“Raimondi 904”, por Miguel Ruiz Effio

A mi padre Gran monarca su oficio, todo creció con él: la casa y mi alcancía y esta humanidad. Pablo Guevara, Mi padre 1 Bájalo despacito, sin golpearlo, dice...

A mi padre

Gran monarca su oficio, todo creció con él:

la casa y mi alcancía y esta humanidad.

Pablo Guevara, Mi padre

1

Bájalo despacito, sin golpearlo, dice mi padre, y yo obedezco. En la congestión de su rostro puedo adivinar su esfuerzo, su cansancio. Siento ganas de pasarme el brazo por el rostro, para quizá de esta manera ocultar mi propia fatiga.

Ya está, dice ahora. Acabamos de colocar sobre la acera el armazón de un ropero, verdaderamente pesado.

El Hospital Almenara deja caer, por fin, su sombra sobre nosotros, luego de tantas horas de trabajar bajo el sol. Dentro del rectángulo de penumbra que se dibuja a nuestro alrededor soplan ráfagas de viento frío que alivian nuestro ahogo. Mi padre seca el sudor de su rostro con la manga de la camisa mientras camina hacia la casa de la que hemos estado entrando y saliendo toda la mañana. Cuando ya está en el interior lo veo acercarse a lo que algún día será un escritorio: pone sus manos enormes y firmes en las esquinas del mueble y me hace un gesto para que tome el otro extremo y lo ayude a levantarlo. Parece que nunca se cansará.

Vamos, hijo, dice esbozando una sonrisa, y yo siento vergüenza de que note que estoy extenuado. Siento los dedos frágiles, la espalda húmeda, las venas de los brazos a punto de reventar. Maldita sea: este es trabajo de hombres, diría mi padre si leyera mis pensamientos, cómo no vas a poder.

Hemos venido muy temprano aquí, a la antigua casa de mi padre que desde hace mucho tiempo había convertido en su taller. Estamos obligados a desocupar el local. No tenemos idea de adónde irá a parar todo lo que saquemos, pero imagino que ya se le ocurrirá algo a mi padre.

A nuestro alrededor, el mundo continúa funcionando. Está a punto de quebrarse lo que hasta hoy ha sido nuestra vida, pero los vecinos de las casas aledañas continúan riendo y conversando con el periódico dominical bajo el brazo. ¿Hablarán sobre nosotros, especularán sobre las razones de nuestro lanzamiento a la calle?

Con bastante torpeza sostengo mi lado del escritorio y me dejo conducir por mi padre hacia la acera, ya repleta de muebles, armazones y tablas, pero la calle es amplia y siempre hay lugar para algo más. A pesar de que estoy usando toda mi fuerza, me siento ridículo al comprobar que es el peso del mueble el que guía la velocidad de mis pasos. Qué inútil eres, debe pensar mi padre.

2

El taller de mi padre está en lo que equivocadamente podría pensarse que es el final del jirón Raimondi, junto a un muro de ladrillos que interrumpe la trayectoria de la calle, justo detrás del hospital Almenara. Es una zona del distrito bastante pacífica, aunque por las noches ese sosiego se convierte en desolación y da paso a la peligrosidad. Pero no siempre fue así. Cuando yo era niño y mi padre trataba de interesarme en su oficio trayéndome al taller, solía escaparme de su mirada y pasar las tardes mirando las interminables filas de hormigas que carcomían la corteza del árbol añejo y enorme que se levanta frente a la puerta. El silencio de la calle me permitía oír el gorjeo de las palomas y los silbidos de mi padre, mientras me entretenía provocando diásporas entre las hormigas y tapando sus agujeros en el árbol. Otros niños correteaban alrededor de las quintas o atravesaban la calle montando bicicletas.

De eso hace mucho. Hace una semana cumplí dieciséis años y creo que mi padre ha comenzado a resignarse por fin a la idea de que jamás aprenderé los principios de la carpintería. Imagino que siempre pensó que además de estudiar una carrera podría aprender su oficio, sin contar que mi interés se iría acercando hacia la lectura y la escritura, excluyendo casi todo lo demás. De los libros no vas a vivir, me decía; los hombres tienen que aprender un oficio, algo útil.

