“Alea Jacta Est”, por Alfonso Nava

Riesgo: dos soldados soviéticos empacando sus pertenencias; su escuadrón saldría de Komari. El aviso fue parco, pero suficiente: Berlín, el que faltaba, ha capitulado. Comida, agua, medicamentos, jabón y...

Riesgo: dos soldados soviéticos empacando sus pertenencias; su escuadrón saldría de Komari. El aviso fue parco, pero suficiente: Berlín, el que faltaba, ha capitulado. Comida, agua, medicamentos, jabón y un clima templado serían su recompensa al llegar a Yalta, su siguiente destino. Mientras todos empacan, un General del escuadrón se acerca al soldado F y le dice:

—No empaques. Tú no vienes con el resto del escuadrón. Se me ha informado que mañana por la mañana un comando vendrá a asignarte nuevas instrucciones.

F entiende que lo están castigando. Durante la ocupación de Komari y a lo largo de la guerra contra los tártaros, F sin duda tuvo una actuación mediocre. La penúltima semana sufrió un par de crisis nerviosas que luego se manifestaron en temblores involuntarios de las manos. Nada más peligroso para quien tiene como oficio manipular un arma. Además, en el teatro de operaciones despertó una habilidad que fue su fama y su tragedia: F descubrió la conspiración de los tártaros para entregar su país a Turquía, con un mapa a la vista e información preeliminar, adivinó los movimientos de las tropas alemanas sobre Crimea con una eficiencia de noventa y cinco por ciento. Fueron sus superiores quienes se acreditaron los aciertos y honores. Se venían acomodos en el Politburó, los altos mandos no necesitaban competencias menores ante sus aspiraciones. F fue apartado del camino; en sus reportes sólo quedaron sus faltas.

Conteniendo la furia, F empezó a desempacar.

—No se preocupe por provisiones. Los camiones que recogerán al escuadrón traen alimento, medicinas, y le dejarán algunas municiones —dice el general y se vuelve hacia el resto de su escuadrón.

Hacia la noche parten los últimos camiones. El clima en Komari se recrudece. Los rugidos de la tormenta de nieve recrean detonaciones de panzerfaust en los oídos de F. Sin más presencia humana, el frío y el sonido se acentúan. F se resigna a la vigilia, encienden el primero de los siete cigarrillos que le quedan. A un lado de su catre, una pequeña caja le sirve de mesa. Sobre la caja descansan los cigarrillos, una lámpara de petróleo, un mapa de Europa y un bolígrafo. Algo se podrá hacer con esto, piensa, buscando maneras para distraerse. Sigue con la mirada las fronteras de algunos países y empieza a trazar líneas. Se hablaba a sí mismo en voz alta. Son las diez de la noche. El comando con las nuevas instrucciones llegará hasta las cinco de la mañana.

F está despierto cuando el nuevo comando arriba en un camión con plataforma, blindado. Se trata de tres hombres vestidos de civiles (abrigos pesados, sombreros de astracán) y un militar. Dos de los primeros bajan cargando un descomunal carrete con cable telefónico enrollado. El otro civil se aparta pronto del grupo, enciende un cigarro y fuma en un rincón del campamento. El militar se acerca a F y, con indiferencia oficial, sin mirarlo, dice:

—El camarada Stalin se encuentra en Yalta para definir los términos de la paz con nuestros aliados. Los equipos diplomáticos y las tropas aliadas se encuentran en Sebastopol. Este cable telefónico funcionará para que puedan comunicarse entre sí. Su misión, soldado, consiste en hacer patrullajes a lo largo del segmento que va de Crimea a Sebastopol, para vigilar que el cable no sea manipulado o destruido por fuerzas ajenas. ¿Entendido?

F asiente. El militar da la vuelta y se dirige al camión. F va tras él

—Oiga yo creo que dos haríamos mejor el patrullaje. Con un soldado más y un mazo de cartas tendríamos suficiente —el militar continua caminando, F tras él. —Escuche, el clima es terrible aquí…

—Todas sus exigencias serán tomadas en cuenta. Le hemos traído provisiones, frazadas, incluso vodka y un whisky americano. Traeremos su correo cada dos semanas, si es que tiene —El militar se acerca a F y dice en voz baja—. Por un pago extra incluso le puedo conseguir morfina.

F deja de caminar. Busca dinero en sus bolsas. Halla unos kópecs. Insuficientes.

