“Los pelados son culpa tuya”, por Roberto Echeto

—Mi amor, tienes mucha cutícula —le dijo Arminda a Guillermo en la Barbería Nicola. Ella trabajaba la mano izquierda, mientras él sonreía y se dejaba acariciar la piel por...


—Mi amor, tienes mucha cutícula —le dijo Arminda a Guillermo en la Barbería Nicola. Ella trabajaba la mano izquierda, mientras él sonreía y se dejaba acariciar la piel por aquella morena dulce y bien formada.

Eran las cuatro de la tarde de un viernes y los barberos no podían quejarse. A pesar de la lluvia, el son de las tijeras llenaba el espacio pulcro e iluminado de aquel local donde siempre reina una calma honrada. Por todas partes podía olerse el aliento del trabajo, la deferencia de los peines, de las lociones, de las navajas y de los espejos que devuelven a los hombres una visión más serena de sí mismos. A diferencia de los salones de belleza, las barberías se caracterizan por la discreción y el silencio. Pocas veces puede escucharse la voz de un molesto bocón o la de un barbero metido en los asuntos de su cliente sin que éste le pida consejo. A veces se cometen injusticias generalizando, es verdad, pero los salones de belleza para señoras son un antro de chismes y de conjuros pronunciados por brujas malignas que hacen lo imposible para mantenerse bellas. En cambio, en una barbería se respira cierta hidalguía que hace que cada barbero se limite a su trabajo y no a intercambiar frases en detrimento del prójimo. A esta situación ayudan los clientes, quienes no andan atentos viendo cómo le tapan y le disfrazan la calva a zutano o a mengano. Nadie, en verdad, le mira la cara a nadie en una barbería, por eso Guillermo se sentía tan bien dorándole la píldora a la manicurista.

—¿Y qué vas a hacer esta noche, Armindita? —Preguntó Guillermo haciéndose el tonto.

—No sé. ¿Qué vas a hacer tú? —Respondió la muchacha sonriendo como quien no quiere la cosa. En tal diálogo de preguntas que se contestan con preguntas iba aquel cortejo que de seguro pararía en un hotel luego de ir al Barba o a El Maní y tomarse cuatro o cinco cervezas y contarse la vida a medias (porque en esas salidas la mitad de la vida se vuelve invento) y luego darse unos agarrones, primero flojitos y tímidos mientras se echa una bailadita, para más tarde pasar a los besos largos y húmedos que terminan envueltos en látex.

—¿Qué quiere que le hagamos, maestro? —Le preguntó uno de los barberos a un viejito que venía por primera vez al negocio y que ya tenía todo el pecho cubierto por la tela de rigor.

—Yo quiero un corte clásico y que me empareje esto por aquí porque tengo muchos remolinos.

—Muy bien, doctor —contestó el barbero azotando las tijeras para comenzar su faena.

Lo curioso fue que todo este diálogo transcurrió con el viejito sobándose la calva que se abría desde la frente y que le llegaba casi hasta la nuca. Un buen barbero nunca discute los deseos de su cliente. Por muy ridículas que sean las órdenes del tipo que se sienta en esas sillas hermosas, enormes y cómodas, el barbero tiene que cumplir su misión (que no es la de producir milagros, sino la de hacerle creer al afeitado que sus fantasías sobre una cabellera frondosa se están haciendo realidad).

Al rato entró en la barbería un tipo flaco que llevaba un maletín parecido a los que llevan quienes se dedican al oficio de visitador médico. El hombre tenía la piel curtida de un color semejante al del apio o al de la arena mojada. Vestía una chaqueta medio roída y un pantalón terciado más arriba de la cintura que dejaba al descubierto sus tobillos famélicos. A simple vista parecía que aquel hombre iba a cortarse el pelo, pero en vez de eso, comenzó a gritar algo con voz ronca y aliento anisado.

—¡Seeeeñoras y seeeeñores: ahora verán un acto único aprendido en uno de mis tantos viajes a La India! ¡Yo soy el Doctor Tobillo y esta es mi maleta milagrosa!

Mientras el hombre pronunciaba aquel incómodo discurso entró un gordo barbudo que caminaba fumándose un tabaco. El gordo venía inflado con su chiva más o menos despeinada a afeitarse una pequeña melena que comenzaba a enroscársele en la nuca.

A todas éstas, el supuesto fakir de La India metía y sacaba las manos de la maleta. De allí extrajo unos pañuelos de colores con los que se puso a hacer trucos más o menos vistosos. Nadie tenía ganas de ponerse a ver a aquel alambre humano que más que un mago parecía un chiste amargo.

—Y ahora, damas y caballeros, el truco de los trucos. Yo, el fantástico Doctor Tobillo, los voy a dejar con los ojos claros y sin vista.

El remedo de Merlín volvió a introducir sus brazos en la maleta roída. Todos en el local esperaban un pollo o un conejo, pero en lugarde animales sacó las mangas de la camisa dobladas hasta el codo. Luego volvió a meter los brazos y en dos segundos sacó sus dos largos miembros sin las manos. Era extrañísimo, era todo un fenómeno. Los dos bracitos lucían sus muñones simpáticos. Aquel hombre pasó de ser un mago flaco y carcomido por las circunstancias a ser un mago flaco, carcomido por las circunstancias y manco, para colmo.