Primero bajas tu lado y después bajo yo el mío, y cuidado con los dedos, ordena mi padre. Cuidado con tus dedos, repito en mi mente. Debe considerarme el tipo más incompetente de la tierra. Qué inútil eres.

Dejamos el mueble sobre la acera. Yo permanezco mirando la fachada del taller; sucia y empapelada, suplicando votar por candidatos de todas las épocas y a todos los cargos: presidentes, diputados y senadores, alcaldes. Imagino que alguna vez la casa debió lucir majestuosa, enclavada al fondo de la calle y guarecida por la sombra de un árbol enorme y de ramas frondosas. Pero yo tengo un único recuerdo de ella: decadente, con los ventanales del frontis cubiertos de polvo, telarañas y aserrín y el gemido de las puertas al abrirlas. El tiempo castigó la edificación hasta deslucirla: el color verde de la pared se diluyó con la sucesión de estaciones y los fragmentos de pintura, desprendidos durante meses y años, han dejado cicatrices blancas y multiformes, bosquejos de mapas, siluetas indescifrables.

Trae los cajones que están junto a la puerta, dice mi padre, mientras pasea la mirada por la calle vacía y ve acercarse una camioneta roja que ha reconocido hace algunos segundos. Levanta la mano a manera de saludo y camina hacia el vehículo, abriéndose paso entre las osamentas de madera que hemos dejado en la calle.

3

Mi padre conversa con el hombre que descendió de la camioneta roja: un tipo chato y gordo, que sonríe para parecer simpático. Imagino la conversación amable que inicia mi padre, las preguntas que intentan conocer los últimos detalles de la vida familiar del gordo y restablecer así una amistad que se alimenta de encuentros esporádicos. La esposa debe estar bien de salud, los hijos grandes y trabajando o estudiando, alguno de los nietos, seguramente, habrá nacido ya. El gordo preguntará algo parecido: cómo estarán sus ahijados, su comadre con la que hace años no conversa. Escuchará el tema de los meses de alquiler atrasados, se enterará del desahucio. Cuando advierto que mi padre señala el taller y luego la camioneta, adivino lo que está pidiendo: veo la cara de contrariedad del gordo, las manos que parecen querer dibujar las excusas que sus palabras y gestos no se animan a pronunciar. Mi pecho se llena de desprecio por aquel tipo. Lo recuerdo algunos años atrás: borroso, visitando la casa de noche y, siempre poco antes de marcharse, murmurándole a mi padre con el rostro teñido de vergüenza. Y lo que, debido a mi edad, me es imposible recordar, lo completo con los relatos que escuchaba de mi madre: el gordo trabajando junto a mi padre, pidiéndole la camioneta prestada, antes de que fuese necesario venderla para comprar comida y pagar las pensiones del colegio. Yo manejo, compadrito, yo se lo llevo a guardar a la playa, yo le ayudo a cambiar esa llanta, eran sus letanías de entonces, cuenta mi madre. Ahora ya no se acuerda de eso, está sobrado con su camioneta, termina diciendo siempre. Maldito gordo.

Lo observo e imagino sus negativas, sus pretextos para evitar acceder a lo que mi padre debe estar pidiendo: hágame unas carreras hasta Ingeniería, compadre, un amigo me va a guardar esto en su patio, pero no tengo para el camión de la mudanza. ¿Y el gordo? ¿Replicará lo de siempre? Los frenos, el carburador, la palanca de cambios está fallando, mucho cuidado si se compra un auto de segunda, compadrito.

Miro al hombre gordo subir a la camioneta, conversar a través de la ventanilla con mi padre, sonreír para parecer simpático y para acompañar las promesas que, seguramente, inventa. Oigo encenderse el motor del vehículo: un artefacto lento y destartalado que retrocede como si quisiera escapar del montón de tablas y vigas que reinan sobre la acera.

4

El gordo regresa a las seis, dice mi padre, y yo lo escucho sin dar crédito a lo que él mismo sabe que no ocurrirá. Imagino que ha luchado toda la tarde contra su propio pesimismo, así que creer ahora debe significar para él su último salvavidas.

