“Una comedia canalla”, por Iván Repila

DIRECTOR: Sentimos mucho haberla convocado con esta urgencia, señora. Entendemos que tiene una agenda muy apretada y que venir hasta aquí le supone un esfuerzo, pero la situación que...


DIRECTOR: Sentimos mucho haberla convocado con esta urgencia, señora. Entendemos que tiene una agenda muy apretada y que venir hasta aquí le supone un esfuerzo, pero la situación que hemos vivido hoy en el colegio con su hijo nos ha obligado a tomar medidas excepcionales.

MADRE: Le escucho.

DIRECTOR: A nivel académico, Tommy es un muchacho brillante, de eso no hay duda. Sus notas son excelentes en todas las áreas: matemáticas, ciencias, lengua. Incluso en educación física. Los profesores no tienen queja en ese sentido. Si sigue evolucionando, dentro de unos años podrá escoger cualquier titulación universitaria. Su capacidad de trabajo es encomiable.

MADRE: Continúe.

DIRECTOR: No obstante, durante el último año han llegado a nuestros oídos ciertas informaciones, nunca confirmadas, sobre supuestos tratos vejatorios de Tommy hacia algunos de sus compañeros. Considerando fundamental la presunción de inocencia, decidimos, a la vista de dichas informaciones, establecer una vigilancia específica de su hijo, para comprobar si las acusaciones vertidas sobre él eran ciertas o carecían de fundamento.

MADRE: ¿Estaban espiando a mi hijo?

DIRECTOR: No, por supuesto que no. Simplemente aumentamos nuestros habituales mecanismos de supervisión, los mismos que empleamos con todos los alumnos.

MADRE: Usted ha dicho «vigilancia específica».

DIRECTOR: Sí, lo sé. Me refería a que prestaríamos una atención especial a Tommy, debido a las acusaciones que habían realizado determinados alumnos.

MADRE: ¿Qué alumnos?

DIRECTOR: ¿Puedo continuar?

MADRE: Cuando aclaremos este punto. ¿Qué alumnos?

DIRECTOR: Bueno, son varios. Es una información que no considero relevante en este momento.

MADRE: Tratándose de mi hijo, lo que usted considere relevante o no carece de interés. ¿Dónde están esos alumnos? ¿Dónde están los padres de esos alumnos? ¿Por qué no están aquí sentados con nosotros para confirmar las acusaciones de las que me habla?

DIRECTOR: Esa reunión está programada en una segunda fase de la resolución del conflicto. Antes, he querido convocarla a usted exclusivamente para tener una reunión de carácter informativo.

MADRE: De acuerdo. Continúe informándome.

DIRECTOR: Gracias, señora. Como le decía, a raíz del… seguimiento realizado a Tommy por parte de nuestro personal docente, esta mañana hemos vivido un episodio, digamos, truculento, en el que estaba implicado su hijo. En el descanso entre la tercera y la cuarta hora, uno de nuestros profesores oyó una serie de gritos que provenían de los servicios de la segunda planta. Por supuesto, se preocupó por lo que podría estar sucediendo y entró.

MADRE: ¿En este centro los profesores comparten baño con los alumnos?

DIRECTOR: No, no. De ninguna manera, claro que no. Los profesores utilizan sus propios servicios y desde la dirección recomendamos que solo entren en los servicios de los alumnos en casos excepcionales.

MADRE: Los niños gritan, eso no es algo excepcional. En cambio, sí que me parece excepcional un profesor que aprovecha la primera oportunidad para meterse en el baño de los alumnos, consciente, además, de que en su interior hay niños. Probablemente, con los pantalones bajados o con sus miembros en las manos. Quiero el nombre de ese profesor.

DIRECTOR: Señora, no saquemos las cosas de quicio. El profesor acudió a causa de unos gritos.

MADRE: El profesor estaba lo suficientemente cerca del baño como para distinguir que unos gritos provenían de su interior. Eso, para mí, es un detalle fundamental. Y me parece, por su parte, tremendamente descuidado no prestar la atención suficiente a un comportamiento sospechoso por parte de uno de sus empleados. No quisiera tener que repetirlo: deme usted el nombre de ese profesor. Por otra parte, no le consiento que insinúe que estoy sacando las cosas de quicio. Mi deber como madre, y el suyo como director, es asegurar en todo momento la integridad de las personas a nuestro cargo. Considerar exagerada mi postura me parece una enorme falta de respeto.

