“Las noches dispersas”, por Ramiro Sanchiz

Para Juan Manuel Candal y Deborah Prat   La convención se celebraba en un viejo cine porteño que había dejado de pasar películas a fines de los noventas y...

Para Juan Manuel Candal y Deborah Prat

 

La convención se celebraba en un viejo cine porteño que había dejado de pasar películas a fines de los noventas y que, inevitablemente, tuvo su momento de iglesia evangelista; yo la había recorrido un rato el sábado y vuelto el domingo al final de la tarde, para la entrega de premios. Me habían propuesto la escritura de un artículo al respecto para una revista uruguaya y había aceptado porque necesitaba el dinero y porque me gustaba la idea de pasar un fin de semana en Buenos Aires con todos los gastos pagados; en algún momento, además, pensé que podría llegar a cogerme alguna de las minitas que, suponía, iban a curiosear entre los stands de las tres o cuatro productoras locales con cara de ¿y dónde firmo para el casting? Era una idea bastante ingenua, claro. A la vez, me avergonzaba la perspectiva de escribir sobre el mundo del porno: no tanto por el tema en sí sino por mí mismo. ¿Qué podía decir que valiera la pena? ¿Quién era yo en relación al porno, por qué se me pedía que escribiera al respecto? No dejaba de hacerme esas preguntas molestas y pensaba que iba a ser difícil evitar la mirada desde afuera, la cosa del letrado desbrozando malezas en un baldío con condones tirados por ahí –o, y era todavía peor, al contorno de escritor que juega a hacerse el malo, el realista sucio, el Bukowski del Río de la Plata. Y era una actitud odiosa, por supuesto. Pensé, también, que si me esforzaba por evitarla podía terminar enredado en un entusiasmo primario, que haría entender que me faltaba la única excusa válida, la cosa autobiográfica, y que sería irremisiblemente derrotado por el porno, por la industria, por la cosa de objeto al margen y allá lejos, que no se tocaba ni quería tocarse con el mundo de la palabra escrita.

A la vez, podía ponerme a discutir si esa última conclusión era válida, pero mi artículo terminaría convertido en un ensayo denso y, casi con seguridad, mortalmente aburrido, lleno de indecisiones, de timidez y de excusas pelotudas.

La única solución posible fue olvidar el artículo y ponerme a caminar entre los stands con grandes consoladores, pantallas gigantes que mostraban penetraciones “extremas”, chicas –esas minitas bastante feas del porno argentino, derrotadas, resignadas a la ansiedad de ser poca cosa, disfrazadas con un glamour berreta– que sacudían sus tetas de silicona bajo una sonrisa pegada a sus labios con adhesivo instantáneo. Las imaginé formando fila, terminada la convención, ante una tiendita atendida con un viejo que tenía un gran frasco de acetona o aguarrás y un montón de algodón –o, peor, un trapo sucio– con el que poco a poco les disolvía el pegamento. Pero, precisamente, ese tipo de cosas también estaban entre lo que no quería escribir: maldades gratuitas, ironía barata, gestos de canchero que quiere hacerse el vivo para estar a tono en Buenos Aires.

Ya en la entrega de premios un productor me reconoció, me gustaría saber de dónde, y me llevó a su mesa. Había dos tipos más, con aire un poco maligno y distraído, que parecían dos chicos de clase media alta jugando a disfrazarse de mafiosos, con las camisas abiertas hasta el fin de la panza y el cuello extendido sobre las solapas de la chaqueta, gruesas cadenas de oro con crucifijos del barroco caribeño, lentes de armazón metálico y cristales color ámbar. El productor, de hecho, era un poco así. Me presentó a los tipos –sus socios, dijo– y a las tres mujeres que sonreían en la mesa, dos rubias y una pelirroja, más o menos dispersas entre los veinte y los treinta años. Las primeras parecían, hay que decirlo, clones de algún prototipo de rubia californiana generado por ingeniería genética, aunque, en rigor, las raíces más oscuras y las evidentes capas de base y de bronceado en spray hacían pensar que debían clasificarse dentro de otra variedad, más cercana y difundida. La pelirroja fue la que me interesó más; las tres eran tetonas, pero las rubias, me pareció, demasiado artificiales; la otra, casi diría que regordeta, exhibía un escote todavía más amplio y a todas luces natural. Ya conversando intenté acaparar su atención, pero se mantuvo indiferente a todo lo que llegué a decir; una de las rubias, la que parecía más joven, en cambio, pareció interesarse por la presentación de mi persona improvisada por el productor que había dicho conocerme, en la que yo aparecía como un escritor de novelas eróticas. Evidentemente me estaba confundiendo, pero me cuidé mucho de corregirlo.

