“Matrioskas”, por Marcela Ribadeneira

Pintarrajeada, con múltiples personalidades, hueca por dentro. Me miré en el espejo. Los rasgos dilatados no podían contener el maquillaje en descomposición. Grumos de rímel y blush escurrido. La...

Pintarrajeada, con múltiples personalidades, hueca por dentro.

Me miré en el espejo. Los rasgos dilatados no podían contener el maquillaje en descomposición. Grumos de rímel y blush escurrido. La crónica de un colapso nervioso graffiteada en el rostro.

Hasta ese momento, la metáfora de las matrioskas de la doctora Elena Blum no había tenido mayor resonancia en mí. Pero, a medida que examinaba mis facciones distorsionadas en el espejo, esta fue tomando fuerza. Era como si cada neurona, cada célula y cada poro de mi ser se llenara de una verdad universal, indiscutible y redentora.

“Arráncala”.

La sentí por primera vez. Adherida a mí. Como un pellejo artificial y tóxico, que mantenía en cautiverio hermético a mi verdadero ‘yo’, asfixiándolo paulatinamente. Fue entonces cuando la urgencia por arrancármela se hizo incontrolable.

Blum dice que la “apariencia cosmética” —los elementos estéticos que se incorporan al propio cuerpo para una inserción social exitosa—, constituye la matrioska que se encuentra a flor de piel, la matrioska exterior, la cáscara que contiene al resto de cáscaras. Maquillaje, implantes de silicona, tatuajes, prótesis dentales, tintura capilar, bronceado artificial y cirugías plásticas serían parte de ella.

Yo no tenía cirugías, ni tatuajes, ni el cabello teñido. En mi caso removerla sería muy fácil, sería como una sesión de desmaquillaje ritual. Luego removería la siguiente, y así sucesivamente hasta llegar a la ‘matrioska alfa’, aquella que, como me aseguró la doctora Blum, debía contener mi ‘yo’ en su expresión más pura.

“Arráncala”.

Abrí el grifo. El agua helada paralizó mi rostro, corroyendo las capas de maquillaje. Un remolino de púrpuras, beiges y rojos rugió dentro de la porcelana blanca del lavabo para luego ser absorbido por el desagüe y llegar a las alcantarillas, donde se disolvió en las aguas servidas de la ciudad.

Mientras esto sucedía bajo tierra, la sensación térmica en mi piel se convirtió en una fuerza renovadora que, poco a poco, irrigó mi cuello y mis hombros, bajó por mi columna y se acumuló en mis caderas. Luego avanzó con mayor fuerza hacia mis pies, pasando primero por mis muslos, pantorrillas y tobillos.

Pero esa purga cosmética no fue suficiente para sentirme más auténtica. Había una segunda matrioska exterior que me asfixiaba, que no estaba compuesta solo por el maquillaje.

 

Durante mi niñez y mi adolescencia fui extremadamente pálida. Todos los años, cuando nos sacaban la foto de curso para el anuario, mis compañeras hacían la misma broma: “¡Sor Socorro! ¡Sor Socorro! Gasparín sale en la segunda fila”. Me pareció evidente: la siguiente matrioska era mi bronceado. Ese que adquirí a fuerza de usar cremas aceleradoras y sprays durante tanto tiempo, a fuerza de hibernar durante cientos de horas en la cámara de bronceado del Spa Lido, antes de pasar las dos semanas de rigor al año en Saint-Tropez, Río o Ibiza.

Me tomó mucho más tiempo de lo que hubiera imaginado, pero lo logré. La luz del baño hería mis ojos. El ronquido del tráfico —filtrado por la pequeña ventana— martillaba mi cabeza. Sintiendo el colapso cerca, me dejé caer sobre el tapete de felpa celeste.

La pequeña navaja que extraje del removedor de callos se desprendió de mis manos. Desde el ángulo interior del codo hasta la muñeca, solo un hilo de sangre completó el recorrido. Un hilo que destiñó de mi piel todo viso de dorado artificial.

Evalué el charco espeso que se extendía sobre el tapete celeste. El derramamiento había cumplido su cometido. Gasparín me observaba desde el espejo.

Como lo había prometido Blum, al despojarme de mis matrioskas exteriores me pareció ver el mundo con nuevos ojos. La pesada nata que los cubría fue desintegrada por un ojal de luz que tomó posesión de cada objeto a mi alrededor. El retrete, el lavamanos, el tapete empapado de sangre… todo adquirió una reverberación casi mística.

 

Me explico. Normalmente —como asegura Blum— una persona es capaz de ‘leer’ un objeto mediante cinco formas sensoriales. Cinco lecturas que corresponden al olfato, la vista, el oído, el tacto y el gusto. Es decir, que de un objeto no podremos nunca conocer más características que aquellas que son reconocibles para nuestros sentidos. Deambulamos, quizás, en un cúmulo de dimensiones que no somos capaces de percibir.