A la gente en la barbería no le quedó más remedio que asombrarse y aplaudir la hazaña. Fue ese el momento que aprovechó el fakir para meter uno de sus muñones que no parecían de maquillaje en la maleta mágica. Un segundo después sacaba el brazo con todo y mano extendida para pedirles plata a barberos y clientes.

—¡Ahh! ¿Están asombrados? Yo les dije que se iban a sorprender, pero como que no me creyeron —dijo el Doctor Tobillo mientras recibía el pago por su trabajo.

Casi al mismo tiempo que esto sucedía, el gordo del tabaco se sentaba en su silla para que Nicola, el mismísimo dueño del negocio, le emparejase la chiva y le cortara el pelo. A su lado Ramón afeitaba a Guillermo, quien no podía disimular su sonrisa de Don Juan ante el éxito de su lance amoroso con la manicurista.

—Compañero, Ud. va a tener que apretarse bien los pantalones. Mire que las mujeres guayanesas le sacan a uno hasta el plasma —le susurraba el moreno Ramón a Guillermo mientras le pasaba la máquina por la patilla derecha.

—Bueno, aquí hay un hombrecito que no le tiene miedo a los retos —contestó el galán.

—Así es como es.

De pronto, a Guillermo le cambió la cara. Una humareda hedionda le rodeaba el rostro. Era el humo del tabaco que chupaba el gordo que tenía al lado. Los ojos comenzaron a ponérsele rojos y la alegría que hasta hacía unos segundos le emanaba del cuerpo, comenzó a trocársele en incomodidad, en calor, en rabia.

—Tú sí eres abusador —le dijo Guillermo al gordo que se le quedó mirando y tan sólo levantó una ceja antes de agarrar su habano y meterse el extremo encendido dentro de la boca.

Todos vieron y celebraron aquel duelo de virilidad que llenó de tensión los espacios y los espejos pulcros de la Barbería Nicola. Hasta el mago de la India detuvo su último pregón en la puerta para ver en qué paraba el cruce de miradas que chillaba desde el fondo del local.

—Tú sí eres arrecho —sentenció Guillermo—. Ahora te vas a comer el mojón ese que te estás fumando.

El gordo se levantó de su silla, se sacó el tabaco de la boca, soltó una bocanada de humo, atrajo hacia sí un cenicero cercano y apagó el enorme cigarro. Hizo todo esto sin dejar de mirar ni un instante a Guillermo.

Sin embargo, y a pesar de lo tenso que estaba el ambiente, sucedió algo gracioso en medio de aquellos minutos de camorra. Desde afuera, un negrito miraba la querella. Lo curioso era que desde el local sólo se le veía la mitad del rostro. Una gruesa cortina tapaba la ventana de la mitad para abajo. Por eso todos los que estaban cortándose el pelo vieron medio rostro negro moviendo sus ojitos encendidos y vidriosos para uno y otro lado como si del péndulo de un reloj se tratase.

Fue todo un chiste ver cómo la cara del negro cambió de repente y se volvió de súbito una masa temblorosa que dibujaba en su superficie las líneas de un escalofrío.

—¡Negro di merda! —Salió gritando desde su calvicie brillante el bueno de Nicola. El negrito que tanta gracia produjo desde la ventana había estado orinando sobre el vidrio de la barbería que Nicola o alguno de sus empleados tendría que limpiar.

Aquel grito y aquella situación aplacaron los ánimos de la gente, pero pronto se caldearon otra vez. El gordo había botado el tabaco soltando a los aires una última bocanada de humo que rodeó al barbero Ramón y a Guillermo. De inmediato escondió la mano derecha en la cintura y sacó un revólver brillante que puso en la mesa sonora antes de volverse a sentar.

—Ahh, pero bueno, ¿se van a caer a tiros aquí? —Gritó Arminda.

—Verdad. Si se van a caer a tiros, mejor se van para otro lado —exigió el viejito a quien otro barbero afeitaba.

Guillermo no dijo palabra. Había algo en sus pómulos que temblaba y que les decía a todos que su indignación era enorme.

Al ver la reacción de la gente, el hombrote enorme tomó su arma, cogió el habano del cenicero, lo encendió y se puso a ver las volutas de humo mientras su barbero continuaba la faena. Luego, cuando las barbas y las greñas adquirieron forma a fuerza de peine y tijera, el hombrazo se levantó de su asiento, se quitó la tela que le cuidaba la ropa, se puso su chaqueta, se acomodó el bigote, le puso unos billetes en el bolsillo de la bata a su barbero y se fue con su barba florida y su melena recién podada dejando la barbería impregnada de humo.

 

Del libro de cuentos Breviario galante (Sudaquia Editores, 2012)


Roberto Echeto (Venezuela, 1970) es Licenciado en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello, así como productor de espacios radiales, docente y dibujante. Ha participado con sus dibujos, pinturas, escritos y experimentos en numerosas exposiciones individuales y colectivas, tanto en Venezuela como en el extranjero. Echeto es autor de la novela No habrá final (2006) y de los libros de relatos: Cuentos líquidos (1997), La máquina clásica (2011) y Breviario galante (2004; 2012). También ha colaborado con publicaciones como El Nacional y la revista El Malpensante.

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