DIRECTOR: Lo siento. De veras que lo siento, señora, no era mi intención ofenderla, y si lo he hecho, como parece, le reitero mis disculpas.

MADRE: El nombre.

DIRECTOR: ¿Cómo?

MADRE: El nombre del profesor.

DIRECTOR: Ah, sí. Sí. Es el señor Williamson, profesor titular de ciencias naturales.

MADRE: Williamson. Tomo nota. Continúe.

DIRECTOR: Bien. El caso es que el señor Williamson entró en el baño, y cuando lo hizo presenció una escena muy desagradable: Tommy estaba obligando a uno de sus compañeros a chupar el urinario vertical. Según el señor Williamson, Tommy estaba de pie, sujetando con su bota la cabeza del otro alumno y forzándolo a lamer el interior del urinario, en el que, como puede usted imaginarse, además de orina propiamente, se concentran otro tipo de heces y excrementos. Por supuesto, el señor Williamson separó a los alumnos y los trajo de inmediato a mi despacho, donde pude hablar con ellos. Tommy negó cualquier implicación y aseguró que el señor Williamson había «visto mal», mientras que su compañero, que estaba muy alterado y que en un principio se negó a hablar, finalmente admitió haber sufrido numerosos ataques en el mismo sentido durante los últimos meses. Asimismo, declaró que otros alumnos habían corrido la misma suerte e incluso peor. Le pregunté quiénes eran esos otros alumnos y él, llorando, se mostró tremendamente preocupado por las consecuencias que podría tener para su integridad darme dicha información. Literalmente, dijo «Tommy me matará». Yo le aseguré que Tommy no le causaría ningún daño y le convencí para que me diera los nombres, cosa que finalmente hizo. Los llamé uno por uno a mi despacho y todos, sin excepción, en algunos casos temblando, corroboraron las agresiones y el acoso sufridos. Inmediatamente, di orden para que la llamaran. Como comprenderá, de ser ciertos, estos cargos son de la máxima gravedad y pueden provocar, además de la expulsión de Tommy, que demos cuenta de ellos a las autoridades y traslademos el asunto a la justicia ordinaria, en este caso, el Tribunal de Menores, para que ellos definan las consecuencias propias de este tipo de problemas de «acoso escolar» y se hagan cargo de su ejecución.

MADRE: Disculpe, ¿qué decía?

DIRECTOR: ¿Qué? ¿Qué decía desde qué punto?

MADRE: Williamson entra en el baño, quizá para estudiar los genitales de mi hijo y de uno de sus compañeros, que estaban jugando con el urinario. Luego me ha parecido entender que un grupo de alumnos, que no estaban presentes durante la acción presuntamente pedófila de su empleado, y quién sabe si aterrorizados por ese mismo profesor, admiten haber sufrido diversas agresiones por parte de Tommy, y durante varios meses. Creo conocer suficientemente a mi hijo como para pensar, en primer lugar, que no es culpable, y en segundo lugar, que un grupo de alumnos celosos de su éxito académico han organizado una conspiración para hacerle daño. Usted mismo ha reconocido que los resultados académicos de Tommy son ejemplares, y obviamente esos resultados pueden molestar a los alumnos menos brillantes o con algún tipo de retardo intelectual.

DIRECTOR: Señora, las agresiones descritas son muy graves y muy concretas. Evidentemente no tengo pruebas gráficas de ellas, pero llevo muchos años dirigiendo colegios y sé distinguir cuándo los alumnos están mintiendo. No creo, de ninguna manera, que esto sea una confabulación de alumnos vengativos contra su hijo.

MADRE: Entonces cree que mi hijo es culpable.

DIRECTOR: Lo que yo crea no tiene valor en un tribunal. Pero si preguntan mi opinión, diría que sí.

MADRE: ¿Usted cree que mi hijo ha estado torturando, humillando y acosando a varios alumnos de su centro durante los últimos meses?

DIRECTOR: Sí.