Los técnicos tardan un par de horas en instalar el cable a lo largo de la carretera principal de Crimea. Instantes después abordan el camión, pues en su trayecto seguirán instalando más cable. F, en silencio, los mira partir. Se lleva un cigarro a la boca. Le es difícil encenderlo porque le tiembla la mano. Siente como si tuviera un sapo vivo en el estómago. Quiero irme a casa, dice en un suspiro.

 

 

Han pasado un par de horas, a lo mucho. Para matar tiempo F decide hacer su primer patrullaje. Cada encrucijada o curva en la carretera le resulta una tentación para escapar. Tarda media hora más de lo necesario. En el camino, alcanza a ver la caravana de los que instalan el cable. F ni se acerca. De hecho, de inmediato se vuelve pues ha pasado por varios metros el límite del sector que le corresponde revisar. Teme que, si lo vieron, podrían reprenderlo. Al volver al campamento, deja su vehículo justo a la mitad de la carretera. Su misión, en parte, consiste en que, si alguien transita por la carretera, debe detenerlo y ordenarle que regrese, a menos que sean militares con órdenes firmadas por el camarada Stalin. O, no menos probable, por la Cheka. A estas alturas, F desearía que alguien pasara por allí; unos segundos hablando con alguien habrían valido la pena. Pero basta mirar en derredor para saber que no hay muchas posibilidades de que eso ocurra (aún hay muchas minas enterradas, demasiada nieve, el camino no es seguro y sabe que nadie está interesado en ir a Crimea en esos tiempos), lo cual también hace que su labor sea absolutamente anodina. Así que sólo deja el auto obstaculizando el paso y vuelve al campamento. Su cuerpo exige vodka para calentarse.

Adentro, sus ojos se fijan por inercia sobre el mapa. Está extendido sobre la caja, con nuevos trazos de la misma pluma, pero más firmes que los de F. Uno de los hombres de la caravana había entrado al juego.

A la mañana siguiente, muy temprano, F realiza un nuevo patrullaje. Rebasa los límites de nuevo por alrededor de veinte verstas, y desde allí alcanza a observar otro campamento, similar al suyo. Entiende la señal: allí hay alguien realizando la misma misión que él. Durante el resto de la tarde lo obsesiona la tentación de hacer un viaje relámpago hasta el retén. Dos situaciones se ponen en contra: descuidar su estación podría ser peligroso; la otra consiste en lo que se podría encontrar allí: un oficial que le levante un reporte negativo o un soldado riguroso, casi el estereotipo soviético, frío e inexpresivo. Por la noche, una revelación: en condiciones de soledad aguda como la que se vive en la carretera, todos los hombres son iguales. Quizá no haya la necesidad de hablar, sólo compartir un cigarro, un juego de cartas. No va a encontrar a su alma gemela, lo sabe, sólo un distractor.

Guiado por la corazonada, pero aún un poco temeroso (se ha colgado al cinto un arma corta) toma el vehículo y se dirige al otro campamento.

Con un arma corta escondida bajo el gabán, inexpresivo pero dispuesto, lo recibe el solitario encargado del campamento. Hablan con parquedad: apenas intercambian impresiones sobre su trabajo, no se dicen uno al otro sus nombres. No es apropiado. En una palabra y un gesto, especulan sobre el misterioso cable. Entran. F nota un mapa desplegado con líneas dibujadas e identifica el trazo. La guerra ha terminado, así que los dibujos no hablan de una estrategia militar. F adivina en seguida qué prefiguran: lo mismo que en su mapa: las zonas de interés soviético. F toma su pluma y encierra Polonia. El soldado afirma con la cabeza, pero a continuación afirma, lacónico: “No será fácil”. Polonia, todos lo sabían, fue el epicentro de la guerra. Lo que les inquieta es tanto interés: Polonia no tiene carbón, ni zinc, ni petróleo. ¿Un capricho histórico? Bajan la voz y hablan de las posibilidades de obtenerla. Hacen intercambios: Austria por Polonia, los Bálticos a cambio de Polonia, los Balcanes por Polonia, ¿Alemania por Polonia? Cada opción implica una serie de dificultades que ambos van explorando hasta que la mañana los sorprende. F sale del campamento pensando que es imposible repartirse el mundo dadas las circunstancias. Piensa que lo más sano sería dejarlo a los designios del azar. Vuelve a su campamento. Ya de vuelta, intenta dormir pero la curiosidad le roba el sueño.

