Memorias de Jacinta Escudos

¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara...

¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara en un hacedor de palabras y vividor de certámenes literarios? En este espacio son los propios autores quienes rememoran y nos cuentan acerca del momento en que la literatura irrumpió en sus vidas sin pedirles permiso.


Recuerdo la tarde en que me regalaron mi primer libro. Debo haber tenido unos cinco años y era el fin de mi primer año de kinder. Las monjas de mi colegio, tan ceremoniosas y formales siempre, hicieron un acto en el que todos los padres de familia veían orgullosos cómo sus pequeñas se “graduaban” de su primer año en el colegio. Las monjas nos llamaban por nuestros nombres y nos daban medallas por buenas notas o buena conducta. A mí me dieron una banda de “perseverante”, porque no había faltado a clases ni un sólo día de todo el año.

Yo estaba parada sobre el escenario y desde ahí miraba a mi tío Ricardo que tenía un regalo entre las manos. Sabía que era para mí y no me aguantaba por recibirlo. Me moría de la curiosidad por saber lo que era.

Después de lo que me pareció una eternidad, el aburrido acto terminó y las niñas bajamos a reunirnos con nuestros familiares. Mi tío me dio aquel paquete envuelto en papel de regalo. “Felicidades”, me dijo, como si yo hubiera hecho algo realmente importante, al mismo tiempo que me daba un beso que me dejó húmeda la mejilla.

Tomé el regalo pero no lo abrí allí mismo. Esperé hasta llegar a casa para hacerlo. Lo hice como me habían enseñado, despegando la cinta adhesiva y procurando no romper el papel. Cuando por fin lo destapé no supe qué pensar. Era un libro grande, de pasta dura, con la ilustración de un ratón dibujada en la portada.

Mi desconcierto se debía a que en mi casa había muchos libros. O sea, un libro no era un objeto novedoso, no era un juguete y me parecía que tampoco era algo propio para una niña. Además, y lo más grave, yo no sabía leer. Así es que ¿qué iba a hacer yo con un libro?

Mis padres no acostumbraban contarme cuentos ni leérmelos. No tuve más remedio que darle vuelta a sus páginas, examinar los dibujos con detenimiento e imaginar de qué podría tratarse aquella historia.

Cuando aprendí a leer al año siguiente, lo leí por mi propia cuenta pero recuerdo que nuevamente me desconcerté. Me parecía más emocionante el montón de historias que me había inventado que el texto original. Además, en cada repaso de los dibujos me inventaba una versión diferente a la anterior y bastante alejada del relato. El libro se llamaba Suavín, el ratón de palacio y su autor era Rafael Santamaría. Fue editado en 1965 en Bilbao. Al día de hoy sigo buscando aquel libro que se perdió, ya no sé cómo.

Un par de años después, cuando mi tío se enteró que ya sabía leer, me regaló un paquete de libros que incluía un condensado de los viajes de Marco Polo, la vida de Gengis Khan, algún libro de Emilio Salgari, otro de Julio Verne y la novela Heidi, de la autora suiza Johanna Spyri.

Heidi fue la primera novela que leí (y sí, en ella se basaron las películas y los famosos dibujos animados posteriores). Comencé y ya no pude detenerme. Recuerdo el asombro que me produjo descubrir que no sólo podía entender cada palabra sino también, que comprendía la historia. Fue como aprender a descifrar un código secreto, un misterio largamente estudiado, porque en el colegio me esforzaba tanto por ir leyendo bien en voz alta, con la mirada severa de sor Ardón vigilándome, que no podía distraerme haciendo lo que llamaban “lectura comprensiva”.

Mi madre estaba fastidiada de verme sentada, con la nariz metida en el libro y sin poder hacer nada más durante los 3 o 4 días que me tomó terminarlo, pero no hice caso de sus reclamos y leí hasta el final. Y cuando lo hice, sostuve aquel libro entre mis manos, miraba sus pastas duras y me sentía orgullosa de mí misma por haber leído mi primer libro “serio”.

La emoción de haber terminado aquella historia perduró durante varios días. Leer me había permitido irme lejos, bien lejos, e imaginar y visualizar a mi antojo todo lo que iba leyendo. Y pensé que eso era algo que me gustaría hacer: inventar historias y escribirlas para que otras personas sintieran lo mismo que sentía yo cuando leía. Escribiría libros.

Dice Nadine Gordimer que ser escritor es una condición que se manifiesta tempranamente en la vida, aún antes de escribir una palabra, y no un atributo que se adquiere al ser publicado.

Entre mi lectura de Heidi y la escritura de mis primeros textos pasarían todavía algunos años. Pero nunca tuve ninguna duda al respecto: desde que terminé de leer aquel libro, comencé a ser una escritora.


Jacinta Escudos (El Salvador, 1961) ha publicado los libros Apuntes de una historia de amor que no fue (1987), Contra-corriente (1993), Cuentos sucios (1997), El desencanto (2001), Felicidad doméstica y otras cosas aterradoras (2002), A-B Sudario (2003, Premio de Novela Centroamericana Mario Monteforte Toledo), El diablo sabe mi nombre (2008) y Crónicas para sentimentales (2010). Actualmente escribe la columna quincenal “Gabinete Caligari” en la revista dominical Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica de El Salvador y es editora para Latinoamérica de la plataforma de blogs Future Challenges. Ha sido también escritora residente en Heinrich Böll Haus, Alemania, y en La Maison des Écrivains étrangers et des traducteurs, Francia. Su obra integra numerosas antologías de América Latina, Estados Unidos y Europa.

Foto: Sandro Stivella

CATEGORÍAS
Mi primera vez

TAL VEZ TE INTERESE