Hace dos horas nos ayudaba la vecina de la casa de al lado: una mujer pequeñita, de cabellos canos y movimientos frenéticos. Movía cosas pequeñas: banquitos, sillas a medio terminar, cajones. Su presencia me incomodaba: en cualquier momento alguna pieza valiosa se me caería o estropearía y mi padre me regañaría —¡Con cuidado, caramba: qué inútil eres!—; mi humillación sería evidente y mucho mayor delante de esa presencia inoportuna y falsamente solidaria. Esto último lo comprobé cuando se acercó a mi padre con el armazón de una guitarra a la que solo le faltaban las cuerdas. Lo había encontrado entre los desechos y probablemente pensó que lo habíamos tirado; con los ojitos llenos de codicia y la voz vacilante lanzó la pregunta que no pudo reprimir:

—Maestro, ¿y esta guitarra?

—Me la regaló un cliente por un cachuelito que le hice, respondió mi padre, pero está sin cuerdas y sin barnizar.

—¿No me la regala, vecino?, se atrevió a decir la mujer. Se le está malogrando acá.

En mitad de la calle, con sus trabajos y sus recuerdos desperdigados en la acera, mi padre debió sentir que la última amistad a su alrededor se desvanecía. Y quizá para siempre. Un moribundo a merced de los buitres, en mitad de la calzada agrietada, mezclado con las vigas o sepultado bajo los desechos de madera.

—No, vecina, discúlpeme, respondió mi padre con un tono de voz que no dejaba lugar a réplicas.

La mujer sonrió como si no importara, pero sin mostrar convicción. Dejó la guitarra en su lugar, apiló banquitos durante algunos minutos más y después se marchó. Empezó a hacer frío, maestro, no me vaya a resfriar, disimuló, frotándose los brazos.

Adiós.

5

Mi padre otea el largo de la calle, como si estuviera seguro de que algún milagro se avecina. Hemos acabado de desocupar el local, y ahora solo queda esperar. Un hombre ha venido en representación del dueño y ha cambiado la cerradura. Luego, ha cerrado la puerta con llave. A partir de entonces siento a mi padre más solo que nunca, incluso más que anoche.

—Maestro, le están sacando las cosas del taller, le dijeron unos muchachos a mi padre anoche, cuando se asomó a la puerta que casi habían tirado al suelo a punta de golpes. Imaginó las vigas a la intemperie, los muebles endosados entre cientos de manos: un saqueo. Cuando llegamos al taller, luego de atravesar las pocas calles que lo separan de casa, nos detuvo un muchacho alto y fornido, que llamó a mi padre a una zona apartada para hablarle en voz baja, casi en secreto. Los labios del muchacho exhalaron un aliento pesado contra sus oídos, y mi padre debió sentir que una mano se aferraba a la piel de su antebrazo, ajustándole:

—Maestro, le rompieron la chapa de la puerta y sacaron varias cosas a la calle. Yo se las he cuidado. Había como cinco palomillas metiendo sus narices por acá, pero los corrí a todititos.

—Gracias, Loncho.

Vi entonces a mi padre introducir su mano en el bolsillo del pantalón y darle los únicos diez soles que le quedaban. Si no lo hacía, el muchacho se los hubiera pedido de todas maneras, o para mayor humillación, se los hubiera arrebatado sin ningún pudor frente a los curiosos que se habían acercado al taller. Loncho, el pequeñín que años atrás se encaramaba en la ventana del taller para verlo trabajar y que alguna vez le ayudaría a cambio de una propina. Ahora debe tener mi edad y muy mala memoria.

—Son veinte para las cinco, le digo a mi padre. Voy a la bodega del japonés: creo que tiene su televisor encendido, explico. Sé que he interrumpido sus pensamientos. Tengo las manos encogidas dentro de los bolsillos y siento las yemas de los dedos y las palmas ásperas, cubiertas de una invisible capa de aserrín.

Cuando veas llegar al gordo te vienes corriendo, pide mi padre, con el desánimo a flor de piel.

6

El Hospital Almenara es una torre de cubos que deja caer su sombra larga y espesa sobre las osamentas que rodean a mi padre. Arriba, el cielo sufre una lenta metamorfosis: una cortina naranja, un pañuelo rojizo, un abanico púrpura, un velo azul.

Veo a mi padre apoyarse en el árbol que, nos contaba siempre, sembró junto con su padre y su hermano cuando llegó a Lima, hace cuarenta años. Esto probablemente haya sido una exageración suya: el árbol es mucho más viejo. Recuerdo una niñez acompañada de las historias que mi padre contaba sobre su infancia y sobre el abuelo a quien no alcancé a conocer. Casi no he mirado el partido de fútbol que transmiten en el televisor de la bodega. Incluso me incomoda el rumor de expectativa de los parroquianos que me acompañan. Y las manifestaciones de su fanatismo.