A la mañana siguiente lo despierta el rugido de un motor. Es su camarada del campamento aledaño. Le propone hacer una expedición más adelante, varios metros más allá de su jurisdicción para encontrar más compañía. F acepta. Parten. Se alejan 50 verstas de los límites del segundo campamento; no encuentran nada. Cuando llegan a cien (aún sin ver otro campamento) se detienen, piensan un poco si deben seguir. Los asusta la idea de que sólo ellos dos estén en la misión de cuidar el cable. No lo dicen, pero en cada vuelta de rueda piensan proponerle a su acompañante la escapada. Cuando llegan a 70 verstas, alcanzan a distinguir otro campamento. Es distinto al que ellos tienen: es más grande, es rojo, a lo lejos parece mucho más acogedor y una peculiaridad lo distingue: no está al lado de la carretera: está justo sobre la carretera. Se acercan a paso veloz, pero en ese momento un jeep proveniente del campamento se acerca hacia ellos. Lo que parecía una buena idea, ahora los hace sudar de miedo. Sudan a pesar del clima, y el sudor se les congela en la piel como si una red los hubiese capturado. Se detienen tan sólo porque otra cosa no se les ocurre. Los alcanza el jeep, baja un hombre armado, de aspecto temible (al menos, en el momento psicológico que viven, así lo ven). Lanza tres disparos al aire.

—¿Qué hacen aquí? —F y su acompañante no responden— Esto puede arruinar toda la misión. ¡Vuelvan a sus puestos y no se muevan de allí!

Dan la vuelta de inmediato. No necesitan mayores explicaciones: el campamento es de la Cheka, la policía secreta. La existencia del cable también se explica, no con mucha claridad, pero algo atisban. Espionaje, punto. Vuelven. Saben que a partir de ese momento sus vidas podrían peligrar. Escapar no es ya una opción. La Cheka tiene fama de fantasma, un monstruo ubicuo que extiende sus extremidades con la facilidad del aire, embiste como una lenta horda de hormigas carnívoras, dejando pocas marcas. Aunque el miedo puede bastarle. El miedo: ese mal. Atacando con su mejor guerrero: la espera. Lo saben porque ya lo viven, porque les obliga a subir la velocidad en la vuelta y a no comentar nada en la despedida, y a no recuperar la tranquilidad en las horas siguientes.

Al día siguiente, una sorpresa: un convoy completamente distinto se dirige al campamento de F. Ondea una bandera blanca por el lado izquierdo, una de Inglaterra en el derecho. F pone su vehículo en medio de la carretera para cerrarles el paso. Desenfunda su pistola; como matón de película, lanza dos disparos al aire y les apunta. El vehículo se detiene. Baja de él, como era previsible, un inglés. No sabe cómo darse a entender. Va solo. No se le ocurrió llevar un intérprete, porque a pocos días de su estancia en Sebastopol, como parte del equipo diplomático de su país, considera que los rusos son matones y traidores. Prefiere hacer esta misión solo. F, en cambio, le pide que se vaya; le dice que la carretera está dañada, que es peligroso conducir sobre ella. No se entienden. No obstante, la conversación parece tener un ordenamiento perfectamente lógico:

—Oiga, tiene que ayudarme…

—No hablo inglés —dice F encogiendo los hombros.

—Tengo que llegar a Yalta, mire, soy del equipo diplomático.

—La carretera está cerrada, es peligroso.

—Entiéndame, por favor. Esto es importante

—No le entiendo nada…Not understand —dice F con dificultad; toma la frase de una canción de Doris Day— Mejor vuélvase.

—Oiga…—suspira el inglés consternado por no saber ni una pizca de ruso y por convencerse de que no logrará pasar; pero le viene una idea— Si usted entrega esto por mí —el inglés va a su auto; extrae un fajo con alrededor de quince cartas breves, recados, dirigidos a Winston Churchill; se los ofrece a F— yo podría pagarle muy bien…

—¿Telegramas? ¿Cartas? Pensé que esta línea —mira hacia el cable— servía para que se comunicaran.

—No confiamos en sus métodos de comunicación… Escuche si entrega esto, le daré mil libras.

El inglés extrae un fajo de billetes de su bolsillo y una pequeña botella de scotch. Al mirar el probable botín, a F se le ilumina el rostro. Parece que, por un segundo, se hubieran entendido en el lenguaje universal del soborno. F entiende que dichos documentos deben ser muy importantes. Los toma, pero no acepta el soborno. Articula su mejor gesto mientras recibe los folios y el inglés sonríe. Hay algo en la cara de este ruso que lo hace confiar. O quizá no es la cara, sino el hecho de que no haya aceptado el soborno. No obstante, la integridad de F es el miedo: es peligroso tener dinero extranjero. F piensa por un momento justificar ambos pagos como botín de guerra, pero aún así prefiere no aceptar. Toma las cartas porque le provocan curiosidad.

—Confío en usted…

—Regrese, no puede estar aquí por más tiempo.

El inglés arroja una última mirada de desconsuelo hacia el soldado. Piensa, ojalá hablara una pizca de ruso. F escudriña las cartas velozmente y piensa, ojalá supiera algo de inglés.

 

 

F pasa unas horas revisando las cartas. No entiende nada. Apenas logra descifrar algunas palabras aisladas, nuevamente gracias a algunas canciones que ha escuchado. Decide hacer una visita a su compañero del campamento para ver si él puede leerlas. Pero no, el otro soldado tampoco sabe inglés. Pero infiere algo que a F ni siquiera le pasó por la cabeza: los aliados desconfían. El cable, era tan fácil de inferir, está intervenido. Otra cosa: el soldado no sabe inglés, pero advierte que la escritura de los telegramas no es común. Está cifrado, dice, el texto es alfanumérico. No saben qué hacer. Tienen miedo de acercarse de nuevo al otro campamento. Es casi seguro que son ellos los artífices del espionaje. Deciden finalmente mantener las cartas escondidas.

Durante las siguientes horas tratan de imaginar qué dirán las cartas, cuál será la indicación. Miran sus mapas. Revisan las opciones. Suponen las negociaciones de los aliados contra las propuestas de Stalin. Pero saben que les falta información. Aún no pueden desenredar sus propias conjeturas. Ignoran que hay tres tipos poderosos sentados en sendas sillas de ébano, a pocos kilómetros, en Yalta, en las mismas condiciones. F imagina en voz alta: quizá lo dejen todo a un golpe de dados. El otro no responde. Mira el cable. Lo está venciendo la tentación de inspeccionarlo y encontrar un chupón que le permita colocar otro cable en el cable y espiar. Empieza la búsqueda.

F no participa en el asunto. Se queda escudriñando los mapas y las cartas. Imagina que los segmentos escritos con número podrían ser coordenadas geográficas. Alguna noción tiene de ello: ciertos códigos de los escaques del tablero de ajedrez son usados para ubicar países. Siguiendo esa línea, infiere que los números podrían referirse a España, Italia, Grecia. Hasta donde ve, esos países no tienen importancia en la discusión. El otro soldado, mientras, lo llama con un grito. F sale a su encuentro. Este soldado tomó un estetoscopio de su botiquín de emergencias y buscó sobre el cable el sitio con mejor recepción. Lo encontró. Escucha una conversación en inglés. No entiende mucho; luego un revoloteo de zapatos contra el piso, luego el saludo de Stalin, su inconfundible voz. La charla siguiente apenas es audible. El soldado, presa de la curiosidad, decide hacer un movimiento arriesgado: va a su campamento por cinta de aislar y una navaja. Empieza a hacer unos ligeros cortes en el cable principal hasta que quepan los tubos del estetoscopio; hace con los alambres interiores una cola de ratón, mete los tubos, aísla con la cinta. Alguna noción tiene del funcionamiento de transmisores y amplificadores. Realiza todo con manos artesanales, sus dedos se mueven como las mejores ejecutantes del ballet imperial. Cuando al fin logra la conexión, oye a Stalin diciendo “Señores, vamos a jugar”. Es la primera frase clara que escuchan. Celebran.

En el campamento de la Cheka advierten una ligera interferencia; no es la interferencia en sí, sino lo inusual de ella, lo que les provoca la alarma. Un jeep proveniente de ese campamento se acerca a gran velocidad al segundo puesto de revisión. F y su camarada escuchan la conversación. No dicen nada. Algo en el cable los ha puesto en estado catatónico. Escuchan durante casi cuarenta minutos, hasta que el eco del paraje solitario les arroja el sonido de un motor; en el piso, un ligero movimiento del cable les da noticia de que se aproxima cada vez más. F suda sin parar. No necesita saber quién se aproxima. En el campamento están los telegramas aliados, en el cable una maniobra de espionaje. Esto los condenará de por vida. Su reacción natural es ir por el jeep, cerrar el paso. Tras el vehículo, nuevamente, F desenfunda su pistola. Espera. Su camarada lo imita. Llega el momento en que ven sobre la línea del horizonte al vehículo que se aproxima. Escapar, ahora más que nunca, no es opción. El vehículo está a cien metros; en segundos se acerca a la mitad. Tienen una bandera blanca en un lado y una amarilla en el otro. F siente una tensión terrible en la mandíbula, los dedos paralizados; siente ganas de gritar y echar a correr. No está hecho, siempre lo supo, para este tipo de presión. No es soldado por gusto. Siente que alguien le golpea la espalda, en el mero centro. En ese éxtasis histérico, tiene la revelación de lo que pronto será un castigo en los gulags: siente que una gota helada, inesperada, le golpea la nuca. Llora, no lo puede controlar; nada puede controlar: sus manos, sus latidos del corazón. No, esto no es para él. Su camarada se alerta al notar los cambios vertiginosos de su compañero. El vehículo que arriba está a siete metros, en segundos estará frente a ellos. F no aguanta más. Rompe su posición de defensa y la emprende con dos armas cortas, vaquero en plena tundra, disparando a quemarropa sobre el jeep.

 

 

Un café en Berna, Suiza, marzo de 1947. Un sociólogo francés espera la llegada de un misterioso hombre que prometió darle información valiosa sobre los convenios de Yalta. El hombre firma como F. No tarda en aparecer. El francés lo identifica de inmediato: el informante tiene el rostro blanco, lo que acentúa sus ojeras, la filigrana de sus venas. Tiembla. El francés, magnánimo, pide para él de inmediato un café y brandi. El informante hubiera preferido que le invitara algo de comer. Pero tampoco quiere perder tiempo. Saca una caja de cartón de la bolsa interna del gabán. Adentro hay varios papeles: dos mapas, unos dados, unos telegramas de la delegación diplomática inglesa. El ruso sólo lo muestra para que el francés sepa que no se trata de la extorsión de un oportunista. Dice: esto y mi testimonio por cien mil francos. El francés no puede pagar tanto. Al final, convienen en treinta mil.

El hombre cuenta la odisea. Narra el asunto de los retenes, el cable, su camarada, sus especulaciones sobre los mapas. Mientras el ruso cuenta, el francés escudriña los telegramas. Los encuentra más reveladores que la historia de su informante y entiende que los consiguió por una ganga. Los mapas también le llaman la atención. Los revisa a golpe de ojo. El francés se disculpa con el ruso: pretexta mucho trabajo. Firma un cheque (al final decide darle treinta y cinco mil) y paga la cuenta. El ruso se queda a terminar su expreso. Revisa de nuevo en su gabán, lo hace cada cinco minutos, para ver si los documentos que necesita siguen allí. Piensa llegar con ellos a América, aprender inglés, cultivar papas y enseñar ruso. En Rusia fue enterrado sin honores, culpado de espionaje y traición a la patria. Pero en su exilio se llama F, sus documentos lo prueban. Se declara hombre libre. Ganó el juego.

 

 

“La fascinación del juego estriba precisamente en el riesgo: se disfruta de una libertad de decisión que sin embargo no carece de peligros y que se va estrechando inapelablemente”, escribió Gadamer. Riesgo entendido como llegar al límite de una habilidad, en cierta situación en la que la recompensa se advierte difícil de conseguir, pero de lograrlo será muy gratificante. Para el académico cubano Usnavy Pedroza (Apuntes para una historiografía del juego, Universidad de Rioja, 1965)esta derivación es natural, considerando que muchos de los juegos que han existido durante generaciones, son símiles de actividades para entrenamiento castrense de antiguas civilizaciones guerreras. Con ellas se elegía a los más destacados combatientes.

La asociación es aún más visible en los llamados “juegos de mesa”. El mismo académico señala que las formas usadas por los estrategas militares prefiguran el formato de un tablero, y a partir de una serie de reglas de varios tipos (la lógica interna de una guerra particular: la geografía, la política, el arsenal, los recursos materiales y humanos) se establecía una suerte de juego en el que se podían planear y prevenir consecuencias de un movimiento, “una tirada”. En documentales y películas, podemos ver cómo un estratega despliega sobre enormes mapas una serie de figurines y push pins, ubicándolos de acuerdo a la posición que implica su movimiento. A partir de allí se valida o no la estrategia. Igual ocurre en diversos juegos de mesa.

Consideremos el caso del ajedrez. Entre las historias fabulosas que hoy tenemos respecto a su origen, existen aquellas que ubican a este juego como una especie de metalenguaje de espías, informantes e incluso, nuevamente, de los estrategas. Exploremos algunos movimientos: un enroque podría ser la clave para informar de una sucesión próxima o una conjura contra algún rey; una infranqueable posición de torres podría informar: “ya sabemos de dónde viene el ataque”; la famosa táctica bautizada como “el remolino Torre”, donde se articula un severo ataque con la disposición astuta de peones en el tablero, pudo ser el aviso de una rebelión popular. Un antiguo manuscrito de autor anónimo sugiere que de esa manera fue avisado el príncipe Masiff Aljedi de una revuelta contra su principado, en los alrededores de lo que hoy es Goma, en el Congo. El movimiento lleva ese nombre porque se conoció gracias al yucateco Carlos Torre, quien además lo aplicaba de una manera verdaderamente impecable. Finalmente, para dejar más clara la asociación, hasta 1945 la región denominada “los países Bálticos” (Estonia, Letonia, Lituania) fue conocida en el argot militar como “h2, h1, g1”, nombre que también llevan las últimas tres escaques del tablero de ajedrez.

 

 

La historia del francés es conocida. Con los documentos comprados se dedicó a inventar un juego que ahora es muy popular en varios países. Basado en el Monopoly, pero con reglas distintas, el planteamiento inicial de su juego implica a tres jugadores que tiran los dados en cada ocasión, utilizando su capital político y militar para conquistar el cuadrante al que lo llevaran los dados. El tablero es un mapa del mundo; los cuadrantes son países, divididos en grupos de tres, identificados con un color estratégico para diferenciar a los países ricos de los pobres, poderosos de insignificantes. Si el cuadrante ya pertenece a un jugador, el que arribe tendrá que hacer una negociación, pagar derecho de paso o declarar la guerra. Los jugadores, sin embargo, pueden hacer uso de artificios como un telegrama secreto o una carta que los saque del apuro o los meta en uno peor. El sociólogo eliminó las insinuaciones políticas de facto para evitar cualquier concepto ajeno al entretenimiento y la diversión. La compañía norteamericana Hasbro compró el juego, pero nunca lo lanzó como tal al identificar las subyacentes insinuaciones políticas: creó dos versiones alternas, una es Risk y la otra es conocida en Latinoamérica como Turista Mundial. El juego está basado en el informe secreto que el fugitivo ruso entregó al académico francés. Este, por su parte, abandonó su vena sociológica. Vendió los telegramas a Pierre de Senarclens, que escribiría un testimonio y análisis del encuentro en Yalta.

En su borrador final, Senarclens borró un dato porque lo consideró peligroso primero, baladí después. Peligroso, porque el dato pondría en términos de escarnio y ligereza un evento en el que se discutía nada menos que los términos de la paz. Baladí, porque el dato no aporta nada a las importantes resoluciones tomadas en Yalta.

Se trata de lo siguiente: al capitular Berlín, entre las ruinas del Reichstag, los soldados rusos encontraron un enorme globo terráqueo hecho de mármol con pedestal de oro. Una foto histórica muestra el globo refulgente entre las ruinas. Muchos años antes, ese mismo globo (visto también en una fotografía) inspiró a Chaplin para su célebre secuencia coreográfica en The Great Dictator. Informado por sus generales, Stalin de inmediato envió un convoy especial para la recuperación de la reliquia.

Cuando el encuentro de Yalta tuvo lugar, Stalin no perdió la oportunidad de presumirlo como “el más grande de los botines de guerra”. Churchill y Roosevelt sintieron exactamente la misma atracción que Stalin, un impulso que los llevaba a poseer la reliquia. Los mandatarios reclamaron su derecho a poseerlo. Stalin no consentía ese derecho, pero tuvo una idea. Habla al oído de uno de sus custodios, quien de inmediato sale corriendo. Al cabo de unos minutos, vuelve con un juego de dados y un cubilete. En el salón, Stalin dice: “¿Quieren esta joya?”, los aliados asienten como poseídos, Stalin culmina: “Señores, tendrán que jugar”.


Alfonso Nava (México, 1981) es egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ganador del Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo 2004. Ha sido Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y Becario del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Textos de su autoría han aparecido en compilaciones como Muestra de literatura joven de México (2008), Códices en el asfalto (2010) y La escritura poliédrica: ensayos sobre la obra de Daniel Sada (2011), entre otras. Es colaborador habitual de las revistas Casa del Tiempo, Tierra Adentro y del sitio web Letras Libres.

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Crímenes narrativos

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