Memorias de Liliana V. Blum

¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara...

¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara en un hacedor de palabras y vividor de certámenes literarios? En este espacio son los propios autores quienes rememoran y nos cuentan acerca del momento en que la literatura irrumpió en sus vidas sin pedirles permiso.


Viéndolo en retrospectiva, creo que mi primera vez ya se veía venir desde años atrás. Mi infancia cuasi-solitaria (un hermano mayor, un par de amigas a lo mucho), y unos cinco cambios de ciudad en siete años, además de mi natural timidez e introversión, no contribuyeron a que fuera una niña sociable. Nunca fui el ajonjolí de ningún mole ni la más popular; al contrario, era yo una presencia solitaria en la esquina trasera del salón de clases, la que deambulaba por las orillas del patio durante los recesos y escogía un lugar alejado de todos para sentarme a leer y releer una y otra vez mi libro de español. Era también el blanco de burlas y agresiones por mis trenzas, mis pecas y mi cabello rojo; el ahora llamado bullying fue una constante de mi existencia infantil, al igual que los terregales que azotaban la ciudad y el miedo a mi padre. Mi otredad me orillaba a la soledad y no sé si también me empujó a la literatura. Mis primeras historias nacieron en esos años, pero como mi tradición oral estaba constituida por mí y nadie más, aquellos cuentos murieron al final de cada día.

Recuerdo que en primer grado, cuando vivía en Aguascalientes, me acuclillaba cerca de una fila de asqueles (pequeñas hormigas negras) que brotaban de un hueco en la pared de la cancha de voleibol. Las nombraba, (Ludivina, la heroína, era una de cientos de hormigas) y les inventaba historias: se aproximaba un huracán y tenían poco tiempo para juntar provisiones, un oso hormiguero rondaba por allí cerca, estaban perdidas y no podían llevar a tiempo la comida que la reina precisaba para sobrevivir. Como eran los tiempos en que los niños podíamos beber de las mangueras y merodear las calles sin supervisión adulta hasta el anochecer, en las tardes yo me subía en mi bicicleta e iba mirando gente y fabricando en mi cabeza alguna historia: aquel hombre venía de enterrar a alguien en su jardín, esa señora malencarada era en realidad una bruja, aquel niño bajito y escuálido era un duende disfrazado de humano, esa niña con hoyuelos y cabello lacio negro era una princesa que tenía exactamente todo lo que yo deseaba.

En casa, formaba familias con todos mis animales de peluche y les confería algunos dramas que no sé si sacaba de la propia familia o de la televisión: el hijo de la familia perro se había enamorado de la hija de la familia gato y era un gran escándalo; la familia oso teddy-bear había adoptado un panda que no terminaba por sentirse aceptado; la coneja no tenía familia, pero los otros padres animales la miraban demasiado; el cangrejo era huérfano y vivía debajo de una piedra durante el día, pero por las noches entraba a las casas a robar comida. Otras veces, en las noches, me dormía imaginando que tenía otro padre, otro que era todo lo contrario al mío: cada noche continuaba la historia en donde me había quedado, al perder la conciencia, la noche anterior. Por supuesto, escuchaba extasiada a mi abuelita paterna contarme cuentos siempre que iba a su casa, y acompañaba al abuelo a ver la telenovela de la noche. En casa de los otros abuelos, donde nos abandonaban a veces, me escondía en la biblioteca del abuelo materno y hojeaba libros, fascinada por aquellos de tapas de cuero y hojas amarillas que tenían fechas del siglo anterior.

Fui pues una niña que se hacía acompañar de las historias, las propias, las ajenas y las fantásticas. A pesar de que nunca se me ocurrió escribirlas, supongo que ese afán mío por las historias fue el caldo de cultivo idóneo para que mi bacteria pudiera florecer años más tarde. En el primer año de preparatoria, la maestra de la materia de redacción nos obligó a entrar a un concurso que organizaba la misma escuela entre sus alumnos. “Noche literaria”, le llamaron, porque los trabajos ganadores serían leídos en una casa antigua de Querétaro que fungía de cafetín de intelectuales, en la noche y a la luz de las velas. No existía la opción de no participar: nuestro trabajo concursante contaría como el trabajo mensual.

Recuerdo que pasé horas pensando qué escribir. Hasta entonces, mi única experiencia era el estereotípico diario íntimo de adolescente (mismo que quemé antes de irme de casa a estudiar a Kansas: contenía las historias más honestas de mi vida y el mundo no estaba preparado para ellas). También tenía un cuadernillo lleno de esos poemas que la estupidez, las hormonas y la falta de experiencia le dictan a uno a esa edad. Eran cursis, aberrantes, y su destino también fue la fogata en mitad del patio de servicio. En resumen: no tenía material para el concurso. Así que pasé varios días pensando qué escribir, y el producto de esos días terminó siendo mi primer cuento. Al final lo hice: trataba de un chico que moría por una sobredosis de una droga no especificada, todo el proceso visto por su novia que, a diferencia de su familia, era la única que podía entenderlo. El personaje estaba basado en un hippy rubio quemado por el sol que vendía pulseras tejidas y aretes de plata en el centro de Querétaro.

No recuerdo el nombre de ese cuento y hago bien: era pésimo. Pero supongo que en el universo de lo pésimo era de los “menos peores”, porque ganó el tercer lugar en la contienda. Afortunadamente no fue publicado. A cambio recibí un diploma, algunos aplausos, la lectura entre velas, y una calificación excelente en la clase. Aunque era un mal cuento, seamos honestos, la experiencia me dejó con hambre de escribir más. Ese día decidí que quería ser escritora. Así que busqué un taller literario, me enamoré del maestro (que era hermoso y años después descubrí que prácticamente todas las chicas de la ciudad habían estado enamoradas de él en algún momento), y comencé a escribir, primero para él, después para mí. Al poco gané otro concurso, esta vez nacional, y recibí como premio una Mac Classic II. En ella escribí a morir: creo que nunca fui más prolífica que en esa época. Con el paso de los años escribí menos, pero quiero pensar que un poco mejor. Por su parte, mi computadora-premio se convirtió en un fallido proyecto de pecera, cortesía de mi hermano. Glup.


Liliana V. Blum (México, 1974) es autora de Yo sé cuándo expira la leche (2011), El libro perdido de Heinrich Böll (2008), The Curse of Eve and Other Stories (2008), Vidas de catálogo (2007), ¿En qué se nos fue la mañana? (2007) y La maldición de Eva (2002). Su obra integra antologías como Atrapadas en la madre (2006), El espejo de Beatriz (2009), El crimen como una de las bellas artes (2002) y Óyeme con los ojos: de Sor Juana al siglo XXI, 21 escritoras mexicanas revolucionarias (2010), entre otras. Es también coeditora de la antología Perros de agua: nuevas voces en el sur de Tamaulipas (2006). Estudió Literatura Comparada en la Universidad de Kansas y una maestría en Educación en el ITESM. Asimismo, ha obtenido la beca Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA), y ha recibido diversos premios por su obra narrativa.

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