Las raíces del árbol asoman entre las grietas de la acera, venciendo el peso del concreto. ¿Cuántos años más podrá soportar aquel tronco antes de derrumbarse, corroído por los ejércitos de insectos que desfilan por su interior? Un inusual color rojizo cubre la calle, entristeciendo las casas. Oscurece. El viento frío barre el polvo, el aserrín, la memoria de mi padre. También la mía.

En medio del laberinto de madera que parece haber creado, veo a mi padre encogerse, cruzar los brazos y ocultar las manos bajo las axilas, derrotado. El hombre de las frases cortas que yo sentía descender como los golpes de los martillos que manejaba: Inútil, inútil.

¿Cuánto tiempo más vas a esperar?, pienso.

Miro mi reloj: las seis y media. Las luces de los postes empiezan a encenderse. Salgo de la bodega del japonés y camino hacia el taller con pasos cortos, sin prisa, como si pudiera retardar lo inevitable. ¿Qué piensa ahora mi padre?¿Cómo me sentiré cuando esto mismo suceda en casa, en mi calle, frente a mis amigos y conocidos? Nuestra situación es la misma allá, en El Porvenir: todas las semanas nos llueven notificaciones judiciales. Imagino nuestras cosas a la intemperie y a mamá y a Rosita llorando, sin entender. Podría suceder mañana, pasado mañana. Aquí, en cambio, nadie me conoce bien, no siento la humillación de ver mis recuerdos desnudados repentinamente, como le sucede a mi padre.

Gordo de mierda, repito en mi mente.

7

El gordo ya no va a venir, dice mi padre cuando me acerco. Y así viniese, ya oscureció y no vamos a ver nada, añade.

Por la calle que intersecta el jirón Raimondi, un grupo de perros hostiga a una hembra. Pasan frente a nosotros, gruñéndose entre sí. En cualquier momento empezarán a ladrar y a morderse.

—Si quieres, está diciendo ahora mi padre, regresa a la casa y avisa a tu mamá que me voy a quedar cuidando las cosas. Saca una moneda y me la ofrece: mañana vienes temprano, a las siete, para ver qué hacemos.

Acaricio la moneda entre mis manos. Hace frío y cada vez se ve menos. Unas siluetas aparecen tambaleándose desde el fondo de la calle: tres borrachos que hablan a gritos, insultándose con frases soeces. El más joven de ellos (¿Loncho?) señala el taller. La noche es una pregunta perturbadora; lentamente se va deshaciendo sobre el asfalto corroído.

—Prefiero quedarme, le digo a mi padre, como si pudiera curar su tristeza con estas palabras. Miro a nuestro alrededor, tratando de disimular la turbación: hurgando entre los muebles dispersos en la acera descubro un grupo de varillas de madera y una de acero.

Las tres siluetas se acercan. El más viejo lleva una botella que, probablemente, quebrará con facilidad.

 

Del libro de cuentos Un nombre distinto (APJ-Altazor, 2011)


Miguel Ruiz Effio (Perú, 1977) estudió Administración en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha sido finalista de las Bienales de Cuento Premio Copé de Petroperú en los años 2002, 2008 y 2012, respectivamente. Ha ganado también el Primer Concurso de Narrativa Ten en Cuento a La Victoria 2008 y el Premio de Cuento José Watanabe Varas 2010 de la Asociación Peruano Japonesa. Es autor de los libros La habitación del suicida (2006), Un nombre distinto (2011) e Y si el olvido un día nos (2012). Relatos de su autoría han sido incluidos en las compilaciones Disidentes: Muestra de la nueva narrativa peruana (Revuelta Editores, 2007), Nacimos para perder. Simplemente cuentos (Casatomada, 2007), El desafío de lo imaginario: Primera antología binacional contemporánea peruano-ecuatoriana del cuento (Consulado del Perú en Guayaquil, 2011), Disidentes 2 (Altazor, 2012) y 17 fantásticos cuentos peruanos. Volumen 2 (Casatomada, 2012). Es director de Campo Letrado, revista de artes.

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Crímenes narrativos

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