“El novelista premiado”, por Juan Murillo

Su primera novela la escribió luego que un compañero de oficina se presentara a un concurso literario y recibiera el primer premio. Pensó que él no era más estúpido...


Su primera novela la escribió luego que un compañero de oficina se presentara a un concurso literario y recibiera el primer premio. Pensó que él no era más estúpido que su compañero. No sería difícil escribir una novela mejor que aquella, que había granjeado un premio con el cual su compañero se compró un cochecito del año —pequeño, cierto, pero nuevo—, que luego estrelló porque no sabía manejar.

Ya de lleno metido en aquello de escribir, leyendo la novela de su colega, se dio cuenta de que sí se podía ser más idiota que él, como lo habían sido, por ejemplo, los jurados del premio, que no habían podido ver la burda manipulación a la que estaban siendo sometidos. Pensó que echarse esa plata a la bolsa era cuestión de escribir una novelita llena de sentimentalismos ramplones y giros de la trama, destinados a hacer a las señoritas cubrirse los labios en forma de O con la palma húmeda de la mano que no sostuviera el libro.

Pero la cosa no era tan fácil: había que tener cierta personalidad para escribir de esa manera, una personalidad muy distinta a la suya. La suya era más bien famosamente mercurial. La primera novela que escribió era un vasto catálogo de la estupidez humana, que iba señalando, con sonrisa sardónica, en un venenoso reguero de oraciones sin interrupciones de puntos, llenas de una alegría malévola que hacía de su lectura un espectáculo tan fascinante como escandaloso.  Su incapacidad para escribir novelitas premiables lo hacía pensar que quizá también él fuera un estúpido, después de todo, como el resto del mundo.

Para su sorpresa los jurados del concurso al que envió su novela —el que regalaba el dinero que costaba un cochecito— coincidieron en que su prosa era fascinante y le otorgaron el primer premio. La sorpresa, sin embargo, duró apenas un instante, y luego recapacitó: el premio en realidad no podía haber sido otorgado a nadie más que a él. Se regodeó pensando cómo se vería parado en el escenario, enfundado en un frac, con una bufanda gris enmarcándole la pechera blanca, el brazo en alto sosteniendo el premio para que todos lo vieran. Y luego se reprochó su bajeza por siquiera considerar ir a retirar un premio que le habían otorgado a un imbécil del calibre de su colega un año antes. Luego pensó que con el dinero del premio podía pagar sus deudas. Luego pensó que era un cerdo si pensaba aceptar el premio por el dinero. Luego escribió una carta diciendo que lo aceptaba.

El día de la premiación se sintió sumamente ofendido de que nadie lo reconociera cuando llegó con la bufanda colgándole del cuello, y decidió sentarse entre el público en vez de ir a la silla que le tenían reservada. Cuando nadie vino a buscarlo, se levantó enfurecido y salió dando grandes pisotones del teatro. Afuera le pagó a un borrachín para que se presentara, haciéndose pasar por él,  y para que recibiera el premio. Al pasar al podio para dar el discurso de aceptación debía decir: “Gracias, nadie se merece este premio más que yo”. Al día siguiente, sin embargo, se apersonó a las cajas de la fundación organizadora a recoger el cheque, luego de lo cual llevó disgustado la bufanda de seda a una compra y venta, la empeñó y al salir dejó caer distraídamente el tiquete de empeño en una alcantarilla.

Haber ganado ese premio representó un problema para los jurados de otros premios porque le dio visibilidad a su obra. El hecho de que esa obra fuera además iconoclasta y misántropa complicó el problema doblemente, porque desafiaba a los futuros jurados a actuar con valentía y aceptarlo en vez de rechazarlo. Problema que en su momento se resolvió otorgándole el premio nacional a su segunda novela, que era, básicamente, la demostración de por qué su país era un monstruo imaginario imposible, que no podía ni debía existir.

Cuando recibió la llamada que lo notificaba como ganador, estalló en una risa malévola.  Ese mismo día llegó el telegrama oficial y, sin tiempo para pensarlo, contestó por escrito que el país se premiaba a sí mismo tratando de otorgarle ese premio, pero que él no pertenecía a esa nación de imberbes y que no los honraría aceptándolo, de modo que rechazaba el premio. El ministerio contestó, por medio de un comunicado de prensa, que lamentaba la decisión del premiado de no aceptarlo, pero que el otorgamiento no requería de aceptación, mientras que la dotación en dinero sí. Cuando leyó en el periódico que le darían el premio pero no el dinero le hirvió la sangre. Rápidamente contrató un abogado que obligó al estado a pagarle lo que le debía.

Su tercera novela, un injurioso ataque contra los concursos que otorgaban premios literarios, desollaba a múltiples personajes; especialmente a aquellos que ejercían de jurados y que se veían envueltos en sórdidos intercambios en especie con autores menores, que concluían en resultados desagradables y sorprendentes, tanto en los concursos como en sus vidas privadas. Ese año le otorgaron, de nuevo, el premio nacional, pero esta vez en la categoría de autor joven, que tenía un límite de treinta años, y que él superaba por lo menos por veinte. Lo evidente de la burla lo llenó de un oscuro regocijo al ver confirmadas las sospechas que había albergado toda su vida. Se enroscó sobre sí mismo y planeó su venganza. En el discurso de aceptación —no pensaba cometer el mismo error dos veces, ese dinero era suyo— llamó señora ministra al señor ministro, insultó múltiples veces a sus compatriotas, usando concienzudamente todos los sinónimos de “tonto” que encontró en el diccionario, se burló del santo patrono de la ciudad, de la forma en que hablaban el idioma y de la selección nacional de fútbol. Esto último colmó la paciencia del ministro, quien se levantó, le gritó algo que los micrófonos no lograron captar, y se retiró del escenario, seguido por todos sus subalternos, ocasión que el público aprovechó para abuchearlo y tirarle los programas arrugados, una naranja y el zapato de alguien que se sintió particularmente ofendido.

Poco tiempo después de esto, el novelista comenzó a sentir un ardor en la boca del estómago diferente a su indigestión habitual. El dolor en aumento lo hizo por fin acudir al hospital donde le diagnosticaron un cáncer de estómago. Como no tenía dinero para médicos o medicinas se propuso escribir otra novela con la cual ganar un premio que le permitiera pagar el tratamiento. Esta novela fue diferente, la escribió en contrición, reconociendo que su odio era una mera fachada para el dolor que siempre le había producido el rechazo y el desprecio de su madre, y que lo único que siempre había querido era la aceptación y el cariño de los demás. Escribir sumido en esa dolorosa introspección le costó muchísimo trabajo y para cuando terminó la novela la enfermedad estaba tan avanzada que ya no había tratamiento posible.

Su última novela, extraña, incomprensible para quienes la leyeron, se publicó póstumamente, pasó desapercibida y no recibió ningún premio o reconocimiento.


Juan Murillo (Costa Rica, 1971) nació en San José. Es autor de las colecciones de cuentos Algunos se hacían dioses (1996) y En contra de los aviones (2011). En 2009, junto con Guillermo Barquero, compiló Historias de nunca acabar. Antología del nuevo cuento costarricense. Ha colaborado con artículos de crítica literaria en periódicos y revista nacionales, y mantiene las bitácoras de reseñas 100 palabras por minuto y El arte de la mentira. Es también co-fundador de Ediciones Lanzallamas.

Foto: Esteban Chinchilla

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Crímenes narrativos

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