Un rato después, cuando comenzaron a anunciar los premios, el productor, sus socios, la otra rubia y la pelirroja volcaron toda su atención a las palabras del animador, un gordito pelado que intentaba a toda costa hacerse el gracioso con trucos archiconocidos de stand up. Y yo seguía conversando con la rubia más interesada en el mundo de la literatura erótica; su nombre “real” era Gimena, me dijo, aunque usaba un pseudónimo en sus películas, que ahora he olvidado. Había grabado ocho escenas, todas ellas en DVDs como A las pendejas les gusta grande, Destrucción anal adolescente, La vecinita quiere pija y Culos grandes argentos (mi memoria, que se rige por sus propios criterios, sí retuvo estos títulos; como estaba sentada, además, no fui capaz de asegurarme con respecto a la adecuación a la realidad del último título); hacía una semana –me contó– había protagonizado un gang bang. También me dijo el nombre del actor que se la cogió al final, un tipo aparentemente famoso por el tamaño de su pija, incluso para los estándares del porno. Yo no lo conocía, le confesé, y supongo que pensó que mentía. Traté de llevar la conversación hacia el porno clásico y la edad de oro, la época de Debbie Does Dallas, de Linda Lovelace, Seka, Marilyn Chambers, Ron Jeremy, John Holmes y todo el panteón, pero pronto quedó claro que ella no sabía nada del tema. ¿No mirás porno?, le pregunté, y se limitó a negar con la cabeza, sonriendo.

Después me dijo que sí, que miraba porno, pero sobre todo local más alguna cosa de Brazzers o Elegant Angel; añadió que la habían nominado para los premios de Mejor Actriz, Mejor Pete y Mejor Escena de Sexo Anal. El último ya había pasado: perdió, justamente, contra la pelirroja, que al levantarse para hacerse con el premio pareció convocar a todas las energías de su vida y convertirse en un huracán de sonrisas y poses hipervulgares que, debo confesar, me calentaron un poco más. Tomé unas notas.

–¿Qué escribís? –me preguntó Gimena, que parecía haberse bancado bastante bien no haber ganado.

–Cosas, boludeces; tengo que escribir un artículo sobre la convención –dije, y pensé que era el momento para jugar a una pequeña amabilidad–: voy a mencionar a todos los ganadores; seguro que en los otros dos para los que estás nominada te termino anotando a vos.

Sonrió.

–Gracias, qué lindo que sos. Aparte, ¿sabés?, me tengo fe…

–¿En los dos premios?

–En el de mejor pete no sé, está –y mencionó otra actriz que no recuerdo ahora–, que hace más cosas que yo, babosea la pija, hace más ruido, escupe, pone caras… no sé, a mí todo eso me parece un poco cursi.

–Pero en el de mejor actriz sí te ves ganando…

–Me dijeron que no iba a ganar –dijo, y me extrañó un poco–, un conocido me quería convencer de que ni viniese, pero para mí que me estaba queriendo cagar. Las otras minitas que están nominadas no tienen chance.

–¡Qué bien! –dije; no se me ocurrió nada mejor.

El premio de mejor pete (“mejor mamada, traduzco para los amigos peninsulares… ¿o penesulares?”, dijo el presentador, en el punto máximo de su estupidez), ya más cerca del final, lo ganó una morocha petisita con ojos grandes, que fingió sorpresa al constatar que, en una de las pantallas gigantes (la otra había dejado de funcionar), la escena que le había hecho merecedora del premio estaba siendo reproducida con todo y sonido.

–Pero esta no es la de los ruiditos –le dije a Gimena.

–No, qué raro. Esta ganó porque hace mejor garganta profunda, mirá.

En efecto, en la imagen la chica extraía de su boca, garganta y probablemente esófago una pija fina y larga. El público estalló en aplausos.

–Es re gauchita la mina, eso no te lo niego.

Después anunciaron más premios. Tras Mejor Lechazo llegó el turno de Mejor Actriz. Miré a Gimena: evidentemente nerviosa, se había acomodado en su silla y apoyado las manos en sus muslos. El animador hizo un par de chistes sobre las nominadas, pidió un aplauso para la “terna” y, después de bromear un poco con la mina que le hacía de secretaria (“el año que viene estás nominada vos, ¿no primor?”), abrió el sobre y anunció que, como no podía ser de otra manera, el premio le tocó a… Y dijo un nombre que no era el de Gimena.

La miré, disimuladamente. No había sido capaz de ocultar su sorpresa, y el animador le había dedicado un chiste mala onda; pasadas las risas, le tomé una mano, traté de sonreír y me encogí de hombros. En ese momento –su mano seguía bajo la mía, pero parecía por completo inanimada, como si se hubiese dispersado toda la energía del cuerpo al que estaba conectada– bajó la cabeza y se puso a llorar. Le solté la mano, por si quería secarse las lágrimas, pero permaneció así, mirándose la falda o el ombligo y llorando despacio, sin otro ruido que el de la respiración entrecortada. Me miró, después de un rato, con los ojos enrojecidos y el maquillaje apenas corrido. Creo que sólo entonces se dio cuenta de que la había tomado de la mano.

–Ya vengo –dijo, y se levantó.

En el escenario estaban premiando al productor que me había reconocido y a sus amigos mafiosos: Culos grandes argentos era la mejor película para adultos del año.

Y Gimena tenía, sí, un culo digno del título.

 

La convención se dispersó después de la ceremonia. Otro tipo, el que me había dado la acreditación, se me acercó para ver si “la había pasado bien” con una sonrisa que daba a entender que esperaba que yo reconociera el juego de palabras, cosa que no hice, aunque le contesté amablemente y hasta fingiendo entusiasmo. Añadió que a las once empezaba la fiesta en el apartamento de no recuerdo quién, y que yo estaba invitado, junto a todos los ganadores y los invitados V.I.P. Mientras tanto, dijo, si yo quería podía entrevistar a los actores, directores y productores que se habían llevado un premio. Le dije que sí, maquinalmente, y me llevaron a un stand donde la pelirroja, la morocha petisa, dos actores, el productor que me conocía y un par de hombres más que no identifiqué, firmaban copias de DVDs y posters. Me presentaron a un actor español, otra pija legendaria, y a una veterana probablemente yanqui que se limitaba a sonreír y a dejarse sacar fotos con fans. Creo que era Lynn LeMay o alguna otra actriz de los noventas, probablemente más de segunda fila; noté las arrugas detrás de las tetas, infladas a más no poder y con la piel áspera y manchada, y traté de acercarme a la pelirroja, que no hacía más que hablar con el español, reírse de cualquier boludez y posar con él en fotos en las que le tocaba el bulto y ponía cara de asombro. Miré la hora: faltaba un buen rato para la fiesta, en la que, supuse, quizá sí iba a terminar cogiéndome a alguna de las actrices o las invitadas VIP. Era fácil de imaginar la merca, la música, las bebidas, las chicas bailando sobre las mesitas ratonas de vidrio, los ventanales abiertos hacia Puerto Madero o algún otro barrio cheto. El tipo de las acreditaciones me pasó su celular y la dirección de la fiesta, y se excusó aludiendo a “asuntos organizativos”.

–Te veo más tarde, uruguayo –dijo, con una sonrisa que quería ser canchera y amable a la vez.

Di una vuelta más por ahí, pensando en posibles aperturas para la nota y en cómo eludir meterme en la manía contemporánea de hablar del lugar del cuerpo o evitar discusiones en torno a los diversos feminismos y un montón de asuntos más que intentarían domesticar al porno y convertirlo en un asunto “significativo”, cuando, en rigor, nada de eso importaba a la gente que había votado por los ganadores o a los que habían subido, quizá sinceramente felices, a buscar la estatuilla dorada con forma de pija. Pero esa apelación a las cosas en lugar de a las palabras, al “cuerpo”, a la materialidad del sexo y al flujo de dinero de la industria, no tenía nada que ver con la construcción del cuerpo desde el lugar de los intelectuales, los filósofos, los ensayistas y los críticos. Y yo no quería tomar partido por ninguno de los bandos. Ya era bastante estúpido estar pensando en “bandos” entre aquellos gemidos a todo volumen y las chicas vestidas con látex rojo que caminaban por ahí ofreciendo guiñadas a los tipos con acreditación VIP.

Caminé un poco más entre los stands, miré un poco de una escena de la película ganadora y, ya ante un salón casi desierto, decidí que no tenía sentido quedarse. Salí a la calle y allí, esperando un ómnibus –un colectivo–, vi a Gimena.

Me acerqué y la saludé, con cara de circunstancias.

–Ah, cómo andás… ¿terminó todo ya?

–Sí, ya no queda nadie… ¿vos vas a la fiesta?

–No, no tengo ganas. Me invitaron, pero como por lástima, así que no… me voy para casa.

–¿Te puedo hacer una pregunta?

–Como poder podés, pero ahí viene el colectivo…

–¿Y te jode que te acompañe a tu casa?

–No, cómo me va a joder… pero te vas para el lado contrario a la fiesta… ¿vos no querías ir?

–Me da lo mismo; igual veo, tampoco me da la impresión que sea el tipo de fiesta que termine temprano, ¿no?

Subimos; había bastantes asientos vacíos. No me fijé qué colectivo era, pero por un momento entendí que no importaba, que la noche en realidad podía estar recién empezando. Me senté junto a Gimena y empezamos a charlar; el premio que no había ganado, la razón por la que creía que le importaba, el tiempo que llevaba “en la industria”, el reciente gang bang, un ex novio, su plan de estudiar psicología. A los cuarenta minutos, más o menos, bajamos a una avenida que no conocía y después caminamos por una calle bastante sombría hacia un barrio de veredas amplias y plazoletas dominadas por ombúes gigantescos. El contraste me asombró: había pasado de la hiperiluminación del centro y la sordidez de aquel viejo cine con su exhibición de tetas de silicona, culos de metacril, consoladores de latex y labios de ya no sabría decir qué, a un microclima de casona montevideana del 900, recuerdos de Felisberto Hernández vueltos primero ectoplasma y luego corteza de árbol y mi persistente imaginación de alienígenas atrapados en sótanos y viejas matriarcas sentadas en los porches para mantener afuera a los curiosos mientras sus maridos destilaban los fluidos segregados por las criaturas. Incluso creo recordar que estaba poniéndose el sol, lo cual, evidentemente, es imposible.

Ya en su casa me hizo pasar, pero me advirtió que tratara de hablar bajito, para no despertar a nadie. No le pregunté con quién vivía. Me guió por un pasillo bastante largo flanqueado por paredes de pintura un poco descascarada en los zócalos y alguna que otra mancha de humedad, y terminamos en la cocina, bajo el cono de luz de una lámpara de plástico verde. Preparó café, después abrió una coca y calentó unas empanadas. Mientras, traté de imaginarla entrando a su casa con aquella pija de plástico dorado, apoyándola en la misma mesa de la cocina sobre la que ahora había dejado dos vasos y la botella de coca litro y medio. En otra parte de la ciudad empezaba la fiesta; en otras partes de la ciudad, supuse, empezaban más fiestas. Y me sentí en la oscuridad, en el centro de la oscuridad, pero en el tipo de oscuridad que muchas veces creí buena para los ojos, el tipo de oscuridad que tantas veces busqué y no encontré, parecida a la noche más espesa de mi infancia, a esos recuerdos que tengo de mis tres, quizá cuatro años, en medio de alguna visita nocturna a un pariente, sentado en el asiento trasero del auto de mis abuelos y saliendo de algún barrio remoto de Montevideo, Melilla o Lezica por ejemplo, o incluso en el centro, en Rivera y Bulevar, donde se celebraba la Feria del Libro y el Grabado, una gran asamblea de hippies en la que mi madre tenía un stand de cobre esmaltado y otras artesanías. Y recordé también una caminata con Agustina en Piriápolis, en enero del 2000, por la playa pasada la medianoche, y creo que sentí que aquella oscuridad de mis primeros años se había dispersado a lo largo de mi futuro y refugiado en pequeños momentos de noches dispersas, como un líquido que se reduce a unas pocas gotas a lo largo de una superficie. Y el momento, esa vez, ante el olor de las empanadas de carne con huevo y aceitunas, estaba llegando a fin, ante el vacío, ante aquel confín de la gran ciudad desconocida. Me quedé solo por unos minutos, y corrí las cortinas de una ventana bastante pequeña para mirar hacia el fondo: sólo pude distinguir las formas alienígenas de un árbol y un muro un poco más allá, achatado por la luz de la luna.

Gimena regresó a la cocina con la cara lavada y ropa más cómoda, una remera, un short que le resaltaba todavía más el culo. Entendí que no podía tener más de 19 años, quizá 20, y, pensando en qué podíamos hacer en su cama que no fuera como una de sus películas, A las pendejas les gusta grande o Culos grandes argentos, le pregunté de nuevo por qué le había importado tanto aquel premio que, en el fondo, era una estupidez.

Y no me respondió.


Ramiro Sanchiz (Uruguay, 1978) ha publicado las novelas y nouvelles Lineal (2008, 2013), Perséfone (2009), Vampiros porteños, sombras solitarias (2010), Nadie recuerda a Mlejnas (2011), La vista desde el puente (2011), Trashpunk (2012) y Los viajes (2012), además de los libros de relatos Algunos de los otros (2010), Del otro lado (2010), Algunos de los otros redux (2012) y Los otros libros (2012). Cuentos de su autoría fueron publicados en antologías como El descontento y la promesa (Uruguay, 2008), Neues vom Fluss (Alemania, 2010) y Hasta acá llegamos (Bolivia, 2012), entre otras, así como también en las revistas Diaspar, Otro Cielo, Axxón, Próxima, Narrativas, Letralia, If y Galaxies. Ha sido traducido al francés, el italiano, el alemán y el lituano; es periodista cultural y crítico, y alimenta regularmente los blogs Aparatos de vuelo rasante y Partículas rasantes.

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