MADRE: Y en calidad de director, si un tribunal confirmara las acusaciones, ¿cómo explicaría tantos días de crueldad, de sufrimiento para todos esos niños? ¿Qué parte de su trabajo diario de supervisión escolar no ha sido debidamente realizado? ¿Qué clase de centro permite semanas de agresiones, o mutilaciones si cabe, sin percatarse en absoluto de ellas? Quizá se pueda comprender que una situación de acoso y violencia permanezca oculta durante una, dos semanas. Pero ¿meses? ¿Acaso los profesores de este centro estaban desatendiendo sus obligaciones de vigilancia y cuidado de los niños a su cargo? O peor: ¿acaso los profesores estaban ocupados bebiendo, o fumando, o follando, y no prestaban atención a la guerra civil que tenía lugar a su alrededor? O peor todavía: ¿acaso los profesores lo sabían y lo ocultaron porque disfrutaban viendo cómo Tommy sometía a otros alumnos a perversiones sanguinarias? ¿No podrían grabar esas agresiones para difundirlas por internet o masturbarse luego con su visionado? Y la gran pregunta: ¿qué hacía el jefe de todos esos profesores incompetentes, viciosos o criminales? ¿Qué hacía el director del colegio, el máximo responsable de la seguridad de tantos niños inocentes, ese Herodes contemporáneo, mientras el diablo sodomizaba a su antojo a todos los ángeles? Son muchas preguntas sin respuesta, ¿no le parece?… Y la única forma de responderlas es realizando una investigación exhaustiva, confiscando cada móvil, cada correo electrónico, cada ordenador, interrogando a los testigos, destapando todos los secretos que puedan tener, sus costumbres sexuales, sus vicios, su pasado. Si quieren acusar a mi hijo, a mi pequeño Tommy, sin pruebas, por la pataleta de cuatro mocosos indocumentados, le aseguro que levantaré esta casa de putas de sus cimientos y exploraré cada pequeño ano con mis propios dedos hasta saber la verdad.

DIRECTOR: Yo… Señora…

MADRE: Usted, sí. Usted será el primero. Ni siquiera ha tenido la consideración de preguntar a mi hijo, en mi presencia, si es culpable de los actos de los que le acusa. Pregúntele. Mi hijo nunca me mentiría.

DIRECTOR: Yo…

MADRE: Pregúntele.

DIRECTOR: Sí… Tommy… ¿Tú has… hecho… esas cosas?…

TOMMY: No.

MADRE: ¿Lo ve? Mi hijo es inocente, grandísimo hijo de puta. Inocente. Exijo una disculpa por escrito por parte de la dirección del centro y una disculpa personal por su parte. Y tenga por seguro que mis abogados solicitarán la expulsión inmediata del señor Williamson, al que demandaré por acusación indebida, presunta pedofilia y otros cargos que irán surgiendo según avance la investigación. En cuanto a los alumnos participantes en la conspiración, bastará con una disculpa informal de ellos y sus familias con mi hijo. Espero que mi pequeño Tommy no tenga secuelas por culpa de este repugnante episodio y pueda continuar su vida con normalidad; de lo contrario, cargaré contra usted y su pequeña Sodoma hasta que me quede un aliento de vida. ¿Ha quedado claro?

DIRECTOR: Eh… Sí…

MADRE: Perfecto. ¿Tiene algún otro asunto que tratar conmigo?

DIRECTOR: Creo que no.

MADRE: En ese caso, si nos disculpa, tengo asuntos que atender y debo marcharme. Por las circunstancias extraordinarias del día de hoy, Tommy no acudirá a las últimas clases y vendrá conmigo. ¿Está de acuerdo?

DIRECTOR: Sí.

MADRE: Esto no significará ningún tipo de falta de asistencia, ¿verdad?

DIRECTOR: No.

MADRE: Se lo agradezco. Ha sido un placer hablar con usted. Espero que podamos vernos de nuevo a final de curso.

DIRECTOR: Sí.

MADRE: Que tenga un buen día. Adiós.

DIRECTOR: Adiós, señora.

 

Fragmento de Una comedia canalla (Libros del Silencio, 2012)


Iván Repila (España, 1978) nació en Bilbao y ha trabajado como creativo publicitario, diseñador gráfico, corrector de pruebas, editor y gestor cultural. Ha escrito las novelas Una comedia canalla (2012) y El niño que robó el caballo de Atila (2013), ambas publicadas por Libros del Silencio.

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Crímenes narrativos

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