“Sótano: ser de abajo”, por Fernanda García Lao

Quieto en la parte más imantada. Veo pasar los pies de una humanidad mediocre por el tragaluz. Pares de miembros sin lógica ni proporción, ninguno exacto. Medias caídas, diferentes....

Quieto en la parte más imantada. Veo pasar los pies de una humanidad mediocre por el tragaluz. Pares de miembros sin lógica ni proporción, ninguno exacto. Medias caídas, diferentes. Pisadas a la altura de mi coronilla. El cielo está hecho de pies ajenos.

Me consagro a mirar, y desde el suelo la película de su movimiento me acuna hacia mi lado obtuso. Me hago lomo de serpiente mirando lo que se va como en una cinta transportadora.

Pelliza dejó una sopa. Lunas blandas que flotan sobre el caldo. Voy a dejarla así, intacta. Que entienda lo difícil que me he vuelto. Si como la cebolla, lo siguiente será un ajo seco en el fondo. Ya no piensa en mí de un modo inteligente. Soy un estorbo en su cabeza. Besar ya no pasa. Hace años que somos como vecinos sin tema. Gente sin ternura.

Mi silla chirría. Necesita grasa. Pero el frasco se está terminando y no me decido a quedarme sin nada. Entonces lo guardo y la silla sigue metálica. Sobre todo la rueda derecha, que se traba y me lastima. Los rayos se han paralizado, perdieron el dibujo. Me obligan a hacer el recorrido corto: el que va de la cama a la mesa. El suelo parece una vía, el recorrido reiterado ha creado un surco endurecido. Soy una locomotora vacía.

Desde el día uno acá, la ventana de los pies me hizo suyo. Todas mis actividades ligadas a eso: comer con la prisa de los otros, dormir arrastrado por las esquirlas de personas diferidas, taconeos sádicos, mierdita de can. La gente ha perdido cara, torso, sexo.

Recuerdo unos dedos descalzos de costra violeta. Se sentaron conmigo durante muchos días. El tufillo era de tal espesor que traspasaba el vidrio como un diamante. Leía con ellos ahí, pero el impacto de tenerlos diluía cualquier intento literario. Era de noche cuando quedaron más tiesos que nunca. Sobre los pies se plegó una boca partida en dos. Escupió sangre contra la ventana. Pensé en una pecera con un tiburón adentro.

Quién es el tiburón.

Desde siempre, la inseguridad está conmigo. El mundo que se va es lo que no soy. Mi realidad se unta un poco más abajo. La situación física de mi desventaja provoca violencia en mis turbinas mentales.

Pelliza trae pan. Un poco de manteca. Corta rebanadas sin mirarme ni producir un saludo, una tos. Los pies del tragaluz me distraen un momento y después, el plato frente a mí. Con las cosas blandas a la espera de mi boca. El pan untado, seco. Como un zapato. Mastico con dureza las suelas de la cena, mientras ella hace un solitario o se come las uñas.

Ser de abajo me hace tejer desgracias para los de arriba. Agazaparse es pensar. Organizo una muerte por ametrallamiento de tobillos. Me quedo pegado a la idea del agujero ahí. La protuberancia ósea atravesada por mi tatatatá. Disparos en hilera.

Ella dijo no puede subir, y entonces nos dieron la pieza más baja. Pero la escalera está ahí como una amenaza absurda. Cada escalón, un sarcasmo. Me dice no con su manera de irse para arriba, tan tosca e imposible. Me da vértigo pensar en los pies con velocidad del que se mueve parado. Desconfío de los altos.

Cuando se duerme la miro y me recuerda a su mamá. Los pies de ella no los vi. En esos años vivíamos en un primero. Yo tenía movilidad y empleo. Era uno más en el desfile.  Uno más.

Mi hija parece una sandalia. Toda al descubierto. La tapo para no verla. Me turba su presencia. Y el sentimiento es mutuo. Un día no va a venir. Ya huele a  hombres que la siguen. Tiene semen en el horizonte. Igual que la otra. Le reviso la cartera y saco plata, un encendedor masculino. Lo toco mucho, me lo quedo.

Se ha hecho de madrugada. Unos pasos automáticos vienen y van desde hace un rato. De pronto, frenan en mi ventana. Se instalan como dos leones junto a una puerta. Son piernas largas y oscuras con las medias rotas. Me acerco. Hace mucho que no me traslado hasta ahí. Que no me pasa nada. Me trabo con ropa sucia que ha caído al suelo.

Pelliza es más sucia de lo que merezco. Un tipo como yo debería tener un agujero limpio para rodar hacia los hechos.

Mientras destrabo la silla, un pantalón gris y un par de mocasines masculinos se detienen junto a las piernas de antes. Se juntan, y parece que observo un monstruoso elefante, una fiera en cuatro patas presa de un gemido. Una llaga hecha de suspiros cortos, aceitunados. Las piernas se frotan y veo el humo que desprenden. Carbones encendidos que me llaman, quiero meter la mano ahí, desgarrar la tela y hacerme parte. La silla chirría y yo me denigro. La pareja horrible se inclina mostrando las rodillas sucias. Somos un triángulo siniestro.

Quién disfruta más.

A punto de sentir, veo gritar a Pelliza desde atrás de los dedos rojos de la muerte. Ella grita todas las noches. Dice NO y sacude la papada sin despertarse del todo. La pareja se asusta y se aparta casi reptando hacia otra cueva nocturna. El amor se va. Habrá que ser paciente, prender una vela al destino. Decir acá. Que la vida se frote contra el tragaluz, que resista.

Después de una evacuación melancólica, vuelvo a la posición primera: sentado y expectante. La orina se filtra por el almohadón.

 

Del libro de cuentos Cómo usar un cuchillo (Entropía, 2013)


Fernanda García Lao (Argentina, 1966) fue seleccionada por la Feria Internacional de Libro de Guadalajara 2011 como uno de “Los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana”. Hija de periodistas exiliados, vivió en España desde 1976 hasta 1993. Estudió piano, danza clásica, actuación y periodismo. Ha escrito y dirigido varias piezas teatrales con las que viajó por Latinoamérica. Es también autora de las novelas Muerta de hambre (2005), La perfecta otra cosa (2007), La piel dura (2011) y Vagabundas (2011), así como de cuentos en su más reciente libro Cómo usar un cuchillo. Actualmente coordina talleres de escritura en Argentina.

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