Sin mis últimas matrioskas, no me haría falta un set de sentidos más sofisticados. Así pude percibir que el retrete, por ejemplo, era algo más que blanco, frío, que sonaba como una cafetera vieja, que olía a cloro y que posiblemente tenía gusto a lo mismo. Pude sentir sus moléculas, sus átomos, sus quarks y sus gluones vibrando en el espacio, en un estado de cohesión aparentemente inviolable.

Sin mis matrioskas exteriores actuando como barrera, me fueron revelados los puntos débiles de la materia, su carácter volátil: en los intersticios de las partículas se podía apreciar que cada una tenía una partícula-sombra, una partícula de antimateria que la acechaba, escondida, sin tocarla, imitando fielmente su estatismo o su movimiento. Cada objeto y cada ser podían ser aniquilados en cualquier instante, si los dobles de antimateria de sus partículas llegaran a chocarse, todos al mismo tiempo.

Pero eso no tenía importancia para mí, la aniquilación de aquellas dos matrioskas había puesto en marcha algo que ya no se podía detener, algo que me impedía pensar en otra cosa. Odio caer en lugares comunes pero sí, a partir de ese momento el cielo era —no hay cómo decirlo de otro manera— más azul. El peso que la atmósfera ejercía sobre mis huesos se aligeró notablemente. No solo sentía que mis pulmones y mi sangre recibían oxígeno, sentía que se transfiguraban. Y yo me transfiguraba con ellos. Así recorrí la ciudad durante algunos días y noches, sintiendo que la densidad de mi materia disminuía, y que a la par de eso, el universo empezaba a desnudarse frente a mis ojos.

Pero el efecto empezó a desvanecerse, una sensación de pesantez lo reemplazó. Blum había dicho que para que el procedimiento fuera exitoso en todo su potencial se debía remover todas las matrioskas que envolvían a la matrioska alfa.

Una vez más examiné mi rostro frente al espejo del baño. La venda con la que había cubierto el corte del brazo estaba bañada en sangre seca. La ausencia de maquillaje y la hemorragia me habían dado una palidez opaca y pura. Pero no, yo no era la mujer del espejo. Aún no.

Todavía me acomodaba el pelo detrás de las orejas del mismo modo que lo hacía mi madre. Todavía sorbía el café, cerrando los ojos, como lo hacía mi padre. Todavía tenía ese tic nervioso en el párpado derecho, que adquirí en el peor día de mi vida. Todavía me mordía los labios al hacer el amor, imitando a esas amigas que decían que se mordían los labios al hacer el amor. Todavía escuchaba la música que mi último amante me había dicho que escuchara.

Debía arrancarme todo eso. Debía descubrir cómo yo tomaba el café, cómo hacía el amor, cómo llevaba el pelo y qué música me gustaba. Debía descubrir todo sobre mí. Y para lograrlo, otra matrioska debía volar.

 

Blum decía que se recuerdan de mil maneras las cosas que nunca sucedieron, porque en ese espacio de lo que no fue, caben todas las posibilidades, mientras que las cosas que sí fueron, no dejan espacio para nada más. No lo entendía al inicio. Pero en ese momento frente al espejo creí haberlo comprendido: para tener todas y cada una de las posibilidades de existencia nuevamente abiertas debía borrar de mi memoria todo recuerdo, toda imagen y toda influencia que me hubiera condicionado para ser lo que entonces era. El conjunto de todo eso era la siguiente matrioska que debía aniquilar.

Traté de recordar el nombre del medicamento que Blum había mencionado durante los primeros días de mi terapia y que yo había descartado automáticamente, porque me parecía un acto de autoterrorismo borrar mis recuerdos traumáticos, en lugar de enfrentarlos y vencerlos. Blum no volvió a mencionar aquella posibilidad y ahí fue cuando empezó a explicarme la metáfora de las matrioskas.

“Propanolol”. Sí, ese podía ser el nombre. Para asegurarme, fui hasta el computador y busqué en Google el supuesto medicamento. Era cierto que existía. Blum había dicho que era una medicina extremadamente fácil de conseguir: se utilizaba para el tratamiento de la hipertensión. Aparentemente se vendía bajo prescripción médica, pero eso no sería un problema; al ordenar los medicamentos a domicilio, la operadora de la farmacia tan solo preguntaba el nombre del doctor que prescribía. Al momento de la entrega, el motorizado nunca verificaba si la receta era real.

Cuando el propanolol llegó, no pude esperar para encerrarme en el baño. El sonido del aluminio del blíster partiéndose, dejando desnudas las tabletas y liberando un tufillo químico, me causó el mismo placer que sentía de niña cuando partía con la cuchara la costra de caramelo de una crème brûlée. Bastaba una pequeña dosis de propanolol, según Blum, para que los recuerdos deseados desaparecieran. El procedimiento era muy sencillo: el medicamento debía tomarse antes de evocarlos.

Yo tenía muchas memorias que borrar, así que extraje las diez tabletas del primer blíster. Al principio pensé que cada una se encargaría de eliminar un recuerdo, pero para estar segura decidí tomar dos por cada uno. Primero borraría a mis padres, y empujé las dos primeras tabletas con un sorbo de agua del grifo. Apenas empezaron su camino hacia mi estómago, le puse play a mi memoria: los vi recostados en su cama, viendo la TV, mientras yo arrastraba por el pasillo a un oso de peluche al que le faltaba una oreja. Los vi reír y besarse. Luego intenté recordar lo que sucedió el día en que mi madre se fue de casa, después de que el divorcio fuera oficial. Lograba solamente recordar ciertos colores y ruidos, el amarillo de su blusa, el ámbar de la miel untada sobre mi tostada y el sonido de la radio de la cocina. Intenté nuevamente.

El propanolol actuaba en el momento en que todo se aclaraba, cuando el contorno de las imágenes comenzaba a definirse, como si la función de auto focus hubiera sido disparada en mi cerebro. Con la nitidez de cada imagen venía el dolor en el pecho. Pero en lugar de que ese dolor agudo y metálico pudiera derribarme como siempre lo hacía, fue detenido por lo que se sentía como una barrera líquida y helada alrededor de mi pecho.

Incrédula ante la eficacia del medicamento, me dispuse a evocar el siguiente recuerdo. Este sería mucho más complicado de atacar, sin duda. Tomé el siguiente par de tabletas y las coloqué sobre mi lengua. El siguiente recuerdo que evocaría era el mismo que había tratado de reprimir durante toda mi vida adulta. El mismo que había hecho que llore cada noche durante la adolescencia. El que había provocado que mi niñez fuera un capítulo que nunca se leía, que con su podredumbre atraía moscas y gusanos, convirtiéndose con el tiempo en algo aún más fétido y tóxico. Apenas empecé a hojear mentalmente aquellas imágenes, la réplica de aquel momento me sacudió. Volví a sentir ese ardor y ese miedo, pero antes de que se convirtiera en agonía y terror, como sucedió entonces, catapulté las tabletas esófago abajo y enseguida la barrera líquida entró en acción.

No podía creerlo. Todo se borró con demasiada facilidad. El frío que se extendía por mi organismo con cada nueva tableta era como un extintor de sufrimiento. Me refrescaba, me calmaba, me elevaba. Sentía cómo esa tercera coraza se descomponía, liberando una versión más ligera y pura de mí. Eché dos tabletas más y luego otras cuantas y dos más después de las primeras. Con ellas borré a Ismael y aquellos años en los que apenas tuve el dinero para pagar el arriendo de una habitación en una residencia de La Floresta. Borré el día en que me diagnosticaron esa enfermedad impronunciable, que ningún doctor de ninguna sala de emergencias de Quito sabía cómo deletrear y de la que muy pocos habían oído. Borré los días en cama, retorcida a causa del dolor, y también las noches que pasé sola, postrada, haciendo penosos intentos por dirigir mi mirada hacia la TV, mientras mis amigos cenaban en alguna parte, mientras bailaban y bebían, mientras iban a la cama unos con otros.

El primer blíster de propanolol estaba vacío. Yo flotaba. O al menos eso sentía, sin el peso del pasado, de la existencia previa. Mi cuerpo era tan ligero como la vaina de una uvilla. Mi mente parecía un océano efervescente, listo para desbordarse sobre nuevas vivencias, listo para bañar nuevas memorias. Me elevaba. Me elevaba y giraba por el aire del baño como un cometa diminuto, como un espiral de helio. Reí por primera vez en mucho tiempo. Blum tenía razón. Al extirpar la tercera matrioska, mi yo esencial quedó descubierto. Me sentí libre. Con la capacidad y la energía para vivir esa y doce vidas más. Me sentí feliz. Pero la felicidad fue desplazada por una aplastante sensación de vacío, cada partícula de mi ser estaba siendo impactada por su antipartícula correspondiente. Estaba completamente desprotegida y sin peso. Mi sombra de antimateria, más pesada que mi ‘yo’ desprovisto de sus matrioskas, me estaba eclipsando. Y quedaban pocos segundos para que lo hiciera por completo.


Marcela Ribadeneira (Ecuador, 1982) nació en Quito y estudió Dirección Cinematográfica en Roma. Ha escrito sobre cine para revistas como Vanguardia, Fotograma Zoom, así como para el periódico Ochoymedio. También ha sido colaboradora de la revista de narrativa breve La Comunidad Inconfesable. Sus relatos figuran en publicaciones como Ache, ProsofagiaReplicante y en la antología de cuentos urbanos Microquito I. Junto al escritor Eduardo Varas dirige La Línea Negra, agencia de contenidos y gestora editorial, donde realiza talleres de apreciación cinematográfica y de escritura creativa. Codirige, además, el proyecto ‘Cuentos para regalar’, que publica cada semana una edición digital con un relato inédito de un autor ecuatoriano.

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