Memorias de Guillermo Barquero

¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara...

¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara en un hacedor de palabras y vividor de certámenes literarios? En este espacio son los propios autores quienes rememoran y nos cuentan acerca del momento en que la literatura irrumpió en sus vidas sin pedirles permiso.


Nuestra cara no es otra que el reflejo del aburrimiento —más que de la sorpresa— cuando nuestros padres nos dicen: “hace veinte años todo era diferente; hace veinte años esto, hace veinte años lo otro.” Será, me imagino, que el punto de corte entre generaciones son esas dos décadas que nos separan. Veinte años, toda una vida.

Si digo, por mi parte, que comencé a escribir hace tanto tiempo (esas dos décadas como separación de las aguas), despertaré la desconfianza, el aburrimiento, quizá la sorpresa. ¿De qué puede uno escribir a los trece, catorce años? Lo mío fue un poema: El gato maltés, una suerte de oda automático-dadaísta a la animalidad (o cosa parecida). Todavía lo conservo, pero, por pudor, no reproduciré ninguna de sus furiosas líneas.

Después de ese poema, inicié la escritura frenética de cuentos, muchos relatos que trataban sobre seres etéreos, paisajes desolados, hospitales de ambiente sobrecogedor…

Inicié mal esta historia: para llegar a ese poema incendiario y a esos relatos de absoluta desolación hubo un antes, una biblioteca como centro del mundo y una persona: mi abuelo materno. Fue ahí, en su casa, con sus libros, que el germen de la escritura creció hasta transformarse en una mano velluda y ominosa que te toma del cuello. Mi abuelo fue un hombre de gustos variopintos, un cultísimo lector no herrumbrado por el esnobismo que nos agobia a sus descendientes; tenía en su biblioteca libros de autores de dudosos méritos literarios junto a antologías del Siglo de Oro, así como enciclopedias de contenidos elementales y ruines al lado de compendios de referencia obligatoria.

El antes de mi escritura lo encontré en la última hoja de muchos de los libros de esa biblioteca; mi abuelo anotaba sus impresiones de lectura, escribía poemas, creaba panegíricos o simplemente exclamaba breves oraciones de sorpresa, tras cada libro leído. Ver su letra de perfecta caligrafía invadiendo esa última hoja era para mí una especie de hechizo, de imagen misteriosa. ¿Qué quería decir con esos poemas? ¿Eran de su autoría? ¿Qué cosa significaban sus enigmáticos comentarios?

Y claro, estaban los libros y sus contenidos: poesía reunida de Apollinaire, una infaltable antología de Julio Cortázar y un texto que provocó una de las mayores impresiones en mi vida: Mirando el misterio, de Samael Aun Weor. Es un libro que ahora, con la deformación del conocimiento, no sabría clasificar. ¿Autoayuda? ¿Metafísica? ¿Ciencia ficción? ¿No ficción? En ese tiempo era un libro, simple y llanamente, como todos los que había en aquella biblioteca de mi abuelo. Hablaba de seres nacidos del éter, de cosas llamadas “elementales”, de los secretos de un paisaje nuboso, de otras dimensiones. Todo un catálogo de reflexiones que no estaban sujetas a la comprensión ni a los sentidos.

Creo que la huella de ese libro, mezclada con la literatura que ha ido acumulándose con los años, no ha hecho más que ahondarse: todo, después de los rabiosos relatos de esos primeros días, de los poemas dadaístas-metafísicos, ha estado formado por el éter, por la sensación más que por la visión, por lo que no puede ser expresado en palabras.

Hace diez años ya que murió mi abuelo. Y muy pronto serán veinte, y después cuarenta. Y sus palabras, las de perfecta caligrafía, me sobrevivirán, y sobrevivirán a mis palabras. Y estarán después de todos, en el éter, en el misterio de la muerte, listas para ser leídas por todas las generaciones. Y claro, los libros harán su tarea, aunque siempre imperfectamente.


Guillermo Barquero (Costa Rica, 1979) nació en la ciudad de San José. Es autor de los libros de cuentos La corona de espinas (2005) y Metales pesados (2010), así como de las novelas El diluvio universal (2009) y Esqueleto de oruga (2011). Junto al escritor y editor Juan Murillo compiló la antología Historias de nunca acabar. Antología del nuevo cuento costarricense (2009). Relatos de su autoría han sido publicados en revistas como Los NovelesLetralia y Voces. Actualmente co-dirige la casa editorial Ediciones Lanzallamas.

Foto: Adriana Zúñiga

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