“El banquete”, por Cecilia Podestá

Al llegar me dijeron que huya, y de ti, que podrías destruir mi cuerpo después de que durmiera su último  ojo vigilante. No lo hice. En cambio descubrí los...

Al llegar me dijeron que huya, y de ti, que podrías destruir mi cuerpo después de que durmiera su último  ojo vigilante. No lo hice. En cambio descubrí los cuerpos de otras mujeres, algunas solo muchachas bajo la luz del farol que nos dio la primera sombra dentro de la habitación que compartimos. Eran dulce carne morada e impúdica al viento y a la niebla que las tocaba como tú lo hacías conmigo. Su piel eran tus manos destruyendo el amor que no te dieron porque solo buscaban otorgar sus piernas por monedas, o para matar el hambre, cubrirse bajo un techo o esconderse de sus perseguidores. Yo no buscaba nada, ni siquiera un amor que salvara mi cuerpo de mi otro ojo corrupto y silencioso.

Cuando mi padre me vendió, lloró ebrio sosteniendo una botella de vino dulce, diciéndome que tenía más hijas y que, entre ellas, yo siempre fui la más agria, sin embargo la que más amó. Tocaba mi seno exprimiendo su deseo en él y volviendo a la boca de su botella. Durante la partida su voz se confundía con los relinchos de caballo hasta que solo fue una imagen más que desapareció por la niebla o porque cerré los ojos maldiciendo como si tuviera miel en los labios o sus caricias cuidadosas en el sexo, dejándolo impoluto  para la venta. Me señalaste el camino entre mis piernas hacia ese otro lugar donde se guarda la rabia, se  acomoda y se pega junto a las paredes del estómago para absorber el vino como esponja cuando el cuerpo baila. ¿Por qué me elegiste? ¿No te dijeron que debías amarme con sigilo o exprimir mi seno cuidando que su leche no cayera como la maldición que debía alcanzarte ya? ¿No pusiste mi cuerpo junto a la ruma de las otras muchachas porque descubrí que tu deceso se hallaba en mi vientre?

Querías un hijo. Y probamos cómo éramos los dos: asesinos que se miraban con desprecio mientras yo sonreía haciendo una plegaria por las mujeres bajo el farol y la sangre muerta que bajaba por mis piernas. Mirabas y descubrí tristeza. Debía castigarte por creer que tendría un lugar junto a ellas. Mi padre no se había equivocado y por eso me deseó tanto, por eso me tocó. Era entre todas ellas la más corrupta. Nos hallamos entonces junto al hedor del amor matando a las muchachas que llegaron después, a los hombres que buscaron mis ojos en los banquetes secretos, incluso a mi padre que llegó una noche bañado en orina y el amor de sus rameras, pidiendo vino y con qué llenar su estómago enfermo. Solo cuando dejó de gritar y su agonía cesó, tú y yo hicimos el amor por primera vez, celebrando que lo matamos juntos, exhibiéndonos. Y alrededor de los huesos que se amontonaron bajo el farol, seremos siempre el matrimonio más inútil, más honesto, la trampa verdadera de nuestra boca reconociendo las frases que nos encerraron secretamente dentro del otro, como en un jardín de muertos sin nombre que espera a que nuestros cuerpos caigan junto a los gusanos a hablar del otro, con amor.


Cecilia Podestá (Perú, 1981) es escritora, artista visual y editora. Ha publicado los poemarios Fotografías escritas (2002), La primera anunciación (2006), Muro de carne (2007), Desaparecida (2008) y Vía Crucis en Chepén (2010), así como las obras dramáticas Las mujeres de la caja (2003), La repisa de los juguetes vacíos y el libro de cuentos De cabeza sobre el pasto amarillo (2011). Dirige el sello editorial Tranvías Editores y se dedica también al periodismo cultural.

CATEGORÍAS
Crímenes narrativos

TAL VEZ TE INTERESE