta el departamento. Habíamos bebido y fumado demasiado.

 

A la mañana siguiente todo era diferente. Jan y yo conversamos. Le pregunté qué era lo que disfrutaba de la ópera. Me dijo que no podía explicarlo, que la voz humana jamás alcanzaba todo su vuelo sino a través de la ópera, que ningún instrumento podía compararse con nuestra voz, que sus fibras más íntimas se estremecían cuando asistía a un estreno. Habló de su trabajo, de las entrevistas con los tenores, acerca de la responsabilidad de hacer una buena crítica de ópera.

La ópera se está haciendo demasiado popular en algunos lugares de Europa, me dijo. Luego aseguró que él notaba inmediatamente cuando una crítica era sincera o simplemente un ejercicio.

Johana no se levantaba todavía, la noche había sido extenuante. No dormimos hasta el amanecer. Observé los rastros de café en mi taza mientras hablábamos. Ahora entendía mucho mejor a Jan. Me preguntó si había lugares interesantes en mi país. Sentía que quería preguntarme si quería a Johana. Pero no dijo nada de eso. Jan no había oído demasiado de Sudamérica, le expliqué que llegué a Europa para estudiar fotografía, pero que no sacaba ni una sola foto desde hacía mucho tiempo, que ahora prefería solamente ver las cosas, eso, ver las cosas. Le fui contando acerca de los sitios donde trabajé, en revistas, estudios, pero que luego todo se complicó, varias agencias cerraron, me negaron los papeles.

Me quedé sin tener a dónde ir, le dije.

Johana se levantó con una sonrisa, seguía desnuda abajo de una camiseta larga, celeste, que le cubría el nacimiento de los muslos. Se sirvió una taza de café, me acarició la cabeza. Pasé mi mano por sus piernas.

¿Qué hacen?, nos preguntó divertida al vernos conversando.

Nos besamos, luego acomodamos el desastre sobre el sofá y en el departamento, yo comencé a ordenar mi equipaje. Decidimos salir pese a la lluvia. Johana insistía en ir a algún museo. Jan sugirió caminar hasta Oud-Zuid, comer algo por allí y luego ver qué aparecía.

El agua caía y lavaba la superficie de las calles. No llevábamos paraguas ni nada. Las casas tenían las ventanas cerradas, las avenidas estaban vacías, húmedas. Avanzamos en silencio durante varias cuadras. No mencionamos la noche anterior, los besos, la desnudez.

Jan tomó de una mano a Johana, le dijo que el Museo Van Gogh estaba cerca, después habló de la vida del pintor, parecía que había repetido muchas veces la misma historia. Se refirió a lo difícil que fue vivir en un tiempo que no comprende tu arte, habló de varias teorías, técnicas, estilos. Yo solamente pensaba en la oreja, en el mito que se había construido alrededor de ese hecho. ¿Qué pasa por tu cabeza cuando decides cortarte una oreja? ¿Las mujeres de los canales rojos conocían la obra de Van Gogh?, me preguntaba. No se me podía ocurrir nada más hermoso que regalarle a alguien tu propia oreja.

El frío nos sobrecogía de cierta manera, aunque lastimaba nuestra piel en forma sutil. Johana oía encantada todos los conocimientos, datos, fechas que Jan exponía acerca de Van Gogh. Le sorprendió oír que no se había suicidado, sino que lo habían asesinado porque en el pueblo creían que estaba loco.

En verdad no se sabe nada cierto acerca de su muerte, dijo Jan con aire intelectual.

Los jardines afuera del museo parecían deshabitados. Pisamos el pasto sintiendo cómo la humedad nos envolvía. Johana estaba menos eufórica que la noche anterior. Tal vez lo que pasó le hizo pensar en varias cosas, en Jan, en ella, en su casa. Creo que, a pesar de todo, los tres nos estábamos lastimando y a ninguno parecía importarle demasiado. El daño no era evidente ni tenía heridas, pero allí estaba, sobre nosotros, como el vapor del agua de la lluvia. Era como si cada uno estuviera disfrutando aquel extraño dolor.

Llegamos al museo, observamos la fila de ingreso, sólo seis, quizá siete personas. Jan dijo que tuvimos suerte, Johana se emocionó cuando nos dieron los boletos de ingreso.

Aquí nos separamos, dijo Jan en la puerta de ingreso. Nos podemos ver en dos o tres horas en la puerta de salida, sugirió.

El museo era una construcción de cuatro niveles, todos plenos de luz y de aire liviano. Johana no supo cómo interpretar las palabras de Jan al principio, luego cada uno se perdió adentro.

Yo subí por las escaleras, buscaba algún cuadro al azar, algo que me llamara la atención. Las paredes estaban cubiertas de colores brillantes. Recordé el Mercado de las Flores, las plantaciones rurales en los alrededores de Ámsterdam; los colores se parecían a esa realidad rural, solo que más intensa. Todavía no terminaba de entender qué hacía allí. De pronto me encontré de frente con el óleo de los zapatos. Una enorme tristeza comenzó a invadir mi cuerpo, mi mente. Sentí tristeza por mí, por Jan, por Johana, una tristeza muy parecida al amor, sin remordimientos ni culpa, una tristeza liviana, luminosa. Seguí caminando, viendo las expresiones de los visitantes en lugar de ver los cuadros.

En otro nivel estaban las influencias asiáticas de Van Gogh, los grabados, sus interpretaciones de Rembrandt. Me sentí mareado, perdido, solo.

Johana no me pertenecía, entendía eso muy bien. Sabía que tampoco le pertenecía a Jan, que no era de nadie pese a lo de anoche. Sin embargo, la profunda angustia, la ansiedad, seguían allí, como una punzada permanente en la espalda. Verlos besándose había sido extraño, doloroso, así no lo quisiera admitir, luego la desnudez.

Me quedé parado delante de un cuadro, nunca lo había visto. La densidad del óleo no tenía comparación con las imágenes digitales. Había un camino, varios árboles, hojas moviéndose. Me sentí dentro de él. Era un bosque común, corriente, vacío. Podía asegurar que alguien acababa de caminar entre esos árboles, que alguien desde adentro también miraba hacia afuera, hacia el museo, hacia donde yo estaba. Pasaron diez, quince minutos, el cuadro seguía allí. El dolor de saber que nada nos pertenece, ni siquiera nosotros mismos, me invadía. La conciencia de la imposibilidad de asir la realidad, la personalidad huidiza del tiempo, la inevitable libertad de las personas. Allí estaba, en cada trazo, bajo los empastes, tras la mirada de los turistas. Los colores se movían, cambiaban de posición, nada permanecía inmóvil. Todo se dividía y estallaba allí dentro, luchando infinitamente por permanecer unido. Las ramas no eran ramas, los pasos no eran pasos.

Todo es una ilusión, me dije, seguí caminando por los otros salones.

 

Encontré a Johana junto a Jan, estaban en el primer nivel, atrás de la tienda de souvenirs. Ninguno me vio. Discutían, o eso me parecía. No quise interrumpir. Atravesé los otros salones. Algo se había roto dentro del museo, pensé. La luz nunca sería la misma. Johana se obligaba y me obligaba a pasar buenos ratos junto a ella mientras él había estado siempre con nosotros, todo el tiempo, convirtiéndome en un fantasma escindido. Así ella intentara convencerse de que lo de anoche no significaba nada, así riera y bromeara a nuestra costa, las cosas jamás serían iguales.

Subí las escaleras, me acerqué a uno de los ventanales con vista hacia los jardines. Allí estaban otra vez, conversando bajo la lluvia, afuera, vulnerables. Los recordé a ambos desnudos. No sé cuánto tiempo había pasado, dos, tal vez tres horas. Decidí salir del museo. La imagen de ambos agitando las manos bajo el aguacero, quizás discutiendo, también me parecía una ilusión. Me quedé adentro viendo caer el agua, como atrapado en uno de aquellos marcos, luego les hice una señal con una mano. Me vieron. No dijeron nada, esperaron a que me acercara. Parecíamos tres locos sin nada mejor que hacer que quedarse parados bajo el chubasco.

Queremos decirte algo, me dijo Jan.

No hacía falta. Por algún motivo los tres nos conocíamos perfectamente bien, como si estuviéramos conectados. No era necesario que me dijeran nada. Bastaba verlos así, tímidos, callados. Más vulnerables que la noche anterior cuando los tres bailábamos en la habitación. En ese momento sentí que los dos eran una sola persona, que el rostro de ambos era el mismo, que me miraban desde una distancia enorme, así estuvieran parados delante de mí.

Sólo el amor acerca realmente a las personas, me dije.

Tuve un presentimiento funesto, sentí que jamás volvería a salir del sitio donde me encontraba ahora, hiciera lo que hiciera, sentí que sería muy difícil romper el marco y sumergirme en las aguas donde ellos flotaban.

Voy a quedarme, dijo Johana.

 

Fuimos al departamento de Jan, ellos insistieron en acompañarme al aeropuerto. Sentía que la unión sería más fuerte cuando me fuera, un tipo de unión diferente, invisible. Las cosas jamás están juntas, me repetí, pero tampoco logran separarse del todo. Johana parecía cargar una culpa más pesada que mi equipaje, aunque intentara ocultarlo, un dolor del que no podía desprenderse. Agarré mis cosas, las colgué sobre la espalda, Jan me ofreció quedarme en su casa, hasta cuando quisiera, era amable a su modo. Los tres seguíamos mojados. Nos dimos un abrazo, nos besamos, no dijimos nada. Subimos al tren de regreso al aeropuerto sin decir una sola palabra.

¿Vuelves a casa? me preguntó Jan al llegar al aeropuerto.

No pude contestarle.

Nunca me dijiste en verdad por qué te fuiste, insistió.

Aún no lo sé, le respondí. De inmediato comencé a sentir una inmensa sensación de libertad, un profundo júbilo que intuía sería pasajero.

Johana me pidió que al llegar a Barcelona alimentara a los peces, si tenía tiempo. Le dije que fueran a la casa museo en cuanto estuviera restaurada. Me dijo que ella regresaría en unas semanas, en un mes tal vez, que no sabía. En verdad no había mucho que decir. Las personas entraban y salían por las puertas del aeropuerto.


Aldo Medinaceli (Bolivia, 1982) estudió Literatura en la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz y cursó estudios en la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Río Grande do Sul de Porto Alegre. Premio único a la escritura dramática Costa Du Rels 2011; premio de poesía Javir del Granado 2012. Ha sido director pro tempore del suplemento literario “Fondo Negro” del diario La Prensa y obtuvo el reconocimiento al mejor proyecto editorial Morata–SIALE 2011 en Madrid.

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Crímenes narrativos

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