“Homo coitus ocularis”, por Marina Perezagua

Los registros dicen que solo quedamos dos. Somos las últimas personas. Yo y tú, mujer y hombre, el final de una cadena que decidió colectivamente, por el bien de...

Los registros dicen que solo quedamos dos. Somos las últimas personas. Yo y tú, mujer y hombre, el final de una cadena que decidió colectivamente, por el bien de las demás especies, la extinción voluntaria. (Te desabrocho un botón).

Tú y yo, los últimos, coincidimos en que mantenemos intacto nuestro sistema reproductivo. Muchos se esterilizaron, pero no todos. No hizo falta, porque la estricta disciplina en que nos educaron ha actuado como eficaz vasectomía, como castración o ligadura de trompas. Es la disciplina más rigurosa, la de la contracepción en todas sus formas, la del coitus interruptus, la de la abstención. (Cuelo mi mano en tu pecho).

Una cámara nos está filmando. Pusieron –pusimos– las cámaras para asegurarnos de que todos cumplíamos con nuestra promesa. No más partos. No más niños. Pero hoy, detrás de la cámara, no hay nadie. Nadie nos mira. Alzo mi cabeza y sonrío al objetivo. Sonrío a ese forastero cósmico que, quizás, recoja la filmación en un futuro. Me entristece la posibilidad de que no sepa interpretar que esta extensión horizontal y ascendente de mis labios significa alegría. (Mi mano en tu pecho baja hasta el abdomen. Toco tu vello  y pienso en el homínido que eres, en cuántos monos has tenido que sobrevivir para nacer hombre, tan suave, con tan poco pelito en el cuerpo).

No nos conocemos mucho. Tan solo de vista. Pero todos nos conocíamos de vista, porque al final éramos tan pocos que nos reunimos aquí, buscando el calor de la última generación. Aunque conocerse de vista no es igual que mirarse a los ojos. Nosotros también nos miramos a los ojos, varias veces, y eso nos situó entre el anonimato y el orgasmo; la intimidad del alma por la cópula de la mirada.  (Subo mi mano desde el abdomen hasta tu cuello, la misma trayectoria que sigue tu sangre para ir desde el corazón hasta el cerebro. Me detengo en la arteria carótida. Late).

Pensé que los otros llegarían a ancianos, pero se fueron apagando cada uno en una esquina, bajo una cámara que filmaba la fractura definitiva de ese eslabón sin descendencia. Tú estabas también en una esquina, pero no tenías la cabeza entre las rodillas, sino que escribías estos últimos paisajes con fórmulas matemáticas. Qué bonito –te dije– y detuviste el dedo en la arena para mirarme. Brillabas. (Te huelo. Nuestros abuelos presagiaron que el olfato se nos atrofiaría por no usarlo. Pero vamos a extinguirnos antes que el olfato. Nos extinguimos con los cinco sentidos despiertos. Tu piel se eriza bajo el soplo de mi nariz).

¿Has visto cómo ha crecido el grupo de monos Rhinopithecus? A medida que nuestra población ha ido decreciendo, esa manada se ha hecho mucho más grande. Ellos sí ponen sus cabezas entre las rodillas, pero solo cuando llueve. Evitan así que el agua les entre en la nariz, respingada, vuelta hacia arriba. ¿Lo sabías? Debido a esta particular morfología de su nariz, si no protegen sus cabezas, la lluvia les hace estornudar. Por el sonido de su estornudo, hace muchos años, cuando los cazadores todavía cazaban, podían encontrarlos. Pero tú eres diferente a los Rhinopithecus; diferente a los demás hombres, porque nunca proteges tu cabeza en un gesto de depresión. (Tu mano está en mi espalda. Sube por mi columna vertebral y pienso que también yo he tenido que sobrevivir en muchos monos para llegar a ser una mona erguida).

Qué bonito –te dije–  y volví a mi esquina. Te miraba desde allí. Unos seis metros nos separaban. Hice pis. Un hilito líquido recorrió los seis metros y mojó la arena bajo tu dedo. Borró los bordes de una ecuación. ¿Era importante? Me disculpo. (Atraes mi labio inferior con tus dientes, primero, y luego el labio superior, que sueltas para volver al inferior, como un pájaro que picotea ajeno a cualquier presencia, ajeno a mí. No. Ajeno a mí no, te suplico. Y yo, yo me dejo besar, o quizás tampoco, quizás ésta sea mi manera de besar, ofrecer mi boca al hambriento para que me quite el hambre).

Oí que los niños, a su manera, eran hermosos. Yo no lo sé. No puedo saberlo, porque las únicas veces que vi a algún niño yo también era una niña, y como niña solo podía evaluar a los adultos, que siempre me parecieron tristes. Pero, desde que  no hay niños –decían aliviados– hay más cachorros, más crías de todo, de bisontes, de ballenas, de piedras. Y parece cierto. La vida se regenera, reverdece en cada hueco que dejamos. Ayer se fue la mujer que estaba a mi lado y en su lugar ya hay un brote. Quién sabe lo que será. (Meto mis manos entre tus cabellos oscuros y largos, con los dedos algo separados, con las uñas mordidas y las yemas convertidas en hocicos que te olfatean las raíces como puercas que buscan trufas. Te olfateo las puntas, todo el cráneo, los mechones más largos, los pelos recién nacidos en la nuca, en las sienes… Claro que conservo el olfato. Y no solo en la nariz. Nuestros abuelos se equivocaron).

Cuidado. No vayas a pisar el brote. Tengo curiosidad por ver lo que nacerá. ¿Cómo se expresa lo que, sin conocer, echamos de menos? No añoro lo que conozco, sino lo que nunca he visto. Añoro la sombra frondosa del árbol insinuada en un brote que quizás solo sea un hongo. El futuro también. Añoro el futuro, ese pececito inmaduro que nos han hecho prometer que no comeremos. (Me besas el pecho, y qué orgullosa estoy de poder mostrártelo. Mira. Estos son dos pechos bonitos. Creía que nadie los vería nunca. Sonrío otra vez a la cámara. Y qué pena otra vez si quien la descubra no sabe interpretar mi sonrisa. Qué pena si no sabe que estos dos pechos son sexuales y que, aunque muchos acaben cayéndose y los haya grandes y pequeños, llenos y vacíos, los míos están en su sitio y tienen el tamaño suficiente para que una mano sienta su peso. Y, en el medio, una cosa que se llama pezón, que también puede ser feo o bonito –porque hay algunos que crecen hacia dentro y esos no invitan a nada–, pero los míos salen hacia fuera para decir: Si nos acaricias, enrojecemos).

Alguien que sabía dijo que ya no teníamos tiempo. Que deberíamos haber colonizado hace siglos otros planetas, no dejar los huevos en una sola cesta. Y los abuelos de los abuelos de los abuelos hablaban de cuántas especies se habían extinguido a nuestro paso. Y de ahí la sentencia, acelerar nuestra extinción inevitable para frenar, al menos, las demás, a través de la compasión humana que nos queda. (Me tiendes en el suelo bocarriba y ah, ya estás dentro. Siento la voz de alarma. Cuidado. No estamos esterilizados. Pero te dejo hacer. Al menos un poco porque me gusta y porque pienso –con esa parte del cerebro que es capaz de pensar desde el placer– en cuántos monos hemos tenido que sobrevivir para copular mirándonos a los ojos. De todos los atributos humanos me admiro, más que de la compasión de extinguirnos, de esta postura misionera. Homo hábilis, Homo erectus, Homo sapiens. En qué momento de la evolución el hombre descubrió los efectos de su penetración en la retina que le mira).

Yo nunca había matado nada. Quizás el río de orina que se extendió hasta ti ahogó algún insecto. Esto no fue intencionado, pero sí lo fue el movimiento de mi muñeca al romper el cuello de un conejo que vino a mis pies. Los conejos ya no tienen miedo. Nada nos tiene miedo, y no es que me importe, pero no soporto que un conejo ignore cuánto tuvimos que esforzarnos para conseguir el fuego. (Si te mueves así pronto voy a dejar de pensar, pero no voy a traicionar la promesa que todos nuestros semejantes cumplieron. Te aparto. Tus ojos se abren sobre los míos. Tienes pestañas de elefante).

Regresas a tu esquina. Te veo caminar de espaldas como un prototipo de humano perfecto. Me tumbo de lado para mirarte. Te has sentado de nuevo. Vuelves a escribir  en la arena, esta vez con una ramita. Me arrastro poco a poco. No sé por qué no quiero levantarme. Me deslizo desde mi esquina  a la tuya como una serpiente con patas. Al llegar a tus pies veo las ecuaciones. (Huelo tu sexo desde un símbolo. Mi olfato sigue sin extinguirse. Me siento sobre ti, cara a cara, tu cuerpo entre mis piernas, el mío entre las tuyas. Vuelves a entrar. Otra vez la voz de alarma: Cuidado. Estamos sin esterilizar).

Tu primera palabra es una orden de silencio: “Calla” –me dices. Obedezco. Te miro y veo las montañas que agitas por encima de tu cabeza. Esas montañas se están moviendo mientras yo noto, por dentro, la presión del brazo que las levantó. Es un brazo que en lugar de terminar en mano termina en un agujerito. Se está hinchando y sé que, si no lo retiro, expulsará el esperma en ese maratón que desde nuestros abuelos de los abuelos de los abuelos venimos arruinando. Sí. Vas a eyacular. Todavía estoy a tiempo. No es necesario que te detenga. Podría ofrecerte mis manos, podría también abrirte mi boca. Pero tú me miras bajo esas pestañas espesas de elefante y yo te dejo disparar la carrera. En la descarga caliente me río de nuestros muertos. Me río del marfil por el que justificamos cementerios de elefantes descolmillados. Elefantes: esas inútiles especies milenarias que todavía no han aprendido a aparearse mientras se miran a los ojos.

 

Del libro de cuentos Leche (Libros del lince, 2013)


Marina Perezagua (España, 1978) es licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla. Tras su licenciatura marchó a Estados Unidos con una beca de doctorado en Literatura Hispánica, y durante cinco años impartió clases de lengua, literatura, historia y cine hispanoamericanos en la Universidad Estatal de Nueva York. Tras vivir una larga temporada en Francia y trabajar en el Instituto Cervantes de Lyon, vuelve a  Nueva York, donde en el presente cursa el máster de Escritura Creativa de New York University y prepara la publicación de su segundo libro: Leche. Su primer libro, Criaturas abisales (2011), fue publicado en Barcelona por Los libros del lince. Ha publicado en diversas revistas literarias, entre ellas Renacimiento, Sibila y Carátula.

Foto: Esther Montoro

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Crímenes